15
Nash
En lugar de volver a mi villa, me dirijo directamente hacia la de Kai.
No me apetece estar solo esta noche. Todavía tengo la cabeza llena de Mila: su risa en el muelle, la forma en que me miró cuando le conté lo de mi abuelo, cómo se mordía el labio cuando pensaba que no la veía. Necesito distraerme.
Llamo a la puerta y, como siempre, Imogen es la que abre.
—¡Tío Nash! —grita, lanzándose a mis brazos.
La cojo en volandas y le doy una vuelta en el aire mientras ella se ríe.
—Hola, princesa. ¿Qué tal el día?
—He estado pintando con María. ¡Mira!
Me arrastra al salón, donde María está sentada en el suelo con ella, rodeadas de papeles, pinturas y un desastre de colores.
—Hola, Nash —me saluda María con una sonrisa.
—Hola.
Kai aparece desde la cocina, con un trapo sobre el hombro y una cerveza en la mano.
—Vaya, mira quién ha aparecido. ¿Quieres una?
—Claro.
Me pasa una cerveza fría y me hace un gesto para que pase a la cocina.
—Estoy preparando la cena. ¿Te quedas?
—Depende. ¿Qué estás haciendo? —pregunto, apoyándome en la isla.
—Pasta con salsa de tomate casera, albahaca fresca y un poco de parmesano. Nada del otro mundo.
Lo miro arqueando una ceja.
—No entiendo por qué cocinas pudiendo pedir que te traigan los mejores platos del resort. Tienes chefs de primera que matarían por cocinar para ti.
Kai se ríe mientras remueve la salsa.
—Porque a veces me gusta recordar que soy un padre normal. No solo el socio de un resort de lujo. Además, Imogen prefiere mi pasta a la del restaurante. Dice que la mía tiene «magia de papá».
Sonrío.
—Esa niña te tiene completamente dominado.
—Totalmente —admite sin vergüenza—. ¿Te quedas entonces?
—Sí. Me quedo.
—Pues ayuda a poner la mesa, vago.
Pongo la mesa mientras Imogen me enseña orgullosa sus dibujos.
Cuando vuelvo a la cocina, Kai está sirviendo la pasta en los platos. Me mira de reojo y arquea una ceja.
—¿Qué has estado haciendo hoy? Pareces… ansioso.
Me apoyo en la encimera y doy un trago a la cerveza.
—Fui a San Diego esta mañana. Tenía que ver a un amigo de mi abuelo por lo de la galería de arte.
Kai asiente, pero no parece convencido.
—¿Y?
—Y… Mila vino conmigo.
Kai salta como un resorte, dejando el cucharón de madera sobre la encimera con un golpe seco.
—¿Has estado molestándola otra vez? —pregunta, con tono claramente molesto—. El sábado me la encontré en la playa y parecía incómoda con todo lo que ha pasado entre vosotros.
—Yo no la he molestado. ¿Y cómo que hablasteis? No me habías dicho nada.
—Fue a la playa mientras estaba surfeando y nos encontramos por casualidad —responde Kai, cruzándose de brazos—. Me lo contó todo.
—¿Todo… todo? —pregunto, genuinamente sorprendido.
Kai asiente, serio.
—Todo. Lo de la noche que pasasteis juntos, lo del despacho, cómo te dijo que se sentía acosada… se sentía fatal con eso. —Suspira—. ¿En serio sigues persiguiéndola después de todo?
—No la persigo —respondo, algo molesto—. Nos encontramos cuando estaba corriendo y me pidió hablar. Yo tenía que ir a San Diego, se lo dije, y ella se apuntó. Fin de la historia. No fue algo que yo planease.
Kai me mira durante unos segundos, evaluándome.
—¿Y cómo fue?
—Bien. Muy bien. Hablamos de verdad. Se disculpó por haberme llamado acosador, yo me disculpé por haber sido un pesado… y quedamos en que seriamos amigos.
Kai me mira con esa expresión de «te conozco mejor que tú mismo» que tanto odio. Remueve la salsa una última vez, apaga el fuego y se gira completamente hacia mí.
—¿Amigos? ¿Tú y Mila? ¿Después de todo lo que ha pasado?
—Sí, amigos —insisto, aunque hasta yo noto que suena a excusa—. Hablamos claro en el coche de ida. Se disculpó, yo me disculpé. Pasamos el día en San Diego paseando, hablando de todo y de nada… y fue fácil. Cómodo. No intenté nada.
Kai suelta una carcajada baja mientras sirve la pasta en los platos.
—Claro. Y yo soy monje. Nash, te vi la cara cuando te hablé de ella el otro día. Esa mujer te tiene pillado.
—No me tiene pillado —miento a medias—. Me gusta. Mucho. Pero le dejé claro que respeto su decisión. No voy a presionarla más.
Kai me mira con escepticismo, pero no insiste con más preguntas.
***
La cena transcurre entre risas de Imogen y anécdotas de María. Pero cada pocos minutos mi mente vuelve a Mila. A su risa en el muelle. A cómo se mordía el labio cuando pensaba que no la veía. A esa versión tranquila y curiosa que descubrí hoy en San Diego.
Después de cenar, mientras Kai acuesta a Imogen, me quedo en la terraza con la cerveza casi vacía. El sonido de las olas llega lejano y el aire está fresco. Kai sale poco después y se sienta a mi lado en una de las sillas de madera, con otra cerveza en la mano.
—Solo te digo una cosa —murmura, mirándome de reojo—. Si de verdad quieres intentar lo de «solo amigos», hazlo bien. Deja de desnudarla con la mirada en las reuniones, porque resulta demasiado obvio.
—Que te jodan —respondo riendo, dándole un empujón en el hombro.
—Ojalá —contesta con una carcajada seca—. Pero llevo meses sin echar un polvo. Aunque, si te refieres a que me amarguen la existencia, no te preocupes. De eso, Olivia siempre se encarga.
Me pongo serio. Olivia es la ex de Kai, una violinista de renombre que se pasa la mayor parte del año de gira, saltando de concierto en concierto por Europa y Asia. Su relación fue intensa pero caótica, y cuando nació Imogen todo se complicó hasta romperse.
—¿Qué ha pasado esta vez? —pregunto.
Kai suspira, pasándose una mano por la cara.
—Me llamó esta tarde para decirme que no podrá pasar las dos semanas que tenía planeadas con Imogen este verano.
Inventó una excusa sobre unas fechas nuevas en Berlín y un festival en Italia.
Aún no se lo he dicho a Imogen, pero lo va a pasar fatal.
Cada año es la misma historia, y en lugar de reconocerlo, me deja a mí cargar con el muerto.
—Lo siento, tío. Eso es una mierda.
Kai asiente, mirando hacia el jardín oscuro.
—Imogen la adora. Cada vez que Olivia cancela, se pasa días preguntando si hizo algo mal.
Y yo tengo que mentirle diciendo que su madre está «muy ocupada salvando la música clásica mundial».
—Da un trago largo a la cerveza—. A veces pienso que sería más fácil si desapareciera del todo, pero no puedo hacerle eso a mi hija.
El silencio se instala entre los dos durante unos instantes. Solo se oye el romper de las olas y el zumbido lejano de los aspersores del jardín.
Vacío el último trago de cerveza y dejo la botella sobre la mesa.
Hablar de los problemas de Kai me ha distraído un rato, pero no lo suficiente. Mi cabeza vuelve a donde lleva todo el fin de semana. A Mila.
—¿Sabes qué es lo peor?
Kai me mira de reojo.
—¿El qué?
—Que hoy ha sido el mejor día que he pasado con ella desde que la conozco.
Frunce ligeramente el ceño.
—¿Mejor que el sexo?
Me quedo pensándolo unos segundos.
—Sí.
Kai silba por lo bajo.
—Hostia...
Sonrío sin apartar la vista del jardín.
—Eso mismo pensé yo.
Se recuesta en la silla y deja escapar una risa incrédula.
—Estás jodido.
—Lo sé.
—No, creo que no lo sabes. Cuando un tío empieza a preferir una conversación, un paseo o un helado a echar un polvo con una mujer... ya no está pensando con la polla.
No puedo evitar reírme.
—Qué poeta eres cuando te lo propones.
—Llevo cuarenta años estudiando el comportamiento masculino.
Lo miro arqueando una ceja.
—Tienes treinta y cuatro.
—Precisamente. Empecé pronto.
Los dos nos echamos a reír.
El sonido de las olas llena el silencio.
Y, por primera vez en días, no siento la necesidad de perseguir a Mila.
Solo espero que mañana vuelva a sonreírme.