14
Mila
Me alejo de Nash con sentimientos encontrados.
Al menos ha quedado todo aclarado. Los dos nos hemos pedido perdón, los dos hemos reconocido nuestros errores y, esta vez, él no ha intentado convencerme de nada. Ha aceptado mi decisión sin discutirla.
Era exactamente lo que quería.
Entonces... ¿por qué siento este vacío tan extraño?
Sacudo la cabeza.
No tiene sentido darle más vueltas. He venido hasta San Diego porque de verdad quería conocer la ciudad y pienso aprovechar la mañana.
Saco la pequeña guía turística que compré en el aeropuerto nada más llegar a California.
Sé perfectamente que hoy en día resulta mucho más práctico buscar cualquier cosa en internet, pero siempre me ha gustado coleccionar guías de los lugares que visito.
Me las llevo de recuerdo y, años después, me encanta volver a abrirlas y recordar cada viaje.
Paso las páginas mientras camino hasta encontrar un pequeño plano del centro. Gaslamp Quarter.
El barrio es precioso: edificios victorianos restaurados, fachadas coloridas, terrazas llenas de gente disfrutando del domingo soleado.
Camino despacio, leyendo las descripciones de la guía y observando los detalles.
Me compro un iced latte para llevar en una cafetería pintoresca y sigo paseando, sorbiendo el latte mientras miro escaparates y edificios históricos.
Cuando llego a una pequeña plaza llena de bancos y palmeras, decido sentarme un rato a descansar, disfrutando del ambiente y viendo pasar a la gente.
En algún momento, mi móvil vibra con la llegada de una llamada.
Es Nash.
El corazón me da un pequeño salto cuando veo su nombre en la pantalla. Descuelgo.
—¿Dónde estás? —pregunta con voz relajada.
Miro a mi alrededor para orientarme.
—Estoy en una plaza muy cerca de Gaslamp Quarter. Hay una fuente en el centro.
—Perfecto. Quédate ahí. Llego en cinco minutos.
—Vale.
Cuelgo la llamada y guardo el móvil.
Mientras espero, doy otro sorbo al café y observo el ir y venir de la gente por la calle.
No puedo evitar sonreír un poco.
Quién me iba a decir hace una semana que terminaría esperando a un hombre en mitad de San Diego... después de haber decidido que solo podíamos ser amigos.
Unos minutos después lo veo aparecer caminando entre la gente.
Y se me olvida respirar.
Dios mío, qué atractivo es.
Lleva unos vaqueros oscuros que se ajustan perfectamente a sus piernas, una camiseta blanca que se pega a sus hombros y su pecho de una forma que debería ser ilegal, y unas gafas de sol que le dan un aire peligroso que me revuelve el estómago.
El sol de California se refleja en su piel bronceada, y su pelo castaño, ligeramente despeinado, cae sobre su frente con despreocupación.
Camina con esa seguridad tranquila que parece acompañarlo a todas partes, como si el mundo fuera suyo y él solo estuviera paseando por él.
Cada zancada es un recordatorio de las piernas que me rodearon aquella noche, de la fuerza de sus muslos contra los míos, de cómo me sujetaba las caderas mientras...
Cierro los ojos un segundo.
No. No puedo seguir por ahí.
Pero cuando los abro, él se ha quitado las gafas de sol y me está mirando con una sonrisa que podría derretir el Polo Norte.
Y sé que me ha pillado mirándolo.
Se detiene frente a mí.
—Hola.
—Hola —respondo, y odio lo temblorosa que suena mi voz.
Durante un instante ninguno dice nada.
Es extraño.
Nos observamos como si los dos estuviéramos aprendiendo de nuevo cómo relacionarnos.
Nash rompe el silencio el primero.
—¿Lista para que te enseñe un poco la ciudad?
Asiento, levantándome del banco.
—Lista.
Nash echa a andar y yo me coloco a su lado.
Al principio ninguno de los dos habla. Caminamos despacio entre las calles del centro, rodeados de turistas, familias y parejas que aprovechan el buen tiempo para pasear. Poco a poco dejamos atrás Gaslamp Quarter y las fachadas victorianas dan paso a avenidas más abiertas.
A los pocos minutos empiezo a notar el olor a sal.
El puerto aparece ante nosotros de repente.
Decenas de veleros se balancean suavemente sobre el agua, varias embarcaciones turísticas entran y salen del muelle y, a lo lejos, un enorme portaaviones convertido en museo domina el horizonte. Las gaviotas sobrevuelan el paseo mientras un músico toca la guitarra junto a una hilera de palmeras.
No puedo evitar detenerme.
—Madre mía...
Nash sonríe al ver mi reacción.
—Bonito, ¿eh?
—Muchísimo más de lo que imaginaba.
Seguimos caminando por el paseo marítimo. A un lado se suceden pequeños restaurantes con terrazas frente al mar; al otro, bancos desde los que la gente contempla el puerto.
—Este es uno de mis sitios favoritos de toda la ciudad —dice de pronto.
Lo miro con curiosidad.
—¿Sí? ¿Por qué?
Él tarda unos segundos en responder.
—Porque mi abuelo me traía aquí muy a menudo cuando era pequeño.
Sonríe con cierta nostalgia.
—Decía que, si quería entender cómo funcionaba un negocio, primero tenía que aprender a observar a las personas. Así que nos sentábamos en uno de esos bancos durante horas.
Señala uno situado junto al agua.
—¿Y qué hacíais? —pregunto.
—Mirar.
No puedo evitar reírme.
—¿Solo mirar?
Él también sonríe.
—Solo mirar. Él iba señalando a la gente y me hacía preguntas. «¿A qué crees que se dedica ese hombre?», «¿Quién paga la primera cita de esa pareja?», «¿Cuál de esas dos familias crees que está disfrutando más de las vacaciones?». Después me obligaba a justificar cada respuesta.
Lo miro divertida.
—Eso suena más a una clase de psicología que a un paseo.
—Puede ser. Pero gracias a él aprendí que, si prestas suficiente atención, la mayoría de las personas cuentan su historia sin necesidad de abrir la boca.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Y acertabas?
Nash se ríe.
—Casi nunca. Mi abuelo decía que mi imaginación era maravillosa... pero que mis deducciones eran una auténtica mierda.
La carcajada se me escapa antes de poder contenerla.
—Pobre niño.
—Era bastante desesperante. Cada vez que creía haber acertado, él encontraba cinco detalles que se me habían pasado por alto.
Durante unos segundos guarda silencio, contemplando el agua.
—Echo mucho de menos estos paseos con él.
Lo observo en silencio.
Hay algo en la forma en que habla de su abuelo que me enternece. Hasta ahora solo había conocido al Nash seguro de sí mismo, al hombre que siempre parece tener una respuesta para todo. Este, en cambio, es distinto.
Más cercano.
Más humano.
Seguimos caminando junto al puerto sin prisa. A nuestro alrededor, familias enteras pasean disfrutando del domingo, los barcos se balancean suavemente sobre el agua y las gaviotas sobrevuelan el muelle en busca de algún turista despistado que deje caer un trozo de comida.
Al pasar junto a una heladería artesanal, Nash se detiene.
—Es tradición.
Lo miro extrañada.
—¿El qué?
Señala el escaparate.
—Mi abuelo nunca venía al puerto sin comprar un helado. Decía que el paseo no sabía igual si no terminabas con uno en la mano.
No puedo evitar sonreír.
—Entonces habrá que mantener viva la tradición.
Entramos en la heladería y nos colocamos al final de la cola.
Mientras esperamos, observo la enorme pizarra llena de sabores.
—Tienen demasiados. Soy incapaz de decidirme.
—Yo lo tengo fácil.
—¿Siempre pides el mismo?
Asiente con total naturalidad.
—Vainilla con chocolate.
Lo miro divertida.
—Qué aburrido.
—No es aburrido. Es un clásico.
—Eso es exactamente lo que diría alguien aburrido.
Nash se ríe.
—¿Y tú cuál vas a pedir?
Recorro la lista con el dedo hasta detenerme en uno.
—Caramelo salado.
Él arquea una ceja.
—Lo sabía.
—¿El qué?
—Que no ibas a escoger uno normal.
Pongo cara de indignación.
—¿Desde cuándo el caramelo salado no es normal?
—Desde que existe el chocolate.
Le doy un pequeño codazo. Por un segundo, su mano se posa sobre mi cintura para estabilizarme. Un segundo. Nada más. Pero el calor de sus dedos se queda grabado en mi piel mucho después de que él la retire.
Cuando salimos de la heladería, seguimos caminando por el paseo marítimo sin un rumbo fijo.
Nash me va señalando algunos de sus rincones favoritos de la ciudad: el viejo carrusel que siempre visitaba con su abuelo cuando era niño, el embarcadero desde el que salen los barcos turísticos y un pequeño mirador donde, según él, se ven los mejores atardeceres de San Diego.
También me habla de algunas anécdotas de su infancia.
De las veces que intentó aprender a pescar y terminó enredando los sedales, de cómo convencía a su abuelo para comprar un segundo helado aunque luego acabara arrepintiéndose a la mitad, o de las tardes que pasaban simplemente sentados viendo entrar y salir los barcos del puerto.
Yo también termino contándole cosas de Nueva York. De mi trabajo, de la universidad y de Wendy. Incluso nos reímos cuando le cuento la cantidad de listas absurdas que soy capaz de hacer antes de tomar una decisión importante.
Las horas pasan sin que apenas nos demos cuenta.
Y es entonces cuando caigo en algo que me descoloca.
Durante toda la mañana Nash no ha intentado tocarme ni una sola vez.
No ha buscado excusas para rozar mi mano.
No ha hecho ningún comentario insinuante.
Ni una sola mirada descarada.
Simplemente... ha sido él.
Y, curiosamente, esa versión de Nash me gusta casi más que la otra.
Porque descubro a un hombre divertido, atento y sorprendentemente buen conversador. Uno capaz de hablar durante veinte minutos sobre barcos antiguos o sobre el mejor sitio de la ciudad para ver la puesta de sol con el mismo entusiasmo con el que otros hablan de fútbol.
Empiezo a comprender por qué Kai dice que todo el mundo termina cogiéndole cariño.
Y eso, probablemente, sea un problema todavía mayor que la atracción física que siento por él.
Cuando quiero darme cuenta, la mañana ha dado paso a la tarde sin que apenas nos hayamos percatado.
Seguimos paseando por el puerto, entramos en un par de tiendas de recuerdos y terminamos almorzando en un pequeño restaurante con terraza frente al mar, donde Nash insiste en que pruebe una de las especialidades locales.
Hablamos de mil cosas distintas.
De los viajes que todavía nos gustaría hacer.
De los libros que nos marcaron de pequeños.
De nuestras familias.
De las trastadas de Imogen.
Incluso descubro que los dos tenemos una extraña afición por los documentales de naturaleza, aunque por motivos completamente distintos.
Cuando volvemos al coche para regresar al resort, me doy cuenta de que llevo horas sin pensar en el trabajo.
Ni en Harper & Brooks.
Ni en el ascenso.
Y, sorprendentemente, tampoco en la noche que pasamos juntos.
Hoy no ha sido el hombre que me desestabilizaba con una mirada o un comentario insinuante.
Ha sido simplemente Nash.
Y creo que esa versión me resulta todavía más peligrosa.
El trayecto de vuelta transcurre con la misma naturalidad que el resto del día. La música suena bajita y la conversación aparece y desaparece sin esfuerzo, como si nos conociéramos desde hace mucho más tiempo del que realmente hace.
Cuando el Range Rover se detiene frente a la recepción del resort, el silencio vuelve a instalarse entre los dos.
Me desabrocho el cinturón y giro ligeramente la cabeza hacia él.
—Gracias por enseñarme San Diego.
Nash sonríe.
—¿Ha merecido la pena?
Asiento sin pensarlo.
—Mucho.
Durante un instante ninguno de los dos dice nada.
No es un silencio incómodo.
Es de esos que no necesitan llenarse con palabras.
—Bueno... —murmuro finalmente mientras abro la puerta—. Nos vemos mañana.
—Nos vemos mañana, Mila.
Bajo del coche y cierro la puerta con suavidad.
Empiezo a caminar hacia la recepción, pero antes de entrar no puedo evitar girarme.
Nash sigue allí.
Apoyado sobre el volante.
Mirándome.
Cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, los dos sonreímos casi al mismo tiempo.
Después él arranca el coche y yo entro en el resort con una sensación extraña revoloteándome en el estómago.
Porque, sin darme cuenta, ya no solo me gusta besar a Nash.
Empieza a gustarme pasar tiempo con él.