Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 13
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Nash

El domingo me levanto hecho una mierda.

Han pasado dos días desde el viernes por la noche y todavía no he podido quitarme de la cabeza las palabras de Mila.

Acosada. Me dijo que la había hecho sentir acosada.

Joder.

Me siento como un cabrón. Un cabrón insistente y ciego que no supo leer las señales.

Me pongo las zapatillas de correr y salgo de la villa sin desayunar. Necesito quemar esta sensación de mierda que llevo dentro.

El sol de la mañana ya calienta fuerte cuando llego al paseo marítimo. Me coloco los auriculares, subo el volumen y empiezo a correr.

La adrenalina poco a poco va haciendo su trabajo. Corro con fuerza, intentando que el ritmo de mis pasos y el latido de mi corazón ahoguen los pensamientos. Pero no lo consiguen del todo.

Sigo dándole vueltas a lo del viernes.

Me quedé hablando con Claire en la barra porque no sabía cómo volver a la mesa sin que se notara lo incómodo que estaba. Incluso Mila se fue poco después, probablemente por mi culpa. Otra vez.

Desde que rompí con Jewel no había vuelto a sentir nada tan intenso. Ni siquiera con Jewel había sentido esa química tan brutal, esa compenetración casi perfecta durante el sexo. Con Mila fue diferente desde el principio. Fue… como si nuestros cuerpos se reconocieran.

Y yo lo he jodido todo.

Intento concentrarme en la música que truena en mis oídos y acelero el ritmo. El sudor me cae por la espalda. Justo lo que necesito.

A lo lejos veo a una chica corriendo en la misma dirección. Buen culo. La coleta se mueve de un lado a otro con cada zancada. Poco a poco voy reduciendo la distancia.

Cuando estoy a pocos pasos, el reconocimiento me golpea como un puñetazo.

Es Mila.

Reconocería ese culo en cualquier parte. Y el hecho de que lo reconozca tan fácilmente es exactamente el tipo de pensamiento que me ha metido en problemas.

Durante una décima de segundo me planteo bajar el ritmo. Dar media vuelta. Cruzar al otro lado del paseo. Cualquier cosa con tal de no obligarla a soportar otro encuentro incómodo.

Pero ya es demasiado tarde.

La adelanto por la izquierda y, por pura educación, inclino ligeramente la cabeza.

—Buenos días —digo con voz neutra, sin detenerme.

Sigo corriendo unos metros más, con el corazón latiéndome ahora por algo muy distinto al ejercicio. No miro atrás.

Pero entonces, a pesar de la música alta en mis auriculares, escucho mi nombre.

—¡Nash!

Freno en seco y me giro.

Mila se acerca trotando los últimos metros. Lleva las mejillas sonrojadas por el esfuerzo y la respiración acelerada.

Se quita un auricular.

—¿Tienes un momento?

Parpadeo, sorprendido.

—Claro.

Vacila un instante.

—Quería... hablar contigo.

No hace falta que diga de qué. Lo sé.

—¿Ahora?

Mira alrededor y suelta una risa nerviosa.

—Pues... visto así, quizá no sea el sitio más apropiado.

Bajo la vista hacia nuestras camisetas empapadas de sudor.

—Probablemente no.

Se pasa una mano por la nuca.

—¿Podemos quedar luego? Invito yo al café.

La miro unos segundos. Desde luego, su invitación ha sido del todo inesperada.

—Me encantaría, pero tengo que ir a San Diego. Salgo dentro de un rato.

—¿Por trabajo?

Asiento.

—Todavía no conozco esa zona. —Se queda pensativa unos segundos y, cuando vuelve a levantar la vista, parece haber tomado una decisión—. ¿Te importaría que fuera contigo? Podemos hablar durante el camino... si a ti te parece bien.

No sé qué demonios pretende decirme. Solo sé que llevo dos días convencido de que no quería volver a verme. Y ahora me está pidiendo subirse a mi coche.

—Claro —respondo—. Pásate por recepción dentro de una hora. Saldré desde allí.

—Vale. Allí estaré.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

—Bueno... —dice ella, colocándose otra vez el auricular—. Será mejor que terminemos de correr.

—Nos vemos luego, Mila.

—Nos vemos, Nash.

Reanudo la carrera intentando concentrarme otra vez en la música, aunque ya sé que es inútil.

Por primera vez desde el viernes, tengo la sensación de que quizá todavía no esté todo perdido.

***

Cuando llego a recepción exactamente una hora después, ella ya está allí.

Y joder, está guapísima.

Se ha puesto un vestido veraniego de color azul cielo que se ajusta suavemente a su cuerpo, con un escote sutil que me cuesta no mirar. Lleva el pelo suelto, unas sandalias sencillas y un toque de maquillaje que resalta sus ojos.

—¿Vamos? —pregunto, señalando la puerta que conecta con el exterior.

Fuera ya está esperándome el coche. Le pedí a uno de los chicos del valet que me lo trajera. Es un Range Rover Sport negro.

Le abro la puerta del copiloto y ella sube. Cierro la puerta, rodeo el vehículo y me siento al volante.

El silencio dentro del coche es denso mientras arranco y salimos del resort. Miro de reojo a Mila. Ella tiene la vista fija en la ventanilla, pero noto que está nerviosa.

—¿Estás segura de esto? —pregunto en voz baja, rompiendo el silencio—. Si prefieres que te deje en el resort, todavía estamos a tiempo.

Mila gira la cabeza y me mira durante unos segundos.

—No —responde finalmente—. Quiero hablar. Necesito hacerlo.

Asiento y durante los primeros minutos ninguno dice nada.

La carretera serpentea junto a la costa y el océano aparece y desaparece entre las palmeras y las casas construidas sobre los acantilados. Normalmente conducir por aquí consigue relajarme.

Hoy no.

Soy demasiado consciente de que Mila está sentada a menos de un metro de mí.

Del perfume suave que lleva.

Del vestido azul cielo que deja al descubierto sus piernas cada vez que cambia ligeramente de postura.

Y del enorme esfuerzo que estoy haciendo por mantener los ojos donde deben estar: en la carretera.

Afortunadamente, ella rompe el silencio antes de que mi cabeza empiece a ir por caminos peligrosos.

—¿Qué asunto te lleva a San Diego un domingo?

Agradezco la pregunta casi tanto como si acabara de ofrecerme un salvavidas.

—Voy a reunirme con un viejo amigo de mi abuelo.

Tiene una galería de arte en el centro de San Diego y quiere vender una colección de cuadros que pertenecieron a su mujer.

Antes de ofrecérsela a nadie más, quiso enseñárnosla por si encaja con la remodelación que estamos haciendo en una de las alas del resort.

Ella asiente con interés.

—Así que también te encargas de la decoración.

—Un poco de todo. Cuando eres propietario de un resort acabas metiendo las narices en demasiadas cosas. —Eso le arranca una pequeña sonrisa—. ¿Y tú? ¿Por qué querías venir?

Mila observa unos segundos el paisaje antes de responder.

—Porque llevo una semana encerrada entre el resort y me apetecía conocer algo más de la zona. Y... —hace una pequeña pausa mientras juguetea con el cinturón de seguridad— también porque creo que nos debemos una conversación.

La observo de reojo. Parece nerviosa. Más de lo habitual.

Dejo pasar unos segundos antes de hablar.

—Vale, pues tú dirás.

Mila mira por la ventanilla mientras juguetea distraídamente con el cinturón de seguridad, como si estuviera ordenando las palabras antes de pronunciarlas.

—He estado dándole muchas vueltas a lo que pasó el viernes. Creo que te dije cosas que no eran del todo ciertas. O, mejor dicho, que utilicé las palabras equivocadas. Y quería pedirte perdón por eso.

La miro de reojo, sorprendido.

—No tienes por qué...

—Déjame terminar, por favor. —Asiento y vuelvo la vista a la carretera—.

Cuando te dije que me estaba sintiendo acosada…

exageré. Estaba asustada, frustrada y abrumada por todo lo que estaba pasando.

Pero no era justo echarte toda la culpa a ti.

Mis señales han sido confusas desde el principio.

Te dije que solo sería una noche, luego te besé en tu despacho, me dejé tocar…

y después salí corriendo. Debí ser mucho más clara y más coherente desde el principio.

—Hace una pausa, mirando sus manos—. Así que lo siento.

No quería hacerte sentir como un acosador.

Porque no lo eres. Eres insistente, sí… pero nunca me has obligado a nada que no quisiera en ese momento.

El silencio se instala en el coche durante unos segundos. Solo se escucha el ruido del motor y el viento contra las ventanillas.

—Gracias por decirlo —respondo finalmente—. Me jodió bastante oír esa palabra. Pero entiendo por qué la usaste. Te prometí que respetaría tu decisión y, aun así, seguí buscando cualquier excusa para acercarme a ti porque estaba convencido de que, en el fondo, querías lo mismo que yo.

—Y lo quería —admite en voz baja—, pero no puedo permitirme dejarme llevar por mis impulsos.

Soy una mujer muy diferente a la que conociste aquella noche tras las rocas.

Puede que nuestro primer encuentro te diera una imagen completamente distorsionada de mí, pero la realidad es que soy una persona bastante racional.

Me paso la vida planificándolo todo, pensando las cosas veinte veces antes de tomar una decisión y procurando no mezclar nunca el trabajo con mi vida personal.

Sonríe con cierta ironía.

—De hecho, si me hubieras conocido una semana antes, te habrías aburrido conmigo.

No hago locuras, no improviso y jamás me habría acostado con un desconocido.

Lo de aquella noche fue... una especie de crisis existencial provocada por mi ex.

Quería demostrarme que también podía ser imprevisible.

Y, mira qué casualidad, el único día que decido hacer algo completamente fuera de mi personalidad termino acostándome con uno de mis clientes.

No puedo evitar sonreír.

—Sí que tuviste mala suerte.

Ella resopla entre una risa.

—La peor del mundo. Pero, una vez pasó aquello, volví a ser la Mila de siempre. La que necesita tener el control. La que quiere hacer bien su trabajo. La que lleva años dejándose la piel para conseguir un ascenso. Por mucho que me tiente la idea de tener una aventura contigo, no puedo permitírmela.

Permanezco unos segundos en silencio, asimilando sus palabras.

Al final asiento despacio.

—Vale. Lo entiendo.

Frunce ligeramente el ceño.

—¿Así, sin más?

Esbozo una sonrisa cansada.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que vuelva a intentar convencerte? Creo que ya hemos comprobado que esa estrategia no terminó precisamente bien.

Una pequeña sonrisa asoma también en sus labios.

—No.

—No voy a volver a ponerte en esa situación, Mila. Me dices que no puedes permitírtelo y voy a respetarlo. No me gusta, pero lo respeto.

Nos miramos durante un segundo largo. Es como si los dos estuviéramos firmando una tregua silenciosa. Sin palabras. Solo con una mirada.

El resto del trayecto transcurre más relajado. Hablamos de cosas banales: el resort, el clima, anécdotas tontas de Imogen. Pero debajo de cada frase sigue latiendo esa tensión que ninguno de los dos ignora.

Cuando llegamos a San Diego, el centro bulle de gente disfrutando del domingo soleado. Aparco cerca de la galería y apago el motor.

Mila se desabrocha el cinturón y coge su bolso.

—Gracias por traerme —dice con una sonrisa pequeña.

—De nada.

Ella se baja del coche y saca una pequeña guía turística del bolso. Nos quedamos de pie junto al vehículo, mirándonos sin saber muy bien cómo despedirnos.

—Que te vaya bien la reunión —dice finalmente.

—Gracias. Que disfrutes de la ciudad.

Doy unos pasos hacia la galería, pero a los pocos metros me detengo. Me giro.

—Mila.

Ella, que ya había empezado a caminar en dirección contraria, se detiene y se vuelve.

—¿Sí?

—Si quieres… cuando termine aquí, puedo enseñarte un poco la ciudad. Sin segundas intenciones. Solo como… amigos. O lo que sea que seamos ahora.

Mila me mira durante unos segundos. Luego asiente con una sonrisa suave.

—Me gustaría.

Sonrío, sintiendo algo cálido en el pecho.

—Te escribo cuando acabe.

—Vale.

Se da la vuelta y empieza a caminar. Me quedo un momento mirándola alejarse. El vestido azul cielo se mueve con cada paso, y el sol de San Diego brilla sobre su pelo suelto. Joder, qué guapa es.

Paso de imaginarla desnuda en mi cama a conformarme con enseñarle San Diego como un buen amigo.

La vida tiene un sentido del humor bastante retorcido.