12
Mila
Cuando me despierto a la mañana siguiente, me siento mal.
No es resaca. Es algo peor: culpa.
Me quedo mirando el techo de la villa durante varios minutos, reproduciendo una y otra vez la conversación de anoche con Nash.
Sus ojos dolidos cuando le dije que me estaba haciendo sentir acosada.
La forma en que retrocedió, como si le hubiera dado un golpe.
La seriedad con la que aceptó apartarse.
Quizás fui demasiado dura.
Tenía razón al decir que mis señales eran contradictorias. Le pedí que parara… pero luego me abrí de piernas en su despacho. Le dije que no podía… pero gemí su nombre mientras me comía. Le pedí espacio… pero una parte de mí se derritió cada vez que me tocaba.
Suspiro y me tapo la cara con las manos.
Soy un desastre.
Es sábado, así que decido que voy a aprovechar para desconectar del todo. Nada de Nash, nada de trabajo, nada de pensar. Solo yo, el mar y un poco de paz.
Me levanto, me pongo el bikini (un dos piezas azul marino que me compré en Nueva York y que todavía no había estrenado), y me cubro con un pareo blanco.
Cojo una toalla, una botella de agua, el móvil y el libro que tengo a medio leer.
El plan es sencillo: pasar el día tumbada en la playa privada del resort, tomar el sol, leer y olvidarme de todo.
La playa del Golden Dolphin es, como todo en este lugar, espectacular.
La arena es blanca y suave, el agua tiene un tono turquesa que parece sacado de una postal, y las tumbonas están perfectamente alineadas bajo grandes sombrillas de tela beige.
Hay pocos huéspedes a estas horas, la mayoría deben estar desayunando o en el spa, así que el ambiente es tranquilo y silencioso.
Busco un sitio cerca del agua, extiendo la toalla y me tumbo boca arriba, cerrando los ojos. El sol calienta mi piel y el sonido de las olas empieza a relajarme.
Hasta que oigo una vocecita familiar.
—¡Mila! ¡Mila!
Abro los ojos y veo a Imogen corriendo hacia mí por la orilla, con un bañador de flores, un flotador de unicornio en la mano y una sonrisa enorme en la cara. Lleva el pelo mojado y las mejillas sonrosadas por el sol.
—Hola, pequeña —la saludo, incorporándome y devolviéndole la sonrisa—. ¿Qué haces tú aquí tan temprano?
—¡Vine a jugar a la playa con María! —responde señalando hacia atrás.
Sigo su mirada y veo a una chica joven, de unos veintipocos años, que camina hacia nosotras con una bolsa de playa al hombro y una sonrisa amable. Tiene el pelo recogido en una coleta alta y lleva un pareo colorido sobre el bikini.
Imogen se acerca a mí y baja la voz, como si fuera a contarme un secreto importante.
—Mila, te presento a María. Es mi niñera. Es de El Salvador.
—Hola, María —la saludo con una sonrisa—. Soy Mila, trabajo aquí en el resort.
—Encantada —responde ella, con un acento suave y cálido—. Imogen no para de hablar de usted. Dice que es muy guapa y que el tío Nash la mira mucho.
Siento que el calor me sube a las mejillas. Imogen se ríe, claramente orgullosa de su confesión.
De pronto, pienso en Nash y miro alrededor con disimulo, buscándolo. No lo veo por ninguna parte y siento un alivio mezclado con algo que prefiero no analizar.
—¿Has venido solo con María?
—¡No! —exclama mirando hacia la playa—. He venido con papá. Mira, ¡ahí está
Kai está en el agua, montado en una tabla de surf, remando con fuerza hacia una ola que se acerca. Cuando la ola empieza a formarse, se pone de pie con una facilidad asombrosa.
Me quedo boquiabierta. Kai está surfeando como un auténtico profesional. Monta la ola con una elegancia y una seguridad impresionantes. Se desliza por la pared del agua con total control, haciendo giros rápidos y precisos mientras la espuma blanca se levanta a su alrededor.
—¿Kai sabe surfear así? —pregunto, sin poder disimular mi asombro.
Imogen se ríe, orgullosa.
—¿A qué es genial? —grita—. ¡Mi papi es el mejor!
Termina la ola con un giro limpio, rema hacia la orilla y, al verme, levanta la mano con una sonrisa. Sale del agua con la tabla bajo el brazo.
—Buenos días, Mila —dice al acercarse, claramente contento de verme—. No esperaba encontrarte por aquí.
—Decidí tomarme el fin de semana para desconectar un poco —respondo, intentando no mirar demasiado sus abdominales marcados. No sé qué les dan de comer a los hombres de California, pero entre él y Nash voy a acabar pensando que aquí el gimnasio es una asignatura obligatoria.
Porque Nash es atractivo, pero Kai no se queda atrás, solo que es algo más alto y tiene el pelo más oscuro.
—Buena idea. ¿Te importa si me siento un rato? —pregunta, señalando la arena al lado de mi toalla.
—Claro que no.
Kai deja caer la tabla de surf y se sienta encima de ella, estirando las piernas. Imogen y María vuelven a la orilla para seguir jugando.
—Surfeas muy bien —le digo, sincera—. Me has impresionado.
Kai sonríe con modestia, pasándose una mano por el pelo mojado.
—Gracias. Fui profesional durante varios años. Competía a nivel nacional, viajaba por todo el mundo… Hawái, Australia, Indonesia, Sudáfrica. El surf era mi vida.
Abrí los ojos, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí, pero todo cambió cuando nació Imogen.
—Su mirada se suaviza, mirando a su hija que corretea por la orilla con María—.
Cuando mi ex pareja se quedó embarazada, me di cuenta de que no podía seguir viajando nueve meses al año.
Que tenía que estar presente. Que ser padre significaba estar ahí para las pequeñas cosas: los primeros pasos, las primeras palabras, las noches de fiebre.
El surf me había dado todo, pero Imogen… ella me dio algo mucho más importante.
Asiento, interesada. Intuía que Kai era padre soltero, pero por lo que parece es padre divorciado.
—¿Y cómo acabaste aquí, en el resort?
—Pues cuando decidí dejar el surf profesional y no sabía muy bien qué hacer con mi vida, Nash fue quien me tendió la mano.
Su abuelo había fundado el Golden Dolphin hacía décadas, y Nash estaba empezando a hacerse cargo.
Me dijo que necesitaba un socio, alguien de confianza que entendiera el negocio y que estuviera dispuesto a apostar por el resort.
Yo no tenía ni idea de hotelería, pero él confió en mí. Me enseñó todo lo que sé.
—Vaya… —murmuro, sorprendida—. No sabía que vuestra amistad venía de tan lejos.
Kai asiente, con una sonrisa cálida.
—Nash es como un hermano para mí. Hemos pasado por todo juntos: la muerte de su abuelo, la crisis del resort hace unos años, mi divorcio…
y la llegada de Imogen, que para él es como una sobrina.
Por eso —me mira fijamente—, me preocupo por él y sus cagadas inconscientes.
Es buena persona, pero a veces peca de ser demasiado impulsivo.
El silencio se hace entre nosotros. La forma en la que me mira me pone en tensión. Kai se gira ligeramente hacia mí, apoyando los codos en las rodillas, y su expresión se vuelve más seria.
—¿Está todo bien con él? —pregunta, con una voz más baja.
—Ehhh… —dudo, sin saber muy bien qué responder.
Kai inclina la cabeza, observándome con complicidad.
—Sé que ayer pasó algo entre vosotros. Nash no me ha querido dar detalles, pero ha venido a casa esta mañana con cara de desastre absoluto, y eso solo puede significar que ha metido la pata. —Hace una pausa, y su tono se vuelve más suave—. Sea lo que sea que haya hecho, discúlpale por favor.
La petición me pilla desprevenida. Esperaba que Kai me preguntara, que me presionara para saber qué había pasado. No que me pidiera que perdonara a Nash sin siquiera conocer los detalles.
Debería negarlo todo. Debería sonreír y decir que no ha pasado nada, que todo está bien, que Nash no ha hecho nada malo. Proteger mi carrera, mi reputación, mi puesto. No dejar pruebas de lo que ha pasado entre nosotros.
Pero cuando abro la boca, las palabras que salen son muy diferentes.
—En realidad... parte de la culpa también ha sido mía. —Y no se muy bien, ni por qué, acabo contándole a este desconocido todo lo que ha pasado desde que Nash me rescató desnuda de detrás de las rocas.
Le explico que terminé invitándolo a la habitación de mi hotel, que pasamos una noche absolutamente increíble y que, a la mañana siguiente, descubrí que el desconocido con el que me había acostado era, precisamente, uno de mis clientes.
También le cuento cómo he intentado mantener las distancias desde entonces, los regalos absurdos de Nash, mis intentos desesperados por evitarlo durante toda la semana y cómo todo terminó estallando anoche, cuando por fin le dije que no podía seguir insistiendo porque tenía demasiado que perder.
—... Y bueno, terminé diciéndole que me estaba haciendo sentir acosada. En cuanto vi la cara que puso supe que esa palabra le había hecho muchísimo daño. Y, aunque sigo pensando que necesitaba poner límites, desde anoche no dejo de preguntarme si fui demasiado dura con él.
Kai asiente despacio y deja escapar una pequeña risa, como si toda la historia hubiera confirmado algo que ya imaginaba.
—Debes gustarle muchísimo.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Que debes gustarle muchísimo, Mila. Porque Nash no es de los que insisten.
Lo miro sorprendida.
—Pues no lo parece.
Kai niega con una sonrisa.
—Créeme. Llevo quince años siendo su mejor amigo y puedo contar con los dedos de una mano las veces que lo he visto perseguir a una mujer. Normalmente es al revés. Si una relación no funciona o la otra persona le deja claro que no está interesada, da un paso atrás y asunto terminado.
No puedo evitar acordarme de la rubia del Ocean Bar.
—Ya... —murmuro, desviando la vista hacia el mar—. Yo pensaba que debía de ser un ligón.
Kai suelta una carcajada.
—¿Nash? No exageremos. Ha estado casi diez años con la misma mujer. Si hacemos números, ha pasado prácticamente toda su vida adulta en una única relación. No es precisamente el currículo de un mujeriego.
Parpadeo, sorprendida.
—¿Diez años?
—Nueve y medio, para ser exactos. Lo dejaron hace unos seis meses.
Me quedo unos segundos en silencio. No sé por qué, pero esa información me descoloca.
Por la forma en que se comporta, siempre había dado por hecho que Nash era el típico hombre acostumbrado a ligar con facilidad, de esos que cambian de mujer cada fin de semana porque saben perfectamente el efecto que provocan.
Kai parece leerme el pensamiento.
—Es verdad que desde que rompieron ha salido alguna vez, ha tenido alguna cita y supongo que alguna aventura. Sería absurdo negarlo. Pero más por intentar pasar página que porque esa sea su forma de vivir. De hecho, si me preguntas a mí, creo que todavía estaba bastante tocado por esa ruptura.
Me quedo sin saber muy bien qué decir. La imagen que me había formado de Nash empieza a tambalearse y, antes de que pueda hacerle una sola pregunta más, Imogen aparece corriendo hacia nosotros con una enorme sonrisa, sujetando entre las dos manos un puñado de conchas de todos los tamaños.
—¡Papá, mira todo lo que he encontrado! —exclama, dejándose caer de rodillas sobre la arena delante de nosotros para enseñárnoslas como si acabara de descubrir un tesoro pirata—. ¡Hay un montón! Esta tarde podremos hacer collares.
Kai observa las conchas con expresión muy seria durante un par de segundos, como si estuviera valorando una propuesta de negocios.
—Fantástico. Justo lo que cualquier hombre de treinta y tantos sueña hacer un sábado por la tarde: fabricar collares de conchas.
Imogen pone los ojos en blanco con una paciencia impropia de una niña de siete años.
—Papá...
—¿Qué? Solo digo que voy a convertirme en la envidia de todos mis amigos.
La pequeña suelta una risita y le da un abrazo fugaz antes de volver a recoger cuidadosamente todas las conchas.
Kai se incorpora, sacudiéndose la arena de las piernas.
—Si no te importa, voy a aprovechar para coger un par de olas más antes de que cambie el viento.
—Claro. No te preocupes.
Me dedica una sonrisa, coge la tabla y vuelve a dirigirse hacia el agua.
Imogen se sienta a mi lado y empieza a colocar su pequeño tesoro sobre la toalla, clasificando las conchas por tamaños con una concentración absoluta mientras me explica para cuál será cada collar.
Yo asiento y la escucho, pero apenas soy capaz de seguir la conversación.
Mi cabeza continúa atrapada en las últimas palabras de Kai.
Ha estado casi diez años con la misma mujer.
Todavía estaba bastante tocado por esa ruptura.
Por algún motivo, descubrir esa parte de Nash cambia por completo la imagen que me había hecho de él.
Hasta ese momento había dado por sentado que era el típico hombre atractivo acostumbrado a conseguir a cualquier mujer que quisiera.
Un ligón incorregible que simplemente había puesto sus ojos en mí durante unas semanas.
Y, sin embargo, la realidad parecía ser muy distinta.