11 #2
—Pues la conversación se ha terminado. Mila no está disponible. Así que te sugiero que busques a otra persona con quien charlar , amigo .
El tono de Nash no deja lugar a réplicas. Hay una clara advertencia en su mirada y en la forma en que se posiciona, protector y posesivo, a mi lado. Daniel duda un segundo, evalúa a Nash y finalmente retrocede con una sonrisa tensa.
—Vale, tío. Lo pillo.
En cuanto se aleja, me giro hacia Nash, furiosa y acalorada al mismo tiempo.
—¿Se puede saber qué demonios ha sido eso? —susurro enfadada.
Nash me mira con los ojos oscurecidos, sin una pizca de arrepentimiento.
—Ese baboso te estaba desnudando con la mirada —responde con voz baja y firme—. Y conozco a los de su tipo, les cuesta mucho aceptar un «no» como respuesta.
—Puedo defenderme sola —replico, apretando los dientes.
—Lo sé —dice él, acercándose un poco más hasta que su cuerpo casi roza el mío—. Pero conmigo ha sido mucho más rápido y efectivo.
El calor me sube por el cuello. Cojo mi copa de la barra con demasiada fuerza y me doy la vuelta sin decir nada más. Necesito alejarme de él antes de hacer alguna estupidez.
Me dirijo hacia la terraza exterior, buscando un rincón con menos gente. El aire fresco de la noche golpea mi piel caliente y respiro hondo, intentando calmarme.
No pasan ni treinta segundos antes de oír sus pasos detrás de mí.
—¿Dónde vas? —pregunta Nash, siguiéndome.
—Necesito tomar un poco de aire fresco —respondo sin girarme.
—Ya veo —dice con tono divertido—. Buscabas otro buggy para esconderte, pero aquí no hay ninguno.
Me detengo en seco y me giro hacia él, fulminándolo con la mirada.
—¿Podrías no recordarme esa humillante situación?
Nash se detiene a un paso de mí.
—¿Por qué? Fue adorable.
Lo miro boquiabierta, indignada.
—¿Adorable? Me escondí como una niña de doce años porque no sabía cómo lidiar contigo. ¿Y tú lo encuentras adorable?
—Mucho —admite, dando un paso más cerca—. Sobre todo porque sé exactamente por qué huías. Y no era porque no quisieras verme.
El aire entre nosotros se vuelve espeso. La música del interior llega amortiguada, y solo se escucha el sonido de las olas contra el acantilado. Nash me mira como si quisiera comerme entera, y yo siento que mi resolución se tambalea peligrosamente.
—Dime que pare —murmura, bajando la voz—. Dime que no quieres que te toque ahora mismo… y me iré.
Cierro los ojos, luchando contra mí misma con todas mis fuerzas.
—Quiero que pares —susurro.
—Mírame a los ojos y dímelo —exige en voz baja.
Abro los ojos y lo miro directamente. Intento que mi voz suene determinada cuando repito:
—Quiero que pares.
Nash me observa con intensidad durante unos segundos eternos.
—¿Estás segura? —pregunta, con la voz ronca.
—No —admito, casi con dolor—, pero ya te lo he dicho repetidas veces. No podemos seguir con esto. Y el hecho de que sigas insistiendo está empezando a hacerme sentir incómoda y acosada.
Por un momento, algo cambia en su expresión. Parece dolido, como si mis palabras le hubieran golpeado de verdad. Retrocede medio paso, y la tensión en sus hombros se vuelve visible.
—¿Te hago sentir incómoda y acosada?
—Te dije que no quería seguir con esto —insisto, aunque me tiembla la voz.
Nash se pasa una mano por el pelo y resopla, claramente frustrado.
—Y yo te escuché —responde, dando un paso hacia mí—. Pero luego te abriste las piernas y gemiste mi nombre mientras te comía el coño. Siento no poder leer tus señales cuando son tan contradictorias.
Sus palabras son duras, directas y cargadas de verdad. Me quedo sin aliento, con las mejillas ardiendo.
—No es justo que me lo eches en cara —susurro—. Tú sabes perfectamente el efecto que tienes en mí. Pero eso no cambia nada. Tengo mucho que perder, Nash. Y tú… tú solo quieres divertirte.
Nash me mira en silencio durante unos segundos. La expresión dolida sigue ahí, pero también hay algo más profundo.
—Tienes razón. —Parpadeo, sorprendida—. Si de verdad he conseguido que te sientas incómoda o presionada, he cruzado una línea que jamás quise cruzar. Lo último que quiero es convertirme en alguien del que tengas que esconderte.
Trago saliva, incapaz de decir nada.
—Pensé que simplemente estabas luchando contra lo mismo que yo.
Que me deseabas tanto como yo a ti y que el problema era todo lo demás.
Pero si me he equivocado... lo siento. —Bajo la mirada.
La culpa empieza a abrirse paso entre toda la frustración que llevo acumulando durante días—.
No volveré a cruzar esa línea, Mila. A partir de ahora dejaré de insistir.
Seré únicamente el propietario del resort y tú la consultora que hemos contratado.
No volveré a ponerte en una situación como esta.
—Nash...
Niega despacio con la cabeza.
—No. Me has dejado claro lo que necesitas y voy a respetarlo. Tendría que haberlo hecho antes.
Me sostiene la mirada un último segundo. Después esboza una sonrisa triste.
—Que tengas buena noche, Mila.
Se da la vuelta y se marcha.
Me quedo inmóvil, observándolo alejarse.
Es exactamente lo que quería.
Entonces, ¿por qué siento este vacío en el pecho?
Respiro hondo un par de veces antes de volver al interior. Necesito otra copa. O tres.
Nada más entrar, mis ojos lo buscan por pura costumbre.
Lo encuentro enseguida.
Está junto a la barra, hablando con una mujer rubia de unos treinta años. Ella se ríe de algo que acaba de decir y Nash le devuelve la sonrisa con una naturalidad que hace apenas unos minutos parecía imposible.
Una punzada absurda me atraviesa el pecho.
¿En serio?
¿Cinco minutos ha tardado en encontrarme sustituta?
Camino hasta la mesa intentando ignorarlo, pero no puedo evitar volver a mirar.
—Oye, Chloe... —pregunto con el tono más despreocupado que consigo fingir cuando me siento a su lado—. ¿Quién es la chica que está hablando con Nash?
Chloe sigue la dirección de mi mirada y sonríe.
—Ah, Claire. Es la dueña del Ocean Bar. Se conocen desde hace años. Son muy amigos.
Asiento despacio.
Amigos.
Claro.
La rubia es alta, elegante y tiene una risa que se escucha incluso desde aquí. Nash le dice algo al oído y ella se ríe de nuevo, apoyando una mano en su brazo con demasiada familiaridad. Él no se aparta. Al contrario.
Siento una punzada absurda y caliente en el pecho. Celos. Puros y ridículos celos.
«¿Qué esperabas?», me digo. «Le has dicho que parara. Le has dejado claro que no querías nada. ¿Ahora te molesta que te haga caso?»
Pero la razón no sirve de mucho cuando lo veo inclinar la cabeza hacia ella mientras hablan, tan cerca, tan cómodo. Como si no hubiera pasado nada entre nosotros.
Cojo mi copa con más fuerza de la necesaria y me obligo a girarme hacia el grupo, fingiendo que estoy muy interesada en la conversación. Pero mi mente no para de volver a ellos. A la forma en que Nash sonríe. A cómo la rubia lo mira.
Chloe me da un codazo suave.
—¿Todo bien? Estás muy callada de repente.
—Perfectamente —miento, forzando una sonrisa—. Solo un poco cansada.
Nash y la tal Claire siguen hablando. Ella le toca el brazo otra vez. Él no se aparta.
Algo dentro de mí se retuerce.
Y lo peor es que sé que esto es culpa mía. Yo le pedí que parara. Yo le dije que no podía. Y ahora que lo está haciendo… me siento peor que nunca.
Termino mi copa de un trago y me levanto.
—Chicos, yo me voy ya —digo, forzando una sonrisa—. Ha sido un placer, pero estoy agotada. Nos vemos el lunes.
Chloe intenta convencerme de que me quede un rato más, pero niego con la cabeza. Me despido rápidamente del grupo y salgo del Ocean Bar sin mirar atrás.
El aire fresco de la noche me golpea en la cara mientras camino por el sendero iluminado hacia mi villa. El sonido de las olas al fondo debería tranquilizarme, pero solo consigo sentir un nudo en el estómago.
Es lo mejor, me repito una y otra vez.
Es lo mejor que podía pasar.
Nash por fin ha entendido el mensaje. Va a dejar de insistir. Va a tratarme como lo que soy: su consultora. Nada más. Y eso es exactamente lo que yo le pedí.
Entonces, ¿por qué me siento como si acabara de perder algo importante?