Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 11
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Mila

Me paso los siguientes días evitando a Nash como si tuviera la peste.

Puede que parezca inmaduro, pero a estas alturas soy plenamente consciente de que ese hombre es una tentación andante y que quedarme a solas con él en cualquier espacio cerrado es una idea pésima. Mi dignidad, mi carrera y mis bragas están en juego.

Así que paso la semana haciendo malabares: salgo corriendo de las reuniones en cuanto terminan, cambio de dirección en los pasillos en cuanto lo veo venir, e invento excusas absurdas para no coincidir con él en la sala de descanso («tengo una videollamada con Nueva York», «me duele la cabeza», «tengo que revisar unos datos urgentes»).

Cada vez que siento su presencia cerca, mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro y me pongo en modo huida.

Cuando llega el viernes, quiero llorar de alivio por haber sobrevivido a la semana sin haber cometido ninguna locura más.

Tal vez Louis tenía razón después de todo.

Quizá no estoy hecha para las cosas imprevisibles.

Lo mío son los planes, las listas y las reglas bien claras.

Las aventuras espontáneas solo me traen problemas… y bragas perdidas.

Aun así, soy incapaz de decir que no cuando Chloe me pide que salga con ella y el resto del equipo esta noche.

Quieren ir al Ocean Bar a desconectar, tomar una copa y hablar de todo menos de trabajo.

Yo preferiría quedarme en mi villa, con un bote de helado, una serie mala y mi vibrador haciendo horas extras.

De hecho, ya había planeado una noche tranquila de autocompasión y liberación solitaria.

Pero como decir que no se me da fatal, a la hora indicada me arreglo.

Me miro en el espejo mientras me pongo un vestido negro sencillo pero favorecedor. Corto, pero no demasiado. Escote sutil. Suficiente para sentirme guapa sin parecer que estoy intentando seducir a nadie. Me suelto el pelo, me pongo un poco de perfume y respiro hondo.

Vamos allá.

***

El Ocean Bar tiene un ambiente perfecto para un viernes por la noche: luces suaves y cálidas, un saxofonista tocando jazz relajado en un rincón, y una terraza abierta con vistas impresionantes al océano iluminado por la luna.

Busco a Chloe entre la gente y la encuentro en el fondo, en una mesa grande junto a la terraza, con parte del equipo. Me hace señas con la mano en cuanto me ve y me acerco sonriendo, intentando dejar atrás toda la tensión de la semana.

—¡Por fin llegas! —dice Chloe, levantándose para darme un abrazo—. Estás guapísima. Ven, siéntate aquí.

Me acomodo entre ella y otro compañero del equipo. Durante los primeros minutos consigo relajarme. Charlamos de todo y de nada, reímos con las anécdotas de la semana y pedimos otra ronda de copas. Por primera vez en días siento que puedo respirar sin mirar por encima del hombro.

Hasta que la siento.

Esa sensación de estar siendo observada fijamente.

Levanto la vista y ahí está Nash, de pie junto a la barra, observándome con intensidad. Lleva una camisa negra con el primer botón abierto y una expresión que dice claramente que me estaba buscando.

Mi estómago da un vuelco.

—¿También viene Nash? —pregunto a Chloe en voz baja, intentando sonar casual.

Ella asiente con una sonrisa.

—Sí, se enteró de que salíamos y dijo que se pasaría. Aunque es el jefe, a veces se une cuando le apetece. ¿Por qué? ¿Te molesta?

—No, no… para nada —miento, forzando una sonrisa.

Pero por dentro estoy maldiciendo. Había conseguido sobrevivir toda la semana evitando quedarme a solas con él, ¿y ahora tenía que verlo fuera del horario laboral? Y con alcohol de por medio.

Nash coge su copa de la barra y empieza a caminar hacia nuestra mesa. Nuestras miradas se encuentran y, aunque intento mantener una expresión neutral, siento cómo se me acelera el pulso.

Mierda.

Saluda al grupo con esa naturalidad que le caracteriza: bromea un segundo con Chloe y saluda al resto del equipo con una sonrisa fácil.

Cuando llega a mí, se detiene justo a mi lado. Se inclina ligeramente, acercando su boca a mi oído para que solo yo lo escuche, y susurra:

—Te pillé.

Me tenso en la silla.

—¿Qué?

Nash sonríe.

—Imogen te lo advirtió el otro día: soy muy bueno jugando al escondite. Y tú llevas toda la semana haciéndote la experta en desaparecer cada vez que me ves.

Su voz baja y ronca me eriza la piel. Siento su aliento cerca de mi oreja y el calor de su cuerpo demasiado cerca del mío.

Se sienta en la silla que queda libre a mi lado, tan cerca que su rodilla roza la mía bajo la mesa.

—¿No tienes otro sitio donde sentarte? —pregunto, casi entre dientes.

Nash gira la cabeza hacia mí, con una sonrisa lenta y peligrosa.

—¿De qué tienes miedo, consultora? —murmura, inclinándose ligeramente hacia mí para que solo yo lo oiga—. ¿De que te toque debajo de la mesa? ¿O de que te guste tanto que no puedas disimularlo?

Siento cómo su rodilla presiona deliberadamente contra la mía, subiendo un poco por mi muslo. El contacto es sutil, pero suficiente para que un calor traicionero se extienda por mi cuerpo.

Trago saliva con dificultad y miro hacia el resto del grupo, que sigue charlando y riendo, ajeno a lo que está pasando bajo la mesa.

—Nash… —advierto en voz baja.

Él no se aparta. Al contrario, su mano sube por mi muslo, con un toque ligero pero intencionado que me hace apretar las piernas.

—Relájate —susurra, con la voz ronca—. Solo estoy aquí, disfrutando de la noche… y de la vista.

Su mirada baja un segundo a mi escote y vuelve a mis ojos.

—Y la vista es jodidamente buena esta noche.

Me muerdo el interior de la mejilla, luchando contra el impulso de apartarme… o de acercarme más. El corazón me late con fuerza y soy terriblemente consciente de cada punto donde su cuerpo toca el mío.

Es… adictivo.

Y yo tengo que pararlo.

Aparto bruscamente mi silla de él, rompiendo el contacto de su rodilla contra mi muslo. Me giro hacia el resto del grupo e intento sumarme a una conversación sobre no sé qué anécdota de un huésped, fingiendo que estoy muy interesada.

Nash no dice nada.

Solo se recuesta en su silla, con esa sonrisa lenta y satisfecha en los labios, observándome como quien disfruta de un espectáculo privado. Puedo sentir su mirada quemándome la piel. Cada vez que me río por cortesía o intento hablar, noto cómo me mira la boca, el cuello, el escote.

Es humillante lo evidente que debe ser mi nerviosismo.

Chloe me dice algo y yo asiento con demasiado entusiasmo, como si fuera lo más interesante que he oído en mi vida. Nash suelta una risa baja y grave que solo yo parece notar.

—Estás muy participativa esta noche —comenta él con tono inocente, pero con un brillo burlón en los ojos—. Me encanta verte tan… concentrada.

Le lanzo una mirada asesina. Él solo sonríe más.

Sabe perfectamente lo que está haciendo.

Y yo estoy perdiendo la batalla contra mí misma con cada minuto que pasa.

—Necesito una copa —le digo a Chloe, poniéndome de pie de golpe.

Me dirijo hacia la barra sintiendo la mirada de Nash clavada en mi espalda.

Pido un gin-tonic al camarero y respiro aliviada al alejarme de él, aunque solo sea unos metros.

No entiendo por qué tiene tanto poder sobre mí. Solo es un hombre. Un hombre que folla como los dioses y está indecentemente bueno, pero solo un hombre al fin y al cabo. Necesito que entienda que debe parar en sus provocaciones.

Y entonces, una idea empieza a cobrar forma en mi cabeza. ¿Y si intento coquetear con otro esta noche? Nada serio, nada que vaya a ninguna parte. Solo lo suficiente para que Nash vea que no estoy interesada en él.

Veo a un tipo al otro lado de la barra mirándome. Es atractivo, moreno, bien vestido. Soy horrible ligando, pero por esta noche puedo hacer un esfuerzo. Le sonrío un poco.

Bingo.

El tipo me devuelve la sonrisa y, tras terminar la conversación que mantenía con un amigo, se acerca con la copa en la mano.

Siento una mezcla de nervios y satisfacción cuando se detiene a mi lado.

—Hola —dice con una sonrisa tranquila—. Espero no molestarte. Me ha parecido que cruzábamos demasiadas miradas como para no venir a presentarme.

—Hola —respondo, devolviéndole la sonrisa—. Soy Mila.

—Daniel. Encantado.

Nos estrechamos la mano.

—¿Estás de vacaciones? —pregunta.

—No, trabajo aquí unas semanas.

—¿En el resort?

Asiento.

—Soy consultora.

—Vaya. Suena mucho más interesante que decir que trabajas en una oficina.

Me río.

—Depende del día.

—¿Y hoy qué toca? ¿Trabajo o desconexión?

—Intento convencerme de que desconexión.

—Pues has elegido un buen sitio para empezar.

La conversación fluye con sorprendente facilidad durante unos minutos. Es simpático, educado y consigue hacerme reír un par de veces. Incluso empiezo a pensar que quizá mi idea no era tan mala.

Entonces noto que su mirada empieza a demorarse demasiado.

Primero en mi escote.

Después en mis piernas.

Y, cuando vuelve a levantar la vista, ya no tiene la misma expresión agradable de antes.

Da un pequeño paso hacia mí, invadiendo parte de mi espacio personal.

—La verdad... ese vestido debería estar prohibido.

La sonrisa que tenía se me congela un poco.

—Gracias... supongo.

Él parece interpretar mi incomodidad como una invitación para seguir.

—¿Has venido sola?

—No. Estoy con unos compañeros.

—Una pena.

Su mano se apoya en la barra, muy cerca de mi cintura.

—Porque estaba pensando que podríamos saltarnos toda la parte aburrida de seguir hablando aquí. Mi suite tiene una terraza privada con unas vistas espectaculares.

Ahora sí.

Ahí está.

El típico baboso disfrazado de chico encantador.

Me dispongo a decirle que no cuando, de repente, una presencia familiar aparece a mi lado.

—Disculpa —dice Nash con voz fría y controlada, colocándose entre nosotros y apartando sutilmente la mano de Daniel de mi cintura—. Mila, te estamos esperando en la mesa.

Daniel lo mira de arriba abajo, molesto por la interrupción.

—Estábamos en medio de una conversación, amigo.

Nash no sonríe. Su expresión es dura, casi amenazante, mientras se yergue en toda su altura. Su voz sale baja, pero cargada de autoridad: