Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 10
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Mila

Al día siguiente, llego al despacho intentando mantener la compostura y con una determinación férrea: hoy voy a ser fría, profesional y distante. Nada de sonrojos, nada de debilidades.

Pero en cuanto abro la puerta, mi plan se va directamente a la mierda.

Sobre el escritorio hay una elegante bolsa de papel negro con un lazo plateado. Dentro, envuelta en papel de seda, hay una cajita pequeña. Y encima de todo, una tarjeta blanca con su letra inconfundible.

La cojo con dedos temblorosos.

A cambio de las tuyas.

Espero que te gusten.

N.

Trago saliva y abro la cajita. Dentro hay unas bragas de encaje negro, delicadísimas, con detalles sutiles en seda y un tacto que grita lujo.

Las miro un segundo y casi me da un infarto. Estas no son mis bragas. De hecho, no son unas bragas normales. Son de marca cara, probablemente cuestan diez veces más que las mías.

Me pongo de todos los colores. Siento cómo el calor me sube desde el pecho hasta las orejas.

—Será hijo de… —murmuro, apretando la tela en el puño.

Justo en ese momento se abre la puerta.

—¡Buenos días, Mila!

Chloe entra con su habitual sonrisa energética. Reacciono por puro instinto y escondo las bragas (y la cajita) dentro del primer cajón del escritorio, cerrándolo de golpe.

Chloe se detiene en seco, arqueando una ceja.

—¿Todo bien? —pregunta, divertida—. ¿Los jefes te han hecho otro regalito? Porque se podría decir que están más simpáticos que nunca contigo…

El rubor se intensifica. Intento disimular como puedo.

—Solo intentan ser… amables.

Chloe asiente, y su expresión cambia rápido. Se pone seria y cierra la puerta detrás de ella.

—Bueno, cambiando de tema. Tenemos trabajo.

Y bastante. Acabamos de recibir un aluvión de nuevos comentarios negativos en Google Maps.

Han aparecido más de treinta en las últimas dos horas, todos con el mismo tono y patrones muy parecidos.

Está claro que alguien está orquestando un ataque más agresivo.

Me obligo a sentarme y respirar hondo, intentando dejar a un lado las bragas de lujo que tengo guardadas y el recuerdo de la boca de Nash entre mis piernas.

—Está bien —digo, recuperando el modo profesional—. Vamos a revisarlos ahora mismo. Necesito que me pases los enlaces y empecemos a analizarlos.

Nos pasamos la siguiente hora revisando los perfiles de los comentarios.

Quien sea que esté detrás de esta campaña negativa no está contratando servicios cutres en India o Pakistán, como suele pasar en estos casos.

Los comentarios vienen de cuentas verificadas, con historial de reseñas que parecen reales y actividad normal.

Pero el hecho de que hayan aparecido de golpe durante la noche no deja espacio a la duda: esto es coordinado y profesional.

Le digo a Chloe que voy a diseñar una estrategia para contrarrestar las opiniones y que hablamos luego.

En cuanto se marcha, me dedico a denunciar las reseñas en Google una por una, alegando que se trata de contenido falso, spam y que los usuarios no han estado nunca en el resort.

Y así paso toda la mañana: concentrada en el trabajo, denunciando, tomando notas y preparando un plan de respuesta.

Pero mi mente, la muy traidora, no para de volar hacia Nash.

Hacia sus manos subiendo por mis muslos, hacia su boca devorándome, hacia el momento exacto en que casi me corro en su lengua antes de que Kai interrumpiera.

Cada vez que cierro los ojos un segundo, lo veo arrodillado frente a mí. Cada vez que respiro, casi puedo sentir su olor.

Esto es una puta tortura.

A las doce en punto ya tengo preparada la estrategia que seguiremos para mejorar el rating en Google. Reúno al equipo de Marketing en la sala de reuniones, conecto mi portátil al proyector y empiezo a exponer el plan con toda la profesionalidad que consigo reunir.

—La solución es invitar a nuestros huéspedes a dejar valoraciones reales y recientes. Para favorecer que lo hagan, podemos…

La puerta de la sala se abre en ese preciso instante.

Nash entra con paso seguro, vestido con una camisa blanca que se ajusta perfectamente a sus hombros y esa mirada azul que parece capaz de desnudarme incluso desde la distancia. Nuestros ojos se encuentran y, por un segundo, todo el aire desaparece de la habitación.

El rotulador se me cae de la mano y rueda por el suelo con un ruido patético.

Pierdo completamente el hilo.

—…podemos… —intento continuar, pero mi cerebro se ha quedado en blanco. Solo puedo pensar en que hace menos de veinticuatro horas esa misma boca estaba entre mis piernas.

Chloe me mira extrañada. El resto del equipo también.

Nash, por supuesto, sonríe de medio lado, disfrutando del momento.

—¿Podemos…? —repite él con voz inocente, como si estuviera ayudándome.

Trago saliva, me agacho a recoger el rotulador y respiro hondo antes de continuar, intentando recuperar el control:

—…podemos ofrecer incentivos sutiles, como un pequeño detalle de cortesía en el checkout para quienes dejen una reseña, o un sorteo mensual entre los huéspedes que valoren su estancia.

También vamos a lanzar una campaña interna para que el personal anime amablemente a los clientes satisfechos a compartir su experiencia.

Sigo hablando, pero siento su mirada clavada en mí durante toda la presentación. Cada vez que levanto la vista, ahí está: observándome con intensidad.

Cuando la reunión termina y veo a Nash avanzar hacia mí con esa sonrisa peligrosa, decido ser lo más inmadura e infantil posible y… salgo corriendo.

Literalmente.

Dios, nunca pensé que llegaría el día en el que tendría que huir por patas de un tío bueno. Toda esa seguridad que normalmente tengo como mujer de negocios se evapora en cuanto Nash me mira de esa forma. No quiero volver a quedarme sin bragas hoy.

Así que agarro mi carpeta, murmuro un «disculpadme» y salgo de la sala casi a la carrera.

Una vez en el exterior, suspiro aliviada.

Misión cumplida.

Es la hora del almuerzo, así que compro una ensalada de quinoa y salmón para llevar y me siento en un banco precioso en uno de los jardines del resort, bajo una pérgola llena de buganvillas con vistas al acantilado.

Estoy a punto de dar el primer bocado cuando levanto la vista y el corazón me da un vuelco.

A unos veinte metros, caminando por el sendero, viene Nash empujando una bicicleta rosa con Imogen sentada en el sillín, riendo mientras él le hace bromas. La niña lleva un casco con orejas de gato y parece encantada.

Me quedo paralizada. Ellos todavía no me han visto.

El pánico me invade. Sin pensarlo dos veces, cojo la ensalada, me levanto de un salto y me escondo en el primer sitio que veo: uno de esos buggies eléctricos que los huéspedes usan para moverse por el resort. Me meto detrás y me agacho todo lo que puedo.

Contengo la respiración mientras escucho la bicicleta acercarse.

—¡Más rápido, tío Nash!

—Princesa, si voy más rápido te vas a caer —dice Nash riendo.

Justo en ese momento, como si el universo quisiera reírse de mí, una pareja de huéspedes se acerca al buggy charlando animadamente. Antes de que pueda reaccionar, se suben, encienden el motor y arrancan.

—¡Oiga, espere! —susurro, pero ya es tarde.

El buggy se mueve y yo me veo obligada a salir de mi escondite, quedándome completamente al descubierto en medio del camino.

Imogen tarda exactamente tres segundos en verme.

—¡Oh! ¡Es Mila! —grita la niña con emoción, señalándome con el dedo.

Nash detiene la bicicleta y gira la cabeza. Cuando sus ojos se posan en mí, una sonrisa lenta y divertida se dibuja en su cara.

—Mila —dice, claramente disfrutando del momento—. Qué… casualidad.

Me quedo congelada, con la ensalada en la mano, el pelo revuelto y la dignidad hecha pedazos.

—Hola… —logro decir con una voz ridículamente aguda.

Imogen me mira con los ojos muy abiertos.

—¿Estabas jugando al escondite?

Nash suelta una carcajada baja que me pone la piel de gallina.

—Algo así, princesa —responde sin apartar la mirada de mía—. Creo que Mila estaba jugando al escondite… conmigo.

Imogen abre mucho la boca, emocionada.

—¡El tío Nash es muy bueno jugando al escondite! ¡Siempre gana!

—Ya veo… —murmuro, sintiendo cómo me arde la cara.

Nash me mira con un brillo peligroso en los ojos.

—¿Estabas almorzando aquí? —pregunta con tono inocente, señalando la ensalada que todavía sostengo en la mano.

—Eh… sí. Me apetecía un poco de aire fresco.

Imogen, sin perder ni un segundo, sonríe de oreja a oreja.

—¡Ala! Pues vente con nosotros, íbamos a buscar a papá para comer con él.

Niego con la cabeza rapidísimo, casi con desesperación.

—No, no… Mejor me voy al despacho. Tengo mucho trabajo pendiente.

—¿Pero no decías que te apetecía un poco de aire fresco? —pregunta Imogen.

—Sí, pero ya he tenido suficiente para hoy. Adiós, Imogen.

Le dedico una sonrisa forzada a la niña y empiezo a caminar hacia atrás, intentando escapar lo más dignamente posible.

—Adiós, Mila —dice Imogen, saludándome con la mano, todavía sonriendo.

Nash no dice nada. Solo me mira como si supiera exactamente por qué estoy huyendo tan rápido.

Doy media vuelta y me alejo a paso rápido por el sendero, con el corazón latiéndome en la garganta y la cara todavía ardiendo.

Nunca en mi vida había sentido tanta vergüenza.

Cuando por fin llego al edificio administrativo, me obligo a bajar el ritmo. Respiro hondo un par de veces antes de entrar, intentando convencerme de que todo ha sido una situación ridícula que olvidaré en cuanto vuelva a trabajar.

No funciona.

Una hora después, sentada en mi escritorio, sigo viendo la sonrisa de Nash.

Sigo escuchando aquella maldita frase: Creo que Mila estaba jugando al escondite… conmigo.

En ese momento mi móvil vibra con la llegada de un mensaje.

NASH

Hoy has corrido muy deprisa.

Pero algún día dejarás de hacerlo.

—Maldito seas, Nash Langford… —susurro, cerrando los ojos con fuerza.

Ese hombre no solo va a acabar conmigo. Va a conseguir que yo misma le suplique que lo haga.