Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 9
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Mila

En cuanto cierro la puerta de la villa detrás de mí, me apoyo contra ella y suelto un gemido de frustración y vergüenza.

—Joder, Mila… eres idiota —murmuro, pasándome las manos por la cara.

Todavía tengo la falda arrugada, las mejillas ardiendo y, lo peor de todo… no llevo bragas. Me las dejé en el suelo del despacho de Nash. Salí corriendo sin darme cuenta, con Kai mirándome como si supiera exactamente lo que acababa de pasar.

Y ni siquiera me corrí.

Estoy mojada, sensible, frustrada y con el pulso todavía acelerado. Mi cuerpo sigue pidiendo a gritos lo que Nash estaba a punto de darme.

Me odio. Me odio tanto ahora mismo.

¿Cómo pude ser tan débil? Solo fueron unas palabras, unas caricias en los muslos y ya estaba abriendo las piernas como si no tuviera autocontrol. Como si no hubiera una regla clarísima en mi contrato que prohíbe exactamente esto.

Camino de un lado a otro del salón, nerviosa. La villa, que antes me parecía un paraíso, ahora me parece demasiado grande y silenciosa. Me siento expuesta. Vulnerable.

Cojo el móvil de la mesa con manos temblorosas y busco el contacto de Wendy. Responde al segundo tono.

—Hola, reina de California. ¿Cómo va todo por el resort de luj…?

—La he cagado, Wendy —la interrumpo directamente, con la voz ahogada—. La he cagado pero bien.

Wendy se queda callada un segundo.

—Ay, no… ¿Qué hiciste?

—Estábamos en su despacho. Empezó a hablarme de lo imprevisibles que somos juntos… y yo… Dios, me convenció con cuatro palabras. Me quitó las bragas, se arrodilló y empezó a comerme… y justo cuando estaba a punto de correrme, llamaron a la puerta. Era su socio.

Wendy suelta un grito ahogado.

—¡¿Qué?! ¡¿Su socio os pilló?!

—Casi. Salí corriendo sin bragas, Wendy. Sin bragas. Nash las tiene. Y casi me corro en su boca. En su puto despacho. En mi primer día de trabajo.

Mi amiga se queda en silencio unos segundos antes de soltar una carcajada incrédula.

—Hostia, Mila… Tú que ibas a ser «profesional». ¿En serio te quitaste las bragas en su despacho?

—No me las quité yo… él me las quitó —murmuro, tapándome la cara con la mano libre—. Y yo se lo permití. ¿Qué coño me pasa? Se suponía que esto no iba a volver a pasar.

Wendy suspira.

—Vale… respira —dice Wendy, intentando sonar calmada—. ¿Qué vas a hacer ahora?

Me paso la mano por la cara y suelto un suspiro largo y tembloroso.

—Voy a ponerle fin a esto antes de que se me vaya completamente de las manos. No puedo seguir así. Mañana mismo le voy a dejar las cosas claras a Nash. Esto no puede volver a repetirse. Ni una sola vez más.

—Esa es mi chica responsable —responde Wendy, aunque detecto cierto escepticismo en su voz.

Hago una pausa y cambio de tema, porque necesito dejar de hablar de mi desastre por un momento.

—¿Y tú cómo estás? ¿Cómo está Ray? —digo, preguntando por su novio desde hace años.

Wendy suspira al otro lado de la línea. Es un suspiro largo, de esos que no presagian nada bueno.

—Ray… pues no sé. Últimamente lo noto raro.

Distante. Llega tarde, responde los mensajes con monosílabos, y cuando le pregunto si está bien me dice que «todo perfecto» con esa voz que usa cuando claramente no lo está.

—Se queda callada un segundo—. Empiezo a tener miedo de que quiera cortar, Mila.

Y la verdad es que me estoy comiendo la cabeza.

—Ay, Wendy… —murmuro, sentándome mejor en el sofá—. No digas eso. Ray te adora. Lleváis juntos una eternidad y siempre ha estado loco por ti. Seguro que es solo estrés del trabajo o algo temporal.

—Ojalá. Pero ya sabes… con todo lo de Louis y tu ruptura, empiezo a pensar que hay una epidemia de rupturas este año y que me va a tocar a mí ahora.

—No dramatices —le digo con cariño—. Ray no es Louis. Ese hombre te mira como si fueras lo mejor que le ha pasado en la vida. Dale un poco de espacio y luego habla con él con calma. Seguro que no es nada grave.

Wendy suelta una risita triste.

—Ojalá tengas razón. Ahora mismo me conformo con que no me deje por mensaje.

—Seguro que no. Tú relájate, que ya tienes bastante con escuchar mis dramas californianos.

Nos despedimos con un «te quiero» y cuelgo la llamada.

Me quedo un rato sentada en el sofá, mirando al vacío.

La conversación con Wendy me ha distraído un poco, pero en cuanto el silencio vuelve, regresan todas las sensaciones: la boca de Nash entre mis piernas, sus dedos dentro de mí, lo cerca que estuve de correrme… y lo humillante que fue salir corriendo sin bragas.

Agh. No puedo esperar a mañana, tengo que solucionar esto hoy. Vuelvo a coger el móvil y escribo.

MILA

Lo de hoy no puede volver a repetirse.

NASH

¿El qué exactamente?

MILA

Sabes perfectamente el qué.

NASH

¿Lo de irte olvidando las bragas? Yo estoy bien con eso, pero entiendo que fuera incómodo para ti pasearte por el resort sin ropa interior.

—Será capullo… —murmuro entre dientes, con las mejillas ardiendo de vergüenza.

Tecleo con fuerza, como si estuviera golpeando las letras:

MILA

Respecto a eso, las quiero de vuelta.

NASH

Tranquila, prometo cuidarlas bien. Aunque espero que no te moleste que aproveche esta noche para olerlas mientras pienso en ti.

MILA

Eres un cerdo. Y un fetichista. ¿No serías tú quien me robó las bragas mientras nadaba desnuda en el océano?

NASH

Ojalá. Pero no. Por ahora solo tengo unas bragas tuyas. Y ahora que las tengo… creo que me las voy a quedar un tiempo. Considera que es un recuerdo de lo bien que nos lo pasamos antes de que decidieras huir.

MILA

Devuélvemelas.

NASH

Ven a por ellas.

MILA

Dios, no puedo creerme que estemos teniendo esta conversación. En fin, solo quería que te quedara claro que no voy a volver a caer en tus juegos de seducción, por mucho que me provoques.

NASH

Cielo, apenas hice nada. Te abriste a mí voluntariamente… y te mojaste antes siquiera de que te tocara. Pero tranquila, mensaje recibido. Seré un buen chico.

Acompaña el mensaje con un emoji de angelito. Me está tomando el pelo.

Dejo caer el móvil sobre el sofá como si quemara.

—Maldito seas, Nash Langford —murmuro entre dientes.

Estoy furiosa, avergonzada… y tan excitada que me duele. Todavía siento su lengua, sus dedos, el calor de su boca. No llegué a correrme y mi cuerpo me lo está recordando con cada latido.

Me quito la ropa con movimientos bruscos y me meto en la ducha. El agua fría golpea mi piel, pero no sirve de nada. Mi cuerpo sigue ardiendo.

Cierro los ojos y apoyo la frente contra los azulejos.

Sin poder evitarlo, mi mano baja por mi vientre hasta llegar entre mis piernas. Estoy empapada, sensible, hinchada. En cuanto mis dedos rozan mi clítoris, se me escapa un gemido.

—Joder… —susurro.

Empiezo a tocarme pensando en él. En su boca devorándome, en sus dedos follándome, en su voz ronca hablándome.

Acelero los movimientos, frotando mi clítoris con círculos rápidos y desesperados mientras con la otra mano me pellizco un pezón.

Recuerdo cómo me miró justo antes de arrodillarse. Cómo me abrió las piernas. Cómo gemí su nombre.

Mi respiración se vuelve entrecortada. Las piernas me tiemblan. Apoyo la espalda contra la pared y separo más los muslos, masturbándome con más fuerza, imaginando que es su lengua la que me lame sin piedad.

El orgasmo me golpea de repente, intenso y frustrado. Me corro con fuerza, mordiéndome el labio para no gritar, mientras olas de placer me recorren el cuerpo.

Cuando termina, me quedo jadeando bajo el agua, con la mano todavía entre las piernas y una sola certeza clara en la cabeza: esto no ha terminado.