8
Nash
Soy incapaz de dejar de mirarle la boca. Esa jodida boca que la otra noche me llevó al límite una y otra vez.
Kai e Imogen acaban de marcharse, y en cuanto desaparecen por las escaleras, el ambiente entre nosotros cambia por completo. El ruido del restaurante se vuelve lejano y solo quedamos Mila y yo.
Llevo desde ayer pensando en ella. Me masturbé pensando en ella en la ducha, pero ni siquiera eso ha sido suficiente. Sigo excitado, tenso y con una hambre que no se calma.
Ahora que estamos solos, la tensión sexual regresa con fuerza.
Mila me mira con esos ojos grandes, intentando mantener la compostura.
—¿De qué detalles quieres hablar exactamente? ¿Es sobre la estrategia que vamos a seguir con las reseñas?
Sonrío, inclinándome hacia delante sobre la mesa.
—No —respondo con sinceridad, mirándola a los ojos—. No es sobre el trabajo.
Mila suelta un pequeño suspiro.
—Nash… dijimos que esto sería una comida de trabajo.
—Y lo ha sido —contesto, sin apartar la mirada—. Llevamos más de una hora hablando exclusivamente del resort. He cumplido mi palabra. Pero ahora que Kai e Imogen se han ido… quiero hablar de otra cosa.
Ella suspira.
—¿De qué quieres hablar?
Miro alrededor. Aunque la terraza está relativamente tranquila, todavía hay algunos huéspedes y empleados cerca. No es el lugar ideal para esta conversación.
—Aquí no. Mejor vayamos a mi despacho. Estaremos más tranquilos.
Ella duda un segundo, pero finalmente asiente. Nos levantamos y caminamos en silencio por los senderos del resort hasta mi despacho, situado en el ala administrativa. Cierro la puerta detrás de nosotros y echo el pestillo con discreción.
Ahora sí estamos completamente solos.
Mila se sienta en la silla frente al escritorio, cruzada de brazos como si intentara protegerse de lo que viene. Yo me quedo de pie, observándola.
—¿Y bien? —dice finalmente, con la voz algo tensa—. Ya puedes hablar. ¿De qué querías hablar en realidad?
Me separo de la puerta y avanzo lentamente hacia ella, acortando la distancia.
—De lo bien que se nos da ser imprevisibles —respondo con una sonrisa lenta y cargada de intención.
Mila se sonroja al instante, un rubor intenso que sube desde su cuello hasta sus mejillas. Aparta la mirada un segundo hacia la ventana, como si necesitara recomponerse.
—Nash… —murmura.
Me inclino un poco más hacia ella.
—Lo he estado pensando, y sé que quieres que esto se quede en solo una noche.
Era tu plan inicial, lo entiendo. Pero admitirás que la química que hubo entre nosotros no es algo que se encuentre todos los días.
Sería una pena desperdiciarla… y más ahora que vamos a estar uno al lado del otro durante las próximas semanas.
Hago una pausa, dejando que mis palabras calen, y añado con una sonrisa peligrosa:
—¿Por qué no aprovecharlo? Podríamos seguir haciendo cosas imprevisibles… que no tengan nada que ver con bañarte desnuda en el océano. O sí, pero conmigo. Podría follarte allí mismo, contra las rocas, con el mar de testigo.
Veo claramente cómo Mila aprieta los muslos. Su respiración se vuelve más superficial.
—Yo… no puedo, Nash —responde finalmente, con la voz entrecortada—. Aunque quisiera, no es posible. Acostarme con clientes está terminantemente prohibido en mi trabajo. Si se enteran en mi empresa podrían echarme y perdería todo por lo que he estado luchando estos años.
Sus palabras son firmes, pero el tono y la forma en que me mira delatan el conflicto interno que está viviendo.
Me quedo mirándola en silencio unos segundos, procesando lo que acaba de decir. Entiendo su miedo, de verdad. Pero eso no hace que deje de desearla como un loco.
—Comprendo. No quiero que pongas en riesgo tu carrera por mí. Pero estás a casi cuatro mil kilómetros de Nueva York, Mila. Nadie tiene por qué enterarse si somos discretos.
Mila cierra los ojos un segundo y suelta un largo suspiro. Cuando los abre, hay una mezcla de deseo y frustración en su mirada.
—No es tan sencillo. Aunque estemos a miles de kilómetros, las reglas siguen existiendo. Si alguien del resort se entera, si se filtra cualquier rumor… mi reputación se iría a la mierda. He trabajado demasiado duro para llegar hasta aquí.
Sus palabras quedan suspendidas en el aire.
La observo unos segundos en silencio. No está buscando una excusa. Habla completamente en serio. Lo veo en la rigidez de sus hombros, en la forma en que mantiene la barbilla alta pese a que sus ojos siguen delatando todo lo contrario.
—No voy a pedirte que sacrifiques todo eso por mí.
Sería un cabrón si lo hiciera. Pero hay algo que necesito saber.
—Mila levanta la vista hasta encontrar la mía—.
Hay personas con las que conectas y personas que pasan de largo.
Tú y yo nos conocemos desde hace algo más de veinticuatro horas y, aun así, no consigo dejar de pensar en ti.
No sé si volverá a pasarme algo así. ¿Seguro que estás dispuesta a hacer como si no hubiera ocurrido?
El silencio que sigue es demoledor.
Mila me mira fijamente, con los labios entreabiertos y la respiración agitada. Puedo ver la batalla que se libra en su interior.
—No estás siendo justo.
—No pretendo ser justo —respondo, acercándome lentamente hasta quedar frente a ella—. Si quisiera jugar limpio, no te habría hecho esa pregunta.
Doy otro paso y coloco mis manos sobre sus muslos, justo por encima de las rodillas. Siento cómo tiembla bajo mis palmas.
—Quizás podría recordarte cómo se siente… —murmuro, bajando la voz mientras mis manos suben lentamente por sus muslos—. ¿Quieres que te coma, Mila?
Ella jadea audiblemente. Su respiración se corta y, tras un segundo de duda, abre ligeramente las piernas, invitándome.
Eso es todo lo que necesito.
Me dejo caer de rodillas frente a ella. Le subo la falda hasta la cintura con ambas manos y, sin prisa pero con decisión, engancho los dedos en los laterales de sus bragas y se las bajo por las piernas. Mila levanta un pie y luego el otro, dejando que las bragas caigan al suelo.
Su coño queda completamente expuesto y mojado de excitación. El olor dulce de su deseo me golpea como una droga.
—Joder… —gruño antes de hundir mi boca en ella.
La devoro sin piedad.
Paso la lengua por toda su hendidura, saboreándola con hambre. Rodeo su clítoris con la punta de la lengua y luego lo succiono con fuerza.
Mila ahoga un gemido y clava los dedos en mi cabello, tirando de él.
No le doy tregua. Meto dos dedos dentro de ella mientras mi lengua sigue trabajando rápido y duro sobre su clítoris. Está empapada, apretándome los dedos con cada lametón. Sus caderas se mueven contra mi cara, buscando más fricción.
—Nash… Dios… —jadea, intentando contener los gemidos.
Sigo follándola con los dedos y chupándola sin descanso, succionando, lamiendo y mordiendo suavemente. Quiero que se corra en mi boca. Quiero recordarle exactamente por qué es tan difícil resistirse a esto.
Justo en ese momento, tres golpes firmes suenan en la puerta del despacho.
Toc. Toc. Toc.
Ambos nos quedamos congelados.
Mila abre los ojos de golpe, con pánico, y me empuja por los hombros para apartarme.
—Dios mío… ¿qué estoy haciendo? —susurra horrorizada, bajándose la falda con manos temblorosas—. ¿En qué estoy pensando?
Se pone de pie de un salto, visiblemente alterada, y se dirige hacia la puerta sin mirar atrás. Ni siquiera se da cuenta de que sus bragas están tiradas en el suelo.
Abre la puerta con rapidez.
Kai está al otro lado, con una carpeta en la mano.
—Vaya, hola —dice Kai, visiblemente sorprendido al verla.
—Yo ya me iba —balbucea Mila, pasando junto a él casi corriendo, con las mejillas encendidas y sin mirar atrás.
En cuanto ella desaparece por el pasillo, me agacho rápidamente, recojo sus bragas del suelo y me las guardo en el bolsillo del pantalón. Me limpio discretamente la boca y la barbilla con la manga de la camisa antes de enderezarme.
Kai entra en el despacho y cierra la puerta, mirándome con una ceja arqueada.
—¿Ha pasado algo? ¿Dónde iba Mila tan rápido?
Sonrío con toda la naturalidad que puedo fingir y me encojo de hombros.
—Estábamos revisando los gráficos de la estrategia de comunicación… y al parecer le entró una urgencia repentina de revisar unos informes en su despacho —respondo con tono casual—. Ya sabes cómo son las consultoras de Nueva York… siempre con prisa.
Kai me mira durante unos segundos, poco convencido, y luego niega con la cabeza.
—Claro… «urgencia». Tú tienes cara de haber estado comiendo algo muy bueno y ella ha salido como si la persiguiera el diablo. No sé qué estabais revisando exactamente, pero dudo mucho que fueran solo gráficos.
Me río por lo bajo, metiendo las manos en los bolsillos (donde todavía guardo las bragas de Mila).
—Cállate y dime qué traes en esa carpeta, anda.
Kai me observa durante unos segundos en silencio, como si estuviera analizando mi expresión. Luego se recuesta en la silla y suelta directamente:
—¿Me vas a contar qué pasa entre tú y Mila?
Sonrío de medio lado.
—¿Qué te hace pensar que pasa algo?
Kai suelta una carcajada seca.
—Te conozco desde hace quince años. Esa sonrisa la pones cuando acabas de hacer una estupidez.
Me encojo de hombros con aparente tranquilidad.
—Pues entonces quédate con tus teorías. No tengo intención de alimentar el cotilleo.
Kai me sostiene la mirada unos segundos, esperando que añada algo más. Cuando comprende que no voy a hacerlo, suspira resignado.
—Está bien. No voy a preguntarte qué ha pasado aquí dentro porque, por lo que parece, no vas a responderme. Pero sí hay una cosa que voy a decirte.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—Te escucho.
Kai se apoya en el borde del escritorio antes de hablar, adoptando un tono mucho más serio.
—No la jodas, Nash.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Perdona?
—No la jodas. Porque si esa mujer decide hacer las maletas y largarse por tu culpa, no solo perderás un polvo. Perderemos a la mejor consultora que podríamos haber contratado. Y, créeme, encontrar otra como ella no va a ser tan fácil como abrir Tinder.
Me quedo mirándolo en silencio mientras sus palabras calan. Sé que tiene razón. Sé que estoy jugando con fuego. Pero incluso con sus advertencias flotando en el aire, mi mano sigue dentro del bolsillo, rozando las bragas de Mila que aún conservan su calor y su olor.
—Mensaje recibido —digo finalmente, con una sonrisa tranquila que no llega a mis ojos.
Kai asiente, no muy convencido, me lanza la carpeta sobre la mesa y se dirige hacia la puerta. Antes de salir, se gira una última vez.
—Solo… ten cuidado.
Cuando la puerta se cierra detrás de él, suelto el aire que estaba conteniendo y saco las bragas de mi bolsillo. Las miro un segundo, con una sonrisa peligrosa formándose en mis labios.
—Cuidado… —murmuro para mí mismo—. Demasiado tarde para eso.