Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 7
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Mila

Al día siguiente me dirijo a recepción para preguntar dónde voy a trabajar. Una empleada uniformada me acompaña por los mismos pasillos de ayer y me explica que esa ala del resort está dedicada a las oficinas administrativas. Además, me muestra el despacho que usaré durante mi estancia.

El despacho es precioso. Luminoso, con vistas al océano a través de un gran ventanal, un escritorio moderno de madera clara, un cómodo sillón ergonómico y una pequeña zona de reuniones con sofá y butacas. Todo está perfectamente ordenado.

Pero lo que realmente me llama la atención es lo que hay sobre el escritorio: un precioso ramo de flores blancas y buganvillas fucsias (las mismas que rodean el resort), una caja elegante de bombones artesanos y una tarjeta blanca apoyada contra el jarrón.

La empleada también se fija en ello y abre los ojos, claramente sorprendida. No hace preguntas, aunque es obvio que tiene muchas en este momento. Se va sin antes lanzar una mirada curiosa al ramo de flores.

Yo espero a que desaparezca y cierre la puerta antes de coger la tarjeta con el pulso algo acelerado.

Mila,

Bienvenida oficial al Golden Dolphin.

Espero que el despacho sea de tu agrado.

Solo trabajo, como acordamos.

Nash

Suelto un suspiro y me dejo caer en el sillón.

—Maldito seas, Langford —murmuro mirando el ramo.

Sacudo la cabeza, saco el portátil del maletín y lo coloco sobre el escritorio, dispuesta a ponerme en marcha.

Tengo mucho que hacer. Lo primero es ponerme en contacto con el equipo informático para que empiecen a rastrear las IPs de las reseñas negativas, analizar patrones y cruzar datos con posibles competidores.

Justo cuando estoy abriendo el correo para escribirles, tocan suavemente a la puerta.

—Adelante.

Entra una chica joven, de unos veintiséis años, con una expresión simpática y una sonrisa fácil. Tiene el pelo castaño claro con reflejos dorados, una melena suelta que le cae por los hombros, y unos ojos verdes grandes y expresivos. Lleva el uniforme del resort y una tablet en la mano.

—Hola, soy Chloe, del departamento de Marketing —se presenta con energía—. Tenemos una reunión en veinte minutos para coordinarnos y que me expliques cómo quieres que manejemos la parte de comunicación externa.

—Encantada, Chloe. Soy Mila Maddox.

Ella se acerca al escritorio y entonces ve el ramo de flores. Sus ojos se abren con sorpresa.

—Vaya… —murmura, claramente impresionada—. Es la primera vez que veo que los jefes manden flores a una colaboradora externa.

Siento que el calor me sube por las mejillas, pero mantengo una sonrisa profesional.

—Probablemente sea solo un detalle de bienvenida —respondo, intentando sonar despreocupada.

Chloe me mira un segundo más, con una ceja ligeramente levantada, pero no insiste.

—Claro. Bueno, ¿preparamos la reunión? Tengo varias ideas para la estrategia de respuesta en redes.

***

La reunión con el departamento de Marketing va muy bien. Se trata de un equipo joven, creativo y profesional. Comparten ideas frescas y sólidas para contrarrestar las reseñas negativas y reforzar la imagen del resort. Cuando termina, salgo satisfecha y con varias notas útiles.

Regreso a mi despacho con el portátil bajo el brazo. Sin embargo, al doblar la esquina del pasillo me detengo en seco.

Nash está apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa torcida.

Lleva una camisa blanca remangada que deja ver sus antebrazos fuertes y bronceados, y los primeros botones abiertos revelan la base de un torso tonificado que conozco a la perfección.

Su cabello castaño, algo largo y ligeramente despeinado, cae de esa forma tan sexy que parece recién salido de una sesión de fotos.

Y esos ojos azules… intensos, brillantes, son capaces de competir con el cielo de California.

—No te esperaba —digo, intentando que mi voz suene neutral y profesional.

Él se endereza con lentitud, sin dejar de sonreír.

—Vengo a comprobar que no has incendiado el resort en tus primeras horas —responde con naturalidad—. Y también quería invitarte a comer. Hay un restaurante en la terraza superior con vistas increíbles. Será solo una comida de trabajo, por supuesto.

Lo miro durante un segundo, evaluando sus intenciones.

—¿Solo una comida de trabajo?

—Tenemos que hablar de los próximos pasos a seguir. ¿Qué mejor momento que mientras comemos?

Dudo un instante, pero finalmente acepto.

—Está bien. Dame cinco minutos para dejar las cosas y te acompaño.

Nash asiente, satisfecho, y se aparta de la puerta para dejarme pasar.

Mientras entro al despacho, no puedo evitar pensar que «solo comida de trabajo» con Nash Langford suena tan peligroso como volver a meterme desnuda en el océano.

Diez minutos más tarde, estamos sentados en una mesa apartada de la terraza superior del restaurante principal del resort.

Las vistas son impresionantes: el Pacífico se extiende infinito bajo nosotros, con el acantilado cayendo en vertical y el sol brillando sobre el agua.

El ambiente es elegante pero relajado, con mesas discretas y una brisa suave que mueve las buganvillas.

Nash está frente a mí, relajado en su silla, con esa camisa blanca que se ajusta perfectamente a sus hombros anchos y ese cabello castaño despeinado que le da un aire salvaje incluso en pleno día.

Cada vez que se mueve, noto cómo se marca la tela sobre su pecho y no puedo evitar recordar la sensación de esos músculos bajo mis manos.

—Este lugar es increíble —digo, intentando centrarme en el entorno y no en él.

—Es uno de mis rincones favoritos —responde con una sonrisa leve—. Aquí se puede hablar con tranquilidad.

El camarero nos trae las cartas y Nash pide una botella de agua con gas y un vino blanco ligero para acompañar. Yo elijo una ensalada de mariscos y él un filete de pescado a la plancha. En cuanto nos quedamos solos, el aire entre nosotros se vuelve denso y cargado.

Es... peligroso.

—¿Qué tal el despacho? —pregunta.

—Perfecto.

Asiente.

—¿Y las flores?

Levanto una ceja.

—No hacían falta.

Nash sonríe de medio lado.

—Lo sé, pero recordé cierta conversación.

Frunzo el ceño.

—¿Cuál?

—Una en la que cierta mujer aseguraba que los hombres habían olvidado cómo cortejar. Eso mencionaste la otra noche.

Me pongo colorada al instante. Es verdad que entre polvo y polvo surgieron muchas conversaciones, risas y confidencias cuyo contenido exacto se me ha borrado entre el placer y el agotamiento.

—No… no recuerdo haber dicho eso.

Nash suelta una risa baja, grave, que vibra directamente en mi vientre.

—Dijiste muchas cosas esa noche, Mila. Algunas mientras gemías, otras mientras intentabas recuperar el aliento entre ronda y ronda. Me acuerdo de todas.

El calor sube por mi cuello y se instala en mis mejillas. Aprieto los muslos bajo la mesa y cojo la copa para disimular.

—Nash… —advierto en voz baja.

—Tranquila —dice él, levantando las manos en señal de inocencia, aunque sus ojos azules brillan con diversión—.

Solo es una comida de trabajo. Nada más.

Pero no puedo evitar recordar que la mujer que ahora mismo está sentada frente a mí, tan correcta y profesional, es la misma que me arañó la espalda mientras me suplicaba que no parara.

Trago saliva con dificultad. Las imágenes de aquella noche me asaltan de golpe: su boca entre mis piernas, sus manos fuertes sujetándome las caderas, el sonido de su voz ronca cuando se corrió dentro de mí.

Su mirada me repasa lentamente de arriba abajo, deteniéndose un segundo en mis labios y en el escote de mi blusa. La tensión entre nosotros es casi palpable, como una corriente eléctrica que lo envuelve todo.

De repente, una voz alegre interrumpe el momento:

—Anda, no pensé que os encontraría aquí.

—¡Tío Nash!

Una niña de unos siete años, con el pelo castaño rizado recogido en dos coletas y unos grandes ojos verdes llenos de energía, se abalanza sobre Nash y lo abraza con fuerza. Lleva un vestido veraniego amarillo y zapatillas de deporte, y su sonrisa es enorme y contagiosa.

Nash suelta una carcajada cálida y la levanta sin esfuerzo, sentándola en su regazo.

—Hola, princesa —dice él, revolviéndole el pelo con cariño.

Kai aparece detrás de ella, con una expresión divertida y algo sorprendida al vernos juntos.

—Imogen, cariño, no molestes —le dice suavemente, aunque se nota que está acostumbrado a estas escenas—. Perdón por la interrupción. Imogen, te presento a Mila Maddox, la consultora que nos está ayudando con el resort. Mila, ella es Imogen, mi hija.

¿Hija? No tenía ni idea de que Kai fuera padre.

La niña me mira con curiosidad, todavía pegada al cuello de Nash.

—Hola —dice con voz cantarina—. ¿Eres amiga del tío Nash?

Siento que el rubor regresa a mis mejillas con fuerza.

—Bueno, trabajamos juntos.

Imogen sonríe ampliamente y, sin soltar a Nash, se gira hacia su padre.

—Papi, ¿podemos comer con el tío Nash y Mila? ¡Por favor!

Kai nos mira como pidiendo permiso y Nash responde con un suspiro resignado.

—Claro, princesa. Sentaos con nosotros.

Kai arquea una ceja, mientras acerca una silla para Imogen y otra para él.

—Vaya… esto sí que es inesperado —comenta Kai, mirándonos alternativamente—.

Me sorprende veros comer juntos. Nash no quería ni oír hablar de traer a una consultora externa.

Llevo semanas insistiendo y él se oponía rotundamente.

Y ahora, míralo, haciendo de perfecto anfitrión.

Si no lo estuviera viendo con mis propios ojos, no me lo creería.

Siento un pequeño sobresalto. Miro directamente a Nash.

—¿No querías una consultora externa? ¿Por qué?

Nash se recuesta un poco en la silla y se pasa una mano por el cabello despeinado antes de responder.

—Porque siempre he pensado que nadie conoce este resort mejor que nosotros —admite con franqueza—.

No me gustaba la idea de que alguien de fuera viniera a decirnos cómo hacer las cosas.

Me parecía una pérdida de tiempo y de dinero.

Pero después de verte en acción… he cambiado de opinión. Está claro que sabes lo que haces.

El cumplido suena profesional, pero la forma en que lo dice, con esa voz baja y la mirada fija en mí, hace que se me erice la piel. Kai nos observa con atención, como si estuviera percibiendo que hay algo más debajo de las palabras.

—Vaya, eso sí que es nuevo —dice Kai riendo—. Nash reconociendo que se equivocaba. Deberíamos anotarlo en el calendario.

Imogen, ajena a la tensión, tira de la manga de Nash.

—Tío Nash, ¿puedo pedir un refresco?

Nash sonríe y le revuelve el pelo con cariño.

—Claro que sí, peque.

Durante el resto de la comida intento mantenerme centrada en la conversación.

Les resumo las primeras conclusiones de la reunión con Marketing y las medidas que creo que deberíamos poner en marcha de inmediato.

Nash escucha sin interrumpirme, haciendo alguna pregunta de vez en cuando, mientras Kai aporta su punto de vista desde la parte operativa.

La conversación fluye con facilidad y tengo la sensación de que los tres remamos en la misma dirección.

Imogen, ajena a todo aquello, se dedica a entretenernos con sus ocurrencias.

Nos cuenta que ha convencido a su padre para apuntarla a clases de surf, que quiere un perro aunque sea pequeñito y que, según ella, las verduras deberían ser ilegales.

Cada una de sus intervenciones consigue arrancarnos una sonrisa y rebajar la tensión que se instala cada vez que Nash y yo cruzamos una mirada.

Porque, por mucho que intentemos mantener la conversación en un terreno estrictamente profesional, él no deja de buscar mis ojos. A veces solo durante un segundo. Otras, demasiado tiempo. Y cada vez que ocurre, siento el mismo cosquilleo incómodo y familiar recorriéndome el estómago.

En un momento dado, mientras Kai le explica el calendario de las próximas auditorías, noto un roce bajo la mesa.

Bajo la vista.

La rodilla de Nash está apoyada contra la mía.

Levanto los ojos de inmediato.

Él sigue escuchando a Kai con expresión completamente seria, como si no hubiera pasado nada.

Qué imbécil.

Retiro la pierna unos centímetros.

Él no hace el menor intento de seguirme.

Pero cuando vuelvo a concentrarme en la conversación, una sonrisa apenas perceptible curva la comisura de sus labios.

Idiota…

Justo entonces, mi móvil vibra sobre la mesa.

Miro la pantalla.

Es un mensaje del jefe del equipo informático.

Lo abro y, a medida que avanzo por las líneas, la sonrisa desaparece de mi cara.

—Acaban de escribirme —digo, levantando la vista—.

Han intentado rastrear las IPs de las reseñas negativas.

No han podido obtener nada concluyente. Quien esté detrás usa proxis de varios países, VPNs de alta calidad y servidores en la dark web.

Es evidente que se trata de un equipo profesional, no de simples clientes enfadados. Han borrado muy bien sus huellas.

Nash y Kai se miran entre sí, serios.

—Esto confirma que no es algo improvisado —murmura Kai, preocupado.

Nash asiente, con la mandíbula tensa.

—Alguien está invirtiendo dinero y tiempo para jodernos.

Imogen, que está bebiendo su refresco con una pajita, los mira a los dos y suelta de repente:

—¿Por qué decís palabrotas? Papá siempre dice que está feo decirlas.

—Tu papá tiene razón, peque —dice Nash, revolviéndole el pelo con cariño—. Prometo contenerme la próxima vez.

Imogen asiente muy seria, satisfecha de haberlo regañado.

La interrupción de la niña consigue arrancarnos una sonrisa a todos y alivia por un momento la preocupación que se ha instalado en la mesa. Sin embargo, la seriedad regresa rápido.

—Esto complica las cosas —comento, guardando el móvil—. Si es un equipo profesional, tendremos que ser más creativos. Puedo coordinarme con Marketing para lanzar una campaña de defensa y, mientras tanto, seguir investigando posibles competidores o ex-empleados descontentos.

Kai asiente, pensativo.

—Buena idea. Nash, ¿qué opinas?

Nash me mira fijamente un segundo antes de responder.

Sus ojos azules tienen esa intensidad que me desestabiliza.

—Estoy de acuerdo con Mila. Ella es la experta. Confío en su criterio.

Otra vez ese tono… profesional por fuera, pero cargado de algo mucho más íntimo.

Siento un calor traicionero subiendo por mi cuello.

El resto de la comida transcurre entre la conversación de trabajo y los comentarios espontáneos de Imogen, que consigue mantener un ambiente más ligero.

Cuando terminamos, Kai se levanta con Imogen de la mano.

—Gracias por la compañía. Nosotros tenemos que irnos, tengo una videollamada en quince minutos. ¿Vosotros seguís?

Nash me mira con una sonrisa contenida.

—Todavía tenemos que hablar de algunos detalles —responde sin apartar los ojos de mí.

Kai se despide con una sonrisa, pero antes de girarse, lanza una mirada rápida a Nash y luego a mí. No dice nada, pero hay algo en sus ojos que me hace pensar que no se ha tragado del todo lo de la «comida de trabajo».

Y yo me quedo sentada, con el corazón latiendo más fuerte de lo que debería. Porque algo me dice que esos detalles no solo tienen que ver con el resort.