Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 6
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Mila

Cuando me quedo sola en la villa, lo primero que hago es soltar todo el aire que no sabía que estaba reteniendo. Me apoyo contra la puerta cerrada y cierro los ojos un segundo, dejando que el peso de la situación caiga sobre mí como una ola.

Nash.

Dios mío, Nash.

De todos los hombres del mundo, tenía que ser él.

El mismo que me hizo perder la cabeza anoche, el que me folló como si llevara meses deseándome, el que me arrancó orgasmos que todavía siento en los músculos.

Ese cuerpo, esa boca, esa forma de mirarme como si quisiera comerme entera…

y ahora resulta que es uno de los dueños del resort. Mi cliente. Mi jefe temporal.

¿Cómo se supone que voy a trabajar con él? ¿Cómo voy a sentarme en reuniones, hablar de estrategias y números, mientras recuerdo perfectamente el sabor de su piel y cómo se sentía dentro de mí?

Sacudo la cabeza, intentando alejar esos pensamientos. Una noche. Solo fue una noche. Yo misma lo dije y él lo aceptó. Tengo que ser fuerte. Profesional. He venido aquí a salvar la reputación de este lugar, no a liarme con uno de sus propietarios y poner en riesgo toda mi carrera.

Además, en Harper ella dejó los estudios en segundo año y ahora trabaja como camarera en un restaurante de Manhattan, un empleo que no le apasiona pero que le permite pagar las facturas y mantener su libertad caótica.

La videollamada se conecta y aparece Wendy, con el pelo recogido en un moño desordenado y una taza de café en la mano.

—¡Mila! ¿Cómo ha ido la reunión? ¿Cómo son los clientes? Cuéntamelo todo.

Me dejo caer en el enorme sofá blanco y suelto un suspiro largo.

—Serían perfectos… si no me hubiera follado a uno de ellos anoche.

Wendy grita tan fuerte que tengo que bajar el volumen del móvil.

—¡¿QUÉ?! ¡No! ¡Cuéntamelo todo ahora mismo!

Y se lo cuento. Todo.

Le explico que por culpa de Louis y su comentario sobre lo predecible que soy, acabé metiéndome desnuda en el océano en plena noche, que alguien me robó la ropa, que grité a un corredor para que me prestara su camiseta y que terminé teniendo la mejor noche de sexo de mi vida con un desconocido sin nombres.

Le resumo cómo acabamos en la habitación del hotel, los detalles de lo que pasó entre nosotros (sin ser demasiado gráfica, pero lo suficiente para que Wendy vuelva a gritar), y cómo esta mañana, al llegar a la reunión, descubrí que ese desconocido era Nash, uno de los propietarios del Golden Dolphin Resort.

Cuando termino, Wendy se queda en silencio unos segundos, con los ojos muy abiertos.

—Joder, Mila… Esto es una locura. ¿Y qué vas a hacer ahora?

—Nada —respondo con firmeza—. No pienso hacer nada. Hemos quedado en que solo sería una noche y seguirá siendo así.

Wendy arquea una ceja, claramente escéptica.

—¿Estás segura? Porque por la forma en que lo cuentas, ese hombre te dejó bastante impresionada…

—Bueno, admito que tiene buenas aptitudes —digo, mordiéndome el labio al recordar—, pero en mi empresa está prohibido liarse con los clientes. Si se enteran, adiós al ascenso al que llevo tiempo aspirando.

Porque sí, hay mucho más en juego que solo este proyecto.

Harper & Brooks va a abrir una nueva plaza de Senior Crisis Consultant a finales de año, con opción a socio junior.

Es el ascenso que llevo persiguiendo desde hace tres años: mejor sueldo, más autonomía, proyectos internacionales y, sobre todo, el reconocimiento que Louis siempre me dijo que nunca conseguiría si seguía siendo «tan predecible y segura».

Este contrato con el Golden Dolphin no es uno más. Es el que puede poner mi nombre encima de la mesa de los socios. Un solo error, una sola filtración de que me acosté con uno de los clientes… y todo se va a la mierda.

Wendy suspira y niega con la cabeza, pero con esa sonrisa cómplice que siempre tiene cuando me meto en líos.

—Suerte que eres Mila Maddox, la reina de los planes y las listas. Si hay alguien capaz de resistir la tentación ante esto, esa eres tú.

—Exacto —respondo, intentando sonar más convencida de lo que realmente estoy—. Voy a hacer mi trabajo, voy a resolver esta crisis y voy a volver a Nueva York con un ascenso bajo el brazo. Nash Langford será solo un cliente más.

Wendy se ríe suavemente.

—Te creo… más o menos. Pero si en algún momento sientes que la reina de los planes está a punto de mandar todo a la mierda por unos cuantos  abdominales y una sonrisa peligrosa, llámame. Aquí estaré para recordarte por qué no puedes tirártelo otra vez.

—Gracias —murmuro, más aliviada solo por haberlo sacado todo—. De verdad. Necesitaba contárselo a alguien.

—Para eso estamos las amigas. Ahora ve, instálate en esa villa de lujo, trabaja como la bestia que eres y mantén las bragas puestas… aunque sea difícil con ese Dios griego rondando por el resort.

Nos despedimos entre risas y cuelgo la llamada.

Me quedo un rato mirando la pantalla en negro del móvil. Wendy tiene razón. Soy Mila Maddox. La de las listas, los planes y el autocontrol. Puedo con esto.

Pero mientras miro hacia la piscina infinita que brilla bajo el sol de California, no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo va a durar esa convicción antes de que Nash Langford ponga a prueba todos mis planes.