Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 5
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Nash

El mundo se detiene por un segundo. O tal vez son tres.

No estoy seguro. Lo único que sé es que el aire de la sala de reuniones se ha vuelto denso, casi irrespirable, y que la mujer que tengo delante, Mila Maddox, es la misma que hace menos de tres horas estaba gimiendo mientras se corría alrededor de mi polla.

Sus ojos están muy abiertos. Los míos también.

Kai sigue hablando, ajeno a todo, presentándome como si esto fuera una reunión más.

—Permíteme presentarte a mi socio, Nash Langford. Nash, ella es Mila Maddox, de Harper & Brooks.

Extiendo la mano de forma automática. Profesional. Como si no hubiera tenido mi cara enterrada entre sus muslos hace poco.

—Encantado —digo, y mi voz suena sorprendentemente normal.

Sus dedos rozan los míos y el apretón dura un segundo más de lo necesario. Ninguno de los dos aparta la mirada.

—Igualmente —responde ella en un tono cortés.

Kai nos mira alternativamente, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Pasa algo aquí? De repente el ambiente se ha puesto un poco raro.

Si supieras cuánto, amigo , pienso, pero no lo manifiesto en voz alta.

—En absoluto —respondo antes de que Mila tenga ocasión de abrir la boca.

Ella asiente una fracción de segundo después.

—Lo siento. Siempre analizo demasiado a la gente la primera vez que la conozco.

¿La primera vez?

Teniendo en cuenta que hace unas horas analizó mi cuerpo centímetro a centímetro, diría que esa fase ya la habíamos superado.

Kai arquea una ceja como dando a entender que no se cree nada, pero no hace más preguntas. Menos mal. Es un cabrón observador, pero hoy parece tener prisa por empezar.

—Perfecto. Sentémonos. Mila, ¿café? ¿agua?

—Agua, por favor —dice ella, y se sienta con la espalda muy recta, cruzando las piernas. Lleva un traje con falda de tubo azul marino que le queda como un guante. Profesional. Elegante. Nada que ver con la chica que encontré desnuda tras una roca en la playa.

Me obligo a sentarme frente a ella. Mantener la distancia. No mirar el escote discreto de su blusa. No recordar cómo se sentían sus tetas en mis manos.

Joder. Esto va a ser complicado.

Kai empieza a exponer el problema de las reseñas negativas, las cancelaciones, la campaña que parece orquestada. Yo asiento en los momentos adecuados, pero mi cerebro está en otra parte. En su sabor. En cómo me apretaba cuando se corría. En la forma en que me miraba cuando corría dentro de ella.

Mila toma notas. Escucha con atención. Hace preguntas inteligentes. Es buena. Muy buena. Se nota que sabe lo que hace.

En un momento dado, cuando Kai sale un segundo a pedir más café, nos quedamos solos.

El silencio es ensordecedor.

Ella levanta la vista de sus papeles. Sus mejillas están ligeramente sonrosadas.

—Esto es… —empieza en voz baja.

—Una puta locura —termino yo.

Una risa nerviosa se le escapa. Se muerde el labio inferior, el mismo que yo mordí hace unas horas. Tras un breve silencio, me mira intentando mostrarse seria.

—Nash… —Es la primera vez que pronuncia mi nombre—. Lo de anoche fue exactamente lo que dijimos que sería. Una noche. Esto no cambia nada. Ahora soy tu consultora y tú eres mi cliente. ¿De acuerdo?

La observo unos segundos.

—¿Y si no estoy de acuerdo?

Ella suspira.

—Entonces finge que lo estás.

Exhalo despacio y asiento una vez, con la mandíbula tensa

—Está bien —digo al fin—. Pero voy a ser sincero contigo: me va a costar un huevo tratarte como si solo fueras la consultora que contratamos. Sobre todo cuando sé exactamente cómo suenas cuando te corres. Pero soy un profesional. Tú también. Así que… lo intentaremos.

Ella asiente, visiblemente aliviada.

—Solo trabajo —confirma—. Nada más.

—Solo trabajo —repito.

En ese momento la puerta se abre y Kai entra con el café.

El resto de la reunión transcurre con una tensión extraña flotando en el aire.

Hablamos de estrategias, de las reseñas falsas, de posibles sospechosos internos o competidores.

Mila es brillante: clara, estructurada y con ideas muy sólidas.

Yo intervengo lo justo, manteniendo la distancia profesional que acabamos de acordar.

De vez en cuando nuestras miradas se cruzan un segundo de más. Nada demasiado obvio, pero suficiente para que sienta un tirón en el estómago.

Cuando la reunión termina, Kai se levanta.

—Nash, ¿puedes mostrarle a Mila su villa? Yo tengo que atender una llamada con proveedores.

—Claro —respondo, manteniendo un tono neutro.

Recogemos su maleta en recepción y caminamos en silencio por los senderos del resort. El sol brilla alto y la brisa marina mueve suavemente las hojas de las palmeras. Ninguno de los dos habla hasta que llegamos a la villa privada que le hemos asignado.

Abro la puerta y le hago un gesto para que pase primero. Es amplia, luminosa, con vistas espectaculares al acantilado y al Pacífico.

—Aquí estarás muy cómoda —digo, quedándome cerca de la entrada—. Si necesitas cualquier cosa, avisa a recepción o a mí directamente.

Mila se gira hacia mí, todavía con la carpeta contra el pecho como si fuera un escudo.

—Nash…

—No te preocupes —la interrumpo con una media sonrisa tranquila—. No voy a insistir. Lo de anoche fue increíble, pero entiendo las reglas. Una noche. Punto final.

Ella me mira durante unos segundos, como si estuviera buscando algo en mi expresión. Finalmente asiente.

—Gracias. De verdad.

—Te dejo instalarte. Si quieres, mañana podemos revisar juntos el plan de acción que propusiste.

—Perfecto. Qué profesional —dice ella, casi como recordándoselo a sí misma.

—Soy profesional —confirmo—. Que tengas un buen día, consultora.

Cierro la puerta al salir y camino de vuelta al despacho con las manos en los bolsillos. El cuerpo me pide volver, tumbarla en esa cama enorme y follarla hasta que grite otra vez. Pero la mente sabe que no es lo correcto por ahora.

Mientras camino de vuelta, mi mente ya está trazando un plan. Respeto su decisión… pero no voy a hacer que sea fácil para ninguno de los dos olvidar lo que pasó entre nosotros.