Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 4
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Mila

Me observo en el espejo incapaz de borrar la sonrisa.

No he dormido absolutamente nada.

Y, por una vez en mi vida, no me arrepiento lo más mínimo.

Mientras extiendo un poco de corrector bajo los ojos, una imagen tras otra vuelve a colarse en mi cabeza: el agua helada del Pacífico, la camiseta prestada, las carcajadas, sus besos, la forma en que acabamos olvidándonos del reloj hasta que amaneció.

Si alguien me hubiera dicho hace una semana que terminaría acostándome con un desconocido después de bañarme desnuda en el océano, le habría recomendado buscar ayuda psicológica.

Yo no hago esas cosas.

O, mejor dicho… no las hacía.

Siempre he necesitado tenerlo todo bajo control. Un plan A, un plan B y otro de emergencia por si los dos anteriores fallaban. Pero resulta que la mejor noche de mi vida nació precisamente cuando todos mis planes saltaron por los aires.

Qué ironía.

Sonrío mientras doy unos toquecitos más de corrector sobre las ojeras.

Después de casi seis horas de sexo con un desconocido, el milagro sería no tenerlas.

Cojo el móvil del escritorio para comprobar la hora.

Las ocho y cuarto.

Tengo tiempo de sobra para llegar al Golden Dolphin Resort antes de la reunión.

En ese momento la pantalla se ilumina con una notificación.

WENDY

Muchísima suerte en tu primera reunión. Vas a dejarlos con la boca abierta.

Una sonrisa aún más amplia se instala en mi cara.

Mi mejor amiga lleva semanas diciéndome que este proyecto puede cambiar mi carrera.

Y tiene razón.

La noche anterior me demostré que podía ser imprevisible.

Esta mañana toca recordar por qué Harper & Brooks decidió enviarme a mí para resolver la crisis de uno de los resorts más exclusivos de California.

Es hora de volver a ser la Mila profesional.

***

El trayecto hasta el Golden Dolphin Resort apenas dura quince minutos, pero es suficiente para que la emoción vaya sustituyendo poco a poco al cansancio.

Había visto fotografías. Decenas. Incluso había recorrido la web oficial varias veces mientras preparaba la estrategia de comunicación para esta crisis.

Pero las fotografías se quedan ridículamente cortas.

El resort parece suspendido sobre un acantilado que cae directamente al Pacífico.

Los edificios, de apenas dos alturas, se mezclan con jardines exuberantes llenos de palmeras, buganvillas y flores tropicales.

Pequeños senderos de piedra serpentean entre estanques y cascadas artificiales hasta desembocar en piscinas infinitas que parecen fundirse con el océano.

Todo transmite calma.

Exclusividad.

Como si el resto del mundo dejara de existir en cuanto cruzas la entrada.

No me extraña que este lugar se haya convertido en uno de los destinos más codiciados de la costa oeste.

Precisamente por eso resulta tan extraño que alguien esté intentando destruir su reputación.

Nada más entrar en el impresionante vestíbulo, el aroma a flores blancas y cítricos envuelve el ambiente. El techo, completamente acristalado, permite que la luz del sol inunde cada rincón, mientras una enorme pared de cristal ofrece una vista privilegiada del océano.

Me acerco a la recepción.

—Buenos días. Soy Mila Maddox. Tengo una reunión con los propietarios.

La recepcionista sonríe como si llevara esperándome toda la mañana.

—Por supuesto, señorita Maddox. Bienvenida al Golden Dolphin Resort. Puede dejarnos su equipaje hasta que termine su reunión.

Perfecto.

Mucho mejor que ir arrastrando la maleta por medio resort.

Le entrego el equipaje y, apenas unos segundos después, una joven vestida con el impecable uniforme color arena del hotel se acerca a mí.

—Si me acompaña, por favor.

La sigo por un amplio pasillo abierto al jardín.

A un lado se suceden patios interiores repletos de vegetación. Al otro, enormes ventanales permiten contemplar el mar casi a cada paso.

Cada detalle parece cuidadosamente estudiado.

Ni una hoja fuera de sitio.

Ni un empleado corriendo.

Todo funciona con una precisión casi coreografiada.

Si alguien está intentando hundir este lugar, desde luego no será porque escatimen en excelencia.

La empleada entra en uno de los edificios y acaba deteniéndose frente a una puerta de madera clara. Llama suavemente antes de abrirla.

—La señorita Maddox.

Entro con mi carpeta bajo el brazo.

Solo hay dos hombres.

Reconozco inmediatamente a Kai.

Hemos mantenido varias videollamadas durante las últimas semanas. En persona transmite exactamente la misma impresión: impecable, serio y con esa expresión tranquila de quien rara vez pierde el control.

Se acerca enseguida para estrecharme la mano.

—Mila. Me alegro de que hayas llegado sin problemas.

—Ha sido un placer. Gracias por confiar en mí.

—Estoy seguro de que nos vas a ser de gran ayuda.

Mientras hablamos, apenas reparo en el otro hombre. Está de espaldas, junto al enorme ventanal que domina la sala, observando el océano.

Kai da un paso a un lado.

—Permíteme presentarte a mi socio...

El hombre se gira.

Y el aire desaparece de mis pulmones.

No.

No puede ser.

El corredor del paseo marítimo. El desconocido con el que pasé toda la noche. El hombre que hace apenas unas horas estaba desnudo en mi cama.

Él me reconoce exactamente al mismo tiempo.

Durante un segundo eterno ninguno de los dos dice una sola palabra.

Solo nos miramos.

Y, por la forma en la que sus ojos se abren exactamente igual que los míos, sé que acaba de comprender la misma realidad imposible.

Mi cliente… es él.