Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 3
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Nash

Antes de salir de la cama, me quedo unos segundos tumbado boca arriba, intentando recuperar el aliento mientras observo el techo de la habitación.

No recuerdo la última vez que perdí la noción del tiempo de esta manera.

Giro la cabeza hacia ella.

Sigue tumbada entre las sábanas, con el pelo completamente revuelto y una expresión relajada que no se parece en nada a la de la chica nerviosa que encontré escondida detrás de una roca unas horas atrás.

Quién iba a decir que un paseo nocturno acabaría así.

Una sonrisa se me escapa sin remedio.

Levanto la muñeca para consultar el reloj deportivo y una carcajada incrédula brota de mi garganta.

—No me jodas...

El reloj sigue mostrando el resumen de actividad. Olvidé detener el entrenamiento antes de entrar en el hotel.

Tiempo activo: 5 horas y 47 minutos.

Calorías quemadas: 1.527.

Sacudo la cabeza, divertido.

Ni en mis entrenamientos más duros había visto una cifra semejante.

—Creo que acabo de pulverizar mi récord.

—¿Tu récord?

Le enseño la pantalla del reloj.

—El de calorías quemadas en una sola sesión de entrenamiento.

Ella la observa un instante y rompe a reír.

Entonces me fijo en la hora.

06:18.

La sonrisa se me desvanece un poco.

Mierda.

Me incorporo despacio y dejo los pies en el suelo.

Dentro de un par de horas tengo que estar en el resort. Antes necesito pasar por casa, ducharme y ponerme algo que no huela a sal, sudor y sexo. Esta ha sido, sin duda, una de las mejores decisiones impulsivas que he tomado en toda mi vida.

—Será mejor que me vaya. —Empiezo a vestirme mientras ella me observa desde la cama con una pequeña sonrisa.

—¿Tan pronto?

Sonrío.

—Si quiero llegar al trabajo con aspecto de haber dormido algo esta noche, sí. Todavía tengo que pasar por casa.

Ella asiente despacio.

Cojo la camiseta del suelo y me la pongo. Aún conserva el olor del mar mezclado con su perfume.

Sonrío.

Ha sido una locura.

La mejor clase de locura.

Me acerco de nuevo a la cama.

—Sé que dijimos que esto sería solo una noche... —empiezo, rascándome la nuca—, pero ¿te apetecería que nos viéramos otra vez? Mientras estés en Golden Cove, quiero decir.

Ella niega con la cabeza con suavidad.

—Ha sido increíble. Muchísimo. Pero prefiero que se quede así.

La miro durante unos segundos. Una parte de mí quiere insistir. La otra entiende perfectamente lo que quiere decir.

Hay noches que funcionan precisamente porque no intentas convertirlas en otra cosa.

Asiento con una media sonrisa.

—Supongo que tienes razón.

Me inclino hacia ella y deposito un beso lento sobre sus labios.

Esta vez no tiene la urgencia de los anteriores.

Sabe a despedida.

Cuando me separo, apoyo la frente contra la suya unos segundos.

—Gracias.

—¿Por qué?

Sonrío.

—Por regalarme la mejor excusa que he tenido nunca para saltarme un entrenamiento.

Ella rompe a reír.

Nos levantamos y caminamos juntos hasta la puerta.

Antes de salir, vuelvo a mirarla una última vez.

Permanece apoyada en el marco, despeinada, con una sonrisa tranquila que no encaja con la intensidad de la noche que acabamos de compartir.

No sé cómo se llama.

No sé de dónde viene.

Y probablemente nunca vuelva a verla.

Sin embargo, tengo la extraña sensación de que voy a recordarla durante mucho, mucho tiempo.

Con esa idea rondándome la cabeza, cierro la puerta y camino hacia el ascensor mientras el sol empieza a asomar sobre el Pacífico. Mi cuerpo está agotado.

Mi mente, en cambio, sigue atrapada en aquella habitación.

***

Llego a mi villa dentro del resort poco después de las siete. Lo primero que hago es meterme bajo la ducha. El agua caliente consigue relajarme los músculos, aunque no sirve para sacarme de la cabeza la imagen de la desconocida sonriéndome desde la cama.

Supongo que tardaré unos días en olvidarla.

O eso quiero creer.

Media hora después, ya vestido con unos pantalones chinos color arena, una camisa blanca remangada y unos mocasines, entro en el despacho con una taza de café recién hecho y enciendo el ordenador.

Nada más abrir el correo encuentro un mensaje de Kai, mi socio en el resort.

Asunto: Información consultora.

Frunzo el ceño y lo abro.

Nash:

Como me imaginaba que querrías saber con quién vas a reunirte esta mañana, te adjunto el expediente de la consultora.

Se llama Mila Maddox y trabaja para Harper & Brooks, una de las consultoras de imagen y gestión de crisis más prestigiosas de Nueva York.

Está especializada en empresas del sector del lujo y lleva años ayudando a recuperar la reputación de hoteles y resorts.

Léetelo antes de que llegue.

Y, por favor, intenta no echarla antes de que termine el primer café.

Kai

No puedo evitar resoplar.

Abro el documento adjunto.

Mila Maddox.

Dos másteres.

Especialización en comunicación corporativa y gestión de crisis.

Cinco años asesorando a empresas del sector del lujo.

Una lista de proyectos que haría feliz a cualquier director de recursos humanos.

No está mal.

Cierro el archivo y doy otro sorbo al café.

Nunca me ha hecho gracia la idea de traer a alguien de fuera para decirnos cómo debemos hacer nuestro trabajo.

El Golden Dolphin Resort no es un hotel cualquiera.

Es el complejo turístico más exclusivo de la Costa Oeste.

Un resort de cinco estrellas levantado sobre un acantilado con vistas al Pacífico, con playa privada, puerto deportivo, spa, cinco restaurantes, un club de playa y más de doscientas villas de lujo repartidas entre jardines tropicales.

La gente no paga una fortuna por alojarse aquí solo por las instalaciones.

Paga por una experiencia.

Y esa experiencia depende de cientos de pequeños detalles que solo entiendes cuando llevas años viviendo este lugar desde dentro.

Pero Kai lleva semanas insistiendo.

Todo empezó hace unos meses, cuando comenzaron a aparecer reseñas negativas sobre el resort.

Al principio pensamos que eran simples clientes descontentos.

Después llegaron más. Y más. Perfiles anónimos, opiniones sospechosamente parecidas y una campaña imposible de rastrear que empezó a afectar a nuestra reputación.

Las reservas siguen siendo buenas.

Pero las cancelaciones también han empezado a aumentar.

Según Kai, necesitamos a alguien capaz de averiguar qué está pasando y, sobre todo, de evitar que el problema siga creciendo.

Yo sigo pensando que nadie conoce este resort mejor que nosotros.

Él cree que precisamente por eso hemos dejado de ver lo evidente.

Ha insistido tanto durante las últimas semanas que, al final, no me quedó otra que aceptar. Al menos ha tenido el detalle de enviarme el expediente antes de la reunión.

Miro una última vez el nombre que aparece en la primera página.

Mila Maddox.

Espero que, por el dineral que vamos a pagar por traerla desde Nueva York, sea tan buena como promete ese currículum.

Porque, si no consigue resolver esta crisis, me temo que ni el Golden Dolphin Resort ni Golden Cove volverán a ser recordados por sus playas y sus atardeceres.