2
Mila
La boca del desconocido choca con la mía nada más cerrar la puerta de la habitación del hotel donde me hospedo. Es sencilla, sin demasiados lujos. Solo estaré aquí una noche. A partir de mañana me alojaré en el resort donde voy a trabajar.
El desconocido no le presta atención. Mete la lengua dentro de mi boca mientras una mano se apresura a subir por mi muslo bajo su camiseta mojada de sudor.
—¿Quieres que me duche antes de seguir? —murmura contra mis labios, con la voz ronca.
Sorprendentemente, niego con la cabeza.
—No. Me gusta como hueles.
Vuelve a comerme la boca, más profundo esta vez, mientras su mano asciende sin piedad hasta mi sexo.
Sus dedos rozan mi humedad y suelta un gruñido bajo que vibra contra mi lengua.
Estoy empapada, y no solo por el agua del mar.
La camiseta se me sube hasta la cintura cuando me empuja contra la pared, y sus dedos separan mis pliegues para acariciar mi clítoris hinchado con movimientos circulares lentos y firmes.
Yo tampoco pierdo el tiempo.
Mis manos bajan por su pecho desnudo, sintiendo cada músculo tenso, y tiro del cordón de sus pantalones de correr. Su polla salta libre, dura y gruesa, con la cabeza ya brillante de líquido preseminal. La rodeo con los dedos y empiezo a masturbarlo despacio, disfrutando de cómo palpita en mi palma.
Se separa apenas un segundo, respirando agitado contra mi boca.
—¿Cómo te llamas? —pregunta, con los ojos oscurecidos de deseo.
—No —respondo de inmediato, mordiéndole el labio—. Prefiero que no haya nombres.
Él asiente con una media sonrisa torcida.
—Perfecto. Sin nombres, entonces.
Vuelve a besarme, me levanta en brazos y me tira sobre la cama.
No pierde el tiempo. Se arrodilla entre mis muslos abiertos y me quita la camiseta. Me mira un segundo, y luego baja la cabeza con hambre hacia mi sexo.
Su lengua caliente lame mi hendidura de abajo arriba en un lametón largo y lento que me arranca un gemido ahogado.
No tiene prisa. Recorre cada pliegue con la punta de la lengua, saboreándome despacio, rodeando mi clítoris sin tocarlo del todo, provocándome.
Cuando por fin lo succiona entre sus labios, chupando con fuerza, arqueo la espalda y clavo los dedos en las sábanas.
—Joder… —jadeo.
Introduce dos dedos dentro de mí, curvándolos para frotar ese punto sensible mientras su lengua sigue trabajando sobre mi clítoris: lame rápido de lado a lado, luego succiona, luego lame lento y profundo.
Sus dedos me follan con un ritmo constante y profundo, entrando y saliendo mientras su boca no da tregua.
Me retuerzo contra su cara, moviendo las caderas para buscar más fricción.
Él gruñe contra mi piel y el sonido vibra directamente en mi clítoris. Después, añade un tercer dedo, estirándome deliciosamente.
Siento el orgasmo creciendo rápido y fuerte. Mis muslos tiemblan alrededor de su cabeza.
—No pares… por favor… —suplico.
Él acelera la lengua, chupando mi clítoris con fuerza mientras sus dedos entran y salen más rápido, empapados.
Me corro con un grito, apretando su cabeza contra mí. Pero él no se detiene.
Sigue lamiendo suavemente, alargando el placer, sacando hasta la última contracción de mi orgasmo, hasta que quedo temblando y sensible.
Cuando por fin levanta la cabeza, tiene los labios y la barbilla brillantes con mi humedad.
Me mira con una sonrisa satisfecha y se tumba de espaldas.
—Ahora te toca a ti —dice, con la voz ronca.
Ni siquiera me ofende el tono autoritario que acaba de usar. Después del orgasmo que me ha regalado, se merece eso y más.
Dios, creo que ha sido el mejor cunnilingus de toda mi vida.
Sin hacerle esperar, me coloco entre sus piernas.
Su polla está dura como el acero, gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante.
La agarro por la base y la miro un segundo antes de sacar la lengua y lamer desde los testículos hasta la punta en un lametón lento y largo. Él suelta un gemido grave.
Repito el movimiento varias veces, lamiendo toda su longitud, girando la lengua alrededor de la cabeza, saboreando el gusto salado de su precum.
Luego me la meto en la boca despacio, bajando centímetro a centímetro hasta que toca el fondo de mi garganta. Me quedo ahí unos segundos, tragando alrededor de él, y empiezo a subir y bajar la cabeza con ritmo.
Chupo con fuerza, usando la mano para masturbar la parte que no me cabe en la boca, mientras mi lengua no deja de moverse.
—Hostia… qué boca —gruñe, enredando los dedos en mi pelo.
Acelero, chupando más fuerte, más húmedo, dejando que mi saliva corra por su polla mientras lo masturbo al mismo tiempo.
De vez en cuando me la saco para lamerle los testículos, metiéndomelos uno a uno en la boca y succionando suavemente, antes de volver a tragármela entera.
Lo hago más profundo, más rápido, gimiendo alrededor de su grosor. Sus caderas empiezan a empujar suavemente, follándome la boca.
Justo cuando noto que está a punto de correrse, me aparta con suavidad y me gira, poniéndome a cuatro patas.
—Necesito follarte ya —dice con urgencia.
Como respuesta, me estiro rápidamente hacia la maleta que tengo abierta al lado de la cama y saco un condón de un pequeño neceser. Se lo lanzo con una sonrisa traviesa.
—Póntelo.
Mientras él rasga el envoltorio y se lo desliza por su polla gruesa y palpitante, un pensamiento me golpea con fuerza: estoy a punto de follar con un completo desconocido del que ni siquiera sé el nombre.
No sé nada de él, solo que corre por las noches, que tiene un cuerpo que parece esculpido por los Dioses y que su boca y sus dedos me han hecho correrme como nunca.
Esa anonimidad, ese riesgo controlado, me excita de una forma casi insoportable.
Es liberador.
Es exactamente lo que buscaba cuando decidí ser imprevisible.
En cuanto tiene el condón puesto, se coloca detrás de mí.
Su polla presiona contra mi entrada empapada y entra de un solo empujón profundo, llenándome por completo. Grito de placer, sintiendo cómo me llena.
Empieza a moverse despacio al principio, saliendo casi por completo y volviendo a hundirse hasta el fondo con embestidas largas y controladas.
Cada vez que entra del todo, su pelvis choca contra mi culo y se me escapa un gemido.
Sus manos aprietan mis caderas con fuerza, guiándome contra él.
—Qué apretada estás… —gruñe, acelerando poco a poco el ritmo.
Pronto está follándome más duro, con embestidas profundas y rápidas que hacen que mis tetas se balanceen debajo de mí.
El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño llena la habitación.
Cambia el ángulo ligeramente y de repente toca ese punto perfecto dentro de mí con cada golpe.
Gimo más alto, empujando hacia atrás para encontrarlo.
Me incorpora un poco, tirando de mi pelo con una mano mientras la otra baja a frotar mi clítoris hinchado. El doble estímulo me vuelve loca.
Siento otro orgasmo creciendo rápido.
—No te corras todavía —me ordena con voz ronca, ralentizando las embestidas para torturarme.
Saca la polla casi del todo, solo para volver a clavármela con fuerza. Repite el movimiento varias veces, provocándome, hasta que le suplico entre jadeos.
—Por favor…
Entonces me folla sin piedad. Rápido, profundo, salvaje.
Mis brazos tiemblan y termino con la cara contra el colchón, el culo en alto, recibiendo cada embestida. Me corro con un grito ahogado, apretando su polla dentro de mí mientras olas de placer me recorren el cuerpo.
Él no para. Me da la vuelta, me abre las piernas y se hunde de nuevo en mí en la posición del misionero.
Ahora puedo verle la cara: mandíbula tensa, ojos oscurecidos de placer, pelo pegado a la frente por el sudor.
Me besa con hambre mientras sigue follándome, más lento pero igual de profundo, rotando las caderas para rozar mi clítoris con cada movimiento.
Envuelvo las piernas alrededor de su cintura y clavo las uñas en su espalda.
Sus embestidas se vuelven más intensas otra vez.
El colchón cruje bajo nosotros. Siento que viene otro orgasmo.
—Córrete otra vez —me pide contra mi boca—. Quiero sentirte.
Y lo hago. Me deshago alrededor de su polla por segunda vez, temblando y gimiendo. Solo entonces él acelera al máximo, gruñendo, y se corre con fuerza dentro del condón, empujando hasta el fondo mientras su cuerpo se tensa contra el mío.
Caemos exhaustos sobre la cama, sudorosos y jadeando. Me atrae contra su pecho y me besa la sien.
—La próxima vez que alguien te llame predecible...
Me adelanto a terminar la frase.
—...le contaré que una vez me bañé desnuda en el Pacífico y acabé acostándome con un desconocido.
Los dos nos reímos.
—Sí —dice él—. Creo que con eso bastará.