Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 1
3%
Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1)

Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1)

Por Leila Yoon

© inepub.com

1

Mila

Estoy desnuda en medio de una playa de Golden Cove, con el agua hasta los sobacos, replanteándome todas las decisiones que he tomado en mi vida y que me han llevado hasta este momento.

¿Quién me mandaba a mí venirme sola a la otra punta del país?

¿Aceptar un proyecto de verano en la costa oeste cuando nunca he sido una chica de sol y surf?

¿Meterme al agua sin ropa como si fuera el tipo de persona que hace locuras espontáneas sin pensar en las consecuencias ni en la arena en sitios incómodos?

Y todo por una maldita frase.

—Eres tan predecible, Mila —me dijo Louis, mi ex, hace unos meses, durante la ruptura, con el ceño fruncido y ese tono de desaprobación que siempre lo acompañaba cuando algo no encajaba en su visión de «la pareja perfecta»—.

No puedo seguir con alguien tan... contenida.

Tan aburridamente estable. Necesito a alguien más libre y vivo, como yo, que le guste salir de la zona de confort.

Nunca fui alguien impulsivo, ni que tomara decisiones sin antes haber hecho al menos tres listas, una tabla comparativa y un mapa mental.

Así que, en un ataque de rebeldía, hice lo más salvaje que se me ocurrió: acepté un proyecto para gestionar una delicada crisis de reputación en un exclusivo resort de la costa californiana, a mil kilómetros de mi zona de confort y a diez mil de mi rutina neoyorquina.

Me dije que iba a cambiar. Que iba a romper moldes. Que iba a convertirme, por fin, en esa versión impredecible de mí que nunca me había atrevido a ser.

Y ahora estoy aquí.

En medio de la noche.

Desnuda en el océano, con la piel erizada, el corazón acelerado y la brisa del Pacífico despeinándome el pelo.

Por suerte estoy sola. He esperado hasta que la última persona se alejara del paseo marítimo antes de atreverme a quitarme la ropa y entrar al agua.

Me aseguré que no hubieran testigos. Porque una cosa es hacer una locura y otra muy distinta dejar que otros sean partícipes involuntarios de tu ridículo.

Cuando algo me roza las piernas, decido terminar con esta aventura mística de autodescubrimiento. Probablemente sean algas, pero en California hay tiburones, me informé antes de venir. Incluso busqué estadísticas.

Muy pocos ataques al año, decía el artículo. Pero claro, alguien tiene que ser ese «muy pocos», ¿no? Y ese alguien no pienso ser yo.

Avanzo hacia la orilla a toda prisa, tras comprobar que sigo estando sola, y me encamino hacia la roca donde he dejado mi vestido, mis chanclas y mi ropa interior.

Lo único que llevo conmigo es la tarjeta del hotel, que metí en una de esas bolsitas transparentes e impermeables que se ajustan al brazo con una banda elástica.

Dejé el móvil y la cartera en la habitación.

Porque sí, puedo estar loca, pero no soy estúpida.

Al plantarme frente a la roca, el corazón me da un vuelco. Mi ropa no está. Mi vestido, mi ropa interior y mis chancletas han desaparecido.

Trago saliva con fuerza y empiezo a buscar en las rocas de alrededor y en la arena próxima, con la esperanza de que un golpe de viento lo haya movido. Pero no está por ninguna parte.

Alguien debe haberlo cogido.

Pero… ¿quién podría estar interesado en un vestido de lino arrugado, unas chanclas de oferta y unas braguitas que han visto días mejores?

No tiene ningún sentido. A menos que haya un ladrón de ropa interior suelto por Golden Cove, lo cual sería el colmo. Uno de eso tipos raros que compran braguitas por internet a desconocidas para luego hacer Dios sabe qué con ellas.

—Perfecto —murmuro—. Estoy desnuda, de noche, en una playa, y probablemente haya un fetichista rondando con mis braguitas en el bolsillo.

A lo lejos escucho unas voces provenientes del paseo marítimo y me agacho detrás de la roca, que por suerte es bastante grande, en busca de cobijo. Me echo hacia un lado, con la espalda pegada a la piedra, y contengo la respiración.

Veo pasar una familia con niños en bicicleta, entre risas y conversación ligera. Es pasada la medianoche. ¿Quién sale con niños a estas horas?

Los niños llevan cascos con lucecitas. La madre sostiene un refresco. El padre empuja al más pequeño, que aún no pedalea solo.

Y yo aquí, hecha un ovillo, en pelotas, esperando no convertirme en un trauma infantil.

—Estupendo —susurro—. Una noche de libertad y autoafirmación convertida en película de terror +18.

Cuando por fin se alejan, respiro hondo. Me asomo con cautela, asegurándome de que no haya más espectadores.

Y entonces lo veo. Un hombre corriendo por el paseo marítimo.

Va solo, lleva ropa técnica y se mueve con ese ritmo constante y seguro de quien corre por placer.

Me quedo mirándolo unos segundos, dudando.

No tengo muchas opciones. No puedo quedarme aquí toda la noche agazapada como un crustáceo a la espera de que ocurra un milagro divino y me caiga ropa del cielo. Además. ¿Y si aparece el supuesto ladrón de ropa con intenciones menos inocentes? ¿Y si esto termina en las noticias?

Sería patético. Demasiado patético.

Cojo aire, contengo la respiración como si fuera a saltar desde un acantilado, y grito:

—¡Eh! ¡Tú! ¡El que corre!

El chico se detiene en seco, como si le hubieran dado al botón de pausa. Se quita uno de los auriculares que lleva y gira la cabeza hacia mi dirección, desconcertado.

—¿Perdón?

—¡Aquí! —insisto, asomando la cabeza desde detrás de la roca.

Sus ojos me localizan y frunce el ceño.

Se queda unos segundos inmóvil, procesando la escena: una voz femenina saliendo de detrás de una roca, en mitad de la noche, en la playa. No es exactamente una situación habitual ni fácil de encajar.

—¿Va todo bien?  —pregunta al fin, visiblemente confundido.

—No. O sea, sí. Más o menos.

—¿Necesitas ayuda?

—Sí. —Me aclaro la garganta—. ¿Podrías prestarme tu camiseta?

A pesar de estar bastante lejos, puedo verle pestañear.

—¿Mi camiseta?

—Sé que suena raro, pero estoy completamente desnuda detrás de esta roca porque me metí al agua y alguien se ha llevado mi ropa. Y no puedo salir así. Obviamente.

Él me observa en silencio. Luego ladea la cabeza, como si intentara decidir si estoy siendo sincera o si esto es algún tipo de broma muy elaborada.

—¿Estás diciendo que estás… desnuda?

—Completamente.

Un segundo más de silencio. Y luego, con una leve sonrisa torcida, dice:

—Vaya. Esto no me había pasado nunca en mis salidas nocturnas.

El hombre se acerca a la roca, y mientras lo hace va quitándose la camiseta.  Cuando llega a una distancia prudente, extiende la camiseta con el brazo estirado, mientras gira la cabeza al otro lado.

—Aquí tienes. Está sudada. Lo siento.

—Créeme, no estoy en posición de ponerme exigente.

Agarro la camiseta como si me acabaran de lanzar un salvavidas en alta mar y me la pongo de inmediato.

Me llega por la mitad del muslo y huele a detergente y a sudor.

Pero no ese sudor fuerte y agresivo que te obliga a cambiarte de vagón en el metro.

No. Es un olor suave, masculino y… sorprendentemente sexy.

No sabía que el sudor podía oler así.

Y definitivamente no sabía que podía resultarme atractivo.

Salgo despacio de detrás de la roca, avergonzada, y él me mira entre divertido e intrigado.

—Entonces… ¿baños nocturnos en pelotas? ¿Es lo que se lleva ahora?

—Es una larga historia —respondo, tratando de mantener la dignidad con lo poco que me queda.

Él asiente, y sin decir nada más, empieza a caminar hacia el paseo marítimo. Yo lo sigo en silencio.

Cuando llegamos al borde del paseo, se detiene y me mira con una media sonrisa.

—Siento no poder ayudarte con los zapatos. Me pillas sin repuesto.

—No importa. Estoy en el hotel que hay justo ahí, a dos minutos. —Levanto la mano y señalo con el dedo.

Y entonces lo miro, con intención de darle las gracias y salir corriendo… pero me detengo, porque  a la luz de las farolas lo veo bien. Y guau.

Tiene el cabello castaño, largo y despeinado, como si llevara horas luchando contra el viento, unos ojos azules que podrían competir con el cielo despejado de verano, y un cuerpo que, bueno...

parece diseñado para provocar golpes de calor en plena noche.

Porque, ¿hola? ¿esos abdominales? Definidos, simétricos, ligeramente brillantes por el sudor… Deberían venir con advertencia.

Me obligo a apartar la mirada antes de quedarme embobada como una turista frente a un monumento que merece toda su veneración.

Pero he sido demasiado lenta y él me ha pillado.

Lo sé por la sonrisa satisfecha que se le dibuja en la cara, como quien sabe exactamente el efecto que causa y, encima, lo disfruta.

Me enderezo un poco, intentando fingir indiferencia.

—Bueno, pues… gracias. Limpiaré tu camiseta y la dejaré en la recepción de mi hotel para que puedas pasar a buscarla mañana mismo.

—¿Y ya está? ¿No vas a contarme por qué te bañaste en pelotas, sola y de noche? Déjame decirte que no suena precisamente muy sensato.

—Ya te he dicho que es una larga historia. Yo solo… quería hacer algo impulsivo, ¿sabes? Mi ex me dejó hace poco con la excusa de que soy demasiado predecible, y pensé: es hora de demostrarme a mí misma que también sé ser imprevisible cuando me lo propongo.

Él asiente, con una ceja ligeramente arqueada.

—Hay maneras menos peligrosas de ser imprevisible.

—Lo sé. En realidad esta no fue mi primera opción.

Mi idea era ligar con algún desconocido en el bar del hotel y tener una noche desenfrenada con él.

Ya sabes, un cliché. Pero resulta que me acerqué a un tipo, empecé a hablar con él…

y al cabo de cinco minutos apareció su pareja.

Que, por cierto, era un hombre. Y bastante guapo, para más inri.

Él se ríe, con una carcajada profunda y sincera.

—Vaya. Qué mala suerte.

—O karma, según se mire —respondo, encogiéndome de hombros—. El caso es que, como el plan A no funcionó, pasé al plan B: despelotarme y meterme en el océano. Y ya sabes cómo terminó todo.

Él se ríe otra vez, con esa risa cálida que empieza a resultarme peligrosamente encantadora.

Yo me preparo para despedirme, lista para hacer una retirada. Pero antes de que pueda abrir la boca, él me mira con una chispa divertida en los ojos y suelta:

—¿Y si te ayudo con eso?

Frunzo el ceño.

—¿Con qué?

Él sonríe, ladeando la cabeza.

—Con tu necesidad de ser imprevisible. Si todavía estás buscando a alguien que encaje en ese plan… puedo serlo yo.

Su sonrisa crece mientras su mirada recorre mi cuerpo, deteniéndose en el borde de su camiseta, donde mis muslos desnudos asoman. Algo en ese gesto me hace pensar que, por primera vez en mi vida, no necesitaré hacer una lista para decidir.