26
Kai
Tardamos algo menos de tres horas en llegar al hospital.
No recuerdo prácticamente nada del trayecto.
Nash conduce y yo paso buena parte del camino mirando el móvil, esperando una llamada que no llega. He intentado contactar con el hospital dos veces, pero la respuesta ha sido la misma: Imogen está siendo atendida y me informarán cuando llegue.
En cuanto Nash aparca, salgo del coche antes de que haya terminado de apagar el motor.
Entro en urgencias y me acerco al mostrador.
—Soy Kai Harlow. Me han llamado hace unas horas. Mi hija ha tenido un accidente de coche y la han traído aquí.
La mujer que está detrás del mostrador consulta el ordenador.
—¿Nombre de su hija?
—Imogen Harlow. Tiene ocho años.
Teclea durante unos segundos que se me hacen eternos.
—Sí. Está en quirófano.
La palabra me deja clavado al suelo.
—¿En quirófano? ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?
—No tengo acceso a toda la información médica desde aquí. Voy a avisar al equipo de que ya ha llegado y alguien vendrá a hablar con usted en cuanto sea posible.
—Pero ¿está bien?
Me doy cuenta de lo absurda que es la pregunta en cuanto sale de mi boca. Mi hija está en un quirófano. Evidentemente no está bien.
—Señor Harlow, ahora mismo está siendo atendida por el equipo médico. En cuanto tengamos información que podamos darle, vendrán a buscarlo.
Nash me pone una mano en el hombro.
—Vamos a sentarnos.
No quiero sentarme.
Quiero que alguien me diga qué coño le ha pasado a mi hija.
Aun así, termino siguiendo a Nash hasta la sala de espera. Me siento en una de las sillas y apoyo los codos sobre las rodillas, con el teléfono entre las manos.
Hace unas horas Imogen estaba en Big Bear.
De vacaciones.
Esta mañana incluso me ha mandado una fotografía. Ella y Olivia junto al lago, las dos sonriendo. Imogen llevaba una gorra que no había visto nunca y me había escrito que su madre se la había comprado porque yo siempre decía que tenía que protegerse del sol.
Le contesté que su madre sabía lo que hacía y que esperaba que ahora, por fin, dejara de protestar cada vez que yo le pedía que se pusiera una.
Eso es lo último que le he dicho a mi hija.
Nash se sienta a mi lado.
—Va a estar bien.
No contesto.
No porque no quiera creerlo.
Porque ahora mismo nadie lo sabe.
Pasan veinte minutos. Quizá treinta. Pierdo la cuenta bastante rápido.
Cada vez que se abre una puerta levanto la cabeza. Cada persona con uniforme sanitario consigue que el corazón me dé un vuelco y vuelva a caer cuando pasa de largo.
Al final Nash se levanta.
—Voy a ver si consigo averiguar algo.
Asiento sin apartar la vista de las puertas por las que ha desaparecido la enfermera.
Tarda unos diez minutos en regresar. Lleva dos cafés en las manos.
Me incorporo inmediatamente.
—¿Has hablado con alguien?
Nash me entrega uno de los vasos antes de sentarse a mi lado.
—Con una enfermera. No ha podido decirme mucho sobre Imogen, solo que sigue en quirófano y que vendrán a hablar contigo en cuanto termine la intervención.
—¿Nada más?
—Nada más.
Nash tiene los ojos rojos. No sé si por cansancio, por Imogen o porque lleva las últimas horas viéndome imaginar todos los escenarios posibles y probablemente esté haciendo exactamente lo mismo.
—Va a salir de esta, tío.
Asiento.
Quiero creerlo.
Necesito creerlo.
***
Más tarde conseguimos saber algo más del accidente.
Un coche invadió el carril contrario en una de las carreteras de la zona y Olivia intentó esquivarlo. No tuvo espacio suficiente. El impacto alcanzó la parte delantera y lateral de su coche y las sacó de la carretera.
No sé cuántas veces reconstruyo la escena en mi cabeza a partir de esos pocos datos.
Imogen sentada dentro.
El otro coche acercándose.
Olivia intentando apartarse.
Tengo que obligarme a dejar de hacerlo.
Las horas pasan con una lentitud insoportable.
Todavía no me han dejado ver a Imogen cuando las puertas de la sala de espera vuelven a abrirse y escucho pasos acercándose.
Levanto la cabeza.
Mila viene hacia nosotros.
Y a su lado está Wendy.
Durante unos segundos solo puedo mirarla.
Lleva el pelo recogido de cualquier manera y parece haber salido de casa con lo primero que ha encontrado. Tiene los ojos hinchados y, en cuanto me ve, se detiene un instante.
No esperaba que viniera.
O quizá sí.
Ya no sé qué esperaba de nada.
—¿Cómo está? —pregunta Mila en cuanto llega.
Nash se levanta para recibirla.
—Todavía no sabemos nada. Sigue en quirófano.
Mila se queda pálida.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que llegáramos. Nadie ha salido todavía a hablar con nosotros.
Nash la abraza y Mila se aferra a él, todavía emocionada.
Yo apenas les presto atención.
Wendy sigue mirándome.
Tiene los ojos llenos de lágrimas y, durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve. Después se acerca.
Me levanto justo cuando llega hasta mí y Wendy me rodea con los brazos. La abrazo con fuerza, pegándola contra mi cuerpo, y siento cómo hunde la cara en mi pecho.
Después de todo lo que nos dijimos anoche, debería resultar extraño tenerla aquí.
No lo resulta.
Ahora mismo es exactamente donde quiero que esté.
Wendy se aferra un poco más.
—Lo siento —murmura contra mi pecho.
Son solo dos palabras, pero hay demasiadas cosas dentro de ellas.
Lo siente por Imogen. Por anoche. Por haberse marchado. Quizá incluso por algunas de las cosas que me dijo antes de hacerlo.
No sé cuáles de todas ellas pretende incluir Wendy y ahora mismo tampoco necesito saberlo.
Apoyo la mejilla sobre su pelo y cierro los ojos.
—Lo sé.
Ya hablaremos.
Si Imogen está bien, habrá tiempo para hablar de todo lo demás.
La puerta que comunica la sala de espera con el pasillo se abre y Wendy se aparta lo justo para que pueda mirar.
Un hombre con ropa de quirófano sale y consulta algo en la tableta que lleva entre las manos.
—¿Familiares de Imogen Harlow?
Me separo de Wendy inmediatamente.
—Soy su padre.
El médico se acerca y me tiende la mano.
—Soy el doctor Miller. He participado en la intervención de su hija.
Ni siquiera sé si llego a estrechársela.
—¿Está bien?
—Sí. La intervención ha terminado y está estable.
Las piernas casi me fallan.
Oigo a Wendy soltar el aire a mi lado y noto su mano cerrándose alrededor de la mía. No recuerdo haberla buscado, pero entrelazo los dedos con los suyos.
—¿Qué le ha pasado?
—Imogen ha sufrido una fractura de fémur en la pierna derecha.
Hemos tenido que intervenir para estabilizarla y la cirugía ha ido bien.
También presenta varias contusiones y heridas menores producidas por el impacto, pero las pruebas de imagen no muestran lesiones importantes en la cabeza, el tórax ni el abdomen.
Tardo unos segundos en procesarlo todo.
Fractura. Cirugía. Contusiones.
Pero está estable.
—¿Va a recuperarse?
—Todo indica que sí. La fractura necesitará tiempo y tendrá algunas limitaciones durante las próximas semanas, pero no hemos encontrado ninguna lesión que nos haga pensar que vaya a tener secuelas graves.
Aprieto la mano de Wendy.
—¿Puedo verla?
—Está saliendo de la anestesia. En cuanto pase a recuperación podrá entrar uno de ustedes.
—Yo.
La respuesta me sale antes de que termine de hablar.
El médico asiente.
—Vendrán a buscarlo en cuanto esté instalada.
—¿Y su madre? Olivia Bennett. Iba conduciendo.
La expresión del médico cambia ligeramente.
—También está estable. Ha sufrido una fractura en el brazo izquierdo, varias contusiones y un corte en la frente que ha necesitado puntos. Por suerte, las pruebas han descartado lesiones internas graves. Tendrá que permanecer ingresada en observación, pero su evolución es buena.
Cierro los ojos un instante.
Las dos están bien.
Después de horas sin saber absolutamente nada, esas cuatro palabras son suficientes para que toda la tensión que llevo acumulada empiece a aflojar de golpe.
—Gracias.
El médico asiente.
—En cuanto Imogen esté instalada en recuperación, vendrán a buscarlo.
Se marcha y me quedo mirando las puertas unos segundos.
Imogen está bien.
Olivia está bien.
Noto que Wendy me aprieta la mano y bajo la mirada. En algún momento he entrelazado los dedos con los suyos y ni siquiera recuerdo haberlo hecho.
No sé en qué momento empiezo a llorar.
Solo sé que Wendy vuelve a abrazarme y esta vez soy yo quien se aferra a ella.
***
Un rato después, una enfermera aparece en la sala de espera y pregunta por mí.
Me pongo de pie inmediatamente.
—Ya puede verla. Está despertándose de la anestesia, así que es posible que esté un poco desorientada. Puede entrar usted primero y, cuando esté más despejada, veremos si se encuentra con ánimo para recibir a alguien más.
Asiento y miro hacia Wendy antes de seguir a la enfermera.
Ella continúa sentada junto a Mila. Me dedica una pequeña sonrisa, todavía con los ojos húmedos, y no sé por qué necesito verla justo antes de cruzar esas puertas.
La habitación está en silencio cuando entro.
Imogen parece diminuta en la cama.
Tiene una vía en el brazo, un pequeño corte junto a la ceja y varios moratones. La sábana cubre buena parte de su cuerpo, pero puedo ver la pierna inmovilizada.
Por mucho que lleve horas preparándome para encontrarla herida, verla así consigue que se me cierre la garganta.
Me acerco a la cama y me siento en la silla que hay junto a ella.
—Hola, cariño.
Imogen tarda unos segundos en reaccionar. Abre los ojos despacio y parpadea varias veces hasta conseguir enfocarme.
—Papá...
—Estoy aquí.
Le cojo la mano con cuidado. Ella cierra los dedos alrededor de los míos y noto cómo toda la tensión que acababa de abandonar mi cuerpo amenaza con volver de golpe.
—¿Mamá está bien?
Por supuesto que eso es lo primero que pregunta.
—Sí. Mamá está bien. Se ha hecho daño en un brazo y tiene algunos golpes, pero los médicos dicen que va a estar bien.
Imogen permanece callada unos segundos, procesándolo.
—Había un coche.
—Me han contado lo que pasó.
—Mamá intentó apartarse.
—Y lo hizo lo mejor que pudo, cariño. No fue culpa suya.
Asiente y vuelve a cerrar los ojos.
No quiero preguntarle nada más. Ya habrá tiempo para saber qué recuerda y para hablar de lo que ha pasado. Ahora mismo me basta con tener su mano entre las mías y verla respirar.
—Me duele la pierna —murmura.
—Es normal. Te han operado para arreglarla.
Abre un ojo.
—¿Arreglado como cuando arreglaste el grifo?
Se me escapa una risa que tiene demasiado de llanto.
—Espero que bastante mejor.
—Porque volvió a gotear.
—Gracias por recordármelo en un momento tan delicado.
La comisura de sus labios se mueve apenas un poco.
Ahí está.
Mi hija.
Me inclino y le beso la frente con cuidado.
—Me has dado un susto horrible.
—Lo siento.
—Tú no tienes que sentir nada. Solo tienes que ponerte bien.
Imogen vuelve a quedarse en silencio. Parece que va a dormirse otra vez, pero unos segundos después abre los ojos.
—¿Wendy está aquí?
La pregunta me pilla desprevenido.
—Sí.
—¿Ha venido?
—En cuanto se ha enterado.
Imogen asiente como si esa respuesta tuviera todo el sentido del mundo.
—Quiero verla.
—Ahora tienes que descansar. Cuando la enfermera diga que puede entrar, le diré que venga.
—Vale.
Vuelve a cerrar los ojos y esta vez sus dedos empiezan a aflojarse alrededor de los míos.
Me quedo sentado a su lado mientras se duerme.
Hace apenas unas horas le dije a Wendy que no quería necesitar un contrato de trabajo para encontrar una razón por la que siguiera formando parte de nuestras vidas.
Ahora miro a mi hija, que acaba de despertarse de una operación y ha tardado apenas unos minutos en preguntar por ella.
Quizá Wendy todavía no esté preparada para aceptarlo.
Pero no soy el único que ya se ha acostumbrado a tenerla cerca.