25
Wendy
Las lágrimas vuelven a saltarme de los ojos mientras miro por enésima vez las fotos del álbum compartido de Disneyland.
No puedo creer que hace poco más de una semana estuviéramos allí.
Imogen con sus orejas de Minnie, Kai quejándose cada vez que las dos queríamos comprar alguna cosa y los tres delante del castillo en esa fotografía que debería dejar de mirar y que, por algún motivo, sigo ampliando cada vez que aparece en la pantalla.
Me sueno la nariz con un trozo de papel higiénico. Ayer terminé subiendo a esta habitación con un rollo entero porque los pañuelos que había en la mesita no sobrevivieron ni a la primera hora de mi crisis.
Estoy hecha un desastre.
Dejo el móvil sobre la cama y miro por la ventana. Desde la habitación de invitados de Nash y Mila se ve buena parte del resort y, en algún lugar no demasiado lejos de aquí, está la casa de Kai.
Mi antigua casa, supongo.
Todavía no sé muy bien qué voy a hacer ahora.
Ayer estaba tan convencida de que marcharme era la única opción que metí mis cosas en las maletas y salí de allí antes de poder arrepentirme.
En algún momento tendré que buscar un sitio donde vivir y, sobre todo, otro trabajo, porque cuando Imogen regrese con Olivia ya no pienso volver a ocupar mi puesto como si la conversación con Kai nunca hubiera ocurrido.
La sola idea me provoca otra punzada en el pecho.
Odio pensar que ya no voy a despertar a Imogen por las mañanas. Que no voy a escuchar sus historias interminables mientras desayuna ni acompañarla a la piscina ni discutir con ella sobre cuánto tiempo puede pasar delante de una pantalla.
Odio la idea de no volver a verla todos los días.
Y odio todavía más la idea de no volver a ver a Kai.
Mierda.
Se suponía que marcharme iba a hacer que todo fuera más sencillo. Yo no estaba preparada para lo que Kai quería, él ya no estaba dispuesto a conformarse con lo que habíamos acordado y alejarme parecía la única decisión sensata.
El problema es que no siento alivio.
Me siento como una mierda.
Porque después de pasarme cuatro días intentando demostrar que solo quería sexo y salir corriendo, en cuanto Kai me ofreció algo más, lo único que quiero ahora mismo es volver.
Llaman suavemente a la puerta.
—Adelante.
Mila entra con una bandeja entre las manos. Lleva una taza humeante y, por el olor, diría que es manzanilla.
—Sabía que estabas despierta porque te he oído llorar. Te he preparado una infusión.
Me seco rápidamente las mejillas.
—Qué vergüenza.
—Tranquila. Nash ronca. He escuchado cosas peores.
Dejo escapar una risa que termina pareciéndose demasiado a otro sollozo.
—Gracias.
Mila deja la bandeja sobre la mesita y se sienta en el hueco que hago a mi lado. Entonces ve el móvil sobre la cama.
La pantalla sigue mostrando la fotografía delante del castillo.
—No puedo dejar de mirar sus fotos —admito.
Mila observa la pantalla y después me mira a mí.
—Ajá. Lo cual suena bastante significativo, ¿no crees?
—No empieces.
—No he empezado nada. Llevas tú sola toda la noche llorando mientras miras fotografías familiares de Disneyland.
—No son fotografías familiares.
Mila arquea una ceja.
—Vale.
Tomo un sorbo de la infusión y siento la mirada de mi amiga puesta en mí. Me mira con cariño, pero también con algo más que no termino de identificar.
—¿Qué pasa?
Se toma su tiempo antes de responder.
—Es solo que… bueno, te conozco desde hace años y nunca te había visto tan feliz como estas últimas semanas con Imogen y Kai.
Bajo la vista hacia la taza.
—Eso no significa nada.
—No he dicho que signifique nada. Solo te estoy diciendo lo que he visto. Cuando estabas con Ray siempre parecías estar intentando que vuestra vida funcionara. Haciendo planes, adaptándote, pensando en qué venía después. Con ellos no te he visto intentar nada. Simplemente estabas bien.
Aprieto los dedos alrededor de la taza.
—Precisamente por eso me fui, porque me estaba gustando demasiado. Y no puede gustarme, Mila. Enamorarme de Kai sería un error absoluto.
—¿Por qué? Diría que no es nada malo en la cama, teniendo en cuenta tu cara de mujer sexualmente satisfecha. Además, lo conozco lo suficiente para saber que es un buen tipo y, además, está bastante bueno. No veo la tragedia por ninguna parte.
—Es padre, Mila.
—Lo sé.
—De Imogen, a la que quiero con locura. En estas semanas me he encariñado muchísimo con ella y sé que ella también me quiere. No puedo simplemente empezar una relación con su padre y ver qué pasa.
Mila frunce el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque si sale mal no pierdo solo a Kai. La pierdo a ella también.
Decirlo hace que se me vuelva a cerrar la garganta. Bajo la mirada hacia la taza y doy vueltas a la bolsita con la cucharilla aunque ya no queda nada que remover.
—Con Ray éramos él y yo. Se acabó y fue una mierda, pero se acabó entre dos adultos.
Con Kai no sería así. Imogen estaría en medio y yo no puedo entrar en su vida como algo más que su niñera, dejar que se acostumbre todavía más a tenerme ahí y luego desaparecer si dentro de seis meses Kai y yo descubrimos que esto no funciona.
Mila guarda silencio un momento.
—Entiendo que eso te dé miedo.
—No me da miedo, Mila, me da auténtico pavor. Además, me conoces. Soy un desastre. Mis gustos cambian cada tres segundos. No sé si soy el tipo de persona que puede entrar en la vida de una niña y prometer que va a quedarse.
—Nadie te está pidiendo que prometas eso. Pero deberías pensarlo bien antes de marcharte para siempre y perderlos. Porque estás tan preocupada por lo que podría pasar si lo intentas con Kai que no sé si te has parado a pensar en lo que va a pasar si no lo haces.
La miro sin saber qué contestar.
—Kai seguirá con su vida. Imogen también. Y tú tendrás que seguir con la tuya sabiendo que ni siquiera te diste la oportunidad de descubrir si podía funcionar.
—Gracias. Mucho menos aterrador.
—No intento asustarte. Solo digo que no elegir a Kai también es una elección, Wendy. Y por cómo llevas llorando desde que llegaste, no parece que esa te esté haciendo especialmente feliz.
El móvil de Mila empieza a sonar. Lo saca del bolsillo y mira la pantalla.
—Es Nash.
Descuelga.
—Hola.
No escucho lo que dice Nash al otro lado. Solo veo cómo la expresión de Mila cambia casi inmediatamente.
Se incorpora.
—¿Qué?
Hace una pausa y se lleva una mano a la boca.
—Dios mío. ¿Sabéis cómo está?
Me enderezo sin darme cuenta. Mila ya se ha levantado de la cama y camina hacia la puerta mientras escucha a Nash.
—Sí. Claro. Cogeré el coche e iré también hacia allí. Avísame en cuanto sepáis algo.
Cuelga.
—Mila, ¿qué ha pasado?
Se vuelve hacia mí. Está pálida.
—Olivia ha tenido un accidente de coche. Imogen estaba con ella.
Durante un segundo no entiendo las palabras. O las entiendo por separado, pero mi cabeza se niega a juntarlas.
—¿Imogen está bien?
—No lo saben todavía. Kai y Nash van de camino al hospital.
Todo el miedo que sentía hace apenas un minuto desaparece.
Porque de repente ya no me importa si soy capaz de quedarme para siempre.
Solo necesito que Imogen siga estando ahí para poder intentarlo.