24
Kai
—Así que Wendy te ha plantado —dice Nash.
—No me ha plantado.
—Apareció en mi casa con su equipaje de madrugada y le pidió a Mila quedarse con nosotros. Eso suena bastante a dejarte plantado.
Me paso una mano por el pelo, cansado y frustrado. Han pasado apenas unas horas desde que Wendy y yo tuvimos la conversación y se marchó de casa, y sigo sin tener demasiado claro cómo hemos llegado hasta este punto.
Mucho menos por qué ahora tengo a Nash sentado frente a mí en el despacho haciendo un análisis de mi vida sentimental.
—Ella solo necesita recapacitar. La presioné y probablemente fui demasiado rápido.
Decirlo en voz alta no hace que me guste más.
Anoche estaba tan convencido de que Wendy sentía lo mismo que yo que no me paré a pensar qué iba a ocurrir cuando lo pusiera sobre la mesa.
Vi cómo se le transformaba la cara a medida que hablaba y, aun así, seguí adelante porque una parte de mí esperaba que, si conseguía hacerle entender lo que quería, ella admitiría que también lo quería.
En lugar de eso hizo una maleta y se largó de casa.
Quizá Nash tenga algo de razón con lo de que me ha plantado.
Muy poca.
—Tío, llevaba siete años con su ex —dice—. Apenas ha tenido tiempo de acostumbrarse a que esa relación se haya terminado y tú acabas de aparecer con cenas, noches juntos y no sé cuántas cosas más.
—No le pedí matrimonio.
—Ya lo sé.
—Ni siquiera le pedí que fuera mi novia.
—También lo sé.
—Le dije que quería ver qué pasaba entre nosotros.
Nash me observa un momento.
—Para una persona que no quiere una relación, eso sigue sonando bastante a una relación.
—Mila también salió de una ruptura reciente cuando te conoció.
—Lo nuestro fue distinto. —Se inclina hacia delante y apoya los antebrazos sobre las piernas—. Además, tú eres padre. Hay una niña en la ecuación y Wendy la quiere. Eso hace que todo sea bastante más complicado. Es normal que se haya sentido abrumada.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿De parte de quién estás?
Nash se pasa una mano por la cara.
—Perdona. Después de cinco horas de charlas femeninas sobre sentimientos, traumas sentimentales y por qué los hombres hacemos todo mal, creo que he cambiado de bando.
—Cinco horas.
—Puede que fueran tres. Se me hicieron cinco.
No puedo evitar soltar una risa.
—¿Wendy te ha contado lo que pasó?
—A mí no. A Mila. Pero yo estaba delante.
Eso despierta inmediatamente mi atención.
—¿Y?
—Y nada.
—Nash.
—No voy a contarte una conversación privada entre Wendy y mi mujer.
—Pero has venido hasta mi despacho para decirme que me ha plantado.
—Eso era información de dominio público desde el momento en que apareció en mi casa con una maleta.
Me dejo caer contra el respaldo.
—Eres un amigo de mierda.
—Un amigo de mierda que ha venido hasta aquí para decirte que no hagas ninguna estupidez.
—¿Qué estupidez?
—Ir a buscarla. Llamarla veinte veces. Presentarte en casa con flores. Lo que sea que hacen los hombres desesperados en las comedias románticas.
—No iba a hacer ninguna de esas cosas.
—Perfecto. Mi trabajo aquí ha terminado.
Hace ademán de levantarse, pero vuelve a sentarse.
—Aunque sí voy a decirte una cosa. Dale tiempo.
Miro hacia la ventana.
Eso es precisamente lo que menos me apetece hacer.
Quiero hablar con ella. Quiero explicarle que no pretendía cambiarle la vida de un día para otro y que no necesito que tenga una respuesta inmediata.
Sobre todo, quiero conseguir que entienda que no tiene que marcharse de mi casa únicamente porque yo haya tenido la pésima idea de desarrollar sentimientos.
Pero perseguirla después de verla salir corriendo anoche probablemente conseguiría justo lo contrario.
—No voy a presionarla —digo al final.
—Bien.
—Pero tampoco voy a fingir que no dije lo que dije.
—Eso tampoco te lo está pidiendo nadie.
Asiento y cojo el móvil de la mesa.
Tengo varias notificaciones pendientes y ningún mensaje de Wendy.
No sé por qué sigo comprobándolo.
—¿Cuándo vuelve Imogen? —pregunta Nash.
—El domingo.
—Entonces tienes unos días para solucionar tu desastre sentimental antes de que vuelva.
—Menos mal que has venido. Me siento muchísimo mejor.
—Para eso están los amigos.
Estoy a punto de dejar otra vez el teléfono cuando empieza a sonar.
Número desconocido.
Normalmente lo dejaría pasar, pero algo me hace responder.
—¿Sí?
—¿Hablo con el señor Kai Harlow?
Me incorporo ligeramente.
—Soy yo.
—Le llamo del hospital. Su número figura como contacto de emergencia de Olivia Bennett.
Todo lo demás desaparece de golpe.
Nash debe de notarlo en mi cara porque deja de sonreír.
—¿Qué ha pasado?
—La señora Bennett ha sufrido un accidente de tráfico esta mañana en Big Bear. Ha sido trasladada a nuestro hospital y necesitamos localizar a un familiar.
Se me seca la boca.
Olivia.
Imogen está con Olivia.
—Mi hija —digo inmediatamente—. Mi hija está pasando la semana con ella.
Nash se pone de pie.
—Sí, señor Harlow. Su hija también viajaba en el vehículo.
Durante un segundo no consigo decir nada.
—¿Está bien?
—Está siendo atendida en este momento.
—¿Qué significa eso? ¿Está herida?
—No puedo darle más información por teléfono, pero necesitamos que venga al hospital lo antes posible.
Ya estoy buscando las llaves.
—Estoy en San Diego. Tardaré unas horas.
—Lo entiendo. Le daré todos los datos para que pueda encontrarnos.
Apenas consigo prestar atención mientras me dice el nombre del hospital y dónde tengo que dirigirme al llegar. Lo apunto en el móvil y cuelgo.
Nash ya está de pie.
—Yo conduzco.
—No hace falta.
—Kai, acabas de intentar coger las llaves dos veces y todavía no las tienes. Conduzco yo.
Bajo la mirada. Las llaves siguen sobre la mesa.
Joder.
—No me han querido decir cómo está.
—Lo sé.
—Solo que la están atendiendo. ¿Qué coño significa eso?
—Que tenemos que llegar allí. Lo demás lo sabremos cuando lleguemos.
Nash coge las llaves antes de que pueda discutir y se dirige hacia la puerta. Yo lo sigo, aunque siento que mi cabeza se ha quedado varios segundos atrás, todavía atrapada en aquella llamada.
Hace apenas un minuto estaba preocupado porque Wendy se había marchado de casa.
Ahora solo puedo pensar en una cosa.
Mi hija está en un hospital a tres horas de mí.