23
Kai
Wendy y yo llevamos cuatro días sumidos en una espiral de sexo sucio, ruidoso y deliberadamente guarro.
Y no soy yo quien lo está propiciando. Es ella.
Desde que Imogen se fue con Olivia, ella es la que me busca.
La que aparece en mi despacho a media mañana, cierra la puerta y se arrodilla entre mis piernas sin decir apenas nada.
La que por la noche me empuja contra la pared del pasillo y se baja los pantalones antes de que yo pueda ni siquiera besarla.
Como si necesitara demostrarse a sí misma algo que escapa de mi comprensión.
Esta noche no es diferente.
Wendy me encuentra en el salón. Sin una palabra, me empuja hacia el sofá, se sube a horcajadas sobre mí y se baja los pantalones cortos.
Se sienta de un golpe sobre mi polla y empieza a rebotar con fuerza.
El sonido de sus gemidos llena el salón.
Gime alto, sin contenerse, porque sin Imogen no hay nadie a quien despertar.
Hace un par de días tuvimos una de esas conversaciones adultas e incómodas.
Los dos estábamos sanos, ella tomaba la píldora con constancia, y después de hablarlo decidimos dejar los condones.
Así que ahora la siento completamente. Caliente, húmeda, apretándome sin ninguna barrera de por medio. Y joder, qué bueno eso.
Intento besarla con más calma. Le cojo la cara con las dos manos y acerco la boca a la suya con lentitud, buscando un ritmo más suave. Bajando revoluciones. Wendy gira la cabeza en el último segundo y me muerde el labio inferior con fuerza.
—No —jadea—. Quiero que me folles duro.
Obedezco.
La agarro por las caderas y la empujo hacia abajo con más fuerza mientras ella sigue moviéndose sobre mí. Wendy echa la cabeza hacia atrás y grita cuando cambio el ángulo. No hay ternura. No hay miradas largas. Solo sexo rápido, sucio y desesperado, exactamente como ella parece necesitarlo.
Cuando se corre, lo hace gritando mi nombre, apretándome con fuerza. Yo sigo moviéndome a través de su orgasmo hasta que ella se levanta, se gira y se pone de rodillas en el sofá, ofreciéndome la espalda.
—Otra vez —ordena.
Me coloco detrás e entro de un solo empujón profundo. Empiezo a follarla con embestidas largas y duras. Cada vez que llego al fondo, Wendy grita. El sofá cruje bajo nosotros. Ella empuja hacia atrás, encontrándome, mojada hasta el punto de que se oye cada embestida.
En un momento bajo el ritmo, paso una mano por su espalda y le beso el hombro con suavidad. Wendy se tensa al instante.
—No hagas eso —dice entre dientes—. Más rápido, más intenso, por favor.
De nuevo, la follo más duro. Le tiro del pelo, le muerdo el hombro, le doy exactamente lo que está pidiendo. Cuando se corre por segunda vez, lo hace con un grito ronco que me arrastra con ella. Me corro dentro de ella con un gruñido, empujando hasta el fondo.
Nos quedamos un momento quietos, jadeando.
Después, como ha pasado todas las noches desde el lunes, Wendy se incorpora, se baja del sofá y empieza a recoger su ropa del suelo sin mirarme.
Se viste en silencio.
Camiseta. Pantalones cortos. Pelo recogido otra vez en ese moño desordenado.
Cuando se dirige hacia la escalera para subir a su habitación, ya no aguanto más.
—Wendy.
Se detiene, pero no se gira del todo.
—¿Sí?
—Quédate un momento.
Se queda quieta en el primer escalón, de espaldas a mí, y el silencio que se instala entre los dos pesa más que cualquier grito que hayamos soltado esta noche.
—¿Para qué?
Me pongo los pantalones antes de levantarme del sofá.
—Para estar conmigo.
Wendy gira entonces la cabeza.
—Acabamos de estar juntos.
—No. Acabamos de follar.
Su expresión cambia apenas un instante, pero es suficiente.
Sabe perfectamente a qué me refiero.
—Tengo cosas que hacer.
Miro hacia el reloj. Son casi las once.
—¿Qué cosas?
—Cosas, Kai. No sé. Quiero ducharme, leer un rato...
Da otro paso hacia la escalera y voy detrás de ella.
—¿Qué te pasa, Wendy? Porque llevas cuatro días haciendo exactamente lo mismo.
Me buscas, follamos y, en cuanto terminamos, sales de la habitación como si tuvieras algún sitio urgentísimo al que ir.
Si intento besarte, quieres que vaya más rápido.
Si te acaricio, me pides que sea más duro.
Me encanta follar contigo y creo que a estas alturas eso ha quedado bastante claro.
Pero últimamente empiezo a sentirme como un vibrador humano.
Wendy se gira del todo.
—¿En serio?
No hay humor en su voz. Tampoco parece ofendida. Más bien incómoda, y eso termina de confirmar que llevo cuatro días sin imaginarme cosas.
—En serio. Empiezo a pensar que estás molesta conmigo. No entiendo este cambio de actitud. Desde Disneyland estás distinta.
Wendy aparta la mirada.
—No estoy molesta contigo.
—Pues entonces explícame qué pasa.
—No pasa nada. Estamos teniendo sexo. Mucho sexo, por cierto. Pensaba que estarías encantado.
—Lo estoy. Ese no es el problema.
—Entonces no sé qué quieres de mí.
La frase me hace callar un momento.
Hace unas semanas habría sabido contestar sin pensarlo. Quería acostarme con ella. Disfrutar del verano, pasarlo bien y evitar cualquier complicación que pudiera aparecer por el camino.
Ahora la respuesta ya no es tan sencilla.
—Quiero poder besarte sin que me apartes porque estoy siendo demasiado cariñoso. Quiero que alguna vez terminemos de follar y no salgas corriendo escaleras arriba. No estoy diciendo que tengamos que pasarnos la noche abrazados hablando de nuestros sentimientos, pero esto empieza a ser absurdo.
Wendy se cruza de brazos.
—Esto es lo que acordamos desde el principio, Kai. Sexo. Sin relaciones, sin expectativas y sin complicarnos la vida. No entiendo por qué ahora parece que estoy haciendo algo mal por respetarlo.
—Entonces, quizá nuestro acuerdo ya no me sirva.
Wendy se queda callada y yo respiro hondo.
Durante cuatro días he intentado encontrar la manera de decírselo sin convertirlo en algo enorme.
No quiero ponerle nombre a lo que tenemos ni pedirle promesas que ninguno de los dos está preparado para hacer.
Solo sé que después de Disneyland ya no puedo seguir fingiendo que me basta con lo que acordamos al principio.
—¿Qué significa eso?
—Que ya no quiero acostarme contigo y fingir después que eres únicamente la mujer con la que estoy pasando el verano.
—Kai...
—Me preguntaste en Disneyland por qué te miraba tanto. No supe qué contestarte porque entonces ni siquiera yo tenía demasiado claro qué me estaba pasando. Lo entendí la última noche.
Su expresión cambia al mencionar el viaje.
—Fui a buscaros a la habitación y os encontré dormidas.
Imogen todavía llevaba el vestido de princesa y estaba acurrucada contigo.
Tú la abrazabas incluso dormida. —Hago una pausa, intentando encontrar una forma de decirlo que no suene más complicado de lo que ya es—.
Y me quedé allí pensando en todas las veces que os había observado durante esos días.
En vosotras dos caminando de la mano, en la fotografía delante del castillo, en lo natural que había resultado estar allí los tres.
Entonces pensé en septiembre. En María volviendo, en que tú dejarías de trabajar conmigo y probablemente te marcharías de esta casa.
Y me di cuenta de que no quería que ocurriera.
—María tiene que volver.
—Por supuesto que tiene que volver. Esto no tiene nada que ver con su trabajo.
María lleva años con nosotros, quiero que siga cuidando de Imogen y jamás la sustituiría porque yo haya cambiado de opinión sobre ti.
—Doy un paso hacia Wendy—. Precisamente ese es el problema.
Que no quiero tener que contratarte para encontrar una razón por la que sigas aquí.
Wendy traga saliva.
—Entonces ¿qué quieres?
Esta vez tengo la respuesta.
—Quiero que estés aquí porque quieres estar conmigo.
Quiero llevarte a cenar sin necesitar que Imogen venga con nosotros.
Quiero que alguna noche te quedes en mi cama y despertarme contigo al día siguiente.
Y quiero poder besarte despacio sin que actúes como si acabara de romper alguna cláusula del contrato.
Durante unos segundos no dice nada.
La conozco lo suficiente para saber que su silencio no es indiferencia. Al contrario. La veo apretar los brazos contra el cuerpo y sé que he tocado exactamente aquello de lo que lleva cuatro días intentando escapar.
—No te estoy pidiendo que decidamos ahora qué va a pasar dentro de un año —continúo—. Ni siquiera sé qué va a pasar dentro de unos meses. Solo te estoy diciendo que yo ya no estoy donde estaba cuando hicimos ese pacto. Y creo que tú tampoco.
—Te equivocas.
—Wendy...
—No, Kai. Te equivocas conmigo. Puede que tú hayas cambiado de opinión, pero yo no quiero eso. No estoy preparada para una relación y mucho menos para... —Se detiene y niega con la cabeza—. No puedo.
La última frase sale en un hilo de voz y, desde que hemos empezado a hablar, me arrepiento de haberla presionado tanto. No de lo que he dicho. Sigo queriendo exactamente lo mismo. Pero Wendy parece haber pasado de estar a la defensiva a buscar una salida.
—Está bien. No tienes que decidir nada ahora.
Wendy niega con la cabeza y da otro paso hacia la escalera.
—Creo que debería irme.
Frunzo el ceño.
—¿A tu habitación?
—De la casa.
Eso no me lo esperaba.
—¿Qué? ¿Por qué? Nadie ha dicho que tengas que marcharte.
—Pero ya no podemos seguir haciendo esto. Tú quieres una cosa y yo quiero otra.
—Hace treinta segundos ni siquiera sabías que yo quería algo más. No conviertas una conversación en una mudanza.
—No es solo esta conversación.
Se gira y empieza a subir.
—Wendy, espera. No tienes que decidirlo esta noche. Podemos hablar mañana con calma.
—No hay nada que hablar, Kai.
—Claro que lo hay.
No se gira, sigue subiendo los peldaños de la escalera a toda velocidad.
—Buenas noches.
—Wendy.
No se detiene.
Unos segundos después escucho cerrarse la puerta de su habitación.
Me quedo al pie de las escaleras, todavía intentando entender cómo hemos pasado de hablar de lo que quiero con ella a que Wendy quiera marcharse de mi casa.
Definitivamente, esa parte no estaba en mis planes.