22
Wendy
Me despierto el miércoles con una sensación extraña que no consigo identificar del todo.
Tardo unos segundos en recordar dónde estoy. Imogen ya no está a mi lado y la puerta del baño está abierta, así que supongo que se ha despertado antes y ha ido a buscar a Kai.
Hoy es nuestro último día en Disneyland.
Esta tarde cogeremos el vuelo de vuelta a San Diego y esta noche estaremos otra vez en casa.
No debería resultar extraño. Solo han sido unos días fuera y, cuando volvamos, todo seguirá exactamente como estaba antes de venir.
Kai volverá al trabajo, yo seguiré ocupándome de Imogen y probablemente mañana desayunemos los tres en la cocina como hacemos siempre.
Creo que el problema ha sido este viaje. O quizá lo que ha ocurrido durante él sin que me diera cuenta.
En casa siempre hay algo que me recuerda qué estoy haciendo allí. Tengo un horario, Kai trabaja, yo cuido de Imogen y, cuando conseguimos estar solos, nos acostamos. Puede que las líneas se hubieran vuelto un poco borrosas, pero seguían existiendo.
Aquí todo ha sido diferente.
Durante tres días hemos ido de un sitio a otro juntos.
Hemos decidido dónde comer, qué hacer después, cuándo estaba Imogen demasiado cansada para continuar.
Kai y yo hemos discutido con ella, nos hemos reído con ella y hemos terminado cada noche en el hotel hablando de lo que haríamos al día siguiente.
Incluso hemos abierto un álbum conjunto para colgar todas las fotografías que hemos ido haciéndonos estos días.
Y lo peor es que nada me ha parecido extraño mientras ocurría. Al contrario. Me he sentido tan cómoda que solo ahora, cuando sé que dentro de unas horas vamos a marcharnos, empiezo a preguntarme a qué demonios estoy jugando.
Me giro en la cama y miro el lado vacío de Imogen.
Quizá por eso me siento rara.
Porque durante estos días ha sido demasiado fácil olvidar que yo no formo parte de esto de la manera en que, por momentos, ha parecido que lo hacía.
Y me ha gustado demasiado olvidarlo.
***
Cuando llegamos al resort esa noche, los tres estamos agotados.
Imogen se ha dormido durante parte del vuelo, pero no parece haberle servido de mucho. En el coche apenas ha hablado y, en cuanto entramos en casa, deja la mochila junto a la escalera y anuncia que quiere irse a la cama.
Kai recoge las maletas mientras yo acompaño a Imogen arriba. Se pone el pijama, se mete en la cama y todavía consigue reunir fuerzas para preguntarme si podemos imprimir las fotografías de Disneyland al día siguiente.
—Todas no.
—¿Por qué?
—Porque hemos hecho unas cuatrocientas.
—No tantas.
—Trescientas noventa y ocho. Perdona.
Sonríe con los ojos ya medio cerrados.
Le doy un beso y me levanto.
—Duerme.
—Buenas noches, Wendy.
—Buenas noches.
Cuando cierro la puerta de su habitación, me quedo un momento en el pasillo.
Volver a casa debería haber conseguido que todo recuperara su aspecto habitual, pero no ha funcionado. Es la misma casa que dejamos hace tres días y, aun así, tengo la sensación de estar entrando en ella de una forma diferente.
Bajo antes de poder seguir pensando por ahí.
Kai está en el salón colocando algunas de las cosas que hemos dejado al entrar.
Ha estado raro desde esta mañana. No distante ni desagradable, simplemente más callado.
Varias veces durante el día lo he sorprendido mirándome y, cuando nuestras miradas se encontraban, parecía a punto de decir algo que al final nunca decía.
Ahora vuelve a pasar.
—Ya duerme —le digo.
—¿Sin pelear? Eso sí es una novedad.
—Ha sobrevivido tres días en Disneyland. Creo que mañana no vamos a conseguir sacarla de la cama antes del mediodía.
Kai sonríe y deja la mochila de Imogen junto a las maletas.
—No sería mala idea.
Me acerco al sofá y recojo mi bolso. Durante un momento espero que venga hacia mí.
No lo hace.
Es extraño, hace unas semanas jamás habría esperado que Kai me besara simplemente porque nos hemos quedado solos. Ahora parece haberse convertido en algo tan habitual que noto su ausencia inmediatamente.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí. Solo estoy cansado. Han sido tres días intensos y mañana tengo la reunión temprano.
—Claro.
Tiene sentido. Yo también estoy agotada y llevo desde esta mañana deseando tener un rato a solas para ordenar todo lo que me ronda por la cabeza.
Aun así, algo no termina de encajar.
Quizá sea porque esperaba que al volver aquí desapareciera la sensación que me ha acompañado durante todo el día. Que Disneyland se quedara en Disneyland y nosotros pudiéramos recuperar sin esfuerzo lo que éramos antes de irnos.
En lugar de eso, estoy frente a Kai sin saber muy bien cómo comportarme.
Y desde que empezamos a acostarnos, agradezco que a ninguno de los dos le apetezca follar en este momento.
Necesito dormir. Necesito dejar de pensar en nuestras fotografías. En estos tres días. En lo fácil que ha sido sentir que mi sitio estaba entre ellos. Mañana seguramente todo vuelva a parecerme mucho más sencillo.
—Entonces voy a acostarme —digo—. Yo tampoco puedo más.
Kai asiente.
—Descansa.
Me acerco y le doy un beso. Es breve y no intenta retenerme cuando me aparto.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Wendy.
Subo las escaleras y entro en mi habitación.
Mientras me cambio, escucho a Kai moverse por la planta de abajo y me digo que esto es mejor. Que los dos estamos cansados y mañana todo volverá a la normalidad.
El problema es que ya no tengo demasiado claro qué significa exactamente eso.
***
Durante los días siguientes intento convencerme de que el viaje no ha cambiado nada.
No funciona especialmente bien.
Kai y yo seguimos acostándonos. Seguimos buscándonos cuando Imogen no está delante y aprovechando cualquier momento en que podemos estar solos, pero incluso eso se siente diferente. No sabría explicar exactamente qué ha cambiado porque hacemos las mismas cosas y seguimos deseándonos igual.
El problema está en todo lo demás.
En las miradas que duran demasiado. En que hemos empezado a quedarnos juntos después del sexo cuando antes era mucho más fácil levantarnos y continuar con nuestras vidas.
Pero yo prefiero ignorar lo que pasa. No tengo energías para enfrentarme a ello.
No después de Ray. No cuando llevo apenas unas semanas viviendo aquí y todavía intento averiguar qué quiero hacer con mi vida. Mucho menos cuando Kai y yo dejamos bastante claro desde el principio lo que era esto.
Sexo.
Nada más.
El lunes llega demasiado rápido.
Olivia viene a buscar a Imogen después de comer y, cuando llaman a la puerta, descubro que estoy más nerviosa de lo que esperaba.
He oído hablar tanto de ella que creo que me había formado una imagen en mi cabeza. No exactamente de una villana, porque Kai nunca se ha referido a ella de esa manera, pero sí de alguien a quien me resultaría difícil mirar sin pensar en todas las veces que ha decepcionado a Imogen.
La mujer que encuentro al abrir la puerta no se parece demasiado a esa imagen.
Olivia es más sencilla de lo que esperaba. También parece nerviosa.
Kai hace las presentaciones y durante unos minutos me siento extrañamente fuera de lugar mientras Imogen termina de recoger sus cosas.
No hay ninguna gran confrontación ni una tensión insoportable.
Olivia se interesa por Disneyland, escucha a su hija contarle atropelladamente algunas de las cosas que hicimos y sonríe cuando le enseña una de las fotografías.
Después se agacha delante de ella.
—Sé que te fallé la semana pasada.
Imogen baja la mirada.
—Dijiste que vendrías.
—Lo sé. Y lo siento muchísimo. No debería haberte prometido algo que no estaba segura de poder cumplir.
No intenta justificarse.
Eso es probablemente lo que más me sorprende.
Le pide perdón y deja que Imogen siga enfadada. Le dice que entiende que lo esté y que espera poder compensarla durante los próximos días, pero no le pide que diga que no pasa nada.
Cuando finalmente se marchan, Imogen me abraza antes de salir.
—Te mandaré fotos.
—Más te vale.
—Y el domingo volveré.
—Lo tengo apuntado.
La veo alejarse con su madre y siento una punzada absurda al pensar que no voy a verla durante casi una semana.
Pero cuando cierro la puerta y me giro hacia Kai, pienso que quizá esto sea exactamente lo que necesitamos.
Una semana.
Sin horarios de niñera. Sin desayunos los tres. Sin excursiones, películas en el sofá ni momentos en los que resulte demasiado fácil olvidar que Kai y yo no somos una familia.
Podemos volver al principio.
A lo que se suponía que iba a ser esto antes de que empezáramos a complicarlo.
Sexo sin expectativas. Sin pensar demasiado. Sin quedarnos mirándonos después como si hubiera algo que alguno de los dos debería decir.
Quizá incluso podamos recuperar el sexo sucio y despreocupado de las primeras veces, cuando lo más complicado entre Kai y yo era encontrar un momento en el que Imogen no pudiera descubrirnos.
***
Esa noche no tenemos que esperar.
No hay que comprobar si Imogen está dormida ni contener la voz por miedo a que nos escuche desde el pasillo. No tenemos que buscar una excusa para desaparecer juntos.
Estamos solos.
Cuando Kai me besa en el salón, pienso que por fin vamos a recuperar lo que teníamos. El sexo rápido, sucio, desesperado de las primeras semanas. El que no pedía nada más que placer.
Pero en cuanto llegamos a su habitación comprendo que me he equivocado.
Kai cierra la puerta con suavidad y se vuelve hacia mí. No me empuja contra ella. No me quita la ropa con prisa. Simplemente me mira unos segundos, como si estuviera memorizándome, y después me acerca con cuidado.
El primer beso es lento.
Tan lento que me duele un poco el pecho.
Sus labios se mueven contra los míos con una ternura que no formaba parte de ninguno de nuestros acuerdos.
Cuando su lengua se desliza dentro de mi boca, lo hace sin urgencia, saboreándome.
Yo le respondo igual, aunque una parte de mí quiera acelerar, quiera volver a lo seguro, a lo que sé explicar.
Kai me desnuda despacio. Cuando me quedo completamente desnuda frente a él, no me recorre con la mirada de forma posesiva. Me mira como si yo fuera algo frágil y valioso al mismo tiempo.
Me tumba sobre la cama con una delicadeza que me desarma.
Se quita la ropa sin prisas y se coloca a mi lado, no encima.
Me acaricia el costado, la cadera, el interior del muslo, con la yema de los dedos.
Cada roce es deliberado. Cada caricia parece decir algo que ninguno de los dos se atreve a pronunciar en voz alta.
Cuando por fin se coloca entre mis piernas, se incorpora un momento para coger el condón de la mesita.
Lo abre y se lo pone con movimientos cuidadosos, sin romper la atmósfera.
Después vuelve a situarse encima y me mira a los ojos mientras empuja dentro de mí.
Lento. Tan lento que siento cada centímetro.
Kai se queda quieto cuando está completamente dentro, apoyando la frente contra la mía. Nuestras respiraciones se mezclan. Sus ojos están abiertos. Los míos también.
Empieza a moverse.
No hay embestidas fuertes. No hay ritmos desesperados. Solo un vaivén profundo, constante, casi reverente. Cada vez que entra del todo, su pubis roza mi clítoris y un temblor me recorre. Yo le rodeo la cintura con las piernas y le paso los dedos por el pelo, por la nuca, por la espalda.
En algún momento nuestros dedos se encuentran sobre la almohada y se entrelazan. Ninguno de los dos los suelta.
Kai me besa mientras me hace el amor. Porque esto ya no es follar. Es otra cosa. Algo que me aterra y me llena al mismo tiempo. Me besa la boca, la mandíbula, el párpado, como si quisiera marcar cada parte de mí.
El orgasmo llega despacio, como una ola que se construye desde muy adentro. No es el estallido violento de otras veces. Es largo, tembloroso, emocional.
Me corro con un gemido ahogado contra su cuello, apretando su mano con fuerza, y siento cómo él se tensa poco después y se corre dentro del condón con un suspiro profundo, casi doloroso.
Nos quedamos unidos mucho tiempo después.
Kai no se retira de inmediato. Me abraza con fuerza, escondiendo la cara en mi cuello, y yo le paso los dedos por el pelo una y otra vez, intentando ordenar el caos que tengo dentro.
Mientras siento su corazón latiendo contra el mío, comprendo con total claridad que una semana sin Imogen no va a devolvernos al principio.
Porque Imogen no es la razón por la que esto ha cambiado.
Somos nosotros.
Y eso me aterra.
Porque hace una semana podía decirme que solo era sexo. En Disneyland podía culpar a esos tres días extraños en los que jugamos a ser algo que no somos.
Pero ahora no tengo ninguna excusa.
Kai sigue abrazándome y cierro los ojos, intentando no pensar en lo bien que se siente estar aquí. En que no quiero que se aparte todavía. En que durante tres días me gustó demasiado imaginar que los tres éramos algo que no somos.
Porque yo no quiero otra relación. No quiero otra vida construida alrededor de alguien ni volver a cometer el error de creer que un hombre es mi futuro. Y, sobre todo, no puedo querer una familia que ni siquiera es mía.
Así que más me vale recordar que esto tiene fecha de caducidad. Septiembre.