Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 21
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Kai

Cuando recogemos a Imogen a las seis, parece que las dos horas en la actividad de princesas le han dado más energía de la que tenía esta mañana.

Sale de la sala todavía con el vestido azul, una corona sobre la cabeza y algo de purpurina en las mejillas. Lleva además una varita que estoy bastante seguro de que no tenía cuando la dejamos.

Wendy se agacha inmediatamente delante de ella.

—A ver, necesito saberlo todo.

Imogen no necesita que se lo pida dos veces.

Empieza a contarnos lo que han hecho antes incluso de que salgamos al pasillo. Nos enseña la corona, explica con todo detalle la búsqueda del tesoro y asegura que ha aprendido a hacer una reverencia de princesa que Wendy le pide que demuestre allí mismo.

Las observo mientras caminamos hacia la salida.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Imogen.

—Ahora podríamos descansar —propongo.

Las dos me miran. Exactamente con la misma cara.

—O no —añado.

Wendy consulta el móvil.

—Hay un espectáculo a las siete que todavía no hemos visto.

Imogen se vuelve hacia mí.

—¿Podemos ir?

Miro el vestido, la corona y su energía inagotable.

—Vale, pero después volvemos al hotel sin rechistar.

—¡Sí!

—Y esta vez no estoy negociando.

Wendy se acerca a Imogen.

—Creo que ha aprendido de lo de esta mañana.

—Te estoy oyendo.

—Lo sé.

Una hora después estoy sentado entre las dos viendo un espectáculo que probablemente habría podido pasar el resto de mi vida sin conocer.

Imogen, en cambio, está fascinada.

Wendy tampoco parece muy lejos.

En algún momento del espectáculo, Imogen se inclina hacia ella para decirle algo al oído y Wendy se ríe. Después le coloca bien la corona, que lleva torcida desde hace al menos veinte minutos, y mi hija vuelve a mirar hacia delante.

Yo me descubro mirándolas a ellas.

Otra vez.

No es la primera vez que me pasa durante este viaje.

***

Cuando termina el espectáculo, Imogen sigue teniendo energía suficiente para hablar sin parar, aunque ya empieza a dar señales de que el día le está pasando factura.

La corona se le ha torcido por tercera vez y Wendy vuelve a colocársela mientras salimos con el resto de la gente.

—Tengo hambre —anuncia Imogen.

—Yo también —dice Wendy—. ¿Cenamos antes de volver al hotel?

—Me parece bien. Así después podemos descansar.

Imogen asiente y empieza inmediatamente a enumerar los sitios en los que quiere cenar.

Al final elegimos uno que está cerca y conseguimos una mesa sin tener que esperar demasiado. Imogen sigue con el vestido azul que le han dado en la actividad y, en cuanto nos sentamos, empieza a enseñarnos por segunda vez todos los detalles que considera importantes.

—Y esto se puede quitar —dice, señalando algo en la falda—. Pero la monitora ha dicho que queda mejor así.

Wendy se inclina para verlo.

—La monitora sabe lo que dice.

—Y también tengo guantes.

—Eso no me lo habías contado.

—Porque los he guardado para que no se manchen.

—Muy buena decisión.

Imogen sonríe y vuelve a colocar la falda antes de coger la carta.

—Mañana me lo puedo poner otra vez, ¿verdad?

—Si quieres ir vestida de princesa por Disneyland, adelante —respondo.

Wendy me mira.

—¿Quién eres y qué has hecho con el hombre que esta mañana no quería dejarla dos horas en una actividad infantil?

—He aprendido de mis errores.

—Qué viaje tan enriquecedor.

Imogen se ríe y empieza a mirar qué quiere cenar.

La conversación continúa mientras esperamos la comida. Imogen nos cuenta que una de las niñas de la actividad no quería ponerse vestido y terminó llevando una capa, y que ella ha decidido que, si pudiera elegir, viviría en un castillo siempre que tuviera piscina.

—Eso limita bastante las opciones —dice Wendy.

—Seguro que hay castillos con piscina.

—Tu padre tiene dinero. Que investigue.

Levanto la vista de mi plato.

—¿Por qué todos tus planes terminan costándome dinero?

—Porque tú eres el millonario del grupo.

—Argumento difícil de rebatir —añade Imogen.

Wendy se ríe.

—Me encanta esta niña.

Cuando llegan los postres, Imogen ya habla bastante menos. Sigue insistiendo en que no está cansada, aunque lleva varios minutos apoyada contra Wendy y ha tenido que recolocarse la corona dos veces porque se le cae cada vez que inclina la cabeza.

Wendy termina quitándosela y la deja sobre la mesa.

—Creo que la princesa está llegando al límite.

—Estoy bien.

—Claro.

Imogen apoya otra vez la cabeza en su hombro.

Wendy no dice nada más. Simplemente le pasa un brazo por los hombros y continúa hablando conmigo mientras mi hija se queda allí, pegada a ella.

Las miro un momento antes de volver a mi plato.

Últimamente hago eso demasiado.

***

Cuando terminamos de cenar, regresamos al hotel. A esas alturas Imogen ya ha dejado de insistir en que no está cansada y hace buena parte del camino apoyada en Wendy, aunque se niega a quitarse la corona porque, según ella, todavía no ha terminado el día.

Al llegar a las habitaciones, Wendy se la lleva con ella para que se cambie y descanse un rato antes de dormir.

Yo aprovecho para sacar el portátil. Tengo un par de cosas pendientes del Golden Dolphin que llevo todo el día posponiendo y, si no quiero encontrarme con veinte problemas acumulados cuando vuelva mañana por la noche, debería ocuparme de algunas esta noche.

Cuando termino lo que estaba haciendo ha pasado casi una hora. Cierro el portátil y miro la hora antes de levantarme.

Hace rato que no escucho nada al otro lado del baño.

Cruzo hasta la habitación de Wendy e Imogen y empujo la puerta, que han dejado entornada.

—¿Seguís...?

Me callo al verlas.

Las dos están dormidas en la cama.

Imogen sigue con el vestido azul de princesa, aunque ha perdido los zapatos y la corona está sobre la mesita. Se ha acurrucado junto a Wendy y tiene la cabeza apoyada contra su pecho, con una mano cerrada sobre su camiseta.

Wendy la abraza incluso dormida.

Tiene un brazo alrededor de ella y la cara medio escondida entre su pelo. No sé cuál de las dos se quedó dormida primero, pero parece que llevan así un buen rato.

Me apoyo en el marco de la puerta.

Debería despertarlas. Imogen todavía tiene que ponerse el pijama. Pero no lo hago. Me quedo mirándolas y pienso que llevo haciendo demasiado eso durante todo el viaje.

Mirarlas.

Ayer fue mientras caminaban delante de mí cogidas de la mano.

Después, cuando las dos acabaron con sus orejas de Minnie y parecían disfrutar de Disneyland con exactamente el mismo entusiasmo.

Esta mañana ha sido al verlas discutir delante del espejo sobre cómo tenía que llevar el pelo y hace apenas un rato, durante la cena, cuando Imogen terminó apoyada en su hombro y Wendy le pasó un brazo alrededor sin dejar siquiera de hablar.

Son momentos pequeños. Tan normales que probablemente por eso no les he dado demasiada importancia.

También está la fotografía.

La que Imogen insistió en que nos hiciéramos los tres delante del castillo.

La he mirado más veces de las que pienso reconocer.

No porque sea especialmente buena, pero me gusta. Mucho. La primera vez que la vi pensé que parecíamos una familia.

Y cerré la foto.

No necesitaba seguir por ahí.

Igual que no he necesitado preguntarme por qué cada vez me resulta más normal encontrar a Wendy desayunando con nosotros, escucharla hablar con Imogen desde otra habitación o llegar a casa y buscarla automáticamente.

Lo nuestro es sencillo.

Al menos, eso es lo que llevamos diciéndonos desde que empezó.

Nos gustamos. Nos lo pasamos bien juntos. El sexo es increíble y ninguno de los dos está buscando una relación. Wendy acaba de salir de una de siete años y yo tengo motivos de sobra para no meter a alguien en la vida de mi hija sin estar seguro de lo que hago.

Hasta ahora me ha parecido suficiente.

Entonces Imogen se mueve en sueños y Wendy reacciona sin despertarse. Le acaricia la espalda una vez y vuelve a acomodarla contra ella.

Algo se me aprieta en el pecho.

Y, sin saber muy bien por qué, pienso en septiembre.

En que María regresará de El Salvador y todo volverá a ser como antes. Ella lleva años cuidando de Imogen, siempre ha sido excelente con ella y no pienso quitarle su trabajo simplemente porque ahora prefiera tener a Wendy en casa.

Eso significa que Wendy tendrá que decidir qué hace después. Buscar otro trabajo, probablemente. Y, si ya no tiene ningún motivo para seguir viviendo conmigo, también tendrá que marcharse.

Siempre he sabido que esto era temporal. Lo sabía cuando la contraté y seguía sabiéndolo cuando empezamos a acostarnos. Hasta ahora nunca me había preocupado demasiado pensar en cómo terminaría.

Ahora sí.

Porque no quiero que se vaya.

Intento imaginar la casa sin ella y no me gusta.

No me gusta pensar en volver a desayunar únicamente con Imogen. Ni en llegar por la tarde y no encontrar las cosas de Wendy mezcladas con las nuestras. Tampoco en que deje de aparecer en planes como este porque ya no existe ninguna razón para que venga con nosotros.

Y ahí está el verdadero problema.

Que quiero que exista una razón.

No quiero que Wendy sea la mujer con la que me acosté durante un verano.

Quiero que siga estando ahí cuando termine.

La miro dormida con Imogen entre los brazos y, por primera vez, dejo de intentar convertir lo que siento en algo más sencillo de lo que es.

No sé cuándo ha cambiado.

Quizá no haya habido un momento concreto. Quizá haya ocurrido poco a poco, entre desayunos, noches en el sofá, discusiones absurdas y todas esas veces que he visto a Wendy conseguir que mi hija se ría cuando yo no sabía cómo hacerlo.

Lo único que sé es que ya no quiero imaginar septiembre sin ella.

Quiero más.

Mucho más de lo que habíamos acordado.

Porque el problema ya no es que Wendy se haya hecho un hueco en nuestras vidas. Es que no quiero que vuelva a salir de ellas.