20
Kai
El martes por la mañana, mientras desayunamos en el hotel antes de volver al parque, Imogen decide que quiere ser princesa.
No es una metáfora.
—Hay una actividad esta tarde —dice, colocando delante de mí un folleto que ha debido de coger en recepción—. Sophie hizo una cuando vino el año pasado y dice que es increíble.
Cojo el papel mientras Wendy se inclina sobre mi hombro para leerlo también.
Es una especie de experiencia infantil organizada por el hotel: vestidos, peinados, manualidades, una merienda con personajes y no sé cuántas cosas más que aparentemente hacen falta para convertir durante dos horas a un grupo de niñas en princesas.
Hay una frase que no me gusta: Actividad exclusiva para niños. Recogida a las seis.
—No sé, Imogen.
—¿Por qué?
—Porque son dos horas. Sin nosotros.
—Papá, esa es la gracia.
Wendy suelta una risa y yo giro la cabeza hacia ella.
—¿Quieres compartir con nosotros qué te hace tanta gracia?
—Tu cara, principalmente.
No hace falta que diga nada. Tiene esa sonrisa que lleva utilizando desde que llegamos a Disneyland cada vez que considera que estoy comportándome como un padre excesivamente preocupado.
Imogen vuelve a señalar el folleto.
—Hay monitores. Y personajes. Y haremos coronas. Además, pone que es para niños de seis a doce años y yo tengo ocho, así que puedo ir.
—Ya sé que puedes ir. Lo que no tengo tan claro es dejarte allí dos horas sola.
—No voy a estar sola. Estaré con los monitores y los otros niños.
Wendy se tapa la boca con la taza de café.
—Te estás divirtiendo demasiado con esto.
—Muchísimo.
Vuelvo al folleto. La actividad se hace en una de las salas infantiles del hotel, no tenemos que dejarla en ningún sitio que no conozcamos y hay personal suficiente. No existe ninguna razón lógica para decirle que no.
Aun así, no me entusiasma.
Estamos aquí solo tres días. Vinimos para pasar tiempo con ella después de que Olivia cancelara sus planes y la idea de dejarla durante dos horas en una actividad mientras Wendy y yo hacemos cualquier otra cosa me resulta un poco absurda.
—¿De verdad quieres pasar parte de la tarde ahí dentro en lugar de estar en el parque?
Imogen asiente sin dudar.
—Sí. Wendy y tú podéis hacer algo mientras tanto.
—Podemos aprovechar para repetir alguna atracción a la que tú no quieras subir —propone Wendy.
La miro.
Y entonces mi cerebro decide funcionar.
Dos horas.
Imogen dentro de una actividad infantil.
Wendy y yo fuera.
Las habitaciones del hotel están a menos de diez minutos.
Joder.
Bajo otra vez la mirada hacia el folleto.
La actividad empieza a las cuatro y termina a las seis.
Ciento veinte minutos.
De repente, encuentro bastante menos inconvenientes.
—Bueno, si de verdad quieres ir...
Wendy se gira lentamente hacia mí.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada.
Pero está sonriendo.
Imogen coge el folleto de mis manos.
—¿Entonces puedo?
—Sí.
—¡Gracias!
Se levanta de la silla y me abraza antes de volver a sentarse para leer por tercera vez todo lo que incluye la actividad.
Yo cojo el café.
Wendy continúa mirándome.
—¿Qué? —pregunto.
—Ha sido impresionante.
—No sé de qué hablas.
—Hace treinta segundos te parecía terrible perder dos horas de nuestro último día entero en Disneyland.
—He valorado la situación.
—Claro.
—He comprobado que la actividad es segura.
—Por supuesto.
Bebo un poco de café.
—Y parece que le hace ilusión.
—Muchísima.
Hay algo en su tono que deja bastante claro que no se cree una mierda.
Me acerco un poco a ella para que Imogen no nos escuche.
—¿Tienes algún problema con que vaya?
Wendy niega inmediatamente.
—Ninguno. De hecho, ahora mismo me parece una actividad infantil maravillosa y muy necesaria para su desarrollo.
Tengo que contener una sonrisa.
—¿Ah, sí?
—La independencia es importantísima a esta edad.
Se nos escapa una risa compartida e Imogen levanta la vista.
—¿De qué os reís?
—De nada —respondemos los dos al mismo tiempo.
Mi hija nos observa un momento, decide que no le interesa y vuelve al folleto.
Wendy acerca la taza a los labios.
—Dos horas —murmura.
—Ciento veinte minutos.
La sonrisa que aparece en su cara hace que, durante unos segundos, Disneyland deje de parecerme especialmente interesante.
***
Después de dejar a Imogen en la actividad infantil regresamos a la habitación en menos de ocho minutos.
Cierro la puerta con el pestillo y antes de que Wendy pueda decir nada la empujo contra ella y la beso. Esta vez no hay peligro. No hay niña dormida al lado. Solo dos horas enteras y una cama grande.
Wendy me tira de la camiseta mientras yo le bajo los pantalones cortos. En menos de un minuto estamos desnudos sobre la cama. Me tumbo entre sus piernas y las abro despacio con las manos.
—Dos horas enteras —murmuro contra el interior de su muslo—. Voy a aprovecharlas.
Bajo la cabeza.
Mi lengua encuentra su coño ya húmedo. El primer lametón es lento, de abajo arriba, saboreándola por completo. Wendy suelta un gemido largo y profundo que esta vez no tiene que contener. Me agarro con fuerza a sus muslos y la abro todavía más, dejando todo expuesto para mí.
Paso la punta de la lengua por sus pliegues con calma, explorándola.
Subo hasta su clítoris, lo rodeo una vez, dos, tres, sin tocarlo del todo.
Wendy se retuerce e intenta acercar las caderas, pero yo la mantengo firmemente en su sitio.
Solo cuando ella suelta un quejido de frustración bajo la lengua y chupo suavemente el clítoris entre mis labios.
—Kai… joder…
No contesto. Me concentro únicamente en ella. Lamo con movimientos lentos y firmes, alternando entre succionar su clítoris y meter la lengua dentro de ella lo más profundo que puedo. El sabor de Wendy se me sube a la cabeza. Llevo días queriéndola así: abierta, ruidosa.
Acelero un poco. Mi lengua se mueve más rápido sobre su clítoris, de lado a lado, después en círculos, después succionando con fuerza.
Wendy arquea la espalda y clava los dedos en mi pelo, tirando de él.
El sonido húmedo de mi lengua trabajando su coño llena la habitación. Es obsceno y me pone todavía más duro.
Cambio el ritmo otra vez. Vuelvo a los movimientos lentos y profundos, metiendo la lengua dentro de ella y sacándola con calma, como si quisiera follarla solo con ella. Wendy gime más alto. Sus muslos empiezan a temblar a ambos lados de mi cabeza. Sé que está cerca.
Vuelvo a su clítoris y esta vez no le doy tregua. Lamo rápido, firme, sin parar, concentrándome solo en ese punto. Wendy empuja contra mi cara, frotándose, buscando más presión. Yo se la doy. Chupo más fuerte, más rápido, sin piedad.
—Ahí… ahí… no pares, por favor…
Sigo exactamente igual. La lengua moviéndose sin descanso sobre su clítoris hinchado.
Wendy se pone rígida de repente y se corre con un grito largo y tembloroso, apretando mi cabeza entre sus muslos con fuerza.
No me detengo. Continúo lamiendo suavemente cada contracción, saboreando cómo se estremece contra mi boca, hasta que se queda demasiado sensible y me empuja la frente con la mano temblorosa.
Me quedo un segundo más entre sus piernas, dando un último lametón lento y posesivo antes de subir por su cuerpo.
Wendy está sonrojada, con la respiración agitada y los ojos oscuros.
Todavía no he terminado con ella.
Pero primero quiero su boca.
Me acerco a ella mientras sigue tumbada, todavía recuperándose. Wendy me mira con los ojos entrecerrados y la respiración agitada. Me coloco a su lado, de rodillas sobre la cama, y le paso el pulgar por el labio inferior.
—Abre la boca.
Obedece sin dudar.
Le apoyo la cabeza de mi polla en la lengua y empujo despacio. Wendy cierra los labios alrededor de mí y yo sigo entrando hasta que siento la garganta. Me quedo ahí un segundo, disfrutando de la presión caliente y húmeda, antes de empezar a moverme.
Empiezo con embestidas lentas y profundas, follándole la boca con control.
Cada vez que entro del todo, Wendy hace un pequeño sonido ahogado que vibra alrededor de mi polla.
Le enredo los dedos en el pelo y mantengo su cabeza exactamente donde quiero.
Ella no se resiste. Al contrario: abre más la garganta y me deja usarla.
Acelero un poco. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su boca llena la habitación.
La saliva le resbala por la comisura de los labios y baja por su mentón.
Wendy levanta la mirada hacia mí mientras le follo la boca y el simple hecho de verla así, sumisa y deseosa, me pone todavía más cachondo.
—Eso es… joder, así —gruño.
Empujo más profundo. Wendy se atraganta ligeramente pero no se aparta.
Me agarra los muslos con las dos manos y se queda quieta, dejándome follarle la garganta a mi ritmo.
Las embestidas se vuelven más rápidas, más urgentes.
Siento el placer concentrarse en la base de la columna y tengo que hacer un esfuerzo real para no correrme ahí mismo.
Me detengo de golpe, todavía enterrado en su boca, y respiro hondo.
Saco la polla despacio. Wendy se limpia la boca con el dorso de la mano, mirándome con los ojos brillantes.
—Quiero follarte —digo, con la voz ronca—. Ahora.
Me siento con la espalda apoyada en el cabecero y la atraigo hacia mí.
Wendy se coloca a horcajadas sobre mi regazo, mirándome a la cara. Antes de seguir, cojo el condón que había dejado en la mesita, lo abro y me lo pongo con movimientos rápidos. Ella me observa mientras lo hago, mordiéndose el labio inferior.
Cuando termino, la agarro por las caderas y la bajo despacio mientras empujo hacia arriba. El gemido que se le escapa vibra contra mi boca cuando la beso.
Quedamos completamente unidos, frente a frente, con su pecho pegado al mío.
Puedo sentir cada respiración suya, cada pequeño temblor.
Wendy apoya las manos en mis hombros y empieza a moverse.
Sube y baja con lentitud al principio, adaptándose a la profundidad.
Yo la ayudo, sujetándole la cintura y guiándola.
El ángulo es brutalmente íntimo. Cada vez que baja del todo, siento que llego más adentro que nunca. Wendy echa la cabeza hacia atrás un segundo y después vuelve a mirarme. Nuestros ojos se encuentran y no aparto la vista.
Acelero el ritmo. La levanto y la bajo con más fuerza, follándola desde abajo mientras ella se mueve conmigo.
El sonido de nuestra piel chocando llena la habitación.
Wendy gime abiertamente ahora, sin tener que contenerse.
Aprieta los muslos a ambos lados de mi cintura y clava las uñas en mis hombros.
—Así… joder, Kai…
Le muerdo el labio inferior y después bajo la boca a su cuello. Sigo moviéndola sobre mí, más rápido, más profundo. Una de mis manos baja entre nuestros cuerpos y froto su clítoris con el pulgar al mismo tiempo que la penetro. Wendy se tensa de inmediato.
Se corre con un grito ahogado contra mi cuello, apretándome con fuerza. El ritmo de sus contracciones me arrastra. Acelero las últimas embestidas, la sujeto con fuerza contra mí y me corro dentro del condón con un gruñido largo, empujando hasta el fondo mientras el placer me recorre entero.
Nos quedamos inmóviles, todavía unidos, respirando el uno contra el otro. Wendy tiene la frente apoyada en mi hombro y yo le acaricio la espalda con lentitud.
Durante un rato no digo nada.
Ha sido jodidamente íntimo.
Pero no quiero profundizar en lo que significa eso.
No ahora.
Bastante complicado es todo sin empezar a analizar por qué tener a Wendy así, abrazada a mí y todavía recuperando el aliento contra mi cuello, se ha sentido diferente a las otras veces.
Prefiero concentrarme en algo bastante más sencillo.
Estiro el brazo hacia la mesita y cojo el móvil.
—Nos quedan cincuenta minutos.
Wendy levanta la cabeza de mi hombro.
—¿Estás cronometrando esto?
—Tenemos que recoger a Imogen a las seis.
—Ya sé a qué hora tenemos que recogerla. Me preocupa más que hayas mirado el reloj treinta segundos después de correrte.
Dejo el móvil otra vez en la mesita y le paso una mano por la cintura.
—Solo quería saber cuánto tiempo nos quedaba.
Wendy mira hacia abajo, todavía sentada sobre mí, y después vuelve a mirarme.
—¿Y cincuenta minutos te parecen suficientes?
Sonrío.
—Para lo que tengo pensado hacer ahora, sí.