Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 19
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Wendy

Después de un vuelo de poco más de una hora y de pasar por el hotel para dejar las maletas, por fin llegamos a Disneyland.

Los ojos de Imogen brillan desde que cruzamos la entrada, pero no es la única emocionada.

Yo nunca había estado aquí.

Y descubro que tengo bastante menos dignidad de la que esperaba cuando aparece el castillo al final de Main Street y siento unas ganas completamente irracionales de echar a correr hacia él.

—¡Mira! —Imogen me agarra del brazo, aunque resulta bastante evidente que las dos estamos mirando exactamente lo mismo.

—Lo estoy viendo.

—Tenemos que hacernos una foto delante.

—Por supuesto.

—Y después podemos ir a Space Mountain.

—Por supuesto.

—Y quiero unas orejas de Minnie.

—Yo también.

Kai, que camina a nuestro lado, gira lentamente la cabeza hacia mí.

—Se supone que tú eres la adulta que he traído para ayudarme.

—Lo era antes de entrar.

Imogen se ríe y tira de mi mano hacia el castillo.

—¡Vamos!

La sigo sin oponer ninguna resistencia.

Detrás de nosotras, Kai suspira.

—Esto va a ser agotador.

Me giro caminando de espaldas.

—Todavía puedes comprarte unas orejas y unirte a nosotras.

—Eso no va a pasar.

Dos horas después, Imogen y yo llevamos orejas de Minnie.

También hemos conseguido subir a tres atracciones, comprar algo que Imogen asegura que necesitaba urgentemente y cambiar aproximadamente cuatro veces el orden de todo lo que queríamos hacer.

Kai ha asumido su papel.

Lleva la mochila.

Consulta los tiempos de espera.

Nos recuerda que beber agua también forma parte de pasar el día en Disneyland y no únicamente correr de una atracción a otra hasta desmayarnos.

Y, para mi sorpresa, parece estar divirtiéndose.

Había imaginado que Kai sería uno de esos padres que acompañan a sus hijos a esta clase de sitios y pasan buena parte del día esperando a que termine. El encargado de sujetar bolsos, hacer fotografías y mirar el reloj.

Me equivocaba.

Cuando Imogen quiere repetir una atracción, él es el primero en comprobar cuánto hay que esperar.

Cuando nos subimos a Space Mountain, se ríe de mi grito durante prácticamente todo el recorrido.

Y cuando salimos y lo acuso de haber gritado exactamente igual que yo, tiene la poca vergüenza de negarlo.

—Te he oído.

—Lo dudo. Estabas demasiado ocupada intentando perforarme un tímpano.

—Era mi primera vez. Tenía derecho a gritar.

—No he dicho que no lo tuvieras.

—Te estabas riendo de mí.

—También tengo derecho a divertirme.

Lo miro.

—Empiezo a arrepentirme de haber venido contigo.

Kai sonríe.

—Todavía nos quedan dos días.

El problema es que esa sonrisa me provoca un cosquilleo en el estómago.

Tengo que recordarme que estamos en Disneyland con su hija y no en casa, donde puedo reaccionar a determinadas sonrisas de Kai de formas mucho más interesantes.

Por suerte, Imogen aparece entre nosotros antes de que mi cerebro continúe por ahí.

—Quiero tortitas.

—Vamos a comer dentro de poco —dice Kai.

—Pero todavía no estamos comiendo.

Imogen se vuelve hacia mí y pone su carita de súplica. Sabe que soy el eslabón más débil.

—No la mires a ella —dice Kai.

—¿Por qué?

—Porque Wendy lleva desde que hemos entrado concediéndote todo lo que pides.

—Eso no es verdad.

Kai me mira.

—Llevas orejas de Minnie.

—Porque me apetecía.

—También le has comprado un peluche.

Resoplo.

—Estamos en Disneyland, ¡no puedes traer a una niña de ocho años y pretender que salga de aquí sin un peluche! Hay leyes contra eso.

—Estoy bastante seguro de que no las hay.

—Pues debería haberlas.

Imogen asiente con solemnidad.

—Yo también creo que debería haberlas.

—Gracias. —La señalo—. La niña entiende de derechos fundamentales.

Kai nos mira alternativamente.

—Sois demasiado peligrosas juntas.

—Y todavía nos quedan dos días —le recuerdo, devolviéndole sus propias palabras.

Imogen sonríe satisfecha.

Kai nos observa a las dos durante unos segundos y acaba negando con la cabeza.

Diez minutos después estamos comiendo tortitas.

Incluso Kai.

***

Cuando regresamos al hotel varias horas después, mis pies han dejado oficialmente de pertenecerme.

Hemos almorzado en el parque, hemos subido a tantas atracciones que he perdido la cuenta y hemos recorrido suficientes kilómetros como para que me cueste creer que esta mañana entrara aquí prácticamente dando saltitos.

Imogen, en cambio, asegura que no está cansada.

Lo hace mientras se arrastra prácticamente por el pasillo del hotel.

—Estoy perfectamente —insiste cuando Kai abre la puerta de nuestra habitación.

—Nadie ha dicho lo contrario —responde él.

—Pero estás pensando que estoy cansada.

—También estoy pensando que mañana vas a despertarte antes que nosotros y volverás a tener energía suficiente para agotarnos durante otras doce horas.

Imogen sonríe.

—Seguramente.

Las habitaciones están comunicadas por un baño compartido. Imogen y yo ocupamos una y Kai la otra.

Dejo las bolsas sobre una silla y me quito las zapatillas.

El alivio es casi religioso.

—No pienso volver a ponerme zapatos hasta mañana.

Kai se apoya en el marco de la puerta del baño.

—Tenemos que cenar.

Miro mis pies.

—Acepto comida siempre que pueda conseguirla sin caminar.

—Podemos pedir algo.

—Sabía que había algún motivo por el que me gustabas.

Sus ojos se quedan un instante en los míos.

Imogen aparece entre nosotros.

—Yo quiero pizza.

—Pizza —repito—. Tu hija vuelve a demostrar que es la persona más sensata de esta familia.

La palabra sale sola.

Familia.

Por suerte, ninguno parece darle importancia.

Pedimos la cena y, mientras esperamos, nos turnamos para ducharnos. Cuando por fin llega la comida, Imogen ya lleva el pijama puesto y yo he sustituido mis orejas de Minnie por el moño más desastroso que he conseguido hacerme en toda mi vida.

Kai aparece desde su habitación con una camiseta y unos pantalones cortos. Recién duchado. Con el pelo todavía húmedo.

Ummmm… demasiado apetecible.

Como si no hubiera tenido suficiente trabajo durante todo el día recordándome que no puedo tocarlo.

Cenamos en nuestra habitación porque Imogen decide que su cama es bastante más cómoda que cualquier mesa. Terminamos los tres alrededor de las cajas de pizza mientras ella repasa sus momentos favoritos del día y organiza mentalmente todo lo que tenemos que hacer mañana.

—Y tenemos que volver a Space Mountain.

—Eso ya lo has dicho —le recuerda Kai.

—Porque es importante.

—También has dicho que quieres repetir Pirates.

—También es importante.

Me termino mi porción.

—Estoy empezando a sospechar que todo es importante.

Imogen me mira con absoluta seriedad.

—Es Disneyland.

—Buen argumento.

Kai resopla.

—No sé para qué sigo interviniendo.

—Para pagar —le recuerda Imogen.

Me echo a reír.

—No te rías —dice Kai—. Tú estás fomentando esto.

—Estoy de vacaciones.

—Trabajas para mí.

—Ahora mismo estoy fuera de servicio.

Seguimos hablando un rato después de terminar de cenar. Imogen insiste en que no tiene sueño, aunque cada vez participa menos en la conversación y lleva varios minutos tumbada atravesada sobre la cama.

Cuando vuelve a bostezar, Kai la mira.

—¿Segura de que no estás cansada?

—Segurísima.

—Perfecto.

—Solo voy a cerrar los ojos un momento.

Cinco minutos después no responde cuando le pregunto qué quiere desayunar mañana. La miro. Sigue con los ojos cerrados, la boca entreabierta y una mano todavía apoyada sobre el peluche que hemos comprado esta mañana.

—Imogen.

Nada. Kai se echa a reír.

—Y eso que estaba segurísima.

Compartimos una sonrisa cómplice.

Recojo las cajas mientras él aparta con cuidado el peluche, acomoda a Imogen sobre la almohada y la tapa.

Me quedo mirándolo un instante otra vez. Lo llevo haciendo todo el día.

Lo he visto acordarse de que Imogen necesitaba beber antes de que ella tuviera sed, guardar sus orejas cuando le molestaban, agacharse para atarle un cordón sin interrumpir lo que estaba contando y saber que empezaba a estar cansada mucho antes de que ella estuviera dispuesta a reconocerlo.

Pequeñas cosas que Kai hace de forma automática, sin esperar que nadie se fije en ellas, porque lleva ocho años pendiente de su hija.

Y yo me he fijado.

Demasiado.

Porque me gusta esa parte de él. Me gusta ver lo atento que está a Imogen incluso cuando parece ocupado en otra cosa, la paciencia que tiene con ella y la facilidad con la que consigue que se sienta segura sin tratarla como si fuera más pequeña de lo que es.

Hasta ahora se suponía que debía gustarme Kai por razones mucho más sencillas.

Por su cuerpo. Por cómo me besa. Por lo que hacemos cuando conseguimos estar solos.

Esto es diferente.

Y bastante más peligroso.

Kai se incorpora y nuestras miradas se encuentran.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas todo el día mirándome, ¿crees que no me he dado cuenta?

Mierda.

—Quizá tengas algo en la cara.

Una sonrisa lenta aparece en sus labios.

—¿Ser absurdamente atractivo?

Resoplo.

—Sí, Kai. Debe de ser eso. —Sonríe—. ¿Y qué hay de ti? Tú tampoco has dejado de mirarme. ¿Por qué?

Lo piensa durante unos segundos.

—Bueno, supongo que lo de ser absurdamente atractivo es algo que compartimos.

Pongo los ojos en blanco, aunque noto cómo se me escapa una sonrisa.

—Tu modestia sigue siendo una de tus mejores cualidades.

—Lo sé. Tengo muchas.

Y ahí está de nuevo.

Ese impulso automático de acercarme a él.

Solo que ahora Imogen está dormida.

Eso cambia considerablemente las cosas.

Kai mira a su hija y después a mí. Señala con la cabeza hacia el baño y lo sigo hasta su habitación, cerrando la puerta con cuidado detrás de nosotros.

De repente, después de todo un día rodeados de gente y con Imogen prácticamente pegada a nosotros, estamos solos.

Kai se vuelve hacia mí.

—Hola.

Me río en voz baja.

—Hola.

—Creo que hoy apenas he podido tocarte.

—Una tragedia.

—No te burles. Ha sido un día muy largo.

Se acerca y me rodea la cintura. Apoyo las manos sobre su pecho y levanto la cara hacia él.

—No podemos hacer nada con Imogen ahí.

—Ya lo sé. Pero besarme sí puedes.

—Eso creo que puedo permitírmelo.

Kai sonríe y se inclina hacia mí.

Me besa despacio y yo le rodeo el cuello con los brazos. Después de todo un día sin poder acercarnos demasiado, resulta demasiado fácil olvidarme durante unos segundos de que Imogen duerme en la habitación de al lado.

Por eso, cuando noto que el beso empieza a convertirse en otra cosa, me aparto.

—Será mejor que vuelva.

Kai asiente, aunque no me suelta inmediatamente.

—Buenas noches, Wendy.

—Buenas noches.

Le doy un último beso y regreso por el baño a mi habitación.

Imogen sigue profundamente dormida, abrazada al peluche que hemos comprado esta mañana. Me meto en mi cama y apago la luz.

Durante unos segundos pienso en Kai, a apenas unos metros de distancia.

Pero cuando cierro los ojos no es nuestro beso lo que aparece en mi cabeza.

Es la fotografía de esta mañana frente al castillo.

Imogen en medio, Kai a un lado y yo al otro. Los tres sonriendo a la cámara.

Parecemos una familia.

Y lo peor es que, durante todo el día, también me he sentido un poco como si lo fuéramos.

Eso sí que no formaba parte de nuestro pacto.