18
Kai
Las últimas semanas han confirmado dos cosas.
La primera es que acostarme con Wendy fue una idea de mierda.
La segunda es que no tengo ninguna intención de dejar de hacerlo.
Nuestro acuerdo parecía bastante sencillo cuando hablamos de ello en la playa. Mientras ella estuviera en California podíamos disfrutar de lo que había entre nosotros sin convertirlo en una relación. Sin expectativas, sin promesas y, sobre todo, sin que Imogen supiera nada.
Esa última parte ha resultado ser la más complicada.
No porque Imogen sospeche nada, al menos que yo sepa, sino porque compartir casa con la mujer con la que te estás acostando y fingir que no ocurre nada exige bastante más autocontrol del que esperaba.
Hemos aprendido a aprovechar oportunidades.
Las clases de piano de Imogen. Alguna tarde que pasa con Mila y Nash. Los ratos en los que está en casa de alguna amiga. Una noche en la que María vino a verla y terminó llevándosela a cenar porque Imogen llevaba días insistiendo en que quería enseñarle no sé qué tienda nueva de Golden Cove.
Y luego están las oportunidades que Wendy inventa.
Hace unos días apareció en mi despacho a media mañana con la excusa de traerme algo que había olvidado en casa.
No había olvidado nada.
Cerré la puerta, la subí a la mesa y me la follé con la mano tapándole la boca para que no gritara.
Ayer me mandó un mensaje desde su habitación cuando Imogen ya dormía.
WENDY
¿Estás ocupado?
Le respondí que estaba terminando unas cosas. Treinta segundos después recibí otro.
WENDY
Respuesta incorrecta.
Un minuto más tarde estaba en su habitación, con ella de rodillas entre mis piernas y mi polla enterrada hasta el fondo de su garganta. Terminé las cosas por la mañana… después de correrme dos veces.
El problema es que no se limita al sexo.
Eso habría sido mucho más fácil.
También están las noches en las que terminamos hablando en la cocina después de que Imogen se acueste.
Las mañanas en las que bajo y Wendy ya está desayunando con ella, con el pelo todavía revuelto de la noche anterior.
Las discusiones absurdas sobre que película vamos a ver los tres.
Las cosas de Wendy que han empezado a aparecer por toda la casa aunque lleva aquí menos de un mes.
Su taza favorita junto a las nuestras.
Un ovillo de lana abandonado en el salón desde que decidió que iba a aprender crochet y descubrió que quizá cuatro días no eran suficientes para dominarlo.
Sus sandalias junto a la puerta.
Su champú en la ducha de mi habitación alguna mañana, porque olvidarse de devolverlo a su baño parece formar parte de su concepto de discreción.
Debería molestarme.
No lo hace. Y probablemente prefiero no analizar demasiado esa parte.
Estoy revisando unos correos en el despacho cuando mi teléfono empieza a vibrar sobre la mesa. Veo el nombre en la pantalla y sé que algo va mal antes incluso de responder.
Olivia.
Faltan tres días para que empiecen sus dos semanas con Imogen.
—Hola.
—Kai, necesito hablar contigo sobre el lunes.
Cierro los ojos.
—¿Qué pasa el lunes?
Hay un breve silencio al otro lado.
—Me ha surgido un compromiso.
Me recuesto en la silla.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decirte.
—Sé exactamente qué vas a decirme.
Olivia suspira.
—Me han ofrecido cubrir unas fechas de una gira. La violinista que iba a hacerlas ha tenido un problema y necesitan a alguien con muy poca antelación. Es una oportunidad importante, Kai. No puedo rechazarla.
Aprieto la mandíbula.
—Sí puedes.
—No, no puedo. Decir que no supondría poner en peligro otros contratos.
—Le prometiste a tu hija que el lunes irías a buscarla y pasaríais dos semanas juntas. ¿Vas a dejarla plantada este año otra vez?
—No estoy cancelando las dos semanas. Solo tendría que retrasarlo unos días.
—¿Cuántos?
Otro silencio.
—Aún no lo sé. Cinco días, como máximo siete.
Me levanto de la silla y camino hasta la ventana.
—Olivia...
—Intentaré reorganizarlo para estar con ella la segunda semana. Incluso podría alargarlo algunos días después si consigo cuadrarlo.
—No puedes seguir eligiendo conciertos por encima de Imogen.
—No estoy eligiendo conciertos por encima de Imogen, Kai. Sabes perfectamente cómo funciona mi trabajo.
—Y tú sabías perfectamente que tenías esas dos semanas reservadas para estar con tu hija. Imogen lleva semanas esperando. Tiene ocho años. No entiende de giras, sustituciones ni oportunidades profesionales. Entiende que su madre le dijo que el lunes estaría aquí y que ahora no va a venir.
—No necesito que me expliques cómo funciona nuestra hija.
—Entonces deja de obligarme a explicarle por qué has vuelto a cancelar vuestras vacaciones juntas.
Olivia guarda silencio. Sé que estoy siendo duro, pero también sé que estoy cansado de tener esta conversación todos los años.
—No lo hago para hacerle daño —dice finalmente.
—Ya lo sé.
Y esa es probablemente la peor parte.
Olivia quiere a Imogen. Nunca he dudado de eso.
Pero quererla y estar cuando te necesita no siempre han significado lo mismo para ella.
—Te llamaré cuando sepa exactamente cuándo puedo volver —dice.
—Llámame a mí. No le prometas nada a Imogen hasta que tengas un billete comprado.
La conversación termina poco después.
Me quedo un rato mirando el teléfono.
Ahora viene la parte que odio de verdad.
***
Imogen está en el salón con Wendy cuando llego a casa.
Las encuentro sentadas en el suelo rodeadas de cuentas de colores, con varias pulseras a medio hacer. Wendy está intentando deshacer un nudo mientras Imogen le explica algo que parece requerir una cantidad desproporcionada de gestos.
Mi hija levanta la cabeza al verme.
—Papá.
Sonríe.
Y se me revuelve el estómago. Wendy me mira después y su sonrisa desaparece casi inmediatamente. Me conoce lo suficiente para darse cuenta de que algo ha pasado.
—Imogen —digo—, ¿puedes venir un momento?
Ella mira las cuentas.
—Estoy terminando una pulsera.
—Puedes terminarla luego. Es importante.
No protesta. Deja lo que estaba haciendo a un lado, se levanta y viene conmigo hasta el sofá. Wendy nos mira desde su sitio.
—Mamá me ha llamado esta tarde.
Su expresión cambia inmediatamente.
—¿A qué hora viene el lunes?
No hay una forma buena de decirlo.
—Al final no podrá venir el lunes.
La sonrisa desaparece.
—¿Por qué?
—Le ha salido trabajo. Tiene que viajar unos días y está intentando organizarse para que podáis pasar juntas la segunda semana.
Imogen se queda mirándome.
—Pero dijo dos semanas.
—Lo sé.
—Me lo prometió.
—También lo sé.
Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas, aunque hace un esfuerzo evidente por contenerlas.
—¿Qué es más importante que yo esta vez?
La pregunta me golpea directamente en el pecho.
—No es que haya algo más importante que tú.
—Siempre dices eso, pero no es verdad. Si yo fuera lo más importante, mamá no cambiaría siempre nuestros planes.
No sé qué responder.
—Imogen...
—No quiero hablar.
—Cariño, espera.
—¡He dicho que no quiero hablar!
Sale del salón y unos segundos después escucho cerrarse la puerta de su habitación en la planta de arriba. No de un portazo. Casi lo habría preferido.
—Joder.
Wendy no intenta decirme que no pasa nada.
Tampoco me dice que Olivia seguramente lo compensará ni ninguna de las frases que la gente utiliza cuando quiere arreglar algo que no tiene arreglo.
Simplemente se sienta a mi lado.
—Así que esto es a lo que te referías cuando me dijiste que no hiciera planes por si Olivia cancelaba sus vacaciones con Imogen.
Asiento y me paso una mano por la cara.
—Sí. Aunque esperaba equivocarme este año.
—Me dijiste que había pasado otras veces y que le afectaba, pero no imaginaba que lo viviera así.
—Cada vez es peor. Antes se enfadaba, lloraba un rato y se le pasaba. Ahora es mayor. Se da cuenta de que no es una excepción, sino algo que se repite. Y no puedo seguir diciéndole que la próxima vez será diferente porque ni siquiera sé si es verdad.
Wendy permanece unos segundos en silencio.
—Entonces no intentemos que no esté triste.
La miro.
—¿Qué quieres decir?
—Tiene derecho a estarlo. Su madre acaba de cancelar algo que esperaba desde hace semanas.
No vamos a conseguir que deje de dolerle con palabras bonitas.
—Hace una pequeña pausa—. Pero eso no significa que tenga que pasarse toda la semana que viene pensando únicamente en lo que debería estar haciendo con Olivia.
—¿Y cómo hacemos eso?
Wendy se queda pensativa unos segundos.
—Podríamos aprovechar que esos días ya iban a ser diferentes y hacer algo nosotros. Irnos a algún sitio, aunque solo sean un par de días. Unas pequeñas vacaciones los tres.
—Tengo que trabajar.
—Eres dueño del resort, Kai. Alguna ventaja tendrá que tener.
—También soy el dueño al que llaman cuando hay un problema.
—Pues durante dos días pueden llamar al otro dueño.
Casi sonrío.
—Nash va a adorarte.
—Nash me adora. —Se encoge de hombros—. Además, no estoy diciendo que tengamos que cruzarnos el país. Podemos buscar algo cerca, cambiar de aires y hacer que tenga otra cosa que esperar esta semana.
Miro hacia el pasillo.
No va a arreglar lo que acaba de pasar. Wendy tampoco está proponiendo que lo haga. Olivia seguirá sin estar aquí el lunes e Imogen seguirá teniendo motivos para estar enfadada con ella.
Pero quizá Wendy tenga razón.
—¿Y adónde se supone que vamos?
Ella sonríe.
—No tengo ni idea. Preguntémosle.
***
Imogen tarda bastante en salir de su habitación.
Cuando finalmente lo hace, tiene los ojos hinchados y la expresión de quien sigue enfadada con el mundo entero.
No intentamos convencerla de que deje de estarlo, Wendy simplemente le hace sitio a su lado.
—Tu padre y yo hemos pensado una cosa.
Wendy me mira, como buscando mi aprobación antes de continuar. Asiento ligeramente.
—Como esta semana iba a ser especial, creemos que debería seguir siéndolo. Así que podemos hacer algo los tres. Lo que tú quieras.
Giro la cabeza hacia Wendy.
—Quizá deberíamos establecer algún límite antes de...
Demasiado tarde. Imogen ya está mirándola con interés.
—¿Lo que yo quiera?
—Dentro de unos márgenes razonables —intervengo.
Wendy alza una ceja.
—Qué poco espíritu aventurero.
—Soy el único que está pensando en las consecuencias de darle libertad absoluta a una niña de ocho años.
Imogen guarda silencio mientras lo piensa.
—¿Podríamos irnos unos días?
—Claro —responde Wendy.
—Unos días sí —aclaro antes de que esto se nos vaya de las manos—. La semana entera no puedo. Tengo una reunión importante el jueves que no puedo mover.
—Entonces podemos volver antes del jueves —dice Wendy, como si acabara de solucionar el único problema existente.
Imogen ya parece bastante más interesada.
—¿Y puedo elegir dónde?
Wendy abre la boca.
—Dentro de California —me adelanto.
Ella gira la cabeza hacia mí.
—Iba a decir exactamente eso.
—No te creo.
Imogen apenas nos escucha. Se queda pensando unos segundos y, de pronto, abre mucho los ojos.
—¡Disneyland!
Wendy me mira.
Yo miro a Wendy.
—A mí me parece una idea buenísima.
Por supuesto que sí.
La sonrisa de Imogen se ensancha.
—Podríamos ir el lunes y quedarnos hasta el miércoles.
La miro.
Hace cinco minutos estaba encerrada en su habitación y ahora ya está organizando el viaje.
—Primero tengo que comprobar que puedo mover un par de cosas y encontrar dónde quedarnos.
—Eso significa que sí —traduce Wendy.
—Eso significa exactamente lo que acabo de decir.
—Cuando los adultos dicen que tienen que comprobar cosas siempre significa que sí.
—Tú eres adulta.
Wendy parece pensárselo.
—Discutible.
A Imogen se le escapa una risa.
Y ahí dejo de intentar ganar la discusión.
—Vale —digo—. Disneyland.
—¿En serio?
—En serio. El lunes nos vamos y volvemos el miércoles. Pero necesito trabajar un rato esta tarde para dejar algunas cosas organizadas y el jueves tengo que estar aquí para la reunión.
Imogen asiente con tanta energía que no creo que haya escuchado más allá de el lunes nos vamos.
—¡Voy a hacer una lista!
—¿Una lista de qué?
—De todo lo que tenemos que hacer.
Wendy se levanta inmediatamente.
—Necesitamos prioridades. Atracciones, comida, cosas que quieras ver...
—Y personajes.
—Y personajes. Eso es importantísimo.
Las dos desaparecen hacia la cocina en busca de papel como si acabaran de recibir el encargo de organizar una expedición internacional.
Me quedo en el salón.
Sobre la mesa siguen las cuentas de colores que habían dejado antes. En el sofá está la manta que Imogen ha apartado cuando se ha levantado para encerrarse en su habitación.
Hace menos de media hora estaba llorando.
Wendy no ha conseguido que deje de echar de menos a su madre. Tampoco ha intentado hacerlo. El lunes Olivia seguirá sin estar aquí y sé que, cuando pase la emoción del viaje, Imogen volverá a pensar en ella.
Pero ahora escucho a mi hija reírse desde la cocina mientras Wendy intenta convencerla de que comer cinco veces en un solo día también puede considerarse una actividad.
Y tiene algo que esperar.
Algo que hace media hora no tenía.
Me levanto y voy hacia el despacho para empezar a reorganizar mi agenda.
Antes de entrar, miro una última vez hacia la cocina.
Wendy está inclinada sobre la mesa junto a Imogen, completamente concentrada en una lista que ya ocupa media página. Dice algo que no alcanzo a escuchar y mi hija vuelve a reírse.
Sonrío.
Definitivamente voy a tener que agradecerle la idea.
Y ya se me ocurren varias formas bastante concretas de hacerlo… todas ellas cuando Imogen esté dormida y yo pueda tener a Wendy exactamente donde quiero: debajo de mí, encima de mí, o de rodillas, dependiendo de lo agradecido que me sienta.