17
Wendy
Cuando llego a casa de Mila a la mañana siguiente, mi amiga me abre la puerta todavía en pijama y con el pelo recogido en un moño.
—Imogen sigue durmiendo.
Miro la hora. Son las diez. A estas horas suele estar despierta siempre.
—¿En serio?
—Nash y ella se quedaron viendo una película hasta tarde. Bueno, ella se quedó viendo una película. Nash se durmió antes que Imogen y ahora insiste en que solo estaba descansando los ojos.
Sonrío mientras entro.
—Suena creíble.
—Muchísimo. No hace falta que la despiertes. Quédate a tomar un café y cuando se levante os vais.
Acepto porque, por lo visto, el café que me he tomado con Kai antes de salir de casa no ha sido suficiente para convertirme en persona y porque sé perfectamente que, si intento marcharme, Mila me perseguirá.
Anoche conseguí escapar.
Esta mañana no voy a tener tanta suerte.
La sigo hasta la cocina y me siento en uno de los taburetes mientras ella prepara dos cafés. Durante un par de minutos hablamos de Imogen, de lo bien que se lo han pasado y de que Nash aparentemente ha prometido llevarla a algún sitio la próxima vez que se quede con ellos.
Empiezo a pensar que quizá Mila ha decidido respetar mi intimidad.
Entonces deja mi taza delante de mí y se queda mirando mi cuello.
Oh, no.
Me llevo una mano hacia allí demasiado tarde.
Los ojos de Mila se abren.
—¿Eso es un chupetón?
—¿Qué?
Respuesta excelente, Wendy. Muy convincente.
—Tienes un chupetón en el cuello.
—Sé dónde están los chupetones, gracias.
Mila apoya las dos manos sobre la encimera.
—Así que por eso necesitabais desesperadamente que Imogen durmiera aquí.
—No necesitábamos desesperadamente nada.
Su mirada baja hacia mi mano, que continúa tapándome el cuello. La aparto. Ya no tiene sentido.
—Vale. Quizá necesitábamos un poco de... privacidad.
Mila sonríe lentamente.
—Te has acostado con Kai. —No es una pregunta.
Cojo el café y bebo para ganar unos segundos.
—Puede.
—Wendy.
—Sí.
Su sonrisa se hace enorme.
—¡Lo sabía!
—Baja la voz.
Miro automáticamente hacia el pasillo.
—Imogen está dormida arriba, tranquila. —Se sirve su café y se sienta frente a mí—. Vale. Necesito contexto. La última vez que hablamos, Kai solo era tu candidato perfecto para un hipotético lío de verano. Veo que la situación ha evolucionado.
—Han ocurrido cosas.
Mila mira mi cuello.
—Sí. Se aprecia.
Le lanzo una mirada.
—Simplemente hemos hablado como los adultos responsables que somos y hemos llegado a la conclusión de que no tiene sentido seguir fingiendo que no nos atraemos cuando es bastante evidente que sí.
Ninguno de los dos quiere una relación, yo solo voy a estar aquí durante el verano y los dos sabemos exactamente en qué nos estamos metiendo.
Así que hemos decidido disfrutarlo mientras dure.
Mila deja la taza sobre la encimera.
—¿Disfrutarlo?
—Sexo, Mila. Hemos decidido tener sexo.
Mila me observa por encima de la taza.
No dice nada.
—Puedes poner otra cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Esa es tu cara de «mi mejor amiga está tomando decisiones cuestionables y estoy intentando averiguar cómo decírselo sin que se enfade».
—Es increíble que tenga una cara tan específica.
—La conozco bien.
Mila sonríe, pero enseguida vuelve a ponerse seria.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
La respuesta me sale sin necesidad de pensarla.
—Sí. Acabo de salir de una relación de siete años.
No quiero otra. Llevo prácticamente toda mi vida adulta formando parte de una pareja y ahora mismo lo último que me apetece es volver a empezar con citas, expectativas y conversaciones sobre hacia dónde va algo.
Con Kai no tengo que preocuparme por eso.
Los dos sabemos lo que es desde el principio.
—Y además está buenísimo.
—Eso ayuda muchísimo.
Mila se ríe.
—Vale. Ese argumento sí me convence.
—Gracias.
Bebo otro sorbo de café, satisfecha por haber ganado al menos una pequeña parte de la discusión.
—¿E Imogen? ¿Qué vais a hacer con ella?
—Nada. Hemos hablado de eso. Delante de Imogen no cambia absolutamente nada. Yo sigo siendo Wendy, su niñera, y él sigue siendo Kai, su padre responsable. No vamos a besarnos delante de ella ni a hacer nada que pueda confundirla.
Mila me mira.
—Tiene ocho años, Wendy, no tres. Y vive en la misma casa que vosotros. Se fija en todo.
—Podemos ser discretos.
La expresión de Mila deja bastante claro lo que piensa sobre nuestras posibilidades.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez estás poniendo la cara.
—Solo digo que va a requerir cierto esfuerzo.
Sobre todo por tu parte. Te recuerdo que eres una pésima mentirosa, se te olvida la mitad de las cosas cuando tienes la cabeza en otra parte y tienes la capacidad de guardar un secreto durante aproximadamente cinco minutos antes de decir algo que no deberías.
—Eso es una exageración.
—Wendy, una vez organizamos una fiesta sorpresa para Ray y le preguntaste si prefería una tarta de chocolate o de zanahoria «sin ningún motivo en particular».
Hago una mueca.
—Esto es diferente. Solo tengo que acordarme de no besar a Kai delante de Imogen. Creo que puedo manejarlo.
Justo entonces, escuchamos unos pasos en el piso de arriba y, poco después, Imogen aparece en la cocina con el pelo completamente revuelto y cara de no saber todavía en qué planeta está.
—Wendy.
Su expresión se ilumina al verme.
—Buenos días, dormilona.
Se acerca y yo me agacho para recibir el abrazo que prácticamente me lanza encima.
—Nash se durmió durante la película —me informa inmediatamente.
Desde algún lugar de la casa escuchamos:
—¡No estaba dormido!
Imogen se ríe.
—Sí que lo estabas.
—Estaba descansando los ojos.
—Roncabas.
Me río mientras vuelvo a incorporarme.
Mila aprovecha que Imogen se dirige hacia la nevera para acercarse a mí.
—Por cierto —murmura.
—¿Qué?
Se señala discretamente el cuello.
—Tápate eso antes de que la niña empiece a hacer preguntas.
Me llevo la mano al chupetón.
Mierda.
Mila sonríe con toda la satisfacción del mundo.
Vale.
Puede que lo de ser discretos necesite algo de práctica.