Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 16
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Wendy

Llegamos a su habitación casi sin darnos cuenta.

Kai cierra la puerta de una patada y me empuja suavemente contra ella, besándome con una urgencia que me deja sin aire. Sus manos bajan hasta mi culo, me levantan y yo engancho las piernas alrededor de su cintura. Camina conmigo hasta la cama y me tumba de espaldas.

Se quita la camiseta de un tirón y yo aprovecho para desabrocharle el pantalón. Cuando por fin me deshago de él, su polla salta libre, gruesa y dura. Trago saliva.

Kai me mira con los ojos oscuros mientras me quita la ropa pieza por pieza. La camiseta, el sujetador, los pantalones cortos, las bragas. Cuando quedo completamente desnuda, se tumba de espaldas en el centro de la cama y me mira con lascivia.

—Ven aquí.

Me quedo confusa un segundo.

Él sonríe, lento y peligroso.

—Siéntate en mi cara, Wendy.

El calor me sube de golpe desde el estómago hasta las mejillas.

Durante un segundo no reacciono. Con Ray el sexo siempre había sido…

correcto. Bueno, a veces incluso muy bueno, pero nunca sucio.

Nunca tan directo. Nunca con esa mirada oscura y esa voz que me ordena sentarme en su cara como si fuera lo más natural del mundo.

Había imaginado que Kai, con su control y su seriedad, sería más comedido en la cama.

Me equivocaba. Y la equivocación me está gustando demasiado.

—¿En serio?

—Ahora.

Obedezco.

Me subo a la cama, me coloco a horcajadas sobre su pecho y voy subiendo despacio hasta que mis muslos quedan a ambos lados de su cabeza. Kai me agarra por las caderas y me baja el último centímetro.

Su lengua me encuentra de inmediato.

—¡Joder…! —jadeo, apoyando las manos en la cabecera.

Kai gruñe contra mi coño y me aprieta más contra su boca. Su lengua se mueve con hambre: lame, succiona, se mete dentro de mí y vuelve a subir para concentrarse en mi clítoris. No es suave. No es cuidadoso. Es voraz.

Me froto contra su cara sin poder evitarlo. Él me anima, agarrándome más fuerte las caderas y moviéndome exactamente como quiere. El sonido húmedo de su lengua trabajando me vuelve loca.

—Así… joder, Kai, así…

Introduce dos dedos de golpe y empieza a follarme con ellos mientras succiona mi clítoris con fuerza. El orgasmo me golpea tan rápido que casi me da vergüenza. Me corro gritando, temblando sobre su cara, apretando sus dedos mientras él sigue lamiendo cada contracción.

Cuando por fin afloja, estoy temblando y sin aliento.

Kai me empuja suavemente hacia atrás hasta que me siento sobre su pecho. Tiene la boca y la barbilla completamente brillantes y una sonrisa de absoluta satisfacción.

—Todavía no he terminado contigo.

Me gira con facilidad, me pone a cuatro patas y se coloca detrás de mí.

Escucho el ruido del condón y un segundo después siento la cabeza gruesa de su polla presionando contra mi entrada todavía sensible.

—Dime que lo quieres —ordena, con la voz ronca.

—Lo quiero. Fóllame ya.

Entra de un solo empujón profundo.

Y esta vez no hay nada de paciencia.

Entra de un solo empujón profundo.

—¡Joder…! —grito, clavando los dedos en las sábanas.

Kai se queda quieto un segundo, completamente dentro de mí, dejándome sentir lo grueso y duro que está. Después empieza a moverse. Embestidas largas, profundas, controladas. Cada vez que entra del todo, su pelvis choca contra mi culo y se me escapa un gemido.

—Tan apretada… —gruñe detrás de mí—. Llevaba días imaginando exactamente esto.

Acelera el ritmo. Sus manos me agarran las caderas con fuerza y me usa para follarme más duro. El sonido de su piel contra la mía llena la habitación. Puedo oír lo mojada que estoy. Puedo oír cómo le gusta.

Me empuja hacia delante hasta que tengo el pecho contra el colchón y el culo en alto. Cambia el ángulo y de repente cada embestida roza mi punto más sensible.

—Ahí… no pares…

Kai se inclina sobre mi espalda, una mano se enreda en mi pelo y tira suavemente hacia atrás mientras la otra baja entre mis piernas para frotar mi clítoris.

El doble estímulo me desboca.

Me corro por segunda vez con un grito ahogado, apretándolo con fuerza. Kai gruñe y sigue follándome a través del orgasmo, sin piedad, hasta que mis brazos no aguantan y me derrumbo del todo.

Me gira de un movimiento y me pone de espaldas. Se coloca entre mis piernas, me las abre más y vuelve a entrar de un solo empujón. Esta vez puedo verle la cara: mandíbula tensa, ojos oscuros, el pelo pegado a la frente por el sudor.

Me besa mientras me folla. Más lento ahora, pero igual de profundo. Cada embestida es deliberada. Siento cada centímetro de él.

—Mírame —ordena.

Obedezco.

Nuestros ojos se encuentran y algo cambia. El sexo sigue siendo salvaje, pero ahora hay algo más. Algo que me asusta un poco… y que me gusta demasiado.

Kai me levanta las piernas y las pone sobre sus hombros. El nuevo ángulo hace que entre todavía más profundo. Empieza a follarme con fuerza otra vez. El colchón cruje bajo nosotros.

—Voy a correrme otra vez… —jadeo.

—Córrete. Quiero sentirte.

El tercer orgasmo me arranca un grito. Kai acelera al máximo, embiste dos, tres veces más y se corre con un gruñido gutural, empujando hasta el fondo mientras su cuerpo se tensa sobre el mío.

Caemos los dos sobre la cama, sudorosos y jadeando.

Kai se deshace del condón, lo tira a la papelera y me atrae contra su pecho. Su corazón late con fuerza bajo mi oreja. Me pasa los dedos por el pelo con una ternura que contrasta brutalmente con lo salvaje que acaba de ser.

Durante un rato no decimos nada.

Solo respiramos.

Yo trazo círculos lentos sobre su pecho con el dedo índice, todavía sin creerme del todo lo que acaba de pasar.

Siete años con la misma persona. Siete años sabiendo exactamente cómo iba a ser el sexo cada vez. Y ahora estoy aquí, todavía temblando, y la certeza de que nada de lo que creía saber sobre mí misma en la cama era del todo cierto. No sé si eso me aterra o me libera. Solo sé que quiero más.

—¿Haces esto a menudo? —pregunto.

Los dedos de Kai se detienen un instante en mi pelo.

—¿El qué?

Levanto la cabeza para mirarlo.

—No te hagas el tonto. Se te da sospechosamente bien para ser un padre soltero que trabaja demasiado y tiene una niña de ocho años viviendo en casa.

Una sonrisa aparece en su boca.

—¿Eso ha sido un cumplido?

—Ha sido una pregunta.

—Ha sonado bastante a cumplido.

—Kai.

Se ríe y vuelve a acariciarme el pelo.

—No, no lo hago a menudo. Pero ser padre soltero no implica llevar ocho años de celibato.

—Ya, pero tienes una hija en casa prácticamente siempre.

—Precisamente por eso nunca traigo a nadie aquí.

Eso me hace incorporarme un poco.

—¿Nunca?

—Nunca. Mi vida con Imogen y mi vida sexual siempre han estado separadas.

Si he quedado con alguien, ha sido fuera de casa y cuando ella estaba con su madre o con María.

No me interesa que conozca a una mujer distinta cada pocos meses ni que se pregunte qué hace alguien en mi habitación por la mañana.

No sé por qué esa respuesta me gusta tanto.

Probablemente porque significa que esto tampoco es habitual para él.

—Entonces estoy rompiendo una norma.

Kai baja la mirada hacia mí.

—Técnicamente, tú ya vivías aquí.

—Ah, perfecto. Has encontrado un vacío legal.

—Soy empresario. Se me dan bien esas cosas.

Me río y vuelvo a apoyar la cabeza sobre su pecho.

—Aun así, sigo teniendo dudas sobre cómo has adquirido semejante nivel de experiencia.

—No pienso darte mi currículum sexual, Wendy.

Me quedo callada unos segundos, trazando otra vez círculos distraídos sobre su pecho.

—Bueno —digo finalmente—. Sea cual sea tu misterioso historial, puedes transmitir a tus anteriores parejas mi agradecimiento por su contribución a tu formación.

Kai se ríe y me aprieta contra él.

—Por cierto, me muero de hambre.

—Entonces será mejor que bajemos. Todavía tengo que terminar de hacer la cena.

—Me parece un plan excelente.

Me incorporo, aunque durante unos segundos ninguno de los dos hace demasiado esfuerzo por levantarse.

Al final Kai me da un beso y sale de la cama.

—Vamos.

Lo imito y, en lugar de recuperar mi ropa, me pongo la camiseta negra que Kai ha dejado en el suelo. Me queda enorme, pero cumple perfectamente su función. Él, por su parte, decide que unos bóxers son ropa suficiente para bajar a cenar.

No pienso discutirlo.

Tener esas vistas mientras como me parece un complemento excelente para la cena.

—Espero que cocines tan bien como haces otras cosas.

Kai me mira por encima del hombro.

—Vas a tener que esperar para averiguarlo.

Sonrío.

Después de lo que acaba de pasar, creo que puedo soportar la espera.