Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 15
52%

15

Wendy

Convencer a Imogen para que pase la noche en casa de Mila y Nash resulta mucho más fácil de lo que esperaba.

Probablemente porque he presentado la propuesta de una forma ligeramente interesada.

No he mentido.

Simplemente he reorganizado algunos detalles para que parezca que sus tíos llevan días deseando que vaya a dormir a su casa y que aceptar sería prácticamente hacerles un favor.

Mi brillante estrategia funciona hasta que Mila abre la puerta.

—¡Imogen! Qué bien que hayas querido venir a pasar la noche con nosotros.

Imogen la mira extrañada.

—Pero Wendy me ha dicho que erais vosotros los que queríais que viniera.

Mila levanta lentamente la mirada hacia mí.

Mierda.

—Creo que ha habido cierta confusión sobre quién quería exactamente qué.

Mila sigue mirándome. Durante unos segundos no dice nada. Y entonces lo entiende. Por supuesto que lo entiende.

—Ah.

Ese «ah» contiene demasiada información.

—Bueno, pues ya está aclarado —digo rápidamente—. Imogen quería venir y vosotros queríais que viniera. Todo el mundo está contento.

—Yo no he dicho que...

—Te recojo mañana —interrumpo a Imogen antes de que pueda desmontar todavía más mi versión de los hechos.

Le doy un beso y ella entra en casa como si nada, mucho más interesada en contarle a Mila lo que ha metido en la mochila que en averiguar por qué acabo de largarme con tanta prisa.

Mila se queda en la puerta.

—Wendy.

—Adiós, Mila.

—Wendy.

—Que paséis buena noche.

—Mañana vamos a hablar.

Finjo no haberla oído.

Ese es un problema para la Wendy de mañana.

La Wendy de esta noche tiene otros.

Durante el trayecto de vuelta intento no pensar demasiado en lo que estoy haciendo. Esta tarde Kai y yo hemos acordado que podemos acostarnos mientras esté en California y, apenas unas horas después, he conseguido una casa sin niña durante toda la noche.

Quizá eso de que soy intensa tenía cierto fundamento.

Kai sabe perfectamente que Imogen se queda con Mila y Nash. Lo hemos hablado antes de que yo la llevara.

Así que cuando entro en casa no sé muy bien qué espero encontrar.

Probablemente a Kai esperándome desnudo sobre la encimera.

Habría sido poco higiénico, pero bastante eficiente.

En cambio, está cocinando.

Me detengo en la entrada de la cocina.

Lleva una camiseta negra y unos pantalones cortos, tiene una copa de vino junto a los fogones y está cortando algo sobre una tabla con una tranquilidad que me parece casi ofensiva.

Levanta la mirada.

—¿Todo bien?

—Sí. Mila se queda con ella hasta mañana.

—Perfecto.

Y vuelve a cortar.

Eso es todo.

Yo acabo de organizar una operación logística para conseguir que tengamos la casa para nosotros solos y él está troceando verduras.

—¿Quieres vino? —pregunta.

—Sí.

Me sirve una copa y la deja frente a mí.

—La cena estará lista en unos veinte minutos.

—Genial.

Bebo.

Kai sigue cocinando.

Yo intento comportarme como una persona normal.

Durante los primeros minutos incluso lo consigo. Le cuento cómo Imogen me ha traicionado en menos de treinta segundos y él se ríe cuando le explico la cara que ha puesto Mila al comprender por qué estaba dejando a su sobrina en casa.

—Mañana va a interrogarme.

—Te lo has buscado.

—Gracias por el apoyo.

—Cuando empiece el interrogatorio, recuerda que yo no tengo nada que ver.

—Claro. Tú solo eres el motivo por el que necesitaba una canguro.

Kai se vuelve hacia mí.

Ahí está.

Esa mirada.

La misma de la playa.

La misma de anoche.

Solo dura un momento antes de que vuelva a concentrarse en la cena.

Bebo otro sorbo de vino y me digo que podemos hacer esto.

Podemos cenar, hablar y beber vino. Quizá después sentarnos un rato en el salón y continuar con esta representación absurda en la que ninguno sabe perfectamente cómo va a terminar la noche.

Aguanto unos cinco minutos más, antes de acabar contradiciéndome a mí misma.

—No puedo hacer esto.

Kai deja el cuchillo y me mira.

—¿Hacer qué?

—Esto. —Señalo la cocina, mi copa, la cena y finalmente a él—. Toda esta parte previa en la que cenamos, bebemos vino y mantenemos una conversación perfectamente normal fingiendo que no sabemos por qué Imogen está durmiendo en casa de Mila.

La comisura de su boca empieza a levantarse.

—No sabía que estuviéramos fingiendo nada.

—Pues todavía peor. Significa que tú estás realmente tranquilo y yo llevo diez minutos preguntándome cuánto tiempo se supone que tengo que esperar antes de poder lanzarme sobre ti sin parecer desesperada.

Ahora sí sonríe.

—Podrías haber empezado por ahí.

—Estoy intentando mantener cierta dignidad.

—¿Y cómo va?

—La acabo de perder por completo.

Kai se apoya contra la encimera y cruza los brazos. Está disfrutando demasiado de la situación. Lo miro a él, después a la sartén y finalmente a mi copa. Entonces se me ocurre una solución perfectamente razonable.

—¿Podemos alterar el orden de las cosas?

—¿Qué orden?

—El habitual. —Señalo la cena—. Podemos acostarnos primero y cenar después.

Kai se queda mirándome.

Por primera vez desde que he vuelto, consigo borrar esa tranquilidad irritante de su cara.

—¿Siempre eres tan impaciente?

—Te advertí de que la intensidad formaba parte del paquete.

Su mirada cambia.

—Empiezo a entender hasta qué punto.

Y con eso desaparece cualquier rastro de humor.

Kai deja lo que tiene entre las manos y apaga el fuego.

Mi corazón empieza a latir más deprisa cuando rodea la encimera.

Esta vez no tenemos que hablar de lo que queremos o esperamos. Ya lo hemos hecho esta tarde. No hay ninguna duda que resolver ni ninguna razón para detenernos.

Cuando llega hasta mí, me agarra por la cintura y me besa.

Le rodeo el cuello con los brazos y él me atrae con fuerza contra su cuerpo.

Siento inmediatamente lo duro que está. El beso se vuelve intenso casi de inmediato, cargado con toda la tensión que llevamos acumulando desde que llegué a esta casa.

Su lengua se desliza contra la mía, exigente, y yo le muerdo el labio inferior sin poder contenerme.

Kai me sujeta por la cintura y yo me río contra su boca cuando mi espalda choca suavemente contra la encimera. Él aprovecha para encajarse entre mis piernas y frotarse contra mí.

—¿De qué te ríes? —murmura contra mis labios, mientras una de sus manos baja hasta mi culo y me aprieta más cerca.

—De que podríamos habernos ahorrado los diez minutos de conversación… y de que llevo toda la tarde mojada pensando en esto.

Vuelve a besarme. Más profundo. Más sucio. Sus manos suben por debajo de mi camiseta y recorren mi espalda desnuda mientras yo le tiro del pelo.

Esta vez no intento decir nada más.

Un momento después, Kai se separa lo justo para mirar hacia los fogones. Su respiración está agitada y sus ojos se han oscurecido.

—La cena puede esperar.

Sonrío, todavía sin aliento.

—Sabía que acabarías entrando en razón.

Entrelaza sus dedos con los míos y salimos de la cocina dejando las dos copas de vino sobre la encimera y la cena a medio terminar… y yo con las piernas temblando de ganas.