14
Wendy
A la mañana siguiente descubro que besar a tu jefe en el sofá de su casa tiene una consecuencia bastante incómoda: tarde o temprano tienes que volver a encontrártelo.
En mi caso ocurre en la cocina, a las ocho y cuarto, con Imogen sentada frente a un bol de cereales y Kai preparando café como si anoche no hubiera tenido su lengua en mi boca.
—Buenos días —dice cuando entro.
—Buenos días.
Eso es todo.
Perfectamente normal.
Voy hasta la nevera y saco el zumo mientras noto su presencia detrás de mí con una intensidad completamente absurda. Cuando me giro, nuestros ojos se encuentran apenas un segundo antes de que ambos miremos hacia otro lado.
Definitivamente, estamos haciendo un trabajo excelente.
—Hoy es viernes —anuncia Imogen.
—Enhorabuena —responde Kai—. Has aprendido los días de la semana.
Ella pone los ojos en blanco.
—Lo digo porque hoy tengo piano. ¿Vais a volver a hacer surf mientras estoy en clase?
Ah. Eso. Kai y yo volvemos a mirarnos.
—Ese era el plan —responde él.
—Si sigue en pie —añado.
Kai mantiene mi mirada un instante.
—Por mí sí.
—Por mí también.
—Vale —dice Imogen, y vuelve a concentrarse en su desayuno, completamente ajena a la conversación que acaba de obligarnos a tener.
Fantástico.
Esta tarde volveré a estar a solas con Kai en una playa.
Justo lo que necesito después de haberme pasado media noche pensando en volver a besarlo.
El resto de la mañana transcurre sin incidentes y, cuando llega la hora de llevar a Imogen a piano, empiezo a pensar que quizá esto no sea tan complicado.
Solo nos hemos besado una vez.
Bueno, técnicamente varias veces durante el mismo beso, pero no pienso entrar en detalles matemáticos. Podemos comportarnos como adultos.
Mi optimismo dura hasta que llegamos a la playa y Kai se quita la camiseta.
Joder.
Quizá podríamos comportarnos como adultos si él colaborara un poco.
Empezamos la clase exactamente donde dejamos la anterior. Esta vez no necesitamos pasar demasiado tiempo sobre la arena porque recuerdo bastante bien lo que me enseñó y, para mi enorme satisfacción, también he mejorado.
No muchísimo.
Pero lo suficiente para poder presumir.
—¿Has visto eso? —pregunto después de conseguir mantenerme en pie bastante más de cinco segundos.
—Lo he visto.
—No pareces impresionado.
—Estoy intentando mantener unas expectativas razonables.
—Admite que se me da bien.
Kai sonríe mientras acerca mi tabla hacia él.
—Admitiré que hoy te has caído menos.
—Me sirve.
Durante un rato casi consigo olvidarme de lo de anoche.
Casi.
El problema aparece cuando Kai tiene que tocarme.
La semana pasada podía convencerme de que sus manos en mi cintura eran simplemente parte de la clase. Hoy sé exactamente cómo se siente esa misma mano tirando de mí para acercarme mientras me besa.
Y mi cuerpo también parece recordarlo.
Kai me corrige la posición de la cadera y tarda una fracción de segundo más de lo necesario en apartarse. Lo miro. Él ya me está mirando. Ninguno dice nada.
Seguimos.
A partir de ahí ocurre varias veces. Una mano en mi espalda. Sus dedos alrededor de mi cintura para evitar que pierda el equilibrio. Mi cuerpo chocando contra el suyo cuando una ola me empuja hacia atrás.
Soy demasiado consciente de cada vez que me toca, por breve que sea.
Al final consigo subirme a la tabla y mantenerme en pie durante buena parte de una ola. Cuando caigo al agua, salgo tan satisfecha conmigo misma que durante unos segundos olvido cualquier otra cosa.
—¡Eso ha sido muchísimo más de cinco segundos!
Kai se ríe mientras se acerca.
—Ha estado bastante bien.
—¿Bastante bien? Dentro de dos semanas estaré compitiendo profesionalmente.
—Claro. Empezaré a buscarte patrocinadores.
—Me alegra que por fin confíes en mí.
Estoy sonriendo cuando me doy cuenta de que él ya no.
Kai tiene una mano apoyada en mi tabla y me observa con una expresión que me acelera el corazón al instante.
—Wendy… Tenemos que hablar de anoche.
Trago saliva. Supongo que era cuestión de tiempo.
Nos alejamos un poco del agua y dejamos las tablas sobre la arena. Kai se pasa una mano por el pelo mojado antes de mirarme.
—No quiero que pienses que me arrepiento de haberte besado. Llevaba queriendo hacerlo desde antes del viernes pasado y sigo queriendo hacerlo. Pero tú te apartaste y necesito saber si fue porque no querías que pasara.
Durante unos segundos me quedo callada.
No esperaba que fuera tan directo.
Aunque, pensándolo bien, es Kai. Debería haberlo esperado.
—No me aparté porque no quisiera besarte —le digo—.
Me aparté precisamente porque quería seguir haciéndolo y no tengo ni idea de qué hacer con eso.
Hace unas semanas todavía estaba con el hombre con el que he pasado siete años.
No quiero otra relación, Kai. No quiero salir de una para empezar inmediatamente a construir otra vida con alguien.
Estoy aquí durante el verano, tengo dos maletas en tu casa y ni siquiera sé dónde voy a estar cuando termine agosto.
Kai me escucha sin interrumpirme.
—Yo no te he pedido una relación.
—Ya lo sé.
Y precisamente por eso, cuando lo dice, algo empieza a encajar en mi cabeza.
Me quedo mirando el océano unos segundos.
No quiero una relación.
Kai tampoco parece buscar una.
Me atrae. Muchísimo. Y después de anoche tengo bastante claro que la atracción es mutua.
Además, dentro de unas semanas me marcharé.
Hay una fecha de caducidad incorporada desde el principio.
—Quizá estamos complicando algo que no tiene por qué ser complicado.
Kai entrecierra ligeramente los ojos.
—¿Qué estás proponiendo?
Lo miro.
Ahora que tengo que decirlo en voz alta suena bastante más atrevido que cuando solo era una idea en mi cabeza.
—Que dejemos de fingir que no queremos acostarnos.
Kai se queda completamente inmóvil. Por primera vez desde que lo conozco, parece que he conseguido dejarlo sin palabras. No voy a negar que me produce cierta satisfacción.
—Eso ha sido bastante directo —dice finalmente.
—Tú querías sinceridad.
—No me estoy quejando.
Eso consigue que sonría.
—No quiero un novio. No quiero promesas ni planes para cuando termine el verano y, sinceramente, no estoy preparada para nada que se parezca remotamente a una relación.
Pero eso no significa que tenga que pasar los próximos dos meses fingiendo que no me muero de ganas de besarte cada vez que te veo sin camiseta.
Los ojos de Kai bajan un instante por su propio pecho antes de volver a mí.
—Tendré que empezar a vestirme más.
—Ni se te ocurra.
Se ríe y durante unos segundos vuelve a parecer el Kai relajado que descubrí en nuestra primera clase. Después su expresión se vuelve seria.
—Hay una cosa que sí me preocupa.
Sé cuál es antes de que lo diga.
—Imogen.
Kai asiente.
—Vives con nosotros y estás aquí para cuidarla. Si hacemos esto, no quiero que nada cambie para ella. Ni que termine en medio de algo que no tiene nada que ver con ella.
—Estoy de acuerdo. Delante de Imogen no cambia nada.
—Y si en algún momento esto complica tu trabajo o las cosas se vuelven incómodas...
—Paramos.
Kai guarda silencio unos segundos.
La parte racional de mi cerebro aprovecha para señalar que estoy negociando las condiciones para acostarme con mi jefe en mitad de una playa.
Decido ignorarla.
—Entonces sería solo mientras estés aquí —dice él.
—Hasta que termine el verano.
Pronunciarlo en voz alta debería hacer que la idea parezca más peligrosa.
O más absurda.
En cambio, consigue justo lo contrario.
Parece sencilla.
Dos adultos que se atraen.
Dos meses.
Ninguno quiere una relación.
¿Qué podría tener de complicado?
Kai sigue mirándome y hay algo en su expresión que hace que mi seguridad empiece a tambalearse.
—¿Estás segura?
Pienso en Ray.
En el mensaje de anoche.
En los siete años que pasé sabiendo exactamente con quién iba a acostarme, despertarme y hacer planes para el futuro.
Después miro a Kai.
Por primera vez en muchísimo tiempo, no quiero saber qué viene después.
Solo quiero hacer algo porque me apetece hacerlo ahora.
—Sí.
Esta vez soy yo quien acorta la distancia.
Kai apenas me da tiempo a apoyar las manos sobre su pecho antes de besarme.
No se parece al beso de anoche.
No hay prudencia ni dudas. Su mano se cierra alrededor de mi cintura y me acerca con fuerza hasta que mi cuerpo queda completamente pegado al suyo.
Siento su erección dura contra mi vientre al mismo tiempo que su lengua invade mi boca.
Le rodeo el cuello con los brazos y me incorporo de puntillas, frotándome contra él sin pudor.
Kai gruñe bajo contra mis labios y una de sus manos baja hasta mi culo, apretándome más cerca mientras me besa con una urgencia que me deja sin aire. El sabor a sal y a él se me sube a la cabeza. Podría follarme aquí mismo, sobre la arena, y no me importaría.
Durante unos segundos me olvido hasta de dónde estamos.
Cuando nos separamos, sigo tan cerca que noto su respiración agitada sobre mis labios y lo duro que sigue estando.
—Entonces tenemos un trato —murmuro, todavía un poco sin aliento.
Kai mantiene la mano en mi cintura, el pulgar dibuja círculos lentos sobre mi piel húmeda.
—Hasta que termine el verano.
—Hasta que termine el verano.
Sonrío antes de volver a besarlo, esta vez más lento, más sucio, dejando que mi lengua juegue con la suya mientras él me aprieta el culo una vez más.
Esta vez no hay ningún mensaje de Ray esperando en mi teléfono, ninguna conversación triste que pueda utilizar como excusa ni ninguna duda sobre si los dos queremos que ocurra.
Sé exactamente lo que estoy haciendo.
O al menos eso creo.