13
Wendy
A la una y cuarto de la madrugada sigo despierta.
La culpa la tiene un mensaje de seis líneas.
Llevo casi media hora mirándolo de vez en cuando, como si en algún momento las palabras fueran a cambiar y fueran a provocarme algo distinto.
No ocurre.
Ray solo quería saber cómo estoy.
Me ha preguntado si me estoy adaptando bien a California, si el trabajo es como esperaba y si finalmente me está gustando San Diego. También me ha dicho que espera que esté bien y que no hace falta que le responda si todavía prefiero que no hablemos.
Nada más.
No intenta recuperarme. No se arrepiente de haberme dejado. Ni siquiera ha dicho nada que pueda interpretar de una manera diferente si me esfuerzo lo suficiente.
Simplemente se preocupa por mí.
Y casi preferiría que no lo hiciera.
Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesita y cierro los ojos, pero mi cabeza vuelve inmediatamente a él. A siete años de mensajes, llamadas, desayunos, discusiones absurdas, vacaciones y domingos sin hacer absolutamente nada.
Siete años siendo la primera persona a la que le contaba cualquier cosa.
Ahora llevo casi dos semanas viviendo al otro lado del país y no sabe prácticamente nada de mi vida.
Es raro.
Y triste.
Y, sobre todo, incompatible con dormir.
A la una y media me rindo.
Salgo de la habitación y bajo las escaleras procurando no hacer ruido. Imogen lleva horas dormida y supongo que Kai también, así que mi plan consiste en prepararme una infusión, volver a la cama y confiar en que alguna planta seca consiga hacer lo que mi cerebro se niega a hacer por sí solo.
La luz del salón me informa de que no soy la única despierta.
Kai está sentado en uno de los extremos del sofá con el portátil apoyado sobre las piernas. Lleva una camiseta gris y unos pantalones de chándal, y por alguna razón verlo así resulta casi más peligroso que verlo medio desnudo en la playa.
Levanta la mirada cuando entro, sorprendido.
—¿No puedes dormir?
Niego con un movimiento de cabeza.
—Mi cerebro ha decidido que la una de la madrugada es un momento excelente para repasar todas mis decisiones vitales.
Cierra el portátil.
—Suena entretenido.
—Muchísimo. Voy a hacerme un té y vuelvo arriba. No quería molestarte.
—No molestas. Puedes quedarte si quieres.
Dudo apenas un instante.
Después voy a la cocina.
Cuando regreso con la taza, Kai ha dejado el portátil sobre la mesa y yo me siento en el otro extremo del sofá. Hay distancia suficiente entre los dos como para que resulte evidente que ambos somos adultos responsables perfectamente capaces de compartir un mueble sin hacer nada estúpido.
Durante un rato funciona.
Hablamos de cualquier cosa menos de aquello en lo que estoy pensando. De los recreativos, de la obsesión de Imogen con conseguir aquel pulpo azul y de mi intención de volver a derrotarlo la próxima vez que vayamos.
Kai sigue negándose a aceptar que mi victoria cuente después de haber perdido contra él en prácticamente todo lo demás.
Normalmente discutiría hasta que admitiera su derrota.
Esta noche no tengo demasiadas fuerzas.
Él termina notándolo.
—¿Ha pasado algo?
Bajo la mirada hacia la taza. Podría decirle que no. En lugar de eso, cojo el teléfono que he dejado a mi lado.
—Me ha escrito Ray.
Kai no pregunta quién es. Sabe perfectamente de quién hablo.
—¿Qué quería?
—Saber cómo estoy. Me ha preguntado por California, por el trabajo, por Mila... Nada importante.
—¿Le has contestado?
—Todavía no.
Doy un pequeño sorbo al té, aunque ya empieza a estar frío.
—No sé qué decirle. Supongo que una parte de mí esperaba que, después de romper, dejáramos de formar parte de la vida del otro. Que hubiera una especie de corte limpio y ya está. Pero después de siete años no funciona así.
Kai guarda silencio y yo sigo hablando. Quizá porque son casi las dos de la madrugada. Quizá porque llevo demasiados días evitando pensar seriamente en Ray. O quizá porque Kai tiene esa forma de escuchar sin intentar llenar inmediatamente cada silencio.
—No estoy enfadada con él. Estuve enfadada al principio, claro, pero no puedo odiarlo por no querer la misma vida que yo.
Y él tampoco ha dejado de preocuparse por mí de repente.
Después de siete años no puedes apagar todo eso de un día para otro.
—Juego con el borde de la taza—. Supongo que lo raro es saber que alguien todavía te quiere y que, aun así, ya no quiere estar contigo.
Kai tarda unos segundos en responder.
—Sí. Es raro.
Levanto la mirada.
Hay algo en su expresión que me hace pensar que no lo dice solo por mí.
—¿Te pasó con Olivia?
Kai apoya un brazo sobre el respaldo del sofá y mira hacia delante antes de responder.
—De otra manera. Lo nuestro llevaba roto bastante tiempo antes de que aceptáramos que se había terminado. Probablemente demasiado.
No digo nada y él continúa.
Me cuenta que durante mucho tiempo intentaron hacer funcionar una relación que ya no funcionaba.
Con Imogen en medio era fácil encontrar razones para intentarlo una vez más.
Kai quería que su hija creciera con sus padres juntos y tardó en aceptar que permanecer en una relación infeliz no iba a darle necesariamente una familia mejor.
—Creo que durante mucho tiempo confundí no rendirme con hacer lo correcto —dice—. Y no siempre son lo mismo.
Me quedo pensando en eso.
—¿Te arrepientes?
—De haberlo intentado, no. —Hace una pequeña pausa—. De haber tardado tanto en aceptar que no iba a funcionar, quizá.
Asiento despacio.
Tiene sentido.
Durante años yo tampoco contemplé realmente una vida sin Ray. Incluso cuando discutíamos o atravesábamos alguna mala época, siempre existía la seguridad de que después seguiríamos siendo nosotros.
Hasta que dejamos de serlo.
—Yo todavía no sé qué hacer con todo lo que viene ahora —reconozco—.
Tenía una idea bastante clara de cómo iba a ser mi futuro.
No exactamente, porque ya sabes que planificar mi vida con más de tres semanas de antelación no es mi especialidad, pero Ray estaba en ella.
Siempre. Ahora intento imaginar septiembre y ni siquiera sé en qué ciudad voy a estar.
—No tienes que saberlo todavía.
Sonrío ligeramente.
—Eso es muy fácil de decir para alguien que probablemente tiene organizada su agenda hasta Navidad.
Kai se ríe.
—Solo hasta octubre.
—Claro. Mucho más razonable.
—No todos podemos vivir improvisando.
—Y no todos podemos tener una relación estable con Google Calendar.
La conversación vuelve a aligerarse y agradezco que lo haga.
Hablamos durante un rato más. No sé cuánto. Lo suficiente para que termine el té y deje la taza sobre la mesa. Lo suficiente para que en algún momento la distancia entre los dos se reduzca sin que recuerde exactamente cuándo ha ocurrido.
Cuando me doy cuenta, estoy sentada de lado, mirándolo.
Kai también me mira.
Y reconozco inmediatamente esa sensación.
La misma de la playa.
Solo que esta vez no tenemos que ir corriendo a buscar a Imogen.
Sus ojos bajan durante un instante hacia mi boca.
Mi corazón acelera.
Podríamos fingir otra vez que no está pasando. Yo podría levantarme, decirle buenas noches y subir a mi habitación. Él podría abrir de nuevo el portátil y mañana volveríamos a comportarnos como si ninguno supiera perfectamente lo que quiere hacer el otro.
Pero… estoy bastante cansada de fingir.
—Kai.
—¿Sí?
Mantiene los ojos en los míos.
Trago saliva.
—Bésame.
Durante un segundo no se mueve.
La seguridad que tenía al pronunciar las palabras empieza a tambalearse justo antes de que Kai se incline hacia mí.
Su boca roza la mía con una suavidad que no esperaba… y que dura apenas un segundo.
Porque en cuanto le devuelvo el beso, todo cambia.
Kai suelta un sonido bajo, casi un gruñido, y su mano se cierra con fuerza alrededor de mi cintura mientras la otra sube hasta mi nuca, tirando de mí hacia él.
Su lengua se desliza contra la mía, caliente y exigente, y yo abro la boca para recibirlo sin pensarlo.
El beso se vuelve profundo, húmedo, desesperado.
Le agarro la camiseta con las dos manos y me subo un poco más cerca, casi trepando sobre él.
Kai me gira con facilidad hasta que estoy a horcajadas sobre su regazo. Siento su erección dura presionando exactamente donde más lo necesito y un gemido se me escapa contra su boca. Sus manos bajan hasta mi culo, apretándome contra él mientras me besa como si llevara semanas conteniéndose.
Quizá porque así ha sido.
El sofá cruje bajo nosotros. Su lengua se enreda con la mía, sus dientes muerden suavemente mi labio inferior y yo me froto contra él sin poder evitarlo, buscando más fricción, más calor, más de todo.
Kai gruñe otra vez y una de sus manos sube por debajo de mi camiseta, rozando la piel de mi espalda hasta llegar al sujetador.
Estoy empapada.
Ardiendo.
Durante unos segundos desaparece todo lo demás.
Ray.
California.
El trabajo.
El hecho bastante relevante de que estoy besándome con mi jefe en el sofá de su casa.
Solo existe Kai.
Su boca.
Sus manos.
Y las ganas que llevo demasiados días intentando fingir que no tengo.
Cuando finalmente nos separamos apenas hay unos centímetros entre nosotros. Respiro deprisa y Kai sigue sujetándome por la cintura.
Podría volver a besarlo.
Quiero volver a besarlo.
Entonces veo mi teléfono sobre el sofá.
El mensaje de Ray sigue ahí.
—Espera.
Kai retira las manos inmediatamente.
—Lo siento. No debería haber...
—No. —Niego con la cabeza antes de que pueda apartarse más—. No te disculpes. Te he pedido yo que me besaras.
Se queda mirándome, todavía demasiado cerca.
—Entonces, ¿qué pasa?
Suelto el aire y miro un instante hacia el teléfono.
—Que hace menos de una hora estaba despierta por un mensaje de mi ex y ahora estoy besándome contigo en el sofá. Creo que quizá debería darle a mi cerebro un poco de tiempo para ponerse al día con mi vida.
Kai asiente.
No intenta convencerme de lo contrario ni hace que tenga que explicarme más.
Y se lo agradezco muchísimo.
—Debería irme a dormir —añado.
—Sí. Probablemente.
Me levanto y recojo la taza.
Antes de entrar en la cocina vuelvo a mirarlo. Kai sigue sentado en el sofá y nuestros ojos se encuentran durante un segundo.
Mala idea.
Porque inmediatamente recuerdo cómo se sentía su boca sobre la mía… y lo duro que estaba contra mí.
Subo a mi habitación, cierro la puerta y me meto en la cama.
He hecho lo correcto.
Estoy casi segura.
El problema es que todavía puedo sentir el beso de Kai.
Y lo único que consigo pensar es que quiero volver a besarle.