12
Wendy
El miércoles por la tarde Imogen decide que necesito conocer los recreativos del paseo marítimo.
No pregunta si me apetece ir. Simplemente aparece en la cocina con una pequeña riñonera, unas zapatillas deportivas y la seguridad de quien ya ha organizado el plan por todos los presentes.
El único problema es que, al parecer, su plan también incluye a Kai.
—Papá viene con nosotras —me informa mientras intenta meter una botella de agua en una riñonera en la que claramente no cabe.
Levanto la mirada hacia él.
Kai está terminando un café junto a la encimera y nuestros ojos se encuentran durante un segundo.
Desde la clase de surf hemos conseguido comportarnos con absoluta normalidad.
Si por normalidad entendemos no mencionar que estuvimos a pocos centímetros de besarnos y procurar no quedarnos mirando al otro durante demasiado tiempo.
Está funcionando bastante bien.
O eso me digo.
—No tienes que venir si quieres aprovechar la tarde para hacer otra cosa —dice Kai—. Solemos ir los dos de vez en cuando.
Imogen protesta inmediatamente y deja bastante claro que, en su opinión, ir sin mí arruinaría por completo la experiencia.
Así que voy.
Tampoco es que necesite demasiada insistencia.
Los recreativos están cerca del paseo marítimo de Golden Cove, en un local enorme lleno de luces, música y máquinas que hacen suficiente ruido como para provocar una migraña a cualquiera que permanezca allí más de tres horas.
Imogen entra como si acabara de llegar a su hábitat natural.
Antes de que Kai termine de cargar una tarjeta con créditos, ella ya ha decidido qué premio quiere conseguir: un enorme pulpo de peluche azul que cuesta una cantidad de tickets absolutamente absurda.
—Necesitaremos un plan —dice, contemplándolo detrás del mostrador de premios.
—Necesitamos aceptar que ese pulpo no va a venir a casa —responde Kai.
Imogen se vuelve hacia mí.
—Wendy.
No sé exactamente qué espera de mí, pero la gravedad de su expresión deja claro que debo escoger bando.
Miro el pulpo.
Después a Kai.
—Creo que deberías ir asumiendo que esta noche vas a dormir con un pulpo azul bajo tu techo.
—Fantástico. Dos contra uno.
A Imogen le basta con eso para ponerse en marcha.
Durante la siguiente media hora descubro que conseguir aquel peluche requiere una estrategia bastante más compleja de lo que esperaba. Imogen conoce las máquinas que dan más tickets, las que considera una estafa y hasta cuáles merece la pena repetir cuando consigues una buena puntuación.
También descubro otra cosa.
Kai Harlow es tremendamente competitivo.
Lo veo por primera vez cuando juega una partida de air hockey contra su propia hija y se niega a dejarla ganar.
—Tiene ocho años —le recuerdo cuando marca otro punto.
—Y lleva viniendo aquí desde los cinco. Sabe perfectamente cómo funciona.
—Papá nunca me deja ganar —confirma Imogen mientras recoge el disco.
—Eso es horrible.
—Eso es educarla para la vida.
Cinco minutos después, Kai gana.
Imogen se aparta de la mesa indignada y yo ocupo su lugar.
—Ahora vas a jugar contra mí.
Kai apoya las manos en el borde.
—¿Esto es una venganza?
—Es justicia.
Debería haberme callado.
Kai me destroza.
No hay otra forma de describirlo.
Intento mantener cierta dignidad durante los primeros puntos, pero para cuando termina la partida estoy bastante segura de que se ha recreado innecesariamente en mi derrota.
—Te odio un poco —le informo.
—No puedo dejarte ganar solo porque sea tu primera vez.
—Podrías haber fingido que te costaba.
—Eso habría sido condescendiente.
—No tanto como esa cara de satisfacción que tienes ahora.
Imogen se ríe y sale corriendo hacia otra máquina. La seguimos y, sin darme cuenta, la pequeña incomodidad con la que he llegado empieza a desaparecer.
Quizá sea porque Imogen no nos deja demasiado tiempo para pensar.
O quizá porque competir con Kai resulta sorprendentemente divertido.
Después del air hockey vienen las canastas, una carrera de coches y un juego en el que tenemos que golpear luces a medida que se encienden. Kai me gana en los tres y cada victoria consigue que mi necesidad de derrotarlo aumente de manera poco saludable.
Llega un punto en el que ya no me importa el pulpo.
Tengo un nuevo objetivo.
—Te estás tomando esto demasiado en serio —dice Kai cuando me ve examinando las máquinas.
Lo miro.
—Has cometido el error de ganarme cuatro veces seguidas.
—No sabía que perder te sentaba tan mal.
—A mí perder me sienta perfectamente. Lo que me sienta mal es que tú ganes.
Su carcajada consigue que varias personas se vuelvan hacia nosotros.
Finalmente encuentro mi oportunidad en una máquina absurda en la que hay que lanzar pequeñas pelotas contra diferentes objetivos antes de que desaparezcan de una pantalla.
Kai consigue una puntuación ridículamente alta.
Yo consigo una más alta.
Me quedo mirando el marcador durante un segundo para asegurarme de que no estoy alucinando.
Después me vuelvo hacia él.
—He ganado.
Kai mira la pantalla.
—Has ganado por treinta puntos.
—No importa por cuánto. Importa quién ha ganado.
—Treinta puntos es prácticamente un empate.
—No sabía que perder te sentaba tan mal.
Imogen empieza a reírse antes incluso de que termine la frase.
Kai me mira y sé perfectamente que se ha dado cuenta de que acabo de devolverle sus propias palabras.
—Disfrútalo —dice—. No volverá a ocurrir.
—Voy a disfrutarlo muchísimo. De hecho, probablemente hable de ello durante semanas.
Y lo hago durante los siguientes veinte minutos.
Para entonces ya hemos acumulado suficientes tickets para que Imogen empiece a creer seriamente que el pulpo puede ser suyo. Va de una máquina a otra mientras nosotros la seguimos, y en algún momento dejo de pensar por completo en lo ocurrido en la playa.
Kai vuelve a ser simplemente Kai.
El hombre que se ríe de mí cuando fallo un lanzamiento, que protesta cuando lo acuso de hacer trampas y que lleva media tarde cargando con la riñonera de Imogen porque ella decidió que le molestaba.
Y yo vuelvo a sentirme como antes del viernes.
Cómoda con él.
Una hora más tarde, Imogen introduce los últimos tickets en la máquina de recuento y observa la cifra con absoluta concentración.
No llega para el pulpo.
Su decepción dura exactamente diez segundos, hasta que descubre que puede conseguir un peluche más pequeño y un montón de tonterías que, según ella, son incluso mejores.
Terminamos frente al mostrador mientras decide entre pulseras, pegatinas, una pelota que se ilumina y un pequeño delfín de peluche.
La chica que atiende espera pacientemente hasta que Imogen toma una decisión.
—Con todos estos tickets, vuestra hija todavía puede escoger otra cosa de esta zona —nos explica, señalando uno de los estantes.
—Es su hija —aclaro rápidamente, señalando a Kai—. Yo soy la niñera.
La chica nos mira a los dos.
—Ah. Perdón. Pensaba que erais...
—No —respondo quizá demasiado rápido.
Kai gira la cabeza hacia mí.
Genial.
Por alguna razón, ahora parece que la idea de formar una familia con Kai Harlow me resulta tan aterradora que necesito desmentirla ante desconocidos.
Por suerte, Imogen no parece haber prestado la menor atención al malentendido.
Está demasiado ocupada intentando decidir cómo invertir hasta el último de sus tickets, así que durante los siguientes minutos nuestra supuesta estructura familiar queda relegada a un segundo plano mientras la ayudamos a elegir premios.
Finalmente salimos de allí con un delfín, tres pulseras, una pelota luminosa y varias cosas de plástico cuya utilidad desconozco.
Caminamos hacia casa mientras Imogen nos cuenta qué piensa hacer con cada uno de sus premios. Yo todavía aprovecho un par de ocasiones para recordarle a Kai que le he ganado y él insiste en que una única victoria no compensa todas mis derrotas.
Cuando llegamos a la villa, Imogen entra la primera y desaparece escaleras arriba para guardar sus tesoros.
Me quedo junto a la puerta mientras Kai deja las llaves sobre el mueble de la entrada.
Durante toda la tarde he conseguido olvidarme de la playa.
Entonces él levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran.
Solo dura un instante.
Pero es suficiente.
Porque vuelve esa misma sensación. La conciencia repentina de su cuerpo, de su boca y de lo fácil que habría sido besarlo el viernes si hubiéramos tenido unos minutos más.
Kai aparta la mirada primero.
—Voy a preparar algo para cenar.
—Voy a ayudar a Imogen con su importantísima colección de premios.
Subo las escaleras antes de que mi cabeza pueda complicar algo que durante toda una tarde ha conseguido parecer sencillo.
No hacer nada.
Eso es lo que estamos haciendo.
Y durante unas horas incluso ha parecido fácil.
El problema es que basta una mirada de Kai para recordarme por qué no lo es.