Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 11
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Kai

—He estado a punto de besar a Wendy.

Nash deja de mirar la pantalla del portátil. Estamos en mi despacho y lleva casi veinte minutos hablándome de unas cifras que debería estar escuchando, pero soy incapaz de concentrarme.

—¿Cuándo? —pregunta con los ojos muy abiertos.

—El viernes.

Su expresión cambia.

—Han pasado cuatro días.

—Gracias, sé contar.

—Lo decía porque has necesitado cuatro días para explicármelo.

Cierro el portátil y me echo hacia atrás en la silla. Han pasado cuatro días desde la clase de surf y sigo pensando en lo cerca que estuvimos de besarnos.

En cómo Wendy miró mi boca. En que ninguno de los dos se apartó. En que, si aquella alarma hubiera tardado unos segundos más en sonar, probablemente la habría besado.

Suspiro.

—El viernes le di una clase de surf. Me dijo que siempre había querido aprender y me ofrecí a enseñarle mientras Imogen estaba en piano.

—Hago una pausa, consciente de que la explicación no está ayudando precisamente a defender mis buenas decisiones—.

Cuando terminamos, estábamos recogiendo las cosas en la playa, nos quedamos demasiado cerca y... estuve a punto de besarla.

Nash me observa durante unos segundos.

—Tú, el tipo responsable que lleva años sin hacer una sola estupidez, ¿estuviste a punto de liarte con tu niñera?

—Solo estuvimos a punto de besarnos.

Nash arquea una ceja.

—Ah, perdona. Entonces retiro lo dicho. Un comportamiento impecablemente profesional.

—Vete a la mierda.

Se ríe.

Me recuesto en la silla y me paso una mano por la cara. Llevo varios días intentando entender qué coño me pasa con Wendy y sigo sin tenerlo demasiado claro.

Al principio pensé que era solo atracción. Una mujer muy atractiva aparece en mi casa, me la encuentro medio desnuda la primera noche y mi cerebro decide comportarse como si tuviera veinte años otra vez. Fácil de explicar. Fácil de ignorar.

Excepto que no está funcionando.

—No entiendo qué coño me pasa con ella —admito—.

María ha vivido en mi casa durante años.

Es joven, atractiva y hemos pasado muchísimo tiempo juntos.

Nunca se me ocurrió mirarla de otra manera porque trabaja para mí y cuida de Imogen.

Ni una sola vez. Con Wendy llevo poco más de una semana y ya me he olvidado dos veces de que debería aplicar exactamente la misma lógica.

—Quizá porque Wendy no es María.

—Gracias por ese análisis. Muy útil.

Nash sonríe, pero yo sigo pensando en ello.

Wendy es distinta a prácticamente cualquier persona que conozco.

Habla cuando debería callarse, se entusiasma con una idea nueva cada cinco minutos y parece incapaz de hacer nada a medias.

Si algo le interesa, se lanza de cabeza aunque exista una posibilidad bastante elevada de que tres semanas después esté obsesionada con otra cosa.

Sobre el papel, alguien así debería ponerme nervioso.

Pero en realidad, ocurre justo lo contrario.

—Es... intensa —digo finalmente.

Nash arquea una ceja.

—Eso no suele ser un cumplido.

—Ya. —Me paso una mano por la mandíbula—. Pero con ella lo es.

Nash sonríe.

—Entonces estás bastante jodido.

No necesito que me lo diga.

Lo sé de sobras.

Me gusta escucharla hablar de sus obsesiones como si acabara de descubrir el secreto del universo. Me gusta cómo se ríe. Me gusta que en apenas unos días haya conseguido llenar la casa de ruido y que Imogen parezca tener siempre alguna historia nueva que contarme sobre algo que han hecho juntas.

Y, por supuesto, me gusta demasiado verla paseándose por mi casa con esos putos pantalones cortos.

Nash espera unos segundos, quizá pensando que voy a añadir algo más. Como no lo hago, se recuesta en la silla.

—Entonces, ¿qué piensas hacer?

La respuesta, al menos, la tengo clara.

—Nada. Wendy acaba de salir de una relación de siete años, trabaja para mí, vive en mi casa y cuida de mi hija. Besarla sería una idea de mierda y acostarme con ella sería todavía peor. Así que no va a pasar nada.

—Eso estaría muy bien si no acabaras de contarme que estuviste a punto de besarla.

—Pero no lo hice.

Nash me dedica una mirada cargada de escepticismo.

—Porque miraste la hora y tenías que recoger a Imogen. No porque de repente recordaras todas esas razones por las que es una idea de mierda.

Aprieto la mandíbula porque, por desgracia, tiene razón. Si hubiéramos tenido diez minutos más, esta conversación sería bastante distinta.

—No volverá a pasar.

—Claro.

—¿Puedes dejar de decir «claro» como si no me creyeras?

—Podría, pero tendría que mentirte.

Le lanzo una mirada y Nash sonríe antes de volver a abrir el portátil. Debería agradecer que dé por terminada la conversación, pero algo en su expresión me dice que está disfrutando demasiado de todo esto.

—¿Podemos volver al trabajo?

—Por supuesto. —Hace una pausa mientras busca algo en la pantalla—. Aunque tengo una última pregunta.

—¿Qué?

—¿Vas a seguir dándole clases?

—Sí.

—Entiendo. —Asiente con una seriedad completamente falsa—. ¿Y estás seguro de eso? Porque dentro de tres días vas a volver a estar a solas con ella en la playa.

—Voy a enseñarle a surfear, no a desnudarla.

Nash sonríe.

—Pues procura acordarte de la diferencia.

—Que te den.

Se ríe y vuelve la atención al portátil, satisfecho consigo mismo.

Yo decido que seguir hablando solo va a empeorar las cosas, así que le indico que continúe con las cifras.

Esta vez consigo prestarle atención.

Al menos durante un rato.

Porque Nash puede reírse todo lo que quiera, pero tengo razón. Sé perfectamente dónde están los límites y no pienso volver a acercarme tanto a Wendy como para olvidar que existen.

El viernes le daré su clase, recogeremos a Imogen y volveremos a casa.

Lo único que tengo que hacer es mantener las manos donde deben estar.

Algo que probablemente sería mucho más sencillo si enseñar a alguien a surfear no requiriera tocarlo constantemente.