10
Wendy
El viernes llega demasiado despacio.
No es que haya estado contando los días, porque eso sería ridículo, pero cuando dejo a Imogen en su clase de piano y salgo con Kai hacia la playa soy bastante consciente de que llevo casi una semana esperando este momento.
Él carga con dos tablas bajo el brazo y yo intento no fijarme demasiado en el hecho de que lleva un bañador oscuro y nada más. No lo consigo, obviamente.
—Espero que estés preparado para descubrir mi talento natural.
Kai me mira de reojo, claramente divertido.
—Espero que estés preparada para descubrir que ponerse en pie sobre una tabla es bastante más difícil de lo que parece desde la orilla. Toda esa confianza que tienes ahora suele desaparecer después de las primeras cinco caídas.
—Me encanta empezar una clase sabiendo que mi profesor cree tanto en mí.
Deja las tablas sobre la arena con una sonrisa y empezamos por lo básico. Me explica cómo colocar los pies, cómo repartir el peso y qué tengo que hacer para incorporarme cuando llegue el momento.
Sobre la arena parece bastante sencillo y, después de repetir el movimiento un par de veces, empiezo a pensar que esto va a ser pan comido.
—No parece tan difícil.
Kai sonríe de una forma que no me gusta demasiado.
—Quiero oírte decir lo mismo dentro de media hora.
Estoy a punto de responderle cuando se acerca para corregirme la postura.
Se coloca detrás de mí y apoya una mano en mi cintura para hacerme girar ligeramente la cadera. Con la otra me corrige la posición del brazo y, de repente, recordar cualquiera de las instrucciones que acaba de darme se vuelve bastante complicado.
—Dobla un poco más las rodillas. Si te quedas tan rígida, en cuanto la tabla se mueva vas a perder el equilibrio.
Obedezco mientras intento concentrarme en mis piernas y no en el calor de su mano sobre mi cintura. A estas alturas empiezo a sospechar que aceptar clases particulares de surf del hombre con el que llevo varios días imaginando acostarme no ha sido mi decisión más inteligente.
Y todavía ni siquiera hemos entrado en el agua.
Cuando por fin lo hacemos, descubro dos cosas.
La primera es que surfear parece muchísimo más fácil desde la orilla.
La segunda es que Kai disfruta demasiado viéndome caer.
Durante los primeros intentos apenas consigo incorporarme.
En uno me voy de lado antes de apoyar bien los pies, en otro termino sentada sobre la tabla y, en el tercero, una ola me tira al agua con tanta poca elegancia que salgo a la superficie tosiendo y con el orgullo bastante más herido que cualquier otra parte del cuerpo.
Kai está riéndose.
—Podrías intentar disimular un poco —protesto mientras vuelvo a acercarme a la tabla.
—Te estoy ayudando. Que además me lo esté pasando bien no significa que sea mal profesor.
—Estoy empezando a pensar que has aceptado enseñarme solo para humillarme.
—Fuiste tú la que habló de talento natural. Yo solo estoy dejando que la realidad haga su trabajo.
Le lanzo una mirada asesina, pero eso solo consigue que se ría más.
Lo peor es que, a pesar de todo, es un profesor paciente. Me explica lo que hago mal sin tratarme como si fuera idiota, me hace repetir el movimiento varias veces y espera hasta que estoy preparada antes de buscar otra ola.
Seguimos practicando y, poco a poco, empiezo a entender cómo funciona. Ya no me siento completamente inútil y, después de varios intentos desastrosos, llega uno en el que consigo incorporarme de verdad.
La tabla avanza.
Uno, dos, tres segundos.
Sigo en pie.
Cuando finalmente pierdo el equilibrio y caigo al agua, salgo a la superficie riéndome como una niña.
—¡Lo he hecho!
Kai se acerca nadando.
—Has aguantado unos cinco segundos.
—Cinco segundos gloriosos. Espero una valoración algo más entusiasta por parte de mi profesor.
—Teniendo en cuenta cómo has empezado, ha sido bastante impresionante.
—Eso está mejor.
Me apoyo en la tabla intentando recuperar el aliento y lo miro.
Está sonriendo.
No con la sonrisa contenida que utiliza en el hotel ni con esa expresión divertida que aparece cuando Imogen dice alguna barbaridad. Tiene una sonrisa relajada, mientras el agua le resbala por el pelo y los hombros.
Nunca lo había visto así.
Aquí no parece el hombre que dirige un resort ni el padre que tiene siempre media cabeza pendiente de su hija. Parece simplemente Kai.
El chico que pasó años viajando para competir.
El que probablemente habría vivido dentro del agua si hubiera podido.
Y no sé por qué descubrir esa versión de él me gusta tanto.
Seguimos un rato más hasta que mis brazos empiezan a protestar y Kai decide que por hoy ya es suficiente.
Cuando salimos del agua, estoy agotada, tengo arena en sitios en los que no debería haber arena y estoy bastante segura de que mañana voy a descubrir músculos que no sabía que existían.
Aun así, estoy sonriendo.
—Bueno, creo que podemos añadir el surf a la lista de cosas que me gustan.
Kai deja la tabla sobre la arena.
—Solo llevas una hora. La cerámica duró tres semanas.
—Estoy bastante segura de que esto durará bastante más.
—Entonces tendremos que volver el viernes que viene para comprobarlo.
Lo miro.
—¿Me estás ofreciendo una segunda clase?
—No puedo dejarte con este nivel y permitir que luego digas que aprendiste conmigo. Estoy protegiendo mi reputación.
—Muy noble por tu parte.
Sonríe y yo me agacho para coger la toalla.
Cuando vuelvo a incorporarme, Kai está justo delante de mí.
Demasiado cerca.
Estoy a punto de hacer algún comentario sobre la segunda clase, pero no llego a decir nada. Kai tampoco. Se queda mirándome y la sonrisa que tenía hace apenas unos segundos desaparece lentamente de sus labios.
De pronto soy demasiado consciente de la poca distancia que nos separa. De su pelo mojado, de las gotas de agua que todavía le resbalan por el pecho y de que yo estoy delante de él en bikini.
Kai mantiene mis ojos durante unos segundos antes de bajar la mirada hacia mi boca.
El estómago me da un vuelco.
Yo también miro sus labios.
Durante unos segundos ninguno se mueve. Kai sigue mirando mi boca y la distancia entre nosotros parece reducirse más, aunque ninguno haya dado un solo paso.
Podría acercarme. Creo que él también quiere hacerlo.
Y tengo la certeza absoluta de que, si cualquiera de los dos avanza unos centímetros, vamos a besarnos.
Entonces, un sonido agudo rompe el momento.
Los dos parpadeamos casi al mismo tiempo y Kai aparta la mirada. Su móvil está sonando sobre la toalla, junto a nuestras cosas.
Se agacha para cogerlo y apaga la alarma.
—Mierda. Tenemos que irnos. Imogen sale en diez minutos.
Tardo un segundo más de lo necesario en reaccionar, todavía intentando volver mentalmente a una playa en la que hace treinta segundos no estaba a punto de besar a mi jefe.
—Sí. Será mejor que nos vayamos.
Cojo mis cosas y evito mirarlo mientras me pongo la camisa.
Emprendemos el camino de vuelta hablando de Imogen y de si nos dará tiempo a llegar antes de que salga, pero una parte de mí sigue atrapada en esos segundos junto a las toallas.
No nos hemos besado.
Ni siquiera hemos hablado de lo que ha ocurrido.
Pero ya no puedo fingir que todo está solo en mi cabeza.
El problema no es que quiera acostarme con Kai.
El problema es que empiezo a estar bastante segura de que él también quiere acostarse conmigo.