8
Kai
El sábado por la mañana vuelvo a bajar a la playa con la tabla.
He conseguido surfear un par de veces esta semana, algo bastante más de lo habitual durante los últimos meses. Últimamente el trabajo me ha absorbido más de la cuenta y he ido dejando de lado demasiadas cosas que antes formaban parte de mi vida.
Ahora que es verano y el ritmo en el Golden Dolphin es algo más tranquilo, intento aprovechar cualquier hueco para volver al agua. Hacía tiempo que no recordaba cuánto lo echaba de menos.
Supongo que esta semana también estoy intentando acostumbrarme a una nueva rutina. María sigue en El Salvador y, desde que Wendy llegó, los días han cambiado un poco en casa.
Ha pasado casi una semana desde que llegó y cualquier duda que pudiera tener después de leer su currículum ha desaparecido.
Imogen está encantada con ella. Se pasan el día entrando y saliendo de casa, inventando planes y hablando tanto que algunas tardes, cuando regreso, tengo la sensación de que llevan juntas meses en lugar de unos días.
Yo también me he acostumbrado demasiado rápido a tenerla cerca.
Y eso es un problema.
Porque Wendy no hace absolutamente nada para provocarme y, aun así, llevo toda la semana intentando no mirar sus piernas cuando aparece por la cocina en pantalones cortos, evitando pensar en lo bien que le queda el bikini cuando está en la piscina con Imogen y descubriendo que escuchar su risa desde cualquier parte de la casa consigue que quiera averiguar qué demonios está haciendo.
No he vuelto a masturbarme pensando en ella.
Lo considero un triunfo.
Uno bastante triste, pero un triunfo.
Llevo unos veinte minutos en el agua cuando las veo aparecer en la playa.
Reconozco primero a Imogen, que camina junto a la orilla con un cubo en la mano. Wendy va unos pasos detrás, con una camisa blanca abierta sobre el bikini y el pelo recogido.
Me quedo mirándola más de lo necesario.
El bikini negro se le ajusta de una forma que debería ser ilegal. La camisa abierta deja a la vista la curva de sus pechos y el suave movimiento de sus caderas mientras camina por la arena. Tengo que apretar la mandíbula para no seguir bajando la mirada.
Joder.
Aparto la vista y remo hacia una ola antes de que mi imaginación empiece a hacer lo que lleva toda la semana evitando hacer.
Cuando finalmente salgo del agua, las encuentro sentadas sobre una toalla, rodeadas de conchas, piedras y pequeños cristales pulidos por el mar.
Sonrío.
Imogen lleva mucho tiempo recogiendo cualquier cosa que considere lo bastante bonita para convertirla algún día en pulseras y collares. Tenemos una caja en casa llena de sus tesoros y, cada vez que bajamos a la playa, vuelve con unos cuantos más.
Lo que no había visto hasta ahora era a alguien tomándose su futura empresa tan en serio como ella.
Wendy tiene varias conchas colocadas delante y está escribiendo algo en el móvil mientras Imogen habla sin parar.
—¿Qué hacéis? —pregunto al acercarme.
—Estamos pensando el nombre de mi tienda —me explica Imogen—. Wendy dice que necesito uno antes de empezar a vender mis creaciones.
—No he dicho que lo necesites antes de empezar —la corrige Wendy—. He dicho que toda empresaria que se precie necesita una buena marca. Estamos trabajando en ello.
Dejo la tabla sobre la arena.
—Lleva años diciendo que va a vender joyas. A este ritmo, para cuando abra la tienda tendrá suficiente material para abastecerla durante una década.
—Eso se llama tener stock —responde Wendy con absoluta seriedad—. Tu hija es previsora.
Imogen asiente, satisfecha.
—Exacto.
Wendy sonríe y guarda el móvil. Entonces levanta la vista hacia mí y sus ojos se detienen en la tabla que llevo bajo el brazo.
—Por cierto, desde que te vi surfeando el otro día llevo pensando que quiero probar.
Arqueo una ceja.
—¿Quieres probar con el surf? Teniendo en cuenta nuestra conversación en mi despacho, no sé si debería preguntarte cuánto tiempo calculas que durará esta afición.
Wendy se lleva una mano al pecho, fingiendo estar ofendida.
—Ni siquiera he empezado y ya estás dando por hecho que voy a abandonarlo. Puede que pruebe una vez y decida que lo odio, o puede que dentro de veinte años siga haciéndolo. No todos mis intereses tienen fecha de caducidad.
—¿No?
—No. —Sacude la arena de sus piernas y se pone en pie—. Algunos duran tres semanas, otros unos meses y unos pocos se quedan conmigo para siempre. El problema es que nunca sé cuáles van a ser hasta que los pruebo.
Hay algo en la forma en que lo dice que hace que mantenga su mirada más tiempo del necesario.
Sus ojos verdes están clavados en los míos y durante un instante tengo la absurda sensación de que ya no estamos hablando de surf.
Sacudo la cabeza ignorando ese pensamiento.
—Entonces tendrás que probar —digo finalmente—. Puedo enseñarte.
Su expresión cambia de inmediato.
—¿Tú?
—Antes de que naciera Imogen competía profesionalmente. Gané algunos torneos y durante unos años viajé bastante por competiciones, así que creo que puedo conseguir que te mantengas encima de una tabla.
Wendy me mira con los ojos muy abiertos.
—Espera. ¿Eras surfista profesional?
—Durante un tiempo.
—¿Y dices «durante un tiempo» como si me estuvieras contando que trabajaste un verano sirviendo copas?
—Soy una persona humilde.
Wendy se ríe.
—Ya veo.
—Puedo enseñarte el viernes por la tarde. Imogen tiene piano y yo intento no trabajar los viernes por la tarde durante el verano, así que tenemos una hora libre.
—¿Una hora será suficiente para descubrir mi talento natural?
—Será suficiente para descubrir si eres capaz de subirte a la tabla.
Entrecierra los ojos.
—Cada vez me gusta más tu confianza en mí.
Sonrío.
—Entonces, ¿el viernes?
—El viernes.
Wendy vuelve a sentarse junto a Imogen y retoma su importantísima reunión empresarial.
Yo recojo la tabla y miro hacia el agua.
Acabo de quedar para pasar una hora a solas con Wendy.
En bikini.
Después de toda una semana intentando mantener las distancias con ella.
Brillante.
Y lo peor es que ya estoy deseando que llegue el viernes.
Lástima que todavía falte casi una semana entera.