Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 7
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Wendy

Cuando termina la clase de piano de Imogen, tengo un plan.

Bueno, más o menos.

Mientras esperaba a que saliera he buscado en el móvil algunas actividades para hacer con niños de ocho años durante el verano.

No porque crea que necesite entretenerla cada segundo del día, sino porque me gustaría demostrar durante al menos una semana que contratarme no ha sido una decisión terrible.

Mi lista incluye montar un cine al aire libre en el jardín, hacer una búsqueda del tesoro por Golden Cove y construir algo llamado «hotel para insectos» que parece sospechosamente complicado para alguien que suspendió Tecnología en el instituto.

También he guardado varias actividades que Internet insiste en calificar como «educativas y divertidas», una combinación de palabras que me genera ciertas dudas.

No llego a proponer ninguna.

Imogen sale de su clase con la mochila colgada de un hombro y anuncia que esta tarde va a enseñarme el pueblo de Golden Cove. Al parecer, mis actividades cuidadosamente seleccionadas en Internet tendrán que esperar.

Salimos del resort caminando. El centro está bastante cerca y, durante el trayecto, Imogen me explica con entusiasmo que lleva toda la vida viviendo aquí y conoce prácticamente cada rincón del pueblo. Decido confiar en mi guía turística de ocho años.

No tardamos demasiado en llegar.

Golden Cove es exactamente la clase de lugar que uno espera encontrar en la costa de California.

Calles llenas de pequeñas tiendas y cafeterías, casas bajas, terrazas abarrotadas y gente que parece haber decidido colectivamente que las chanclas constituyen un calzado apropiado para cualquier ocasión.

El océano aparece al final de algunas calles y el aire huele a sal, protector solar y comida de algún restaurante cercano. Después de Nueva York, todo resulta extrañamente tranquilo.

Imogen me lleva primero hasta el paseo marítimo y, a partir de ahí, empieza el verdadero recorrido.

Descubro enseguida que su concepto de «enseñarme Golden Cove» no tiene demasiado que ver con el de una guía turística.

Pasamos por delante de lugares que ni siquiera menciona y, en cambio, se detiene para señalarme el parque al que suele ir con sus amigas y una librería donde le compraron su saga favorita.

También una tienda en cuyo escaparate hay unas pulseras que, al parecer, lleva meses intentando convencer a Kai de que necesita.

Después me enseña dónde compran pizza algunos viernes, una casa en la que siempre hay un perro enorme asomado a la ventana y el camino que lleva hasta su parte favorita de la playa.

Para cuando llevamos casi media hora caminando, empiezo a entender que Imogen no me está enseñando Golden Cove.

Me está enseñando su Golden Cove.

Y entonces llegamos a una pequeña heladería cerca del paseo y se detiene en seco.

—Aquí hacen los mejores helados de todo California.

Miro el local y después a ella.

—Eso es una afirmación bastante seria.

—Pero es cierta.

—¿Has probado todos los helados de California?

Imogen se queda pensando.

—No.

—Entonces tendremos que investigar antes de emitir un veredicto.

No sé exactamente cómo ocurre, pero diez minutos después estamos sentadas en un banco del paseo marítimo con un helado cada una y hemos decidido crear un ranking durante el verano.

Imogen propone puntuar el sabor, el cucurucho y la cantidad de toppings.

Yo añado el precio porque alguien en esta relación tiene que aportar responsabilidad financiera.

Seguimos recorriendo Golden Cove mientras comemos y, poco a poco, dejo de prestar tanta atención a los lugares y empiezo a escucharla a ella.

Imogen habla de sus amigas, de María, de las cosas que suele hacer durante el verano y, como era inevitable, de su padre.

Descubro que Kai intenta reservar los domingos para ella siempre que puede.

Que algunas tardes salen juntos con las tablas de surf.

Que cocina bastante bien excepto las tortitas, que según Imogen son «demasiado gordas», y que cuando promete hacer algo con ella procura cumplirlo aunque tenga que terminar trabajando después de que se acueste.

—A veces trabaja muchísimo —me explica mientras avanzamos por el paseo—, pero en verano intenta trabajar menos porque yo no tengo cole. Y este año me dijo que iba a intentar no viajar tanto.

—Parece que le gusta pasar tiempo contigo.

Imogen me mira como si fuera evidente.

—Es mi padre.

Sonrío.

Supongo que sí.

Ayer conocí a Kai Harlow como el hombre que me pilló prácticamente desnuda en mitad de su casa.

Esta tarde lo conocí como mi jefe.

Y ahora estoy empezando a conocer una tercera versión a través de su hija.

No me conviene demasiado descubrir que es un buen padre.

Con que estuviera bueno ya tenía suficientes problemas.

—Por aquí.

Imogen tira suavemente de mi brazo y me hace cruzar hacia otra calle.

Al final emprendemos el camino de regreso hacia el Golden Dolphin por el paseo que bordea la playa. El sol empieza a bajar, aunque todavía hace calor, y hay bastante gente en el agua.

Imogen se detiene de repente y señala hacia el océano.

—Mira, ese es mi padre.

Tardo unos segundos en localizarlo entre los surfistas.

Kai está sentado sobre una tabla, algo alejado de la orilla. No lleva camiseta y tiene el pelo completamente mojado, apartado hacia atrás.

Como si verlo vestido no fuera ya suficientemente problemático.

—Antes hacía muchísimo surf —me explica Imogen—. Ahora dice que nunca tiene tiempo, pero a veces viene cuando sale pronto de trabajar.

Mientras habla, Kai empieza a remar.

Una ola se forma detrás de él y, un instante después, se pone en pie sobre la tabla.

Y yo me quedo mirando.

No tengo ni idea de surf. No sé si lo que hace es especialmente difícil ni si es particularmente bueno, pero sí sé que hay algo tremendamente atractivo en verlo moverse sobre la tabla con esa facilidad.

Cuando la ola pierde fuerza, Kai se deja caer al agua.

—Es muy bueno —dice Imogen con orgullo—. Mi abuelo le enseñó cuando era pequeño.

Kai vuelve a aparecer, se pasa una mano por el pelo y sube otra vez a la tabla.

Aparto la mirada.

Ya está.

Suficiente.

Contemplar a mi jefe medio desnudo mientras hace surf probablemente no me ayude a mantener a raya mis pensamientos.

—Vamos —digo, retomando el camino hacia el resort—. Como sigamos entreteniéndonos, llegaremos mañana.

Imogen viene detrás de mí contándome algo sobre la primera vez que intentó subirse a una tabla.

Yo hago un esfuerzo considerable por escucharla.

Y uno todavía mayor por no volver a mirar hacia el agua.