6
Wendy
Estoy sentada frente al escritorio de Kai, en uno de los despachos del Golden Dolphin, mientras él revisa mi currículum como si estuviera planteándose seriamente si devolverme a Nueva York en el próximo vuelo.
—Así que… —Levanta la mirada del papel— trabajaste como niñera durante la universidad.
—Varios años. Para tres familias distintas. Puedes llamar a cualquiera de ellas si quieres referencias.
—Ya lo he hecho.
Por supuesto que lo ha hecho.
No sé por qué me sorprende.
Este hombre tiene pinta de comprobar las referencias del fontanero antes de permitirle acercarse a un grifo.
—Entonces ya sabes que nunca perdí a ningún niño.
La comisura de sus labios se mueve ligeramente.
—Es un buen comienzo.
—Mis estándares profesionales son altísimos.
Esta vez sí sonríe.
Y vuelve a ocurrir.
Ese pequeño vuelco absurdo en el estómago.
Anoche ya descubrí que Kai Harlow está peligrosamente bueno cuando acaba de bajarse de un avión después de horas de viaje. Esta mañana he descubierto que tampoco mejora demasiado la situación cuando lleva un traje perfectamente planchado y huele bien.
Necesito dejar de fijarme en esas cosas.
Kai vuelve al currículum.
Durante los siguientes minutos repasamos mi historial laboral. O, como probablemente lo llamaría él, las pruebas documentales de que soy incapaz de mantener mi vida en una única dirección durante demasiado tiempo.
Le explico que dejé la universidad en segundo curso y que durante mucho tiempo pensé que simplemente no servía para estudiar.
Me costaba concentrarme, organizarme y terminar las cosas incluso cuando me interesaban.
Años después descubrí que tenía TDAH y, de repente, muchas piezas que llevaba toda la vida considerando defectuosas empezaron a encajar.
Eso no significa que desde entonces haya descubierto mi vocación ni que mi vida se haya convertido mágicamente en un ejemplo de estabilidad.
Todo lo contrario.
—Me entusiasmo mucho con las cosas —le explico—. Durante unas semanas estoy convencida de que he encontrado aquello a lo que quiero dedicar el resto de mi existencia y después aparece otra cosa que me interesa todavía más.
Kai baja la mirada hacia mi currículum.
—Cerámica.
—Tres semanas. Hice un cuenco.
—Fotografía.
—Dos meses. Bastante bien, teniendo en cuenta mi historial.
Sigue bajando por la página.
—Italiano.
—Todavía sé pedir un Aperol Spritz. No considero que haya sido tiempo perdido.
Se le escapa una risa.
Pequeña, pero una risa.
Me siento extrañamente orgullosa.
—¿Y ahora? —pregunta.
—¿Mi última obsesión?
Asiente.
—Crochet.
Kai me observa.
—¿Crochet?
—Llevo quince días. Ya he comprado lana suficiente para abrir una mercería y todavía no sé hacer un cuadrado.
Niega con la cabeza, divertido, y deja por fin el currículum sobre la mesa.
Seguimos hablando un rato más y, poco a poco, la conversación deja de parecer una entrevista.
Kai me explica cómo suelen organizarse durante el verano y yo le cuento algo más sobre los años en los que trabajé cuidando niños.
Me pregunta cómo gestionaba las rabietas, los conflictos o los días en los que un niño simplemente decide que no piensa colaborar con absolutamente nada.
Ahí ya no bromeo tanto.
Me gustan los niños. Siempre me han gustado.
No sé muy bien por qué nunca me planteé seriamente hacer algo relacionado con ellos. Supongo que acabó guardado en el mismo cajón que tantas otras cosas que he ido dejando por el camino.
Cuando empezamos a hablar de Imogen, soy yo quien empieza a hacer preguntas.
Quiero saber qué le gusta, qué cosas le cuestan, qué normas tiene en casa y cuáles son importantes para Kai.
Le pregunto por sus amigos, por cómo lleva los cambios, por sus comidas favoritas y por las que odia (la fruta ya ha quedado bastante clara esta mañana), por las actividades que mantiene durante las vacaciones y por cómo suelen organizar sus días.
Kai responde a todo.
Me cuenta que Imogen lleva tiempo tocando el piano y que le encanta, aunque proteste algunos días cuando tiene que ir a clase.
Que adora el agua, las películas y cualquier plan que implique salir de casa.
También me explica pequeñas rutinas que no aparecen en ninguna lista: cosas que la tranquilizan cuando está enfadada, lo mucho que le cuesta acostarse cuando está emocionada y la facilidad con la que puede convencerte de retrasar la hora de dormir si le das margen.
Eso último ya lo descubrí ayer.
Para cuando terminamos de hablar sobre ella, ha pasado casi media hora y el currículum lleva bastante tiempo olvidado sobre el escritorio.
—Hay otra cosa que deberías saber —dice Kai entonces—. Imogen pasa quince días con su madre en agosto.
Sabía que estaba separado, pero es la primera vez que menciona directamente a su ex.
—¿Quince días seguidos?
—En teoría.
Hay algo en su tono que me hace prestar más atención.
—¿Qué significa «en teoría»?
Kai se recuesta ligeramente en la silla.
—Olivia, mi ex, es violinista y pasa buena parte del año de gira.
Imogen vive conmigo, pero su madre intenta pasar tiempo con ella cuando su agenda se lo permite y, en verano, suele reservarse quince días para tenerla.
El problema es que su trabajo es bastante imprevisible y tiene la mala costumbre de aceptar conciertos o cambiar sus planes en el último momento.
El verano pasado, por ejemplo, tenía que pasar dos semanas con Imogen y terminó cancelándolas porque le salieron unas fechas en Berlín y un festival en Italia.
—Hace una pequeña pausa y su expresión se endurece—.
No fue la primera vez. Por eso este año prefiero que no cuentes con esas dos semanas como vacaciones hasta que Olivia confirme que realmente va a llevársela.
Si cumple con las fechas, por supuesto serán libres para ti y seguirás cobrando exactamente lo mismo.
Asiento despacio.
—Entendido. No haré ningún plan que no pueda cambiar.
—Gracias. —Kai guarda silencio unos segundos antes de añadir—.
Y hay otra cosa. Si Olivia vuelve a cancelar algún plan y ves que Imogen se enfada o dice cosas que no parecen propias de ella, intenta tener un poco de paciencia.
Adora a su madre y siempre espera con muchas ganas esos días con ella.
Precisamente por eso le afecta tanto cuando no suceden.
Esa última frase cambia por completo el tono de la conversación.
Hasta ahora Kai me había hablado de horarios, piano, comidas y rutinas. Cosas prácticas.
Esto es diferente.
Esto es un padre intentando proteger a su hija incluso de algo que no puede controlar.
—Lo tendré en cuenta —le digo—. Y si vuelve a pasar, intentaré darle su espacio y estar pendiente de cómo está. Si veo que te necesita, te avisaré.
Kai asiente y durante unos segundos se queda mirándome. No sé qué busca exactamente en mi cara, pero tengo la sensación de que esta conversación era bastante más importante para él que comprobar si sé preparar desayunos o llevar a una niña a tiempo a sus actividades.
Y lo entiendo.
Imogen es lo más importante de su vida. Eso ha quedado bastante claro en la última media hora.
Seguimos hablando un rato más. Acordamos mis horarios de forma bastante flexible porque durante el verano los días de Imogen cambian mucho dependiendo de los planes que tenga y del trabajo de Kai.
También me deja claro que vivir en su casa no significa estar disponible las veinticuatro horas y que tendré tiempo libre suficiente para hacer mi propia vida.
Algo que, ahora que lo pienso, no tengo muy claro en qué consiste.
Mi vida hasta hace unas semanas era Ray, el restaurante, nuestro apartamento y los mismos planes que llevaba haciendo durante años.
Ahora estoy en California, viviendo con un hombre al que conocí anoche en toalla y trabajando como niñera después de no cuidar profesionalmente de un niño desde la universidad.
Si alguien me hubiera contado esto hace un mes, habría pensado que estaba describiendo la vida de otra persona.
—Creo que eso es todo —dice Kai finalmente.
Miro el currículum que sigue sobre su escritorio.
—Entonces ¿he aprobado la entrevista que debería haber hecho antes de cruzar el país?
Kai se recuesta en la silla y me observa con esa expresión seria que empieza a parecerme menos intimidante ahora que sé que puedo conseguir que desaparezca si digo suficientes tonterías.
—Todavía no he decidido qué opino sobre lo del crochet.
—Eso es porque no has visto mi trabajo.
—Has dicho que todavía no sabes hacer un cuadrado.
—Precisamente. Mi obra está en una fase muy conceptual.
Se ríe.
No una de esas pequeñas sonrisas que intenta contener, sino una risa de verdad, y durante un instante me quedo mirándolo más de lo necesario.
Error.
Kai Harlow serio ya es un problema.
Kai Harlow riéndose es directamente una irresponsabilidad.
—Bueno, será mejor que vaya a buscar a Imogen antes de que termine su clase —digo mientras me levanto y cojo el bolso.
—Nos vemos luego.
Me despido y salgo del despacho.
Mientras camino de vuelta a por Imogen, intento no pensar demasiado en la sonrisa de Kai.
Es mi jefe. Vivo en su casa y estoy aquí para cuidar de su hija, no para tener pensamientos prohibidos que impliquen averiguar si besa tan bien como imagino.