5
Kai
A la mañana siguiente bajo a la cocina poco después de las ocho y escucho la batidora antes de llegar.
Me detengo en la entrada.
Imogen está sentada en uno de los taburetes de la isla, todavía en pijama, mientras Wendy se mueve por la cocina con una soltura que resulta extraña en alguien que llegó ayer. Sobre la encimera hay fresas, plátanos, arándanos, un bote de yogur y varios ingredientes más que no alcanzo a distinguir.
Wendy lleva unos pantalones cortos y una camiseta blanca. Tiene el pelo rubio recogido en un moño desordenado y está descalza.
Una imagen bastante distinta a la de anoche.
—Te aviso de que si sabe mucho a fruta no me lo voy a beber —dice Imogen con seriedad.
—No va a saber «mucho a fruta». Estamos creando el batido oficial del verano y un batido oficial requiere cierto nivel de compromiso.
—Pero has puesto plátano.
—Porque tú has elegido poner plátano.
—Porque me has dicho que tenía que elegir una fruta.
Wendy apoya las manos en la encimera y la mira.
—Imogen, creo que necesitas revisar el concepto de «batido».
Tengo que contener una sonrisa.
Mi hija odia la fruta. No hay ninguna razón concreta para ello. Simplemente decidió hace unos años que cualquier cosa que creciera en un árbol o tuviera semillas era sospechosa y desde entonces María pelea con ella a diario.
Por eso me sorprende bastante verla coger una fresa del plato.
—¿Y si ponemos más de estas?
—Adelante. Pero si sale horrible, quiero que conste que ha sido decisión de la chef.
—La chef eres tú.
—Somos socias. No intentes cargarme toda la responsabilidad ahora.
Imogen se ríe y mete dos fresas más en la batidora.
—¿Qué estáis haciendo?
Las dos giran la cabeza hacia mí.
—¡Papá! Estamos inventando el batido oficial del verano. Wendy dice que tenemos que conseguir uno que nos guste a las dos y luego podemos ponerle un nombre.
—Y llevamos dos intentos —añade Wendy mientras señala dos vasos sobre la encimera—. El primero sabía demasiado a plátano según la señorita Harlow y el segundo ha sido declarado «aceptable, pero no increíble». Estamos atravesando un proceso creativo complicado.
Me acerco a Imogen para darle un beso en la cabeza y miro todos los restos de fruta que hay sobre la encimera.
—¿Y te los estás bebiendo?
—Tengo que probarlos para saber cuál gana.
Miro a Wendy.
—María lleva años intentando conseguir que coma fruta sin tener que negociar cada bocado.
Wendy se encoge de hombros.
—El error de María es llamarla fruta. Marketing básico.
Me río antes de poder evitarlo.
—Lo tendré en cuenta.
Wendy sonríe y nuestros ojos se encuentran. Verdes. Son verdes. Anoche ya me fijé en ellos, aunque en aquel momento había demasiadas cosas compitiendo por mi atención.
Durante un segundo vuelve a mi cabeza la imagen de ella sujetándose aquella toalla contra el pecho. Las gotas de agua deslizándose por su piel. Sus mejillas sonrojadas. La forma en que me miró después de que se me escapara aquel comentario que no debería haber hecho.
Y todo lo que imaginé después en mi habitación.
Aparto la mirada y voy hacia la cafetera.
Necesito café.
Mucho.
—¿Has dormido bien? —pregunto mientras saco una taza del armario.
—Como si me hubieran dejado inconsciente. Creo que entre el vuelo, el cambio horario y tu hija agoté ayer todas mis reservas de energía.
—¡Yo no hice nada!
Wendy se vuelve hacia ella.
—Me enseñaste cada habitación de esta casa, el jardín, la piscina, todos tus libros, tus pulseras y aproximadamente la mitad de las cosas que existen en tu dormitorio. Después me explicaste todas las películas que tenemos que ver este verano y por qué el orden es importante.
—Porque lo es.
—Eso no lo discuto. Solo digo que tienes más energía que yo y empiezo a considerarlo una provocación personal.
Imogen se ríe y vuelve a concentrarse en el batido.
Mientras preparo el café, las observo de reojo.
No sé exactamente qué esperaba encontrar esta mañana. Supongo que una parte de mí todavía conservaba las dudas que tuve cuando Nash me enseñó su currículum unas semanas atrás.
Siete trabajos. La universidad abandonada. Una trayectoria que parecía avanzar en todas las direcciones posibles excepto en una concreta.
Inestabilidad.
Eso fue lo primero que pensé cuando lo leí.
Y ahora me siento un poco idiota por haber reducido a una persona a unas cuantas líneas escritas en un papel.
Wendy no lleva aquí ni veinticuatro horas y mi hija parece conocerla desde hace meses.
No le habla como si fuera mucho más pequeña de lo que es ni utiliza ese tono exageradamente entusiasta que algunos adultos adoptan con los niños.
Bromea con ella, la escucha y parece saber cuándo dejar que Imogen tome una decisión y cuándo ponerle un límite sin convertirlo en una discusión.
Y, sobre todo, se nota que disfruta estando con ella.
Eso no se puede fingir.
—Prueba —dice Wendy señalando el nuevo batido.
Imogen bebe por la pajita y se queda pensativa unos segundos.
—Este sí está bueno.
—¿Bueno o digno de convertirse en el batido oficial del verano?
Mi hija vuelve a probarlo.
—Lo segundo.
—Tenemos ganador.
Wendy levanta la mano e Imogen choca la suya contra ella.
La escena es tan sencilla que no debería provocarme absolutamente nada.
Sin embargo, me quedo mirándolas con la taza a medio camino de la boca.
Hace unas semanas Wendy era una fotografía en un currículum que no me convencía.
Ayer fue una mujer espectacular envuelta en una toalla.
Hoy está en mi cocina, riéndose con mi hija mientras ambas celebran haber conseguido hacer un batido decente como si acabaran de ganar un premio.
Y, por algún motivo, esto último me afecta más que las dos cosas anteriores.
No sé muy bien qué hacer con esa sensación.
Así que hago lo que mejor se me da.
La ignoro y recuerdo que Wendy y yo todavía tenemos pendiente una conversación.
—Wendy, cuando dejes a Imogen en piano esta tarde, pásate por mi despacho. Tenemos que hablar con calma sobre el trabajo y sobre cómo vamos a organizarnos durante el verano.
Ella asiente.
—Claro. ¿Quieres que vaya justo después de dejarla?
—Sí. La clase dura una hora, así que tendremos tiempo de sobra. Quiero explicarte algunas cosas sobre Imogen que creo que deberías saber y también dejar claros tus horarios y días libres. Que vivas aquí no significa que estés trabajando las veinticuatro horas.
—Eso último me tranquiliza. Ya estaba pensando en organizar una huelga para reclamar mis derechos laborales.
Sonrío mientras cojo la taza de café.
—Intenta esperar al menos una semana antes de organizarla.
—No prometo nada. Soy bastante reivindicativa.
Imogen sigue bebiéndose su batido mientras Wendy empieza a recoger parte del desastre que han dejado sobre la encimera.
Mila tenía razón.
Wendy le gusta a Imogen. Mucho.
Y después de verla con ella esta mañana, entiendo perfectamente por qué.
Lo que no esperaba era empezar a acostumbrarme tan rápido a verla aquí.
Ayer por la noche era una desconocida envuelta en una toalla en mitad de mi pasillo. Esta mañana está descalza en mi cocina, bromeando con mi hija y consiguiendo que coma fruta sin convertirlo en una batalla.
No lleva ni un día entero en esta casa y ya parece sentirse cómoda en ella.
Y lo extraño es que verla aquí también empieza a parecerme natural a mí.
Eso quizá debería preocuparme un poco más que lo de la toalla.