Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 4
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Kai

Cierro la puerta de mi habitación y me apoyo contra ella durante unos segundos, con los ojos cerrados.

Joder.

Wendy Collins.

La niñera que se supone que iba a ser solo «la mejor amiga de Mila». La mujer del currículum caótico. La que acaba de aterrizar esta tarde y que, en menos de cinco minutos, ha conseguido provocarme una erección.

La imagen se me queda grabada detrás de los párpados: el pelo rubio todavía húmedo, la toalla blanca apretada contra el pecho, las gotas de agua resbalando por su cuello y por la curva de sus hombros.

Las piernas desnudas. Esa pequeña sonrisa nerviosa cuando se dio cuenta de que yo la estaba mirando de más.

Y esa puta frase.

«Intentaré que llevar ropa forme parte de nuestra convivencia a partir de ahora.»

Y yo, idiota de mí, respondiendo:

«Por mí no es necesario que lo hagas.»

Todavía no sé de dónde salió eso. Llevo años sin coquetear con nadie. Llevo años sin pensar en nadie de esa forma. Y de repente aparece ella, envuelta en una toalla, y mi boca decide que es el momento perfecto para soltar una estupidez.

Me paso las manos por la cara y camino hasta el baño.

Me ducho con el agua más fría que aguanto, intentando borrar la imagen.

No funciona. Cada vez que cierro los ojos la vuelvo a ver: la forma en que apretaba la toalla, el rubor subiéndole por el pecho, la manera en que sus ojos verdes me miraron cuando sonreí.

Salgo de la ducha, me seco a medias y me meto en la cama solo con los bóxers. Apago la luz. El techo queda en penumbra.

Imogen duerme dos puertas más allá. Wendy, también.

La hemos instalado en una de las habitaciones de invitados que estaban libres.

No quería que ocupara la de María durante su ausencia; esa sigue siendo su habitación y no me parecía bien que tuviera que vaciar sus cosas para dejar espacio a otra persona.

Y yo estoy aquí, con la polla tan dura que duele, pensando en la mujer que se supone que va a cuidar de mi hija durante los próximos dos meses.

Intento ser razonable.

Es la niñera.

Acaba de salir de una relación larga, según me contó Nash.

Es la mejor amiga de Mila.

Vive bajo mi techo.

Ninguna de esas frases consigue que mi cuerpo se calme.

Me paso la mano por el pecho, bajando despacio hasta el borde de los bóxers. La tela está tensa. Suelto un suspiro y me los bajo lo justo para sacar la polla.

Está caliente, gruesa, completamente dura. La envuelvo con la mano y empiezo a masturbarme despacio, con movimientos firmes y largos.

Cierro los ojos y la imagino.

Imagino que en lugar de irse a su habitación se hubiera quedado. Que la toalla se le hubiera resbalado un centímetro más. Que yo hubiera dado un paso hacia ella, le hubiera quitado la toalla con una sola mano y la hubiera empujado contra la pared del pasillo.

Imagino mis labios en su cuello, saboreando su piel húmeda por la ducha. Mis manos bajando por su espalda desnuda hasta agarrarle el culo. Ella gimiendo bajito para no despertar a Imogen.

Aprieto más la mano y acelero el ritmo.

La imagino de rodillas en el suelo, mirándome con esos ojos claros mientras me chupa la polla. La lengua caliente rodeando la cabeza, la saliva resbalando por mi longitud. Sus manos en mis muslos. El sonido húmedo de su boca subiendo y bajando.

—Joder… —susurro contra la almohada.

Mi mano se mueve más rápido. El placer se concentra en la base de la columna y sube con cada embestida de mi puño.

La imagino debajo de mí, en esta misma cama.

Las piernas abiertas. El coño preparado.

Yo hundido dentro de ella de un solo empujón, sintiendo cómo me aprieta.

Follándola despacio al principio, luego más fuerte, más profundo, hasta que se corre alrededor de mi polla mordiéndose el labio para no gritar.

El orgasmo me golpea de golpe.

Me corro con un gruñido ahogado. El placer me recorre el cuerpo en oleadas, intensas y sucias, hasta que me quedo jadeando contra la almohada, con el corazón latiéndome en los oídos.

Durante un rato no me muevo.

Solo respiro.

Cuando por fin abro los ojos, la realidad vuelve a instalarse.

Acabo de correrme pensando en la niñera de mi hija.

En la mujer que lleva menos de doce horas en mi casa.

Esto no puede pasar otra vez.

Wendy no es una mujer con la que me haya cruzado en un bar y a la que probablemente no vuelva a ver. Está durmiendo a pocos metros de mí.

Mañana desayunará con mi hija. Pasado mañana también. Va a pasar los días con ella, acompañarla a las pocas actividades que mantiene durante el verano y formar parte de nuestra vida durante los próximos dos meses.

Imogen va a encariñarse con ella. Probablemente mucho.

Y si algo saliera mal entre Wendy y yo, no seríamos los únicos que tendríamos que convivir con las consecuencias.

Esa es la parte que consigue devolverme de golpe a la realidad.

Me limpio, me subo los bóxers y vuelvo a tumbarme mirando el techo.

Puedo sentirme atraído por Wendy. Puedo reconocer que está increíblemente buena y pensar en ella todo lo que quiera cuando estoy solo. Pero ahí termina la cosa.

Porque por encima de cualquier cosa que pueda querer yo está Imogen.

Y no pienso complicarle la vida a mi hija por una atracción que debería ser perfectamente capaz de controlar.

Wendy cuida de Imogen.

Yo soy su jefe.

Fin de la historia.