Más que un verano con el jefe (Mucho más que jefes 2) 3
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Wendy

En algún momento entre bajar del avión y salir del aeropuerto de San Diego empiezo a pensar que quizá cruzar el país para vivir durante dos meses en casa de un hombre al que no conozco no ha sido la peor decisión de mi vida.

Desde luego, está bastante arriba en la lista de las más impulsivas.

Pero no necesariamente de las peores.

—¡Wendy!

Localizo a Mila entre la gente justo a tiempo de que se lance sobre mí.

—Joder, cómo te he echado de menos.

La abrazo con tanta fuerza que se ríe contra mi hombro.

—Yo también te he echado de menos.

Y entonces me echo a llorar.

Otra vez.

—No —protesto, separándome de ella para secarme rápidamente las mejillas—. Había decidido que hoy no iba a llorar.

Mila sonríe y vuelve a abrazarme, esta vez con más suavidad.

Hace dos semanas que Ray se marchó del apartamento.

Y hace cuatro días que confirmó lo que yo ya sabía.

Me llamó para decirme que pasaría a recoger sus cosas antes de que me marchara a California. Al final resultó que aquel «necesito tiempo» solo había sido su forma de retrasar una conversación que ninguno de los dos quería tener.

Ray no quería tiempo.

Quería terminar nuestra relación.

Nos sentamos en el mismo sofá donde me había pedido espacio y, esta vez, al menos tuvo el valor de decirlo claramente. Que llevaba meses sintiendo que algo había cambiado. Que me quería, pero ya no de la misma manera. Que lo sentía.

Yo también dije unas cuantas cosas. Algunas bastante razonables. Otras que probablemente no aparecerían en ningún manual sobre cómo terminar una relación de forma madura.

Después lo ayudé a guardar casi siete años de vida compartida en cajas.

Fue una mierda.

Una mierda monumental.

Pero cuando cerró la puerta por última vez, al menos sentí que había cerrado una etapa.

Eso no significa que haya dejado de doler.

Durante estas dos semanas he conseguido alternar sorprendentemente bien entre estar furiosa con él, echarlo tanto de menos que me cuesta respirar y convencerme de que estoy perfectamente.

No estoy perfectamente.

Pero ahora mismo tengo a mi mejor amiga delante después de casi un año sin verla en persona y, desde que todo se fue a la mierda, siento algo que se parece bastante a estar contenta.

Cuando salimos del aeropuerto, el calor me golpea de lleno. Me quito la chaqueta que llevaba atada a la cintura y levanto la cara hacia el cielo completamente azul.

Palmeras.

Sol.

Un aire cálido que huele distinto al de Nueva York.

California.

Estoy realmente en California.

Mila me guía hasta el aparcamiento y, después de conseguir encajar mis maletas en el maletero, nos subimos al coche.

Durante los primeros minutos apenas hablamos. Yo estoy demasiado ocupada mirando por la ventanilla como una turista que acaba de descubrir que las palmeras existen fuera de Instagram.

Todo parece más luminoso aquí. Más abierto. Incluso el cielo parece ocupar más espacio.

No sé si es California o el simple hecho de estar a miles de kilómetros del apartamento que compartía con Ray, pero noto algo extraño en el pecho.

No felicidad exactamente.

Todavía no he llegado tan lejos.

Pero sí una especie de alivio.

—Bueno —dice Mila cuando llevamos unos minutos en carretera—, te pongo al día. Kai está fuera por un viaje de negocios. En principio llega esta noche, pero bastante tarde, así que seguramente ya estarás durmiendo cuando lo haga. Imogen está con Nash en casa y se muere de ganas de conocerte.

—Perfecto. Así tengo unas horas para caerle bien a su hija antes de enfrentarme al jefe.

—Lo harás. Le he hablado mucho de ti. Le vas a encantar.

No sé por qué, pero eso consigue ponerme un poco nerviosa. He cuidado niños antes y siempre me han gustado, pero esto es diferente. Durante los próximos dos meses voy a formar parte de la vida de esa niña prácticamente a diario y, además, voy a vivir bajo su mismo techo.

Con ella y con su padre.

—Tendrás tu propia habitación —continúa Mila—. Kai ya explicará todo lo que necesites saber. Horarios, rutinas de Imogen, esas cosas. En verano su agenda puede ser bastante imprevisible, por eso necesitaba que te quedaras en la villa.

—Sí, eso ya lo hablamos.

Asiento mientras vuelvo a mirar por la ventanilla. Pasa otro minuto antes de que una pregunta salga de mi boca con absoluta naturalidad.

—¿Y Kai tiene novia?

Mila gira la cabeza hacia mí.

—Llevamos siete minutos en el coche.

—Es una pregunta administrativa.

—¿Administrativa?

—Voy a vivir en su casa. Necesito conocer la situación.

—No tiene novia.

—Vale. Información recibida.

En realidad, llevo haciéndome esa pregunta desde que Mila me habló del trabajo, porque Kai Harlow es muy, muy atractivo.

Lo descubrí cinco minutos después de colgar el teléfono, cuando hice lo que habría hecho cualquier mujer sensata en mi situación: buscarlo en Instagram.

Pelo oscuro, ojos azules, mandíbula marcada y ese aire serio de hombre que probablemente jamás ha perdido las llaves de casa ni se ha olvidado de pagar una factura.

Exactamente lo contrario a mí.

No es que piense en él de esa forma . Acabo de salir de una relación de casi siete años y Kai va a ser mi jefe, además del padre de la niña a la que voy a cuidar. Tengo clarísimo que no pienso mezclar las cosas.

Pero una cosa es no pensar acostarme con tu jefe y otra muy distinta no tener ojos.

***

Golden Cove resulta todavía más bonito de lo que parecía en las fotografías que Mila me ha enviado durante el último año.

El Golden Dolphin se alza frente al océano, enorme y elegante, rodeado de jardines y palmeras. Más allá se extiende una playa de arena clara y, detrás, un Pacífico tan azul que parece que alguien ha subido demasiado la saturación.

—No puedo creer que vivas aquí, Mila. Ahora mismo te odio un poco.

Ella se ríe.

—No puedo culparte. Mi vida se ha vuelto bastante odiosa.

Las villas están en una zona más privada, separadas del edificio principal del resort. Cuando Mila aparca frente a la de Kai, me quedo unos segundos mirando la casa.

Es grande, moderna y luminosa, con enormes ventanales y una terraza desde la que se alcanza a ver el océano entre las palmeras.

—¿Voy a vivir aquí? —pregunto sorprendida.

—Durante todo el verano.

—¿Y además me van a pagar?

Mila se baja del coche.

—Esa suele ser la idea cuando aceptas un trabajo.

—Solo quiero asegurarme. Empiezo a sospechar que en algún momento van a pedirme un riñón.

Mila se ríe.

—Vamos, anda.

Sonrío mientras salgo del coche y vuelvo a mirar la villa.

Dos meses aquí.

—Creo que California y yo vamos a llevarnos bastante bien.

Mila abre la boca para responder, pero la puerta de la villa se abre antes de que pueda hacerlo.

—¡Mila!

Una niña sale disparada hacia nosotras y baja los escalones de la entrada casi corriendo.

La reconozco enseguida por todas las fotos que Mila me ha enseñado.

Imogen tiene ocho años, el pelo castaño largo y una de esas caras expresivas en las que resulta bastante fácil saber qué está pensando.

Ahora mismo, por la sonrisa enorme con la que viene directa hacia nosotras, parece encantada de tener visita.

Detrás de ella, Nash baja los escalones con bastante menos entusiasmo.

Es tan guapo que resulta difícil no apreciarlo incluso de un simple vistazo.

Mi amiga tuvo bastante suerte cuando vino a California por trabajo y acabó enamorándose de uno de sus clientes.

Aunque, teniendo en cuenta todo lo que me ha contado sobre cómo empezó su relación, probablemente ella no utilizaría la palabra «suerte».

A Nash ya lo conozco, aunque solo a través de las videollamadas con Mila. Hemos hablado unas cuantas veces durante el último año y parece un buen tipo.

—¡Eh! —protesta él cuando Imogen baja otro escalón de un salto—. ¿Qué hemos dicho sobre bajar las escaleras así?

—¡Que no lo haga! —exclama Imogen mientras salta el último.

—Veo que ha entendido perfectamente la norma —comento.

Nash niega con la cabeza, resignado.

—Entenderla sí. Hacerme caso ya es otro asunto.

Imogen llega hasta Mila y se lanza a sus brazos. Mi amiga la recibe riéndose y le da un beso en la cabeza antes de señalarme.

—Imogen, mira quién ha llegado.

La niña se separa de ella y clava sus ojos en mí. Durante unos segundos me examina de arriba abajo sin el menor disimulo.

—Tú eres Wendy.

—Eso pone en mi documentación.

—Vas a vivir conmigo.

—También me han informado de eso.

—Y vas a cuidarme mientras María está en El Salvador.

—Ese es el plan.

Parece meditarlo unos segundos, como si estuviera valorando si cumplo los requisitos para ocupar temporalmente el puesto de María.

—¿Te gustan los niños?

—Mucho.

—¿Y los helados?

—Todavía más.

Su expresión se ilumina.

—Me caes bien.

—Imogen —dice Nash entre risas—, quizá deberías darle algo más de tiempo antes de decidirlo.

—¿Por qué? Le gustan los niños y los helados. ¿Qué más necesito saber?

—Es un argumento difícil de rebatir —digo.

—¿Ves? —Imogen mira a Nash, satisfecha—. También está de acuerdo conmigo.

—Lleva aquí treinta segundos y ya sois un equipo. Esto promete.

Imogen sonríe y vuelve a mirarme con curiosidad.

—Mila también me ha contado que tu novio te dejó.

La amistad ha sido bonita mientras ha durado.

—Imogen —la reprende Nash.

—¿Qué? Es verdad.

Giro lentamente la cabeza hacia Mila.

—Me alegra comprobar que mi desgracia sentimental ha tenido una buena distribución por toda California.

Poco después entramos en la villa. Nash se ocupa de mis maletas mientras Imogen se adjudica oficialmente el puesto de guía turística y empieza a enseñarme la casa.

Habla tan deprisa que apenas consigo seguir todas sus explicaciones mientras me lleva de una habitación a otra. Mila camina detrás de nosotras, divertida, y yo intento asimilar que este lugar enorme, luminoso y con vistas al océano va a ser mi casa durante los próximos dos meses.

Cuando Imogen me coge de la mano para enseñarme mi habitación, no puedo evitar sonreír.

Definitivamente, creo que voy a estar bien aquí.

***

Cuando por fin consigo que Imogen se duerma, compruebo en el reloj que son las once.

Según Mila, debería estar durmiendo desde las nueve, pero entre la emoción de conocerme, enseñarme absolutamente todos los rincones de la casa y explicarme con todo detalle cómo piensa organizar nuestro verano, acostarla a su hora ha resultado misión imposible.

La verdad es que no me importa. Me lo he pasado genial con ella y, si tenía alguna duda sobre aceptar este trabajo, ha desaparecido por completo.

Eso sí, estoy agotada.

Kai todavía no ha llegado y, según Mila, su vuelo aterrizaba bastante tarde, así que probablemente ni siquiera lo conozca hasta mañana. Decido aprovechar para darme una ducha rápida y meterme en la cama.

Diez minutos después cierro el grifo, cojo una toalla y entonces me doy cuenta de un pequeño detalle.

Me he dejado el pijama en la habitación.

Me envuelvo en la toalla y asomo la cabeza al pasillo. La casa está completamente en silencio, Imogen duerme y Kai sigue fuera.

No puede pasar nada.

Salgo del baño y, justo en ese preciso instante, como por una broma maquiavélica del destino, escucho abrirse la puerta de entrada en el piso de abajo.

Me quedo paralizada.

No hace falta ser especialmente lista para saber quién acaba de llegar.

Mierda.

Miro la puerta de mi habitación, a apenas unos metros al otro lado del pasillo. Solo tengo que llegar hasta allí antes de que Kai suba.

Fácil.

Aprieto la toalla contra el pecho y echo a andar.

Entonces escucho sus pasos en la escalera.

Más rápido.

Estoy prácticamente delante de mi habitación cuando los pasos se detienen.

—¿Wendy?

Mierda.

Cierro los ojos un segundo antes de girarme.

Kai acaba de llegar al piso de arriba y está parado en el último escalón, con una mano todavía apoyada en la barandilla.

Y ahí está.

Kai Harlow.

Mi nuevo jefe.

Y, por supuesto, la primera vez que nos vemos estoy desnuda debajo de una toalla.

Por si fuera poco, en persona es mucho más atractivo que en las fotos.

Lleva pantalones de traje y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos.

Tiene el pelo oscuro ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces durante el viaje, y una sombra de barba le marca la mandíbula.

Pero son sus ojos azules los que convierten todo el conjunto en algo francamente injusto.

Y, por la forma en que esos ojos se detienen en mí durante un segundo más de lo necesario, parece que la sorpresa es mutua.

Kai termina de subir el último escalón sin apartar la mirada de mí.

Genial.

—Esto… hola. Y perdón —digo con evidente nerviosismo—. Me he olvidado el pijama en la habitación y, como no había nadie en casa, no pensé que fueras a llegar justo ahora. Mila me dijo que volverías bastante más tarde.

—Terminé la reunión antes y decidí adelantar el vuelo—explica.

—Claro. Qué oportuno. Para los dos.

—Pero tienes que disculparte. Esta también es tu casa ahora, ¿no?

Bueno. Eso es sorprendentemente amable.

—Gracias. Aunque intentaré que llevar ropa forme parte de nuestra convivencia a partir de ahora.

—Por mí no es necesario que lo hagas.

—¿Perdón?

Parpadeo, un poco confusa, y noto cómo el calor me sube inmediatamente a las mejillas.

¿Eso ha sido una especie de flirteo?

Joder, llevo siete años fuera del mercado. Estoy oxidada.

Kai mantiene la mirada fija en mi cara, pero estoy bastante segura de que sus ojos bajan más de una vez hacia lugares donde no deberían.

—Quiero decir… —Se aclara la garganta— que no tienes porqué sentirte incómoda por esto. He visto gente en toalla antes.

—Qué alivio. Me preocupaba haberte expuesto a una experiencia completamente nueva.

Esta vez sí sonríe.

Y, joder.

No debería hacerlo.

Si serio ya es atractivo, cuando sonríe se le suavizan las facciones y aparece una pequeña arruga junto a sus ojos que consigue que lo sea todavía más.

—Creo que voy a vestirme —digo, antes de quedarme demasiado tiempo contemplándolo.

—Probablemente sea buena idea. Y descansa. Ha sido un día largo. Ya hablaremos mañana por la mañana con calma.

—Perfecto. Creo que ya he tenido suficientes emociones por hoy.

La comisura de sus labios vuelve a curvarse.

Me giro y recorro los pocos metros que me separan de mi habitación, sujetando bien la toalla. Antes de cerrar la puerta tengo la incómoda sensación de que Kai sigue mirándome.

No me giro para comprobarlo.

Principalmente porque, si resulta que está mirándome el culo, prefiero vivir con la duda.