CAPÍTULO VII #15
Sintió cómo, poco a poco, aquella extraña luz sobrenatural se apagaba. Con ello, sus sentidos fueron reaccionando y comenzó a volver en sí, a ser consciente de su entorno.
Miró a Diana. La muchacha abrió lentamente sus dulces ojos verdes. A Robert le pareció que su mirada, por primera vez, no era triste. Pero seguía siendo preciosa.
Robert, aun agotado por la intensa experiencia vivida, gritó jubiloso.
—¡Gracias, Dios mío! Te juro que no te fallaremos.
Diana le miró, llena de amor.
—Robert, mi vida...
—Te quiero, Diana... ¡Te quiero tanto!
La abrazó con pasión, sin poder contener las lágrimas. Era la segunda vez que lloraba en muchos años; pero esta vez sus lágrimas no eran de tristeza, sino de alegría infinita.
Permanecieron largo tiempo abrazados, acariciándose en silencio.
Diana fue la primera en hablar.
—Estoy bien; no tengo nada. Desde que vivo con este cuerpo jamás me he sentido mejor.
—Lo sé... Lo sé...
—Pero tenía que haber muerto por la radioactividad...
—Dios nos ha regalado la vida. A los dos...
—Entonces... ¿no ha sido un sueño?
—No, mi vida, no. No ha sido un sueño. ¿Tú también lo has sentido, verdad Diana? ¿Lo recuerdas?
—Sí... perfectamente —respondió ella—. Ha sido tan maravilloso que pensé que era un sueño. Antes sabía cuánto te quería; ahora sé también cuánto me quieres tú. Ahora te conozco de verdad, como me conoces tú a mí. Nuestro amor será ya eterno.
—Sí. Ya jamás nos separaremos —le dijo él besándola apasionadamente en la boca.
Se incorporaron lentamente y volvieron su mirada hacia la cristalera frontal de la nave. Tras ella, aquel firmamento plagado de estrellas se les antojó más hermoso que nunca.
Robert, conforme contemplaba el fascinante espectáculo de aquellas estrellas que ningún otro ser humano vería jamás, agarró del hombro a Diana, atrayéndola hacia sí. La muchacha reclinó dulcemente su cabeza sobre él, con un gesto deliciosamente femenino.
La nave permanecía en silencio absoluto, como respetuosa de la paz de su amor. Las alarmas habían enmudecido para siempre y Julia guardaba una prudente discreción.
—Mira… —le dijo él, señalando hacia la cristalera de la nave—.
Cuatro estrellas girando sobre un centro de gravedad único.
Es un fenómeno extraordinario. En toda laparte explorada de nuestra galaxia no se conoce nada semejante.
Sin duda, estaremos muy lejos de la Via Láctea; en otra remota galaxia, a millones de años luz de ella.
Nunca sabremos dónde estamos de verdad. En realidad, tampoco importa.
Hemos salido del hiperespacio en este sistema estelar cuádruple.
No necesito preguntarle a Julia si hay algún planeta habitable en él.
Sé que lo habrá y sé que será un lugar maravilloso.
Estoy seguro de que su geología y su climatología serán benignas y de que encontraremos en él medios de sustento en abundancia.
Diana... ese mundo que aún desconocemos nos ha estado esperando desde hace millones de años. Dios lo ha reservado para nosotros, para nuestros hijos, para la nueva raza que Él quiere que originemos.
No sé cuál de los planetas de este sistema estelar será. Pero sé que será un paraíso para nosotros.
—Sí... Yo también lo sé —respondió ella.
Robert se volvió hacia la computadora de vuelo.
—Julia, pon rumbo al planeta más habitable de este sistema solar —le ordenó.
—Pero... Robert. Todavía no he tenido ocasión de realizar un sondeo de las condiciones climáticas, atmosféricas y geológicas de los planetas de este sistema estelar. Ni siquiera he comprobado aún si estos cuatro soles tienen verdaderamente planetas a su alrededor.
—Te aseguro que los tienen, Julia. Por lo menos uno. Por cierto... gracias por permitir la utilización de tus módulos de lenguaje.
—¿Mis módulos de lenguaje...? ¿A qué te refieres, Robert?
—Julia... pero... ¿no recuerdas nada?
—No... ¿es que tengo que recordar algo?
—Es igual, Julia. Olvidalo. Ahora, localiza ese planeta y lleva la nave hasta él, por favor.
—Estás demasiado seguro de que existe un planeta habitable en este sistema estelar. Tu presunción no es lógica, Robert.
—No... no es lógica. Pero es cierta. ¿Verdad, Diana? —preguntó Robert volviéndose hacia Diana, con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
—Lo más cierto del Universo —respondió ella radiante de felicidad.
Volvieron a besarse con infinito amor, olvidados de cuanto les rodeaba.
En su dicha sin límites, ni siquiera escucharon las palabras de Julia reconociendo que, incomprensiblemente, Robert tenía razón.
Anunciándoles entusiasmada que acababa de encontrar un bellísimo planeta azul en su investigación de aquel remoto sistema estelar.
Un mundo con condiciones climáticas, atmosféricas y geológicas extraordinariamente semejantes a las de la Tierra.
Realmente, el cerebro artificial de Julia ni siquiera se sorprendió de que Diana y Robert siguiesen abrazados, sin prestar la menor atención a la importantísima noticia que acababa de darles.
Llevaba demasiado tiempo navegando con seres humanos; y estos acostumbraban a comportarse de una manera tan extraña...