Más fuerte que el destino CAPÍTULO VII #14
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CAPÍTULO VII #14

—Diana. Vas a vivir... Aunque tu cuerpo humano haya muerto, sé que me escuchas.

Sé que tu fuerza vital aún no se ha apagado para siempre.

Toma mi fuerza, es tuya; toma mi vida para poder reestructurar de nuevo tu cuerpo sin lesiones.

Soy infinitamente feliz de poder dártela.

Con la intervención de Dios y la ayuda del poder de mi mente, lo lograrás. Ten fe, Diana.

Apretó la mano sin vida de la muchacha con fuerza, hasta sentir dolor en la suya propia.

—Ayúdanos, Dios mío. Podemos hacerlo; podemos hacerlo...

Cerró los ojos, llegando al paroxismo de la concentración mental absoluta. Quiso sentir dentro de sí la realidad metafísica de la vida. Captar su fuerza vital para dársela a ella.

Sintió un dolor diferente a cuantos había sufrido antes. Como si todas y cada una de sus células lo experimentasen. Como si fuesen capaces de proferir un alarido de dolor al sentir que la mente de Robert les quitaba la vida para dársela a su amada.

Sintió cómo la vida se le escapaba; cómo llegaba la muerte...

Pero no tenía miedo. Solo esperanza y amor.

Por un instante se sintió vacío, como un cuerpo sin alma. Era el fin; iba a morir...

Lo sabía, incluso, lo deseaba; porque su muerte era la vida para Diana. Y la vida de su amada era para él más importante que la suya propia. Es más, la vida de Diana era su propia vida.

En esos últimos instantes, al límite de la existencia corporal, se dio cuenta de la importancia de esa realidad.

Su vida y la de Diana eran inseparables; ya jamás serían entidades diferentes.

Ese "algo superior" le hizo comprender que, por esa razón, él no iba a morir.

Aunque estaba firmemente dispuesto a ello; aunque lo deseaba si era el precio por salvar a su amada.

Ese "algo" que había hablado a través de Julia no se lo iba a permitir.

Su espíritu y el de Diana ya serían siempre la misma cosa.

Aunque sus cuerpos fuesen diferentes, sus almas serían sólo una.

Por ello, si Diana vivia, él no podría morir.

Se dio cuenta de la voluntad de ese algo, de los deseos de esa Fuerza Superior.

Ya desde el principio había estado en lo cierto. Diana y él estaban destinados a formar una nueva raza. Ahora estaba seguro de sus anteriores sospechas.

Fuera del tiempo y del espacio; fuera de su cuerpo incluso, la Fuerza Creadora del Universo le hizo ver la verdad de todas las cosas.

La vida de Diana era la recompensa por su fe, por su amor.

Ambos habían dado la vida el uno por el otro.

Habían renunciado a su egoísmo, a su propia entidad.

Habían superado la prueba del amor absoluto.

Sólo sobre el pilar de ese amor puro y total, el Creador del Universo podría edificar su nueva raza.

La muerte de Robert ya no era necesaria para salvar a Diana porque, con su renuncia a la vida, había superado la prueba que Dios le había impuesto.

Como ella lo había hecho antes, al meterse en la sala del reactor.

Robert ni siquiera estuvo seguro de si había llegado a morir realmente o no. Pero sintió que esa Fuerza Superior le devolvia la vida.

La existencia de ambos era necesaria para los planes del Creador. Ellos serían la simiente de una nueva raza libre del egoísmo y la insolidaridad. De una civilización mejor a la que habían abandonado con su temerario salto al hiperespacio.

En la ya sin duda lejanísima galaxia de la Via Láctea, los congéneres de Robert seguirían viviendo guiados, en su mayoría, por sus intereses y ambiciones personales.

Al parecer, Dios había querido sembrar, en otro distante rincón de su Universo, una nueva forma de entender la vida.

Una vida basada en el amor y la generosidad.

Poco a poco, Robert fue sintiendo cómo la vida volvia a su cuerpo. A ese cuerpo, aún rígido e insensible, que permanecía arrodillado junto al de Diana.

Tal vez abrió los ojos o, tal vez, nunca los había llegado a cerrar, y la visión simplemente volvió a ellos. Miró entonces a la cristalera frontal de la nave. Una extraña luminosidad parecía existir allí, entre la negrura insondable del espacio; en medio de un bellísimo cúmulo estelar.

Era algo diferente a cuantos fenómenos naturales había visto en sus frecuentes viajes por el cosmos. Su contemplación le produjo una indescriptible sensación de paz, de felicidad sin límites...

Sintió una profunda atracción hacia aquella extraña luz que iluminaba sin deslumbrar. Su claridad parecía invadirlo todo; atravesando incluso las gruesas paredes de metal de la astronave.

Quizás la luz no fuera algo real. Tal vez no tuviese existencia propia, fuera de la mente de Robert.

Pero él la veía, la sentía, sabía que estaba allí y, sobre todo, sabía lo que era o, más bien, lo que simbolizaba.

Sin duda, era una forma de dar imagen a algo que, por su naturaleza, no la tenía realmente.

Miró al cuerpo de Diana. Apretó su delicada mano con ternura. Aún estaba inmóvil, inerte... Pero Robert sabía que aquello pronto iba a cambiar.

Sintió, más que vio, cómo una tenue luminosidad se separó de la gran luz que ocupaba la mitad de aquel cúmulo estelar.

Como, desde las profundidades del espacio, se dirigió hacia la nave y, atravesando su gran cristalera frontal, fue a posarse sobre sus manos entrelazadas.

Como, desde ellas, irradió un extraño aura que pareció cubrir por completo a la pareja dentro de su luz azulada.

Tal vez aquello no era más que una imagen en su mente; pero lo vivió como la experiencia más real y maravillosa de su vida.

Dentro de la extraña aureola de luz sintió que su alma, todo su ser, estaba dentro del cuerpo de Diana y que ella, a su vez, estaba dentro del suyo.

Comprendió a la perfección, con más intensidad que nunca, cuál era la verdadera naturaleza inmaterial de su amada; cómo era realmente su espíritu inmortal.

En ese momento de compresión total, de perfección absoluta en el conocimiento de Diana, sintió que la amaba más que nunca.

Si mucho le atraía físicamente su cuerpo humano, su pasión por él era insignificante frente al infinito amor que sentía por su alma, por su naturaleza real, ahora que la conocía de verdad.

Sus almas, humana y alienígena, se fundieron para formar un todo indivisible. Comprendió que ya jamás se separarían; que permanecerían unidas para toda la eternidad, aunque sus cuerpos siguiesen siendo diferentes. Y eso le hizo inmensamente feliz...

Después de aquella transfiguración mística, de aquella fusión de sus naturalezas, ninguno de los dos volvería a ser igual.

Ni Robert sería ya totalmente humano, ni Diana sería igual a sus desaparecidos congéneres.

Aunque sus cuerpos no cambiasen, y conservasen su aspecto y anatomía humanos, sus naturalezas espirituales serían un híbrido de las dos razas.

Lo mismo ocurriría con sus hijos, con todos sus descendientes, con todos los miembros de aquella nueva raza que Dios quería para su Universo. Sus cuerpos serían anatómica y fisiológicamente humanos, pero ellos serían el resultado de la fusión de dos formas de vida diferentes.

Su raza no sería ni la de los extintos habitantes de Oldrán ni la de los seres humanos, sino una nueva raza, fruto del amor de dos naturalezas distintas.

Robert nunca supo cuánto duraron realmente aquellos instantes místicos; sólo estaba seguro de que habían sido los más intensos y maravillosos de toda su existencia.