CAPÍTULO VII #13
Robert no pudo evitar romper a llorar amargamente.
—Tú sabes que no puedo hacer eso. Ya te expliqué que la materialización es para nosotros un proceso único, irrepetible —la muchacha hizo una pausa; le faltaban fuerzas para seguir hablando—.
Robert... tienes que buscar un planeta habitable.
Con la ayuda de Julia lo podrás conseguir.
Te lo suplico; hazlo por mí. Tú me lo pediste antes de querer meterte en esa sala; ahora te lo pido yo a ti.
Debes tratar de sobrevivir. No hagas que mi muerte haya sido inútil.
Solo si sé que tú vas a tratar de salvarte, podré morir en paz.
No puedes negarme este último deseo. Te lo suplico. Es el ruego de una persona condenada.
Compréndeme, Robert. Necesito que tú sigas vivo. Tu vida es mi vida. Tu felicidad, la mía...
Si tú sobrevives, yo lo haré contigo. Viviré en ti, en tus recuerdos, en tu corazón. Nuestro amor será eterno...
La muchacha, agotada, tuvo que interrumpir sus palabras.
Robert, con un nudo en la garganta y sin poder contener sus lágrimas, casi no pudo contestarle.
—No, Diana... no podré. Quisiera poder hacerlo por ti; porque lo que me pides es maravilloso.
Pero no tendré fuerzas para vivir si tú no estás.
No tengo valor. Te quiero tanto... —las lágrimas ahogaban sus palabras; sólo haciendo un esfuerzo pudo continuar—.
Sé que no podré evitar dejarme morir; o incluso quitarme la vida de una vez.
No porque estaré solo en un planeta desconocido.
En Nueva Ucrania o en la Tierra desearía la muerte de igual manera.
En todo el Universo ya sólo me importas tú.
—Te lo ruego... intenta superarlo... —la sangre que manaba por su boca ahogaba sus palabras—. Abrázame... me muero...
Robert apretó el frágil cuerpo de la muchacha contra su pecho, sollozando amargamente. De pronto, un impulso extraño, una esperanza de loco, pareció apoderarse de su mente.
—No, Diana. No te rindas. ¡Lucha! ¡Tienes que luchar! Antes estabas sola. Tu energía vital únicamente podía materializarse una vez. Ahora estás conmigo. Mi mente también tiene que tener fuerza.
El poder de la mente humana es extraordinario; aunque mi raza nunca ha sabido utilizarlo.
Yo tengo que tener una fuerza vital, como la tienes tú.
Una fuerza que se puede sumar a la tuya para ayudarte a reestructurar tu cuerpo.
Con la unión de nuestros poderes mentales, te puedes volver a materializar en un cuerpo idéntico al de Diana Williams, pero sin las lesiones causadas por la radiación.
—¡Concéntrate, Diana! Por favor. Podemos hacerlo...
Pero la pobre muchacha ya casi no podía escucharle. Robert tuvo que zarandear levemente su delicado cuerpo, flácido como el de una muñequita de trapo, para hacerla reaccionar.
—Es imposible, Robert... —balbuceó casi sin voz, a punto de perder el sentido.
—No lo es, Diana. Tienes que intentarlo. Debes concentrar el poder de tu fuerza vital. Hemos de juntar nuestras mentes. Puedes hacerlo; los dos unidos podemos lograrlo.
Sin embargo, a Diana ya no le quedaban fuerzas. Su cuerpo, joven y sano, había soportado fieramente los demoledores efectos de la radioactividad. Pero estaba llegando al límite de su resistencia.
La muchacha apoyó dulcemente su cabeza sobre el hombro de Robert y sus tristes y maravillosos ojos comenzaron a cerrarse para siempre.
Pero Robert no estaba dispuesto a rendirse. De nuevo la zarandeó, con la esperanza de hacerla reaccionar.
—Resiste, Diana. Tú puedes conseguirlo. Pero tienes que tener fe; la fe mueve montañas. Dios nos ayudará. No pudiste emplear toda tu fuerza vital en tu primera materialización. Con la que te quede y el poder de mi mente lo lograremos si Dios nos ayuda.
Pero la chica ya no podía escucharle.
—Diana, mi vida... ¡Dime algo! ¡Contéstame, por favor!
No hubo respuesta; no podía haberla...
La cabeza de la pobre muchacha cayó flácida sobre el pecho de Robert, con un dulce suspiro. En un último intento de sentir su amor trató de abrazarlo con sus delicados brazos y cerró para siempre sus ojos; con serenidad, incluso con la felicidad de saber que él seguía vivo.
Robert comprendió que Diana había muerto.
Pudo rendirse ante la evidencia. Otro en su lugar lo hubiera hecho. Es más, en buena lógica, debiera haberlo hecho. Pero no lo hizo... Aún le quedaba su fe.
—¡¡¡No, Dios!!! ¡¡No puedes hacer esto!!
¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué? —gritó fuera de sí, volviendo su mirada hacia la cristalera de la nave.
En el resplandor de las lejanas estrellas; en la infinitud insondable del cosmos, esperó encontrar la respuesta a su amarga pregunta—.
No me condenes a vivir sin ella... por caridad.
No podré hacerlo; no tengo valor... ¿Por qué me has hecho sobrevivir para dejar que ella muera?
Conseguir llegar hasta aquí ha sido un milagro que tiene que tener un sentido.
¿Para qué hiciste que nos conociésemos?
¿Por qué sembraste en nuestros corazones la semilla del amor?
Robert gritaba enloquecido, con la voz ahogada por las lágrimas, a pesar de encontrarse ya solo en la nave. Como si, con sus gritos, sus preguntas pudiesen llegar con más facilidad a su imposible destino.
Miró con infinito cariño el cuerpo sin vida de su mujer amada. Había muerto para salvarle y, al hacerlo, le había quitado su razón de vivir. La estrechó contra su pecho, llorando con infinita amargura. Se la veía tan frágil, tan delicada, tan indefensa...
No podía soportar vivir sin la luz de sus ojos, sin la dulzura de su voz, sin aquella sonrisa tan preciosa y sincera. Sobre todo sin su bondad, sin su amor... La besó tiernamente en la frente. Sintió que, ahora que ya no la tenía, que tendría jamás, la quería más que nunca.
—Te necesito... —le dijo entre amargos sollozos, aun sabiendo que ella no podía escucharle.
Pero no estaba dispuesto a rendirse; en su vida lo había estado. Con una mezcla de súplica, de rabia e, incluso, de irracional esperanza, siguió con su monólogo. Siguió dirigiéndose a un interlocutor mudo e imposible.
—Sé que lo hiciste para algo. Tú tenías una misión para nosotros. ¿En qué te hemos fallado?
¿Porque nos has abandonado?, o... —pareció dudar, tal vez comprender de pronto la razón de lo ocurrido—, ¿es que, acaso, quieres probar mi fe?
¡Pues aún no la he perdido! —gritó con rabia—. A pesar de esto, todavía tengo fe en Ti.
Demuéstrame que con ella puedo mover montañas. Demuéstrame que puedo ayudarla a volver a la vida —de nuevo, sus palabras reflejaban una mezcla de súplica, de extraño desafío y, sin embargo, también de fe ciega.
Nunca te he pedido nada para mí. Ella es lo que más me importa en la vida; lo es todo para mí. Ayúdala a vivir; dale fuerza vital para reestructurar su cuerpo. No te pido que vuelva a tener un cuerpo hermoso. No me importa que ya no sea bonita. Sólo quiero tenerla a mi lado.
La quiero, Dios... La quiero porque Tú me has hecho quererla. No puedes destruir lo que Tú mismo has creado. Sería cruel y sé que Tú no lo eres.
Juro por mi vida que aún tengo fe en Tu poder; si es eso lo que pretendes de mí. Sé que algo de ella aún sigue con vida; que Tú puedes revivir ese algo —de pronto, pareció encontrar un camino, una esperanza—. Puedes ayudarme a que le dé mi fuerza vital. Yo solo no puedo hacerlo.
Su voz sonó ahora con más determinación que nunca.
—Sí... ¡dale mi vida! Te la ofrezco. Tú tienes poder para quitarme mi fuerza vital y dársela a ella.
Si es preciso, deseo morir para que ella viva. Jamás he deseado tanto algo. Te lo suplico, Dios mío... ¡Hazlo! Sé que puedes hacerlo. Tengo fe en Ti. ¡Tengo fe! —insistió enloquecido.
La voz de Julia atrajo repentinamente su atención.
—Robert...
Al morir Diana, Robert se había olvidado de la existencia de la computadora de vuelo.
—¿Qué pasa, Julia? —le contestó de mala gana.
—Robert... ¿de verdad estás dispuesto a morir por Diana?
No cabía esperar algo más absurdo en aquella dramática situación. Robert miró con incredulidad a su inanimada interlocutora. No podía haber elegido peor momento para tener una avería en sus circuitos de lógica.
—¿Por qué me preguntas tú eso, Julia? ¿A qué viene esto? —le dijo toscamente, molesto por su inoportuna intervención.
—Yo no te he preguntado nada, Robert. Algo ha utilizado los mecanismos de mi sistema de voz artificial para expresarse. Ahora ya no lo hace; de nuevo soy yo la que habla.
—¿Algo...? ¿Te has vuelto loca?
—No, Robert. Jamás mi cerebro artificial ha funcionado mejor.
He utilizado la palabra "algo" porque mis circuitos de lógica no encuentran otro calificativo mejor para describirlo.
No he sido programada con conocimientos suficientes para comprender la naturaleza de lo que se ha expresado a través de mí.
Es algo diferente a todo lo que se me ha enseñado que existe en el Universo.
Era absurdo lo que Julia decía. Sin embargo, Robert estaba absolutamente seguro de que no estaba averiada. Por primera vez, un camino de esperanza se abrió ante sus ojos.
—Julia, repíteme lo que ese algo ha dicho a través de tus módulos de lenguaje, por favor.
—Inmediatamente. Será fácil, pues ha quedado grabado. Procedo a reproducir esas palabras: Robert... ¿de verdad estás dispuesto a morir por Diana? No hay más, lo siento...
—No hace falta más, Julia. Está perfectamente claro —dijo Robert con el rostro iluminado por una repentina e infinita alegría.
Tal vez con la alegría de un loco, tal vez no...
—Julia, dile a ese algo que sí. ¡Dile que quiero morir para que ella viva! ¡Lo deseo con toda mi alma!
Su expresión jamás había sido más radiante. Sus deseos más seguros.
—Gracias, Dios mío; sabía que me escucharías. Dale mi vida. Seré infinitamente feliz si lo haces.
De nuevo miró a Diana con un cariño sin límites. Limpió con la tela de su uniforme la sangre que manchaba su dulce rostro, delicado como la más frágil porcelana. Le pareció más bonita que nunca. Su serena expresión podía hacer pensar que no había muerto; que sólo estaba dormida.