Más fuerte que el destino CAPÍTULO VII #12
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CAPÍTULO VII #12

—No, Diana. Si de verdad me quieres, hazme caso. Debes tratar de sobrevivir; hazlo por mí. Si no lo consigues, todo por lo que hemos luchado se derrumbará. Algún día, tal vez en alguna forma de vida diferente, volveremos a encontrarnos. Lo sé...

—No, Robert...

—¡Diana! ¡Vete a los camarotes! —la zarandeó con violencia, gritándole para obligarla a obedecer—. No puedo seguir hablando. Adiós...

—Está bien, Robert, lo haré... —le contestó ella dándole un breve pero apasionado beso—. Adiós...

Sin embargo, sus intenciones eran muy distintas...

Robert se volvió hacia la puerta de la sala del reactor.

En su prisa por entrar pronto no pudo ver cómo Diana, en lugar de dirigirse a los camarotes, desenganchaba un pequeño extintor de incendios colgado en la pared.

Ni cómo lo alzaba a sus espaldas para golpearle con él en la cabeza y dejarlo sin sentido.

Sólo pudo sentir un impacto seco sobre su cráneo. Se giró sobre sus talones antes de caer al suelo sin conocimiento. En la confusión de las horrorosas imágenes que aún cruzaron por su cerebro, le pareció ver el rostro lleno de lágrimas de la mujer que amaba, así como escuchar su dulce voz:

—Perdóname. No podía hacerlo de otra manera. No tenía tiempo de discutir para convencerte de que me dejases entrar a mí y, además, sé que no lo hubiese logrado.

Tras su voz, sólo vino el silencio y la oscuridad.

Su cuerpo se derrumbó sin sentido. Diana procuró frenar su caída con sus frágiles y delicados brazos; tratando que se hiciese el menor daño posible.

Sacando fuerzas de flaqueza, arrastró su pesado cuerpo por el corredor de los dormitorios y lo encerró en un camarote para protegerlo de la radioactividad.

Después, sin perder un segundo, corrió hacia la sala del reactor.

La voz del sistema de alarma acrecentaba de forma dramática la angustia de la muchacha y el patetismo de la escena:

"FUSIÓN NUCLEAR EN UN MINUTO"

Tecleó febrilmente sobre el pequeño panel de mandos que permitía la apertura de la puerta de la sala. En unos segundos, ésta se corrió hacia un lado con un zumbido sordo.

Con decisión, sin pensar en las irreparables consecuencias de su acción, avanzó hacia el núcleo del reactor. Éste se encontraba en el centro de una pequeña estancia herméticamente cerrada, cuyas paredes aparecían repletas de controles e instrumentos.

El calor en aquella claustrofóbica sala resultaba insoportable. Diana estaba a punto de perder el conocimiento por su causa.

Exteriormente, el núcleo del reactor era un cubo metálico de aproximadamente un metro de lado del que salían seis cilindros. Diana conocía, por la memoria de su cerebro, la misión de aquellos tubos. Moderar el proceso de fusión de átomos de hidrógeno en helio dentro del reactor.

"FUSIÓN NUCLEAR TOTAL EN CUARENTA SEGUNDOS" —informó la voz impersonal de la alarma.

Con decisión comenzó a hundir uno de aquellos cilindros en el cuerpo del reactor. Para su satisfacción, éste no ofreció gran resistencia. Julia tenía razón; no era necesario tener fuerza para aquella operación.

Si no fuese por el terrible calor, Diana aún se sentía bastante bien.

Sin embargo, la muchacha sabía cuán traicionera era la radiación.

Era consciente de que aquella radioactividad letal, a pesar de ser imperceptible para sus sentidos, la estaba matando sin remedio.

Pero, en aquellos primeros segundos en la sala, su organismo aún no parecía gravemente dañado y obedecía bien las órdenes de su cerebro.

Hasta que pasasen unos minutos el mortal efecto de la radiación no se haría patente.

"FUSIÓN NUCLEAR EN 25 SEGUNDOS"

Había conseguido bajar totalmente tres de los tubos. Con celeridad angustiada, prosiguió con su trabajo suicida.

"FUSIÓN NUCLEAR EN 15 SEGUNDOS"

Por fin, el último de los cilindros había sido introducido. Diana ya no podía hacer otra cosa que esperar.

Había hecho todo lo posible pero, tal vez, había tardado demasiado. Quizás los cilindros amortiguadores no tuviesen ya tiempo de frenar la fusión total del núcleo.

En ese caso, sus esfuerzos para salvar la vida del hombre que amaba, habrían sido estériles. En unos segundos iba a saberlo. Si había fallado, la Keops se convertiría en una inmensa bola de fuego termonuclear.

"DIEZ SEGUNDOS PARA FUSIÓN TOTAL... NUEVE... OCHO... SIETE..."

Conforme la fatídica cuenta atrás avanzaba, Diana salió de la sala del reactor y cerró su puerta hermética.

Para ella hubiese sido igual quedarse a morir en aquella estancia, pues estaba fatalmente afectada por las radiaciones; sin embargo cerrando su puerta evitaba que la radioactividad contaminase el resto de la nave, afectando a Robert.

La cuenta se acercaba ya al cero. Si había fracasado, ni siquiera escucharía una explosión. Su cuerpo y el de Robert, como toda la Keops, serían desintegrados en el centro de una inmensa explosión termonuclear.

—Dios mío, ayúdanos —tuvo aún tiempo de pedir a ese Dios que desconocía.

"TRES... DOS... UNO... REACCIÓN DE FUSIÓN DETENIDA.

NÚCLEO DEL REACTOR POR DEBAJO DEL PUNTO CRÍTICO DE FUSIÓN TOTAL."

La muchacha, incapaz de mantenerse de pie, sentada en el suelo frente a la puerta de aquella sala que había acabado con su vida, esbozó una débil sonrisa de satisfacción. No tenía fuerzas para reír, incluso apenas las tenía ya para sonreír...

Comprendió que los mortales efectos de la radioactividad comenzaban a manifestarse en su cuerpo. En aquel cuerpo nuevo para ella en el que había depositado tantas esperanzas de felicidad, tantas ilusiones de amor compartido, de sueños inalcanzables... En aquel cuerpo que iba a perder para siempre.

Se dio cuenta de que ninguna de sus ilusiones se iba ya a convertir en realidad.

Había soñado con las estrellas, con aquellos maravillosos puntos de luz que, sólo de vez en cuando, las tristes nubes de Oldrán permitían ver.

Esperaba encontrar en ellas la felicidad, la liberación del infierno de su planeta natal; y sólo encontró la muerte.

Sin embargo, no era desdichada. Ella nunca antes había experimentado sentimientos como la felicidad, la alegría, la amistad o, sobre todo, el amor.

Junto a Robert los vivió con una intensidad tal, que la convirtieron en el ser más feliz del Universo.

Agradecía al Principio Hacedor, o al Dios de los humanos, daba igual, aquellos breves momentos de felicidad infinita.

Sólo por ellos había merecido la pena ser creada; había merecido la pena vivir...

Aquel escaso lapso de tiempo disfrutando de ese cuerpo, cuyas posibilidades no sabían apreciar los propios humanos, fue maravillosamente intenso. Sólo el que no ha tenido algo o el que sabe que lo va a perder, lo valora en su justa medida.

Suplicó a ese Dios, que anteriormente sólo era un concepto en su mente incorpórea, que protegiese la vida del hombre que amaba. Ella era infinitamente feliz por haber podido salvarle. Sabiendo que él seguía con vida, podría morir en paz.

Esperaba de la bondad de ese Dios que, de alguna forma, su alma se uniese con la de él algún día.

En cierta manera, ella seguiría viviendo en los recuerdos de Robert; en el amor que él siempre sentiría por ella.

Un amor tan infinito no podía morir; no podía desaparecer con aquel cuerpo prestado. Comprendió, con más intensidad que nunca, que por encima de su cuerpo, del de Robert, de su naturaleza inmaterial anterior, del Universo mismo, había una fuerza mucho más poderosa; el amor.

El amor de ese Dios había creado el Universo; les había creado a ellos, y había sembrado en sus corazones su semilla eterna.

Sufría, sin duda, por tener que renunciar a su ansiada felicidad junto al hombre que amaba; sin embargo, la gratitud por este conocimiento de la realidad del Todo, la confortaba.

Poco a poco fue sintiendo cómo si su mente perdiese la capacidad de pensar. Su cerebro fallaba; todo estaba a punto de terminar para ella...

Notó un sabor salado en su boca. Sangraba copiosamente por ella, por su nariz, por sus oídos...

Sintió un frío atroz. No tenía fuerzas para moverse y, sin embargo, se convulsionaba terriblemente.

Su vista comenzó a nublarse. Sintió que llegaba su fin. Si, al menos, Robert estuviese allí...

Al parecer, su nuevo Dios fue otra vez generoso con ella. Sus dulces ojos, antes de apagarse para siempre, creyeron ver la figura del hombre que amaba acercándose a su cuerpo agonizante.

No era una alucinación.

En efecto, Robert, recién recobrado el conocimiento y aún aturdido por el golpe recibido, comprendió lo que Diana había intentado hacer y corrió hacia la sala del reactor para impedírselo. Pero tardó mucho tiempo en despertar; demasiado para llegar a salvarla...

Cuando sintió que las alarmas habían cesado y vio a la muchacha agonizando, comprendió que había llegado tarde.

—No, Dios mío. Diana... ¿por qué lo has hecho? ¿Por qué?

—Porque te quiero... —respondió la pobre chica con el hilo de voz que le quedaba.

Robert creyó enloquecer.

—¡No puede ser cierto! ¡Dios mío, no puede ser! ¡No! ¡No! —gritó como un poseído, fuera de sí.

—Cálmate, Robert... por favor. Abrázame... lo necesito...

—Diana, no vas a morir. ¡No vas a morir! —gritó enloquecido, tratando quizás de convencerse a sí mismo de la realidad de sus palabras. Aunque sus conocimientos de medicina le decían que las lesiones de Diana eran mortales de necesidad, su mente se negaba a admitir la verdad.

—Sí, debes aceptarlo; voy a morir. Nada ni nadie podrían salvarme; ni siquiera en la Tierra. Mucho menos aquí...

—No es verdad. No es verdad —le repetía él acariciando sus sedosos cabellos con ternura.

—Ayúdame, Robert. Quiero morir en tus brazos...

Pero él no se resignaba a aceptar la realidad.

—Tienes que poder hacer algo, mi vida. Tú no eres completamente humana.

Tu naturaleza inmaterial debe reproducir otra vez el cuerpo de Diana Williams, o el que sea.

Yo sólo quiero estar siempre contigo. No me importa tu aspecto.

Materialízate en lo que sea; pero no me abandones.

No me dejes solo, Diana... por favor... Te necesito...