Más fuerte que el destino CAPÍTULO VII #11
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CAPÍTULO VII #11

La voz de Julia vino a sustituir a la del sistema de alarma:

—Dos minutos para salto hiperspacial. Misil a 0,7 centones.

Robert cogió de la mano a la muchacha.

—Esto es el fin. No sé si nos saldrá bien o mal pero, por si sale mal, quiero que sepas que, pase lo que pase, me alegro infinitamente de haberte conocido.

Los días que he pasado junto a ti han sido los más maravillosos de mi vida.

Me has hecho el hombre más feliz del Universo.

Aunque muramos, nuestro amor será eterno —le dijo apretando su delicada mano.

—Te quiero más que a mi vida, Robert. Tú has llenado de luz y de alegría mi triste existencia. Lo eres todo para mí; te amaré eternamente. Aunque nos desintegremos en esta nave, sé que de alguna manera yo también te seguiré queriendo.

La voz artificial de la alarma interrumpió a la muchacha.

"DEBEN INTRODUCIRSE DE INMEDIATO LOS CILINDROS DE REFRIGERACIÓN DENTRO DEL NÚCLEO DEL REACTOR, EN CASO CONTRARIO, ÉSTE ENTRARÁ EN UN PROCESO IRREVERSIBLE DE FUSIÓN NUCLEAR TOTAL.

ES DE VITAL IMPORTANCIA QUE ESTE AVISO SEA ATENDIDO."

De nuevo la voz más dulce de Julia vino a sustituir a la del sistema de alarma. Entre las dos habían establecido, sin quererlo, un siniestro turno de trágicas advertencias.

—Un minuto para la "ventana al infinito". Torpedo a 0,3 centones.

Diana y Robert permanecían en silencio en sus asientos, agarrados de la mano. Ya nada podían hacer sino esperar.

El sistema de alarma entró a su vez en aquel carrusel de noticias de muerte.

"FUSIÓN INMINENTE DEL NÚCLEO DEL REACTOR.

LA NAVE VA A SER DESTRUIDA. DETENGAN INMEDIATAMENTE LA ACELERACIÓN E INTRODUZCAN LOS CILINDROS DE REFRIGERACIÓN.

ATENCIÓN. VA A PRODUCIRSE UNA EXPLOSIÓN NUCLEAR EN EL REACTOR."

—Misil en campo visual —informó Julia—. Veinte segundos para hiperespacio.

En efecto, Robert y Diana pudieron ver aterrorizados cómo un gran cilindro metálico, seguido de una aparatosa cola de fuego, se aproximaba por la popa a la Keops.

—Diez segundos para la ventana...

Robert y Diana apretaron con fuerza sus manos entrelazadas en un postrero acto de amor. Posiblemente, dentro de unos segundos ambos habrían muerto desintegrados en el centro de una dantesca explosión nuclear.

—Seis segundos... cinco... cuatro...

El misil ocupaba ya toda la imagen de la pantalla.

—... tres... dos... uno... ¡¡hiperespacio!!

Un fogonazo de luz divergente pareció surgir frente a la proa de la nave.

Fue todo tan rápido que sus aturdidos viajeros no pudieron saber si el misil les había alcanzado y eran el centro de una bola de fuego termonuclear, si el reactor había entrado en fusión total, con el mismo resultado, o si realmente habían conseguido saltar al hiperespacio, librándose con ello del torpedo perseguidor.

Unas décimas de segundo más tarde comprendieron la verdad; habían tenido éxito. Julia había accionado, en el punto justo, los campos electromagnéticos que les habían hecho saltar al hiperespacio.

Para un observador que hubiese quedado en aquella zona del espacio normal, el espectáculo habría parecido un acto de brujería.

En efecto, a apenas unos metros del misil perseguidor, la Keops se esfumó del Universo conocido.

Desapareció delante del torpedo nuclear como por arte de magia; haciendo que éste siguiese de largo para perderse en las negras fauces del infinito, al no llegar a encontrarse con su blanco.

Ahora, la nave se encontraba envuelta en una total oscuridad, fuera del espacio normal. La pantalla visual de la nave sólo mostraba una negrura absoluta; aterradora por su intensidad. Allí no había nada; ni siquiera vacío. Estaban fuera del tiempo y del espacio.

En fracciones de segundo, si es que en aquella situación aún podía hablarse del tiempo, Diana y Robert recordaron las advertencias de Lisa.

Ninguna nave tripulada se había atrevido nunca a hacer lo que ellos habían hecho.

Quizás jamás saldrían de "aquello" a lo que ni siquiera se le podía llamar "lugar".

Sin duda, habían tenido éxito y se encontraban en el hiperespacio pero, tal vez, se habrían condenado a no poder volver jamás al espacio normal; al Universo conocido.

Quizás permanecerían vagando eternamente en la nada...

En todo caso, pronto iban a saber cuál sería su destino. Si conseguirían salir del hiperespacio o no y, si lo lograban, en qué punto del Universo resurgirían.

De nuevo cruzó por sus mentes el fantasma de reaparecer en el espacio normal demasiado cerca de una estrella, o en el vacío intergaláctico.

La extraña situación duró, en apariencia, un breve lapso de tiempo. En el espacio normal, sin embargo, era imprevisible cuánto tiempo había transcurrido realmente.

Un segundo fogonazo cegó su visión y la pantalla principal apareció de nuevo plagada de estrellas. Sin duda, habían vuelto al espacio normal, pero... ¿dónde?

En principio, las cosas les iban saliendo bien. No se habían quedado para siempre en el hiperespacio ni habían salido de él demasiado cerca de una estrella o en el vacío intergaláctico; pues el firmamento aparecía salpicado de soles.

Sin duda, habían reaparecido en otro punto del espacio normal, a una distancia inimaginable del sistema Sirio.

Sin embargo, Robert comprendió en un instante que, aunque se habían librado de sus perseguidores para siempre, aún les seguía acechando un gravisimo peligro: la fusión nuclear del reactor sobrecargado.

—Julia, mete inmediatamente los cilindros de refrigeración en el núcleo del reactor.

—Ahora mismo, Robert —asintió solícita la computadora de vuelo.

Pero, desgraciadamente, ya era demasiado tarde...

La voz de Julia, a pesar de su artificialidad, pareció reflejar la angustia de la impotencia.

—No puedo, Robert. No puedo.

—¿Cómo que no puedes...?

—Los mecanismos automáticos que existen dentro de la sala del reactor, para subir y bajar los tubos de refrigeración por control remoto, no responden a mis órdenes —respondió Julia.

—¡Dios! ¿Cómo es eso posible? —preguntó Robert, angustiado.

—Sin duda, el calor ha debido ser terrible dentro del recinto hermético de la sala del reactor nuclear.

Es una especie de camarote diminuto, siempre cerrado, al que la sobrecarga del reactor ha debido calentar en extremo.

Mis sistemas de detección de averías muestran que varios circuitos de los instrumentos de esa pequeña sala se han fundido por el calor.

Entre ellos, los que yo debería utilizar ahora para subir y bajar los tubos de refrigeración.

—Pero hace poco los has utilizado para sacar por control remoto los cilindros de moderación de la reacción nuclear.

—Eso ha sido antes de que se fundiesen los circuitos. Ahora ya no puedo volver a meter esos tubos.

La voz del sistema de alarma interrumpió la dramática conversación.

"ES INMINENTE EL COMIENZO DE LA FUSIÓN TOTAL DEL NÚCLEO DEL REACTOR. DEBEN INTRODUCIRSE LOS CILINDROS DE AMORTIGUACIÓN O LA NAVE SERÁ DESTRUIDA."

—Tenemos que hacer algo. No hemos llegado hasta aquí para morir ahora —dijo Robert en un estado de total excitación; luego le preguntó a la computadora—.

Julia, ¿podemos hacerlo manualmente? Parece fácil; es sólo cuestión de entrar en ese pequeño cuarto y hundir los cilindros en el cuerpo del reactor. Lo puede hacer un niño.

—Normalmente sería muy fácil. Ni siquiera hace falta fuerza para bajar los tubos. Pero ahora no lo podréis hacer...

—¿Por qué, Julia? ¿Por qué no lo podremos hacer ahora? —preguntó Robert con profunda ansiedad.

—Detecto, gracias a los sensores que tengo distribuidos por toda la nave, que hay una cantidad terrible de radioactividad en el recinto del reactor.

Normalmente no debería haberla, pero lo hemos sobrecargado tanto que ha liberado una gran dosis de radiación a su alrededor.

Esta radioactividad no os afecta en el resto de la nave, porque la sala del reactor está herméticamente cerrada.

Sin embargo, si uno de vosotros entra en ese cuarto, tal vez consiga introducir los tubos de amortiguación y detenga con ello la explosión de la nave; pero sin duda morirá inexorablemente pocos minutos después a causa de la terrible radioactividad que recibirá su cuerpo.

—Julia, ¿saldría mucha radiación desde ese cuarto al resto de la nave si se abre su puerta de acceso? ¿Afectaría ésta gravemente a quien esté en otra sala de la Keops?

—Saldría algo, pero muy poca. Prácticamente no afectaría a quien esté fuera. En cambio, el que se acercase tanto al reactor como para poder bajar los tubos y evitar así su explosión, recibiría una dosis mortal de radioactividad.

—¿En qué estás pensando, Robert? —preguntó Diana, alarmada al comprender cuáles eran las intenciones del hombre que amaba.

Éste, en lugar de contestarle, se soltó los cinturones de seguridad y se dirigió como una flecha hacia la pequeña compuerta de la sala del reactor.

Diana, intuyendo lo que Robert pretendía hacer, se soltó a su vez y corrió tras de él.

—¡Robert, no hagas eso, por Dios! —le gritó.

—Quédate donde estás, Diana. No te acerques a esta puerta. Enciérrate en un camarote. Allí no te afectará la radiación.

—¡No, Robert! No puedes hacerlo. Si entras ahí, morirás; Julia te lo ha advertido.

—Si no entro moriremos los dos.

La voz del sistema de alarma les interrumpió de nuevo:

"FUSIÓN NUCLEAR INMINENTE. SI NO SE INTRODUCEN LOS TUBOS DE REFRIGERACIÓN, LA NAVE ESTALLARÁ DENTRO DE TRES MINUTOS."

—¿Lo oyes, Diana...? ¡Escucha esa maldita voz! Es nuestra sentencia de muerte. Si no bajo esos tubos antes de tres minutos, estamos acabados —gritó Robert con fuerza.

—¡No voy a dejarte hacerlo! —por una vez la muchacha consiguió gritar más fuerte que él—. No quiero vivir sin ti. Tú eres lo único por lo que he decidido seguir viviendo cuando todos mis congéneres han muerto.

—No tenemos tiempo de discutir, Diana. Me quedan menos de tres minutos para hacerlo. Quisiera despedirme de ti de otra manera, pero no puedo. Julia te llevará a un planeta habitable, si Dios lo quiere.

—Me importa una mierda que Julia encuentre ese planeta. No quiero vivir sin ti, Robert. Por Dios, ¡déjame entrar a mí!