Más fuerte que el destino CAPÍTULO VII #10
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CAPÍTULO VII #10

—Pero ahora sólo es un caza, no varios. Además, ese mamarracho también puede estrellarse —opinó Robert.

—Igual que nosotros. O... mejor dicho, más difícilmente, porque es más maniobrable —esta vez fue Diana la pesimista.

—¡Misil en pantalla! —advirtió la voz artificial de Julia.

—¡Maldita sea! Otra vez... —se quejó Robert—. A ese cerdo sólo puede quedarle uno más. Los T-26 van equipados con seis torpedos; y este es el quinto que dispara.

—¿Te gusta este regalo, Hackman? Con mis mejores deseos, parejita... —pudo escucharse por la radio la voz llena de odio y cinismo de Omar.

Pero la sádica diversión le duró poco tiempo al coronel de la Flota Estelar. Su quinto y penúltimo misil fue a estrellarse, como Robert había previsto, contra uno de los innumerables asteroides del campo.

Suerte tuvo Omar de no ser alcanzado por la onda de calor de la explosión termonuclear. Un piloto experto debía de haber previsto esta eventualidad; y Omar, aunque fuese un asesino corrupto, era también un magnífico piloto. Sin embargo, el odio y la ambición habían ofuscado su entendimiento.

—¿Sabes, Omar...? —le preguntó Robert por la radio con tono socarrón, para enfurecerle aún más—.

Se dice en Nueva Ucrania que no sólo eres un cerdo como persona sino que, además, eres un incompetente como militar.

Ahora me has demostrado que la gente está en lo cierto.

Un niño lo hubiese hecho mejor. No sirves más que para asesinar inocentes y para que te den por donde tú bien sabes.

Me has decepcionado, Omar. Eres una mierda.

—¡Te mataré! ¡Juro que te mataré! —escupió Omar conforme encendía el retropropulsor auxiliar de su caza, el cual sólo se utilizaba como reserva en caso de avería del principal, nunca como una fuente añadida de potencia, ya que la velocidad que se podía alcanzar sumando la propulsión de los dos cohetes era a todas luces incompatible con una navegación segura.

El impulso adicional del nuevo retropropulsor lanzó al T-26 a una endiablada velocidad en persecución de la Keops.

Las rocas aparecían cada vez más próximas; por ello Robert se vio obligado a apagar la radio de un manotazo para dedicar toda su atención a navegar entre ellas.

—Creo que le he conseguido poner frenético. Espero que así se estrelle contra un asteroide. Aunque... no sé qué se ofende. No he hecho más que decir la verdad sobre él —le comentó a Diana.

—¡Rayos de partículas! —advirtió Julia.

En efecto, el caza de Omar, conforme se aproximaba vertiginosamente a la Keops, vomitaba sin cesar ráfagas de partículas subatómicas. Sin embargo, y para alivio de Diana y Robert, éstas pasaban a notable distancia de la nave fugada, impactando contra las innumerables rocas del campo.

Omar comprendió de inmediato que ello se debía a que la presencia de los asteroides confundía al radar de tiro automático de su caza, haciéndole disparar contra las rocas como si éstas fuesen su verdadero objetivo.

Sólo había una solución para evitar este problema; pasar a control manual cuando su T-26 estuviese lo suficientemente cerca de la Keops como para abrir fuego contra ella visualmente.

Pronto el caza de Omar, impulsado como una exhalación por sus dos propulsores, se aproximó lo suficiente a la nave fugada como para que su piloto tuviese a la vista su objetivo. Entonces Omar, entusiasmado, pasó a control manual de disparo.

Aquél iba a ser su último error...

En efecto, si no hubiese estado cegado por el deseo de dar caza a la Keops, habría comprendido que era suicida dedicar su atención a otra cosa que no fuera, única y exclusivamente, maniobrar entre los asteroides.

Apretando los dientes con saña, oprimió el disparador manual de su cañón fotónico, centrando su punto de mira en aquella nave que, por delante de él, trataba de eludir su fuego navegando en zigzag.

Las ráfagas de partículas subatómicas pasaron esta vez muy cerca de la Keops. Omar comprendió que la victoria era suya; sólo tendría que afinar más su puntería.

En su euforia, lanzó el último de sus misiles nucleares aprovechando una zona más clara del campo de asteroides.

En ella, el torpedo tendría más posibilidades de no ser desviado por las rocas; en especial por haber sido disparado a tan corta distancia.

De una manera o de otra, la suerte de la Keops estaba echada...

Al fin lo iba a conseguir. El payaso de Hackman iba a pagar su altanería y sus insultos.

El duro rostro de Omar se mostraba radiante.

Gritando loco de alegría, con el dedo crispado sobre el botón del disparador como si lo tuviese pegado con cola, cegado por la, para él, fascinante visión de las ráfagas luminosas que surgían de los cañones fotónicos de su caza, no reparó en aquel pequeño asteroide...

Realmente casi no llegó a verlo; quizás, ni tan siquiera tuvo conciencia cierta de la muerte.

Pero la muerte estaba allí; inexorable, esperándole en aquel perdido campo de asteroides, a años luz de su origen, de sus lujos, de sus corruptas ambiciones políticas, de su brillante carrera militar, truncada ya para siempre...

Sólo tuvo una décima de segundo para comprender que todo había terminado para él. En el poco probable supuesto de que hubiese deseado arrepentirse de sus innumerables crímenes, no habría tenido tiempo para hacerlo.

Sólo una breve palabra pudo surgir, antes de la muerte, de su boca terroríficamente abierta.

—¡¡¡Noo!!!

Antes de tener tiempo de poner sus brazos delante de su rostro, en un acto reflejo, en un patético y absurdo intento de autoprotección, todo había terminado para él.

Su veloz caza, aquella maravilla de la astronáutica militar a la que llamaban T-26, no era más que una pavorosa bola de fuego, materialmente desintegrada por la dura roca del asteroide contra el que se había estrellado.

Un anónimo e insignificante astro había puesto punto final a la carrera de crímenes del asesino de toda una raza. Sin duda, los caminos del destino habían demostrado, una vez más, cuán tortuosos podían llegar a ser.

—El caza de la Flota ha desaparecido de la pantalla. Un misil nuclear se dirige a gran velocidad a nuestro encuentro —informó Julia.

—Ese cerdo se ha estrellado. ¡Jódete en el infierno, Omar! —gritó Robert fuera de sí, como si el coronel pudiese oírle—. Los inocentes asesinados en Oldrán han sido vengados.

—Robert... ¿has oído todo lo que ha dicho Julia? ¿Todo...? —Diana insistió en la última palabra.

En su euforia, Robert sólo había dado importancia a la destrucción del caza perseguidor. Había oído a Julia, pero no había asimilado la importancia de su segunda información.

—Tienes razón, Diana. Omar ha disparado su último misil antes de estrellarse. Pero será atraído por los asteroides como los demás... ¿verdad, Julia?

—Es muy poco probable. Como habrás notado, estamos saliendo del campo. Ya hay muy pocas rocas. Lo lógico es que vaya a por nosotros. Además está muy cerca; nos está pisando los talones —respondió la computadora de vuelo.

En su angustia por evitar el fuego de Omar, Robert casi no se había dado cuenta de que ya había muy pocas rocas y era mucho más fácil pilotar. De hecho, ya podía considerarse que estaban fuera del campo, pues la pantalla sólo indicaba pequeñas rocas a gran distancia.

—Julia... entonces, tenemos que estar muy cerca de la ventana al infinito... ¿no?

—En tiempo de navegación, a la velocidad que vamos, 16 minutos y 34 segundos. Pero se puede aumentar esta velocidad, ya que la habíamos disminuido para maniobrar dentro del campo.

—Pues hazlo inmediatamente, antes de que él siga hablando. El misil va ganando terreno. Yo pensaba que ya habías acelerado al máximo al salir del campo.

—Robert... yo no puedo tomar iniciativas. Hasta que me has ordenado incrementarla, mantenía la velocidad que me habías marcado en el campo. Ahora sí navegamos a potencia máxima.

—Y, a la velocidad de ahora, ¿en cuánto tiempo alcanzaremos la ventana?

—En 11 minutos y 27 segundos.

—¿Y el misil...? ¿cuánto tardará en destruirnos?

—Unos seis minutos, aproximadamente. En este cálculo tengo un margen de error de diez segundos.

—Según eso... ¿no tenemos salvación?

—No —respondió sencillamente la computadora de vuelo.

—¿No es posible aumentar todavía más nuestra velocidad, aun a costa de cualquier riesgo? —volvió a preguntar Robert.

—Ya a esta velocidad hay cierto riesgo de sobrecargar el reactor nuclear.

La única posibilidad sería anular las barras amortiguadoras que refrigeran el núcleo del reactor, sacándolas de él.

Pero son el único elemento que modera la reacción nuclear.

Si las sacamos, no es que sea posible que se produzca una fusión total del núcleo, es que es prácticamente seguro.

Estallaremos en el centro de una explosión termonuclear.

—No hay otra salida, Julia. ¡Hazlo inmediatamente! El torpedo está alcanzándonos. Tal vez estallemos si lo haces, pero si no, el misil nos destruirá sin remedio.

—Eso es cierto, Robert. De acuerdo. Preparaos para soportar la mayor aceleración que haya sufrido jamás un ser humano.

El formidable impulso de aquella hiperaceleración catapultó a la Keops con increíble velocidad.

El misil nuclear dejó de ganarle terreno a pasos agigantados, como lo venía haciendo hasta entonces.

Sin embargo, aun a esa alucinante velocidad, todavía iba quitando ventaja a la nave fugada; aunque de forma menos intensa.

Diana y Robert aguardaban en silencio, soportando la brutal aceleración en sus asientos. Sabían que dentro de poco todo habría acabado; para bien o para mal.

Los sistemas de alarma comenzaron a atronar la Keops. Su voz artificial, mucho más tosca que la de Julia, les informó de la trágica situación:

"RIESGO ELEVADO DE FUSIÓN EN EL REACTOR NUCLEAR DE LA NAVE.

DEBEN ACTIVARSE TODOS LOS SISTEMAS DE REFRIGERACIÓN DEL NÚCLEO QUE, INCOMPRENSIBLEMENTE, HAN SIDO ANULADOS.

EN CASO CONTRARIO, EL REACTOR ESTALLARÁ EN UN MÁXIMO DE CINCO MINUTOS.

INSISTIMOS, ES MUY URGENTE. DEBE DETENERSE DE INMEDIATO LA ACELERACIÓN DE LA NAVE Y REFRIGERAR EL NÚCLEO DEL REACTOR."