Más fuerte que el destino CAPÍTULO VII #9
88%

CAPÍTULO VII #9

—Por si conseguimos llegar un poco antes que los misiles, tengo una idea —dijo Robert—.

Me dirigiré al primero de los asteroides que vea, con la trayectoria de estrellarme contra él.

Los torpedos nucleares nos perseguirán, atraídos por el calor de nuestros propulsores.

Cuando esté lo más cerca posible de la primera roca, los apagaré.

La nave mantendrá su velocidad por inercia y, en una maniobra rápida, esquivaré en el último segundo al asteroide.

De esta forma, por cerca que estén los misiles, se estrellarán contra la roca, al no tener la guía del calor de nuestros propulsores.

—Es una maniobra muy peligrosa —objetó Julia.

—Sea lo que sea, es la única posibilidad de eludir a los misiles —replicó Robert.

—Primer asteroide a un minuto y 35 segundos. Los misiles llegarán a su posición en un minuto y 58 segundos. A esta distancia ya puedo hacer el cálculo con precisión —informó la computadora de vuelo.

—¡Magnífico! —exclamó Robert con entusiasmo—.

23 segundos de ventaja sobre los torpedos —sin embargo, pronto recapacitó, moderando su euforia—.

Pero... en ese tiempo deberemos alejarnos lo suficiente de la onda expansiva que se producirá si estallan contra la roca.

Serán cuatro explosiones nucleares de fusión; cuatro potentísimas bombas de hidrógeno.

Es posible que la onda de calor nos alcance; temo que nuestro blindaje térmico no resista...

—¿Y la radioactividad...? —preguntó Diana alarmada.

—Eso no tiene que preocuparnos —respondió Robert—. Todas las naves espaciales van perfectamente aisladas de ella. Sin el blindaje no se podría navegar por el cosmos, pues este está plagado de fuentes de radiación.

—Ya...

—Julia... ¿cuánto recorreremos a esta velocidad en esos 23 segundos de ventaja? —preguntó Robert.

—Tenéis margen de sobra para que la onda de calor no os alcance.

Debéis daros cuenta de que, a estas velocidades, las distancias engañan.

Iba a informaros ahora de ello. A los 600.

000 kilómetros por hora a los que nos movemos, la Keops recorrerá 3.

833 kilómetros en los 23 segundos de ventaja que llevamos sobre los misiles.

Las explosiones nos cogerán a una distancia superior a la que hay entre Canadá y Méjico, en la Tierra.

Por terribles que sean, no nos pueden afectar.

—Me quitas un peso de encima, Julia...

—Pero no te confíes, Robert —le advirtió la computadora—. Precisamente, por los casi 200 kilómetros al segundo que se recorren a esta velocidad, no podrás esquivar a los demás asteroides. No tendrás tiempo de maniobrar entre ellos para evitarlos. Mira... ahí tienes al primero...

En efecto, a esa velocidad las distancias engañaban. ¡Y cuánto! Hablando con Julia, Robert casi dejó que la Keops se estrellase contra la gigantesca roca. Aquel punto diminuto de la pantalla de control se había convertido en segundos en una impresionante mole rocosa.

Robert casi no tuvo tiempo de aferrarse a los mandos manuales de la nave. Unos segundos más y no hubiese tenido ya ocasión de lamentarse de su descuido.

Apretando los dientes, dirigió a la Keops hacia el centro de la descomunal roca flotante.

Apurando al límite su margen de maniobra, se acercó al asteroide lo más que pudo para atraer a los cuatro misiles tras de sí.

En el último segundo, abatió de un manotazo la palanca que apagaba los propulsores de popa y disparó un pequeño cohete lateral para esquivar la roca.

Diana y Robert vieron horrorizados cómo la inmensa mole del asteroide ocupaba todo el campo de visión de la pantalla de la sala de mandos.

Con los músculos en tensión absoluta y el gesto crispado, aguardaron sin respirar la inminente colisión. Diana cerró los ojos. Robert casi no tuvo tiempo de ver cómo el lado derecho de la pantalla comenzaba a mostrar el borde del asteroide. Tras él, la negrura infinita del espacio.

Fueron unos segundos, tal vez solo unas décimas, pero a ambos les pareció una eternidad.

—Dios mío, haz que pasemos. Dios mío, haz que pasemos —mascullaba Robert sin cesar.

La nave cruzó como una exhalación a poco más de diez kilómetros del suelo del asteroide.

En una fracción de segundo, la pantalla de la Keops volvió a mostrar un cielo negro, solo salpicado por los pequeños puntos de otros asteroides.

Sin embargo, aquellas aparentemente diminutas rocas crecían a velocidad de vértigo, conforme la Keops se adentraba hacia el interior del campo.

Robert dio el mayor grito de alegría de toda su vida.

—¿Hemos pasado? —preguntó Diana, aún aterrorizada.

—Sí. ¿No ves que, si no lo hubiésemos conseguido, ahora no me estarías preguntando nada?

—Sí... es verdad —contestó ella casi sin voz—. ¿Y los misiles? ¿Se han estrellado contra la roca o aún nos persiguen?

—En unos segundos lo sabremos...

Robert casi no tuvo tiempo de terminar su frase y volver su mirada hacia la pantalla de popa, en la cual el gigantesco asteroide se había ya convertido en un punto insignificante, cuando un terrible resplandor surgió de aquella lejana roca.

A la velocidad de la luz el inmenso destello alcanzó a la Keops, cegando a Diana y a Robert, a pesar de haberse originado a más de tres mil kilómetros.

Tal era la potencia de las cuatro explosiones termonucleares, infinitamente superior a la de aquellas primitivas bombas de hidrógeno del siglo veinte.

La pareja comprendió que los misiles habían estallado contra el asteroide y que ya no les perseguirían.

—¡Lo hemos conseguido! ¡Lo hemos conseguido! —exclamó Robert jubiloso.

—¡¡Cuidado, Robert!! —gritó Diana, repentinamente aterrorizada.

La euforia estuvo a punto de ser el último error de Robert.

En efecto, en su entusiasmo, Robert había descuidado durante unas décimas de segundo el pilotaje de la Keops. La astronave se dirigía a estrellarse sin remedio contra otro asteroide del campo; mucho más pequeño que el que había atraído a los torpedos nucleares.

Sólo los rápidos reflejos de Robert salvaron la desesperada situación. Encendiendo un propulsor lateral evitó de nuevo la colisión; pero esta vez por tan sólo unos cientos de metros.

—¡Dios! Voy a acabar cardíaco —dijo Robert casi sin reponerse del susto—. Diana, no te voy a volver a hablar hasta que hayamos salido del campo —dijo Robert, consciente de que nada debía distraer su atención mientras pilotaba la nave.

—Sí... mejor que no me digas nada... —respondió ella con un hilo de voz.

Cesada la persecución de los misiles, Robert redujo parcialmente la aceleración de la nave. De esta forma, le sería más fácil navegar entre aquel mar de rocas flotantes.

—En el centro del campo la densidad de asteroides es mucho mayor. Te será cada vez más difícil esquivarlos —le informó Julia.

—Ya me lo imaginaba... —respondió él de mala gana, ante semejante inyección de “optimismo”.

Fuera del campo de asteroides, los cazas del Hércules habían frenado con sus retropropulsores de proa para perder velocidad y evitar así ser alcanzados por la onda de calor de las explosiones nucleares.

Omar, fuera de sí, gritó por la radio como un loco.

—¡Hackman! ¡Hijo de puta! Acabaré contigo y con esa ramera, te juro. No has hecho más que retrasar tu final. Así me divertiré más. Estáis muertos, carroñas. ¡Muertos!

Robert, más atento a navegar entre las rocas que a los insultos de Omar, fue escueto y claro en su respuesta. Tal vez demasiado claro...

—¡Jódete, maricón de mierda!

Su desdén acabó de encrespar a Omar.

—Voy tras de ti, maldito. Estáis acabados.

—Ya me extraña... —contestó Robert aparentemente sereno—. Por cierto, gilipollas, no voy a volver a perder mi valioso tiempo en hablar contigo. Tengo cosas más importantes de las que ocuparme. Púdrete...

La voz del capitán Montoya, piloto de otro de los cazas, interrumpió la curiosa conversación por radio.

—Coronel Omar, no voy a meter a mis hombres por dentro de ese campo de asteroides. Eso es un suicidio. ¿Está usted loco...?

—Sus cazas harán lo que yo ordene, Montoya. Lo que a mí me dé la gana, sea un suicidio o no. Usted no tiene opinión. Ninguno de sus pilotos la tiene. Sólo están para cumplir órdenes.

—Siento insistir en mi negativa, señor... —respondió Montoya firme.

—Capitán, se está jugando su carrera —advirtió Omar.

—Tal vez; pero no me jugaré la vida de mis hombres por su ambición. Para nosotros esto ha terminado. Si quiere morir, métase en el campo y estréllese usted solo. Los demás no le vamos a acompañar.

—Haré que le juzgue un consejo de guerra, Montoya. Pagará por esto; se lo juro. Está acabado, cobarde.

—Está usted en su derecho, señor —le respondió tranquilo; luego se dirigió a sus hombres—. Pilotos... cesad en la persecución. Encended propulsores de frenado. Volvemos al Hércules.

La mirada de Omar se encendió con un fuego de odio infinito.

Sus ojos brillaban con la luz de un visionario.

—Pero es mejor así... —masculló entre dientes con la expresión de un loco—. La gloria de acabar con la última alienígena será sólo mía. Sí... ¡sólo mía! —concluyó conforme encendía sus propulsores para adentrarse en el campo, olvidándose de los demás cazas.

Entretanto, a bordo de la Keops, Robert se congratulaba de la evolución de los acontecimientos; sin dejar por ello de estar atento a la dificilísima navegación dentro de aquella nube de rocas.

—Con el abandono de sus hombres y su discusión con ellos, Omar ha perdido mucho tiempo —calculó Robert, pues conocía la insumisión del capitán Montoya al haber escuchado por radio su conversación—.

Ahora le llevamos más de un minuto de ventaja, casi dos.

A la distancia a la que está, sus rayos de partículas tendrán poca precisión y si dispara los misiles que le quedan se le estrellarán contra las rocas.

—Pero es más rápido que nosotros, y un caza evoluciona con más facilidad que una nave grande como la nuestra dentro de un campo de asteroides. Cuando esté más cerca podrá disparar con precisión, incluso con cargas de partículas —vino Julia a poner un contrapunto de pesimismo.