CAPÍTULO VII #8
Eres un iluso, Hackman. Sé que aún tengo cinco minutos para seguir este juego; para recrearme en tu caza.
En Nueva Ucrania soy un afamado cazador y, a los cazadores, nos gusta saborear el acoso de nuestras presas.
Cuando me canse de tus payasadas, si no te has rendido, apretaré un botón y reventaré a la Keops con mis misiles.
Pero antes quiero divertirme viendo tu angustia.
Sé que antes de que pasen estos cinco minutos estarás suplicando por tu vida y que terminarás rindiéndote y entregándome a Diana para que acabe con ella.
¿Sabes...? A ti no te haré nada. Ni siquiera te mandaré a la cárcel.
Prefiero que tengas una vida larga para recordar cómo di muerte a tu alienígena; para que te avergüences por no haber tenido valor para salvarla.
Sé que me la entregarás, Hackman; lo sé.
Antes de cinco minutos implorarás mi clemencia —su voz desafiante reflejaba un profundo odio, un sádico disfrute de su superioridad.
—¡Qué poco me conoces, hijo de puta! Más vale morir de pie que vivir de rodillas.
Si no fueses un inculto, sabrías que eso lo sentenció alguien hace más de mil años.
Y es una de las mayores verdades que se han dicho.
Pero quien no tiene dignidad no puede acceder a la verdad. Y tú no la tienes, basura.
—Bonito discurso, Hackman... Me estás divirtiendo mucho. Aún te quedan cuatro minutos más para hacerme reír —le dijo Omar con infinito cinismo.
—Siempre he sabido que eras un psicópata asesino, Omar. Pero hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué ese odio contra Diana? ¿Por qué has convertido su caza en una cuestión personal? Si has oído la grabación de nuestra conversación, en ella quedaba muy claro que Diana no es peligrosa.
—Mira, gilipollas... te responderé como la concesión de un último deseo a un condenado a muerte. Tu alienígena me importa una mierda. Sé perfectamente que ella no es peligrosa; incluso que te ayudó contra sus congéneres.
—Entonces, maldito cerdo... ¿por qué la odias?
—Yo no la odio, estúpido. Ni siquiera tengo nada contra ella. Únicamente, va a ser el medio que me permita progresar en mi carrera militar y política. Sé que es absolutamente inofensiva; pero le ha tocado ser el chivo expiatorio de mi éxito personal. ¿Qué se le va a hacer...? Mala suerte, muñeca.
Ahora puedo decir estas cosas porque os hablo por el canal privado. Nadie nos escucha. Cuando transmitía desde el Hércules, debía hacer creer a todos que yo pensaba realmente que Diana era una amenaza para la humanidad.
Cuando vosotros dos seáis historia, yo habré sido ascendido a general regional del sector IV. Soy uno de los coroneles más jóvenes de la Flota Estelar y, con este éxito, tendré posibilidades de llegar a ser mariscal jefe de la Armada Espacial de la Liga Interplanetaria.
Para todos, mi hermano, el Gobernador de Nueva Ucrania, y yo, habremos sido los héroes que han librado a la Liga de la peligrosa amenaza de los alienígenas de Oldrán.
Hace muy poco tiempo, el Altair y el Atlantis, bajo órdenes mías, han borrado a ese maldito planeta de la faz del Universo. De rebote, millones de peligrosos delincuentes morirán en Uro por el brutal desplazamiento de su órbita.
Para el resto de la humanidad, nosotros somos sus salvadores. Mi hermano, por recomendación mía, dio una información parcial y deformada sobre los habitantes de Oldrán. Exageró, hasta niveles que te sorprenderían, el peligro potencial de la existencia de esos alienígenas.
Puedo contarte estas cosas porque nadie me escucha.
Pero me divierte que tú las sepas. Que comprendas que ella va a morir sólo para que mi ambición personal se vea satisfecha.
Sé que así sufrirás más; y me apetece hacerte sufrir.
Quiero que me odies como nunca has odiado a nadie; porque jamás podrás hacer nada contra mí.
Mi hermano, con ser ambicioso, nunca alcanzará la perfección de la absoluta falta de principios. Mi perfección. La conciencia es para los débiles. La historia siempre ha estado en manos de los fuertes, de los despiadados.
Él tenía problemas de conciencia para engañar al Consejo de Seguridad de la Liga. No quería sufrir remordimientos por la muerte de millones de seres inocentes. Pero yo le obligué a mentir...
Me fue muy fácil chantajearlo. Conocía demasiado bien sus oscuros manejos políticos; sus trapos sucios. Si no accedía a mis deseos, yo revelaría varios asuntos ilegales que hubiesen acabado con su carrera.
Me interesaba demasiado que las cosas se desarrollasen así como para no movilizar todos mis recursos. Algún día, el estúpido de mi hermano me lo agradecerá. Él también saldrá beneficiado de todo esto.
Ahora, yo debo terminar el trabajo. Si tu Diana sobreviviese, daríamos la impresión de haber fracasado; de no haber sido capaces de eliminar por completo la amenaza de Oldrán.
Tengo que dar muerte al último superviviente de esa peligrosa, entre comillas, raza —subrayó con cinismo—.
Mala suerte, Diana. ¿Me escuchas, preciosa... ?
—Eres el mayor asesino de toda la historia de la humanidad —le increpó Robert—. Ni Hitler, ni los más sanguinarios emperadores romanos hubiesen sido capaces de un genocidio de estas proporciones. Dios te hará pagar por este crimen.
—¿Dios...? No creo en esas estupideces. Yo no necesito a Dios; el que es verdaderamente fuerte no necesita a nada ni a nadie. Ni siquiera a Dios —respondió despectivo Omar—. A ti, Hackman, te vendrá bien creer en esas supersticiones. Te consolará, ahora que ves que se te escapa la vida.
—Rezaré para que te castigue, cerdo.
—Tú ya no podrás rezar, ni pensar, ni siquiera respirar. Se te acaban tus últimos minutos...
Al decir esto, Omar se dio cuenta de que había dejado transcurrir un poco más tiempo del que había previsto para jugar con Robert y Diana.
Se sentía tan orgulloso de su superioridad, le daba tanta satisfacción recrearse contándole a Robert los detalles de su brillante plan, que había perdido la noción del tiempo.
Al menos en parte, había caído en la trampa de Robert.
Pero aún tenía tiempo de sobra para destruir la Keops. Aunque hubiese sido mejor lanzarlos antes, los misiles la alcanzarían antes de que pudiese penetrar en el campo de asteroides.
Sin embargo, prefería humillar a Robert, haciéndole rendirse, que matarlo. Hacer que tuviese que entregar a Diana y ver impotente cómo él acababa con su vida.
Además, si destruía a la Keops con un misil, los demás siempre albergarían dudas respecto a si la alienígena había conseguido huir.
Al fin y al cabo, aunque Diana y Robert lograsen escapar al hiperespacio, él siempre podía decir que había destruido su nave.
Nadie podría demostrar que era mentira. Era mejor exhibir el cadáver de Diana como un trofeo de caza. De la mejor cacería de su vida.
Tal vez por todo ello, se decidió a conceder a Robert la última oportunidad de rendirse. Aun a sabiendas de que eso le haría perder unos segundos más.
—Hackman, tienes diez segundos para rendirte. Ni uno más. Después, dispararé.
—Está bien, Omar. Tengo que pensarlo un momento. Tengo que hablar con Diana —respondió Robert tratando de ganar unos pocos segundos más.
—¿Me crees imbécil? No te voy a regalar más tiempo. Te quedan cinco segundos. Apaga tus propulsores o muere.
—Está bien... —respondió Robert vagamente. Ganar un solo segundo más con esos trucos podía ser vital para llegar a aquel campo de asteroides antes que los misiles.
—Hackman, no sigas jugando. Tres segundos... dos... uno...
—Vale, Omar. Ya he pensado mi respuesta. Estaba dudando qué hacer y ya lo he decidido.
—Sin rodeos, gilipollas. ¡Contesta o disparo!
—Es que verás... tenía dudas de si mi respuesta iba a ser mandarte a la mierda o a tomar por el culo. Después de recapacitar largamente, me ha parecido mejor lo segundo. Ya que tienes tanta costumbre, lo harás bien...
—Tú lo has querido, mamarracho. Vas a morir con tu novia. ¡Adiós, imbécil! —casi escupió Omar, ciego de ira, al comprender que Robert en ningún momento había tenido otra intención que burlarse de él y ganar unos segundos más.
Omar oprimió con furia el disparador de los cañones de proa de su caza. Un infierno de rayos de partículas surgió de su boca rumbo a la Keops.
Simultáneamente, cuatro misiles nucleares se desprendieron de la panza del T-26, encendiendo posteriormente sus propulsores para salir impulsados como una exhalación hacia la nave fugada.
Las ráfagas de rayos, desplazándose a la velocidad de la luz, pasaron a pocas decenas de metros de la Keops, para perderse después en el vacío.
Al parecer, y como Robert había supuesto, no era tan fácil acertar en el blanco a esa distancia con armas de partículas.
Sin embargo, los misiles jamás erraban en su objetivo...
—Julia, tiempo para impacto de los misiles. ¡Rápido! —apremió Robert a su computadora de vuelo.
—Tres minutos y veinte segundos.
—¿Y para que lleguemos a los primeros asteroides?
—Unos tres minutos algo largos.
—¿Algo largos...? Julia, sueles ser mucho más exacta en tus cálculos.
—Lo sé, Robert. Pero aún no puedo precisar más. Las rocas se mueven con trayectorias que desconozco. Dentro de poco afinaré más en la determinación.
—O sea que, más o menos, llegaremos a los primeros asteroides junto con los misiles.
—Sí... pero de que sea más o menos depende nuestra supervivencia —intervino Diana, evidentemente asustada.