CAPÍTULO VII #7
Diana y Robert pudieron escuchar, a través de la radio, el mensaje enviado desde el Hércules a la nave auxiliar. En él se obligaba a sus compañeros a aumentar la velocidad del pequeño vehículo espacial. En caso contrario, los cazas abrirían también fuego contra la nave secundaria.
Al parecer, Omar había sospechado de su velocidad exageradamente lenta; pensando, con razón, que se trataba de una maniobra para dar más tiempo a la Keops.
—Dentro de muy poco los rebasarán y dispararán contra nosotros —dijo Diana angustiada.
—Sí... —admitió Robert, incapaz de negar la evidencia.
De pronto, un gran número de puntos en la pantalla central atrajo su atención.
—¿Qué es eso, Julia...? —le preguntó a la computadora de a bordo.
—Un cúmulo de asteroides —respondió ésta—. Deberé evitarlo por un lado; eso nos hará perder aún más tiempo frente a nuestros perseguidores.
La cara de Robert se iluminó.
—¡De evitarlo nada, Julia! Vamos a pasar por medio de ellos. Este era el milagro que necesitábamos.
La voz artificial de Julia pareció quejarse por vez primera.
—Es extraordinariamente peligroso navegar por dentro de un campo de asteroides tan denso.
—Pero, Julia... ¿crees que hay algo más peligroso que lo que estamos haciendo?
La computadora fue incapaz de encontrar argumentos para responder afirmativamente a la pregunta de Robert.
—No... pero no sé qué ventajas tendremos metiéndonos en el campo.
—Muchas más que no metiéndonos —le respondió Robert—. Lo que está claro es que en espacio abierto no tendremos ninguna esperanza de escapar a los misiles; en cambio, dentro del campo de asteroides, tal vez sí la tengamos.
Si conseguimos entrar en él, antes de que los cazas se crucen con la nave auxiliar y puedan dispararnos, tendremos muchas posibilidades de que sus misiles se estrellen contra esas rocas flotantes.
Dentro del campo apagaremos nuestros propulsores.
De esta forma, la dirección inteligente de los misiles los llevará a impactar contra los cuerpos sólidos más grandes, o sea, contra los asteroides, en lugar de contra nuestra nave.
Al faltarles la guía del calor de nuestros propulsores, no podrán distinguirnos de las rocas y serán atraídos por ellas, al ser mayores que la Keops.
Además, los propios cazas del Hércules no se atreverán a cruzar el campo para volver a dispararnos una vez que hayamos salido de él. Si lo rodean perderán un tiempo preciosísimo, dándonos con ello una ventaja suficiente para alcanzar la "ventana al infinito".
—Haciendo eso... ¿no conseguiríamos ventaja suficiente para llegar al punto de inflexión normal, en vez de a la ventana? —preguntó Diana.
—No... desgraciadamente, no tendremos tiempo de alcanzar el punto de inflexión; aunque los cazas se retrasen rodeando el campo. Es imposible —respondió Robert.
—La idea es muy buena, Robert —admitió Julia—. Pero... estás contando con que nosotros podremos atravesar el cúmulo de asteroides sin estrellarnos contra ellos.
—Hay que ser optimista...
—Además, al ser más pequeños, los cazas del Hércules tendrán más posibilidades de cruzarlo con éxito que nosotros. Al menos en teoría. No veo por qué no se van a decidir a intentarlo, si nosotros lo hacemos primero.
—Sencillamente, porque sus pilotos tienen mucho que perder y, en cambio, nosotros ya lo tenemos todo perdido.
—Visto así...
—Bueno, Julia... pon ruta al centro del campo de asteroides.
—De acuerdo, Robert... pero hay un problema del que te debo informar.
—¿De cuál...?
—Mi capacidad de autochequeo detecta una grave avería en mi sistema de navegación directa por radar. Sin duda, en vuestras prisas por abandonar Oldrán cuanto antes, no me reparasteis a la perfección.
—¿Y...?
—Y... en esas circunstancias me será imposible dirigir la nave con precisión entre esa nube de rocas flotantes.
En el vacío y sin obstáculos controlo la ruta sin problemas, como puedes ver, pero entre esos asteroides no podré hacerlo.
Ya con todos mis sistemas de vuelo en perfecto funcionamiento sería muy arriesgado navegar dentro de ese campo; hacerlo así sería suicida.
—¿Y si piloto yo manualmente? —preguntó Robert.
—Igual de suicida...
—Pues no nos queda otro remedio. Yo dirigiré la Keops por control manual.
—Y... ¿cómo evitarás colisionar con los asteroides?
—Esquivándolos visualmente.
—Es imposible. A esta velocidad las rocas se te echarán encima en décimas de segundo.
—Siempre me han dicho que tengo buenos reflejos...
—Pero no hasta ese punto. Ningún cerebro humano puede reaccionar con semejante rapidez.
—Dentro de poco lo sabremos...
—Robert... ¿tenemos Julia o yo alguna esperanza de convencerte de que no lo debes intentar; de que es imposible hacerlo, de que debes rendir la nave? —preguntó Diana.
—Ya sabes que no—contestó Robert, obstinado como siempre.
—Entonces, Julia... no pierdas el tiempo en tratar de convencerle. Su voluntad es un muro que no se puede derribar; para bien o para mal. Ya lo veremos... —dijo Diana.
—Veo que ya me vas conociendo.
—Sí... —admitió la muchacha resignadamente.
Sin embargo, Julia lo intentó por última vez.
—Pero... las posibilidades de éxito de una navegación manual dentro de un campo de asteroides tan denso son de una entre...
—¡Julia, cállate! No me lo digas, porque prefiero no saberlo. Si sigues por ahí sólo conseguirás que te desconecte.
—Total... estás averiada —ordenó Robert.
La computadora pareció tomarse en serio la amenaza.
—Está bien, tú mandas. Rumbo al campo. Nos cruzaremos con los primeros asteroides dentro de catorce minutos.
Durante unos minutos Diana y Robert permanecieron en silencio, mientras la Keops se abalanzaba a velocidad de vértigo hacia aquel campo que sellaría definitivamente su suerte.
Robert debía mantenerse lo más relajado posible.
Dentro de muy poco, sus vidas dependerían exclusivamente de la rapidez de sus reflejos.
De pronto, la voz de Julia rompió aquel silencio, fruto de la profunda preocupación de la pareja.
—Los cazas de la Flota han rebasado la posición de nuestra nave auxiliar —les informó.
—En fin... ya está. Ya se han cruzado. Ahora dispararán —aseguró Robert con gesto grave—. Julia... ¿cuánto tiempo falta para llegar al campo de asteroides?
—Once minutos y ocho segundos para la primera roca.
—Y, si los cazas disparan... ¿en cuánto tiempo nos alcanzarán sus misiles?
—En unos cuatro minutos.
—O sea... que si los cazas abren fuego antes de seis o siete minutos estamos perdidos. Nos destruirán antes de entrar en el campo de asteroides.
—Sí... sin remedio. Desgraciadamente, los cazas T-26 han resultado ser aún más rápidos de lo que cabía esperar de la información que yo tenía en mis módulos de memoria.
Me quedé corta en mi cálculo anterior. Lo siento, Robert...
—la voz de Julia parecía reflejar una tristeza casi humana.
De pronto, su tono cambió—. Recibido mensaje desde los cazas —informó.
—Transcríbelo, Julia. Rápido...
"Coronel Omar Jerseny, al mando de la escuadrilla de cazas del crucero Hércules, a astronave Keops.
Hackman, ésta es su última oportunidad. No habrá nuevas transmisiones. Detenga de inmediato la ignición de sus propulsores o abriremos fuego contra su nave dentro de un minuto."
—Si lo hacen, se acabó —afirmó Robert—. Tengo que ganar tiempo como sea. Sólo unos pocos minutos... ¡Dios! Tenemos que llegar a los asteroides —tragó saliva y trató de serenarse—. A ver, Julia, dame línea con los cazas.
—Línea abierta. Transmisión directa de voz.
—Keops a cazas de la Flota. ¿Me escuchas, Omar...?
Tras unos instantes de silencio pudo escucharse la voz falsamente educada del coronel Jerseny. La distancia entre los cazas y la Keops era ya tan corta que el mensaje la recorría en segundos a la velocidad de la luz.
—Aquí Omar... adelante Hackman. ¿Con qué payasada me vas a salir ahora?
—Me sorprendes, Omar —dijo Robert, tratando de aparentar, con su voz una serenidad imposible para las circunstancias—.
¿Qué hace un militar de alto rango como tú, un coronel de la Flota Estelar, arriesgándose a pilotar un caza?
Los corruptos como tú, que nunca salen de sus despachos, no acostumbran a jugarse la vida así.
Siempre has organizado tus crímenes desde la sombra.
Has convertido la caza de Diana en una cuestión personal ¿verdad, cerdo?
—Hackman... no sea inocente. ¿Me cree tan imbécil como para dejarme engañar con este truco tan simple?
—¿Truco...? —preguntó Robert tratando de hacerse el tonto, ya que cada segundo que pasaba era un triunfo para él.
—Me decepciona... le creía más inteligente. Aunque, quien se enamora de una alienígena, no puede ser muy inteligente.
—Y... ¿qué me dices de quien se enamora de otros hombres, como tú?
Tu fama de maricón te precede —le dijo Robert tratando de encresparlo para que dedicase más tiempo de conversación a devolverle sus insultos.
Además, la homosexualidad de Omar era conocida por todos, de forma que era una buena coartada para provocar su enfado.
—Me das pena, muchacho. Por cierto... ya que tú lo haces, ¿te podré tutear...
verdad? Además de inocente, eres vulgar en tus comentarios.
Yo seguiré disfrutando de mis aficiones sexuales muchos años; en cambio, tu supuesta virilidad se desintegrará, dentro de muy poco, dentro de una bola de fuego termonuclear.
Además... imbécil, no creas que estás engañándome y que estás ganando tiempo.
Sé perfectamente que sólo buscas ganar unos minutos para meter a la Keops dentro de ese campo de asteroides.