Más fuerte que el destino CAPÍTULO VII #6
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CAPÍTULO VII #6

—Vamos ya, amigos míos. Id preparando el vehículo auxiliar. Yo siento esta separación tanto como vosotros pero vuestras vidas corren peligro si no abandonáis la Keops inmediatamente. Ya le habéis oído a Omar; diez minutos —ordenó Robert.

—En fin, Robert... no creo que me acostumbre a navegar sin ti. Eres el mejor amigo que he tenido —dijo Iridu con su curiosa voz entrecortada por la emoción.

Robert abrazó fuertemente a Lisa e Iridu, que estaban juntos. Los tres permanecieron unos segundos en silencio, unidos como una piña, sin poder expresar con palabras lo que sentían en aquellos momentos. Se querían demasiado para necesitarlas.

Lisa, a pesar de ser una mujer de carácter fuerte, no pudo evitar romper a llorar amargamente. Robert tampoco pudo contener sus lágrimas. La rechoncha cara de Iridu reflejaba la expresión más triste que pueda imaginarse en un ser vivo.

—Si lo conseguimos, será gracias a vosotros —les dijo Robert al fin—. Sois los mejores amigos que he tenido nunca. Jamás os podré olvidar.

—Nosotros tampoco, amigo mío, nosotros tampoco... —respondió Iridu con un nudo atenazando su garganta de reptil.

—Te quiero, Robert. Te quiero con toda mi alma —le dijo Lisa—. No puedo expresarte lo que siento...

—Lo sé, Lisa. Yo tampoco os lo puedo expresar...

—Siempre te tendré en mi corazón, Robert.

—Y yo a vosotros... No os he merecido nunca.

Lisa y Robert se besaron en la boca con profundo cariño. Era la primera vez que lo hacía en su vida y, sin duda, la última.

—Yo también te quiero, Lisa, te quiero de verdad —le dijo él—. Lisa...

—Dime...

—¿Comprendes que no me rinda; que no sea capaz de abandonar a Diana... verdad?

—Sí, Robert; te comprendo. Por unaparte, he querido convencerte de que no te arriesgues sin la menor esperanza de éxito pero, por otra, te admiro por tu valor al hacerlo.

Aunque estés actuando como un demente suicida, te quiero porque eres así.

No sé si valiente o loco; en todo caso obstinado hasta la irracionalidad.

Lo que no te puedo negar es que tienes los cojones bien puestos.

Y... temo que esta va a ser la última grosería que me escuches.

—Además, aunque tenemos miedo por ti, nos alegra que hagas todo lo posible por salvar a Diana. Ella no debe morir; porque es buena de verdad. Ya sabes que yo soy muy intuitivo con la gente. Enseguida descubro quién es bueno y quién no —dijo Iridu.

—Lo sé, amigo mío, lo sé...

Diana se acercó a los tres.

—Vosotros sí que sois buenos —les dijo—. Os lo debo todo; a Robert y a vosotros. Me hubiese gustado tanto ser vuestra amiga para siempre...

—Aunque nunca volvamos a vernos, nosotros ya seremos siempre amigos —intervino Iridu—. Estoy seguro de que, de alguna forma, en algún lugar, volveremos a encontrarnos. La vida es mucho más que esto que tenemos ahora. La vida, como la amistad, no tiene fin.

—Cuánto me gustaría que tuvieses razón, Iridu —le dijo Diana—. Que Yeral o el Dios de Robert o lo que, en mi anterior forma de vida anterior, yo llamaba el "Principio Hacedor", existieran en realidad.

—Existen, Diana; los tres, porque realmente son la misma cosa —intervino Robert.

—Si me dan vida para hacerlo, deseo llegar a creer con fe en ellos; bueno, en Él...

—dijo Diana; luego se volvió hacia el cheviano—.

Te quiero, Iridu —le dijo abrazando con cariño su escamoso y delgaducho cuerpo—.

Soy feliz con mi cuerpo humano, pero me hubiese sentido muy orgullosa de materializarme como una hembra de tu raza, como una cheviana.

—Es un cumplido curioso ése... y muy bonito. Gracias, Diana —le respondió emocionado el lagarto, apretando la delicada mano de la muchacha con su curiosa mano de seis dedos.

Lisa se dirigió a Diana.

—Cuida de Robert, por favor. Es la mejor persona que he conocido. Se merece una gran mujer; y tú lo eres. Más que la mayoría de las que son completamente humanas.

—Te lo prometo, Lisa. Dedicaré toda mi vida a hacerle feliz. Si es que salimos de esta, claro...

—Saldréis, Diana. Aunque he estado razonando lo contrario, aunque la lógica no os conceda probabilidades de éxito, creo que lo conseguiréis. Robert tiene razón, lo vuestro tiene que tener un sentido —le respondió Lisa.

El tiempo del ultimátum de Omar transcurría inexorable.

Robert se volvió hacia Joao y le dio la mano en señal de sincera amistad.

—Siento no haberte conocido antes, Joao —le dijo—. Eres la mejor pareja, por lo menos humana, que podía desear para mi mejor amiga. Hazla muy feliz.

—Te lo prometo, Robert. Suerte —le deseó el brasileño.

Robert miró hacia Louis, John y Elías.

—Todos habéis hecho posible que tengamos una esperanza de conseguir huir —les dijo—.

Si lo logramos, el éxito será también vuestro.

Amigos míos, como le he dicho a Joao, siento de verdad no haberos conocido antes y mejor.

Gracias de todo corazón. Quisiera poder deciros muchas más cosas pero, por desgracia, el plazo de Omar se acaba.

Louis y John apretaron sus manos contra las de Robert. Después, éste abrazó con admiración el cuerpo artificial de Elías.

—Eres tan bueno como el mejor —le dijo al androide—. Perdóname por no haberme dado antes cuenta de lo humano que eres.

—No te preocupes, Robert. Estoy orgulloso de tu amistad.

—Y yo de la tuya, Elías.

—Suerte, Robert. Te la mereces.

Robert, por última vez, se dirigió a todo el grupo.

—Gracias a todos otra vez; y ahora, preparad rápido la nave auxiliar e idos cuanto antes. Corréis peligro y yo no podría soportar una despedida más larga sin derrumbarme.

—De acuerdo, Robert...

Antes de cinco minutos, todo estaba dispuesto para la separación de la pequeña nave auxiliar.

Uno a uno, todos fueron introduciéndose por la escotilla de acceso al vehículo secundario.

—Hasta siempre, Robert.

—Hasta siempre, amigos.

Sólo faltaban por entrar Iridu y Lisa. Ninguno de los dos se decidía a introducirse por aquel agujero tras del cual ya jamás volverían a ver a su amigo.

Iridu aún se atrevió a decir:

—¿Sabes, tío...? Estoy bastante aburrido de este sector de la Galaxia. Me gustaría conocer lugares nuevos. Ya sabes que siempre he tenido espíritu aventurero. Y... me parece que a Lisa le pasa lo mismo... ¿verdad?

—Sí, es verdad. Además creo que podría convencer a Joao. Los cinco lo pasaríamos muy bien en cualquier planeta que encontrásemos —asintió la muchacha.

Robert les interrumpió.

—Habláis de encontrar un mundo habitable como quien habla de encontrar una bonita playa para ir de vacaciones. Sabéis que Diana y yo casi no tenemos posibilidades de éxito. Vosotros mismos me lo habéis recordado hace unos minutos.

—Antes has dicho que creías en los milagros. Yo también creo en ellos —afirmó Iridu.

—No puedo permitir que hagáis la locura de venir con nosotros. Valoro demasiado vuestras vidas para hacerlo.

—Robert, déjanos ir con vosotros. Si estás tan seguro de que vosotros lo podéis conseguir, nosotros también podremos hacerlo —le pidió Lisa abiertamente.

—Ni hablar, Lisa. Por nada del Universo aceptaría esta barbaridad.

No sabéis cuánto me emociona vuestro ofrecimiento, pero jamás os llevaría a una muerte cierta por mi locura.

Si de verdad sois mis amigos, montaos ya en esa nave auxiliar y no sigáis tratando de convencerme.

Si os quedaseis, me vería obligado a rendir la Keops, porque no tengo derecho a sacrificar vuestras vidas por la remota posibilidad de salvar las nuestras.

—¿Es tu última palabra, Robert?

—Os juro que sí. ¡Idos ya, por Dios! Se os está acabando el tiempo.

—Está bien, amigo mío... —asintió Iridu con infinita tristeza—. Se acabaron los tres mosqueteros, como nos llamaban en Nueva Ucrania... ¿verdad?

—Eso nunca se acabará. Aunque estemos en el otro extremo del Universo. Incluso aunque Diana y yo muramos. Como tú has dicho, la verdadera amistad es eterna. Idos ya, por favor.

—De acuerdo, Robert —dijo Lisa sin poder contener las lágrimas conforme se introducía por la escotilla de la nave auxiliar. No tuvo valor para decir nada más; ni siquiera para volver la vista atrás.

Iridu la siguió. No tenía ya palabras y, por otraparte, éstas tampoco eran necesarias.

La compuerta del vehículo auxiliar se cerró desde dentro.

Robert y Diana se dirigieron al panel central de instrumentos para colaborar en las maniobras de separación de la nave secundaria.

Pronto pudieron ver, en la pantalla visual, cómo la pequeña nave se alejaba de ellos para ir al encuentro del Hércules. En cuestión de segundos, se había convertido en un punto insignificante; perdido en la negrura infinita del cosmos.

—Adiós, amigos... nunca os volveré a ver —dijo Robert para sí mismo, invadido por una profunda tristeza.

Diana le cogió de la mano, con infinito cariño.

—A cuánto has tenido que renunciar por mí... —le dijo.

Él no tuvo valor de negarlo. Sin embargo, no se arrepentía ni un ápice de su decisión.

—Te quiero, Diana. No pienses más que en eso —le dijo besándola con ternura.

El pequeño punto de la nave auxiliar ya había desaparecido de la pantalla. Robert se dirigió a la computadora de a bordo.

—Julia... ¡Potencia máxima! —le ordenó.

—De inmediato...

La garra invisible de la aceleración aplastó a la pareja contra sus asientos.

La huida se había convertido en una carrera a vida o muerte contra el reloj.

Por la pantalla de seguimiento pudieron comprobar que, como habían supuesto, los cazas del Hércules no se atrevian a abrir fuego contra la Keops, por temor a que sus misiles fuesen atraídos por la nave auxiliar. Esto les iba a permitir ganar un tiempo precioso.

Sin embargo, los cazas no cejaban en su persecución. Robert y Diana sólo podían observar angustiados cómo aquellos puntos se acercaban cada vez más a su posición en la pantalla.

Poco a poco, los veloces T-26 iban ganando terreno en su persecución implacable. Cuando se cruzasen con el vehículo auxiliar, que iba rumbo al Hércules, tendrían via libre para lanzar sus misiles contra la Keops.