EPÍLOGO
M uy lejos de allí. Cientos de años terrestres más tarde...
Era un maravilloso atardecer. El aire parecía más puro que nunca. Su transparencia cristalina permitía ver con nitidez las montañas del lejano horizonte; a pesar de que se encontraban a más de dos jornadas de marcha a lomos de las veloces adrunas.
Tras las cumbres, cuatro discos de fuego, de un rojo lujurioso, se disponían a hundirse en aquel pétreo mar de montañas, como cada jornada, en un repetido ritual de la naturaleza que aquel venerable anciano no acababa de comprender.
Él sólo sabía que, cuando despertase de su sueño, si el Dios Hacedor le regalaba otra jornada de vida, los cuatro soles volverían a surgir al otro lado de la aldea. De esa aldea en la que había pasado su larga y feliz existencia.
Su renacimiento produciría, sin duda, unas luces tan bellas como las de su ocaso.
Eso era lo único que, en realidad, importaba al anciano.
Todo en su mundo era apacible y hermoso.
No tenía por qué entender los prodigios del Dios Hacedor.
Además... tal vez sólo fuese que los cuatro soles se cansaban, tras toda una jornada de dar calor y vida a sus semejantes y, por ello, necesitasen apagar su fuego para retirarse a dormir detrás de las montañas.
Sí... su mundo era hermoso; muy hermoso.
No era posible imaginar uno más bello; aunque él ni siquiera suponía que pudiesen existir otros mundos.
No era consciente de la excepcionalidad del paraíso en el que transcurría su existir, el de sus vecinos de la aldea, y el de los habitantes de los cientos de aldeas esparcidas por aquel maravilloso jardín del Edén.
Su vida, como la de los demás, había sido fácil. El clima era apacible y la tierra prodigaba sus deliciosos frutos, con tan sólo unos sencillos trabajos de cultivo.
El robusto Yerón les proporcionaba su exquisita carne; la bedaya, las pieles con que se vestían; la chirraca, sus huevos, grandes y sabrosos; la adruna, su leche, además de su eficacia y docilidad como montura.
Todos los animales de aquel mundo tenían algo provechoso y, además, eran increíblemente mansos e inofensivos; cualidad que el anciano no sabía apreciar, ya que desconocía la existencia de depredadores peligrosos.
El bellísimo océano, en el que tantas veces se bañó el anciano, antes de que el tiempo blanquease sus cabellos, estaba repleto de vida; como los ríos de agua cristalina que rodeaban la aldea. Decenas de peces y plantas comestibles habitaban en sus aguas impolutas.
De pronto, el anciano escuchó unos gritos agudos; unas voces infantiles que le sacaron de su abstracción. Por el sendero que ascendía zig-zageando a su cabaña, dos niños y una niña subían jugando y gritando alegremente.
En aquel mundo lleno de felicidad, ellos eran una de sus mayores alegrías.
Le saludaron sonrientes.
—¡Hola, abuelo!
Los niños abrazaron efusivamente al anciano, como hacían cada jornada antes de retirarse a dormir. Con aquella muestra de cariño, sus cansados ojos adquirieron un brillo especial.
—¿Qué cuento queréis que os narre hoy? —les preguntó.
—No, abuelo. Hoy no queremos oírte un cuento. Queremos que nos expliques una historia real.
El anciano educador nos ha dicho hoy que tú sabes más que nadie de la leyenda de nuestros primeros padres. Que incluso aseguras que no es una leyenda, sino una historia cierta.
—Sí, es una historia verdadera —les respondió convencido—. Pensaba contárosla cuando fueseis más mayores, pero... ¡da igual! Os la contaré hoy.
—¡Vale! ¡Vale!
La niña preguntó ansiosa, sin esperar al comienzo del relato.
—¿Es verdad que tú viste el barco volador, en el que la leyenda dice que vinieron nuestros primeros padres desde el cielo? El anciano Odenías nos ha dicho que aseguras haberlo visto.
—Sí, es cierto. Nadie en la aldea lo ha visto; aparte de mí. Pero empezaré por el principio.
El abuelo se detuvo, tragó saliva, y su cansada mente escudriñó en los recuerdos del pasado. Su voz sonó más suave y cadenciosa que nunca. Comprendió que lo que les iba a contar era más importante que todas las historias fantásticas, que todos los cuentos que hasta aquel día les había relatado.
—Mi padre, vuestro bisabuelo, me contó lo mismo que yo os voy a narrar ahora. A él, a su vez, se lo había contado su padre y así, sucesivamente, generación tras generación, se fue transmitiendo la historia; que no la leyenda...
Los niños miraban a su abuelo embelesados; le escuchaban con más atención que nunca. La voz del anciano parecía presagiar que aquel iba a ser el cuento más fascinante que jamás les hubiese relatado.
Aquella voz, serena y profunda, volvió a sonar para colmar su curiosidad infantil.
—Hace mucho, muchísimo tiempo, en esta tierra que nos rodea no había hombres, ni mujeres, ni niños como vosotros...
El Dios Hacedor había creado este bellísimo mundo, a sus plantas, a sus animales, a sus paisajes... tal como los veis ahora; pero no había en él ningún ser inteligente para admirar su obra y disfrutar de ella.
Uno de los dos niños no podía seguir resistiendo su curiosidad por más tiempo.
—Pero, abuelo… entonces, ¿por qué hay aquí ahora personas como nosotros?
Como única respuesta al muchacho, el anciano se limitó a seguir con el hilo de su relato.
—Un día, muy muy lejano, mucho antes de que viviese el abuelo de mi abuelo, el Dios Hacedor mandó un barco volador que descendió desde los cielos para posarse en esta tierra que ahora pisamos. Supongo que habréis oído contar algo de esto…
—Si, pero no lo entendemos…
El anciano sonrió resignadamente.
—Yo tampoco lo entiendo; ni nadie de esta aldea ni, seguramente, nadie de las aldeas vecinas…
Los niños se miraron con sorpresa y decepción, mientras su abuelo proseguía impasible con su relato.
—Nuestros antepasados nos contaron que, en ese barco volador, viajaban un hombre y una mujer. Nadie sabe quiénes eran realmente, ni de donde venían.
Sólo sabemos que el Dios Hacedor había infundido en sus almas el don del amor. Ambos se profesaban el más infinito amor que se pueda imaginar.
Los dos tuvieron una vida extraordinariamente larga y dichosa. Cada día que pasaba se querían con mayor intensidad y, fruto de ese amor, el Dios Hacedor les concedió engendrar numerosos hijos.
Con el peso del tiempo, sus descendientes fueron multiplicándose entre ellos y poblando este mundo en el que habitamos. Todos nosotros somos, en cierta forma, hijos suyos. Por eso, se acostumbra a llamarlos “nuestros primeros padres”.
La niña interrumpió de nuevo la narración de su abuelo.
—Pero… ¿es verdad que tú viste el barco volador en el que ellos llegaron?
—Sí, es cierto… Mi padre fue, como yo, un espíritu inquieto. Atraído por la leyenda que asegura que el barco volador se había posado más allá de la región de los lagos, decidió partir en su busca y, tras una larga marcha, lo encontró.
Transcurridos los años, la curiosidad y el espíritu aventurero me llevaron a seguir sus pasos.
Orientándome por su relato, cabalgué a lomos de una adruna durante muchas jornadas. En mi larga marcha, vi surgir y ponerse a los cuatro soles que nos alumbran más veces que dedos tengo en las dos manos.
Comía los frutos de la belayas y bebía el agua fresca de los numerosos ríos que cruzaba.
Atravesé la región de los lagos. Jamás había visto algo tan hermoso. Hablaré con vuestro padre para que os lleve allí, cuando seáis mayores…
Crucé valles y montañas. Sabía, por el relato de mi padre, que al otro lado de una gran cordillera se encontraba el barco volador.
Fue muy duro atravesarla. Las fuertes patas de mi adruna resbalaban en el abrupto terreno.
Nadie de nuestra aldea, ni de las aldeas vecinas, ha llegado nunca tan lejos. Mi montura y yo vimos cosas que ninguno de nuestros vecinos ha visto jamás.
En la cumbre de las montañas pisamos una extraña sal fría, muy blanca. Al meterla en la boca se deshacía pero, en lugar de producir un sabor salado, se convertía en agua que calmaba nuestra sed.
A lomos de mi fiel adruna, bajé al otro lado de las montañas y, cuando ya pensaba que iba a tener que desistir de mi búsqueda, vi un extraño objeto muy brillante en el fondo de un paradisíaco valle.
Debía de ser muy grande pues, a pesar de la vegetación que lo cubría parcialmente y de la gran distancia que aún me separaba de él, su brillo llamaba poderosamente la atención.
Cabalgando sobre mi cansada montura, descendí veloz hacia aquella extraña mole resplandeciente; lleno de entusiasmo y ansiedad. Por fin, llegué junto a ella.
Los dos niños le miraban boquiabiertos.
—¿Cómo era, abuelo? —le preguntaron.
—Sin duda, era el barco más raro que había visto nunca. Aunque estaba parcialmente tapado por plantas trepadoras, se observaban perfectamente sus características.
Lo más sorprendente de él, era su material. No estaba construido con la madera de los árboles; sino con algo duro, gris y brillante. No tenía velas, como todos los demás barcos. La verdad, no entiendo cómo podía haber volado alguna vez...
Era enorme, de formas muy rectas, y permanecía apoyado sobre unas gruesas patas articuladas. Más parecía un gigantesco animal inmóvil que un barco volador. De su panza y de su parte trasera surgían unos grandes tubos, ennegrecidos por dentro, cuya utilidad se me escapa.
En uno de sus laterales parecía insinuarse una puerta.
Subí por un tronco trepador hasta ella; pero no pude abrirla.
Tuve que volver a la aldea sin poder ver su interior; con gran frustración para mi curiosidad, pues dentro del barco esperaba encontrar la clave de su origen.
Ni el más fuerte y mañoso de nuestros vecinos hubiese sido capaz de abrir aquella extraña puerta.
Los niños volvieron a interrumpirle.
—Entonces... ¿no viste nada que te hiciese saber de dónde vino?
Tal vez sí había una cosa que me lo hubiese indicado. El barco tenía dibujados, en uno de sus laterales, unos grandes signos. Pero, desgraciadamente, nunca he llegado a entenderlos.
Quizás en ellos se encuentre la respuesta al enigma. Aún hoy los recuerdo perfectamente, de tantas veces que los he dibujado, tratando de entender su significado.
—Abuelo... ¿podrías dibujárnoslos ahora? —le preguntaron los pequeños, llenos de curiosidad.
—Sí, por supuesto.
El anciano cogió un pequeño palo y, con su punta, comenzó a trazar unos surcos en el arenoso suelo.
—Así eran. Posiblemente, ellos pueden explicar el origen de todos nosotros. ¿Cuánto daría por entender su significado...?
Los niños se miraron decepcionados. Esperaban ver algo más interesante. Aquellos trazos no tenían ningún sentido.
Al parecer, la historia había terminado; pues el abuelo no tenía nada más que contar. La verdad —pensaron los niños—, otras veces les había narrado cuentos más bonitos...
Se despidieron de su abuelo; había llegado la hora de dormir para ellos. El anciano, por su parte, se metió en su cabaña; pues deseaba también retirarse a pronto a descansar.
Allí quedaron, olvidados en el suelo de aquel paradisíaco lugar, los trazos que la temblorosa mano del anciano había realizado con entusiasmo. Unos signos que formaban una extraña palabra.
Para la mañana siguiente, el viento había borrado los trazos de aquella enigmática palabra: "KEOPS".
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FIN